1 de marzo de 2012

Los cuatro estados físicos de la materia, o los cuatro estados especiales de la vida.



Cuando Agnes -santa Inés- descubriera la fe de Cristo en la antigua Roma de principios del siglo IV, la persecución de los cristianos era especialmente dura y trágica. Pero para esta bella adolescente, impresionable y decidida, no hubo otra cosa que la alejara de aquel deseo ferviente y poderoso. Su acción rebelde sería contestada hasta por uno de sus pretendientes, el hijo orgulloso del prefecto de Roma. Denunciada y apresada por su celo religioso, no pudo evitar ella el martirio y la muerte. Su providencial castidad sorprendió a todos cuando fue llevada, como castigo por su irredenta actitud, a uno de los peores prostíbulos de Roma. Allí permanecería virgen, milagrosamente. Y siglos después, en el día de su festividad -21 de enero- se establecería ya una tradición, virginal y núbil, para las jóvenes que abrigaran el deseo de encontrar pareja. Así que, en su víspera, debían ellas de encerrarse en su dormitorio, desnudarse por completo y acostarse boca arriba. Luego, con las manos ocultas tras de la almohada, dejar que el sueño anheloso vagara por la mente... hasta completar el deseo, deseo que se vería cumplido, de seguro, al amanecer.

El poeta inglés John Keats compuso en el año 1819 su obra lírica La víspera de Santa Inés. Relataba en ella la leyenda de Magdalena y Porfirio, amantes clandestinos que aprovecharon la famosa víspera de Santa Inés para huir lejos. Cuando todos estaban borrachos o dormidos, ellos escaparon para siempre. Los pintores prerrafaelitas comenzaron su singladura artística a partir de una obra que, sobre este mismo tema, pintara uno de sus primeros miembros, William Holman Hunt, en 1848. En ese primer lienzo prerrafaelita se observaba la famosa escena medieval de huida de los amantes relatada por Keats. Por aquellos años, mediados el siglo XIX, uno de los críticos más singulares de Inglaterra, John Ruskin, alabaría el ideario prerrafaelita y sostendría la teoría cultural con la que estos creadores se apoyaron para prevalecer. Uno de sus primeros miembros lo fue el pintor John Everett Millais, muy admirado por su amigo Ruskin. Ambos viajarían juntos por Italia para adentrarse en las clásicas e inspiradoras fuentes de su medieval tendencia prerrafaelita.

John Ruskin se acabaría casando en 1848 con la joven y bella Effie Gray (1828-1897). Sin embargo, nunca llegarían ellos a consumar su vano e inútil matrimonio. Al parecer él no pudo contener su negado íntimo desprecio hacia ella, aunque, a cambio, la respetara y adorara especialmente. Ella sufriría mucho en aquellos años, hasta que conoció a Millais, el amigo de su esposo y admirado pintor prerrafaelita. Consiguió Effie Gray, por fin, anular su enlace con Ruskin y unirse con su deseado y amante pintor. Éste, años después, se acordaría de aquel lienzo que su colega Holman pintara entonces, basado en la tradicional leyenda festiva y en los románticos versos de Keats. Y así, inspirado, compuso luego Everett Millais su magnífica obra La Víspera de Santa Inés.

En el relato poético de Keats la protagonista -Magdalena- lleva a cabo la tradición festiva de lo que el sortilegio milagroso prometía acontecer. El pintor prerrafaelita recrea en su obra, simbólicamente, a su propia amada de entonces -la esposa de Ruskin y su mujer ahora- en un gran dormitorio victoriano. Se inspira el autor en el recuerdo de cuando él deseaba lo mismo que ella, pero sin atreverse ambos entonces a nada. Como describía el poema romántico, la joven fue espiada por su amante antes de que pudiesen ambos reconocerse como tales. Y es así ahora como Millais la pinta a ella, observada desde el mismo lugar relatado por Keats. Se sitúa sola ante el espejo y comienza a desvestirse. Pero, ahora sólo sus hombros relucen sombríos ante la penumbra de la grandiosa habitación, dividida ésta aquí en el lienzo. Porque parte de la estancia se vislumbrará desde el deseo -el pintor que la observa escondido-, oculta ahora en la penumbra; y parte desde el luminoso y esperanzador anhelo, ahora reflejado en su regazo.

En Física se describen cuatro estados de la materia, los llamados estados de agregación física, donde la materia conocida cambia según incorpore o no elementos de esa misma materia. Son los estados líquido, sólido, gaseoso y plasmático. La transformación es absoluta, y pasará la materia de ser una cosa a ser otra distinta. Algo interviene, algo que está en la naturaleza de las cosas y en la Naturaleza del ambiente. Y así, del mismo modo, sucederá en la vida de los seres. Hay también un estado germinal, inicial, individual, absoluto, el cual no precisa nada más que ser para existir. Situado luego en un medio ambiente imprevisible y caótico, este mismo ser se encuentra ahora vulnerable, solícita y perturbadoramente además, al igual que toda aquella materia física en el Universo: aleatoria, transformable y agregable.

Podremos entonces pasar de la individualidad, que es un estado absoluto, suficiente, propio y merecedor -del cual menos ya no podemos existir-, a lo dual, a lo doble, a la pareja. Cambia el estado, así cambia también el deseo y cambia la vida del individuo. Y seguirá... También hay un posible cambio a tres, al estado trío. Aquí se produce una agregación inestable, y a veces también latente. Es la necesidad ahora de demostrar, inconscientemente, que lo de antes -el estado dual-, debe existir esté o no esté ahí -visible- el tercero verdaderamente. Más adelante se llegará incluso al cuarteto, y de ahí aún es posible ir a más... Así deambulan los seres por el mundo, así se desarrollará la historia vital de sus estados.

Podemos pasar de un estado a otro, podemos saltar o combinarlos; lo seguro es que cambiaremos nuestra íntima estructura con ello, como sucede en el ámbito de lo físico. Es algo a veces inevitable; pero, ¿es algo siempre necesario? Porque ¿se podrá decir ahora que el agua, el agua que recorre transparente el cauce de los vívidos ríos, no puede ser agua líquida, solo líquida, por siempre? No y sí, ya que, sin ese cambio de estado, no podría existir la vida siquiera. Esto es así. Aquélla -el agua- deberá evaporarse alguna vez en su transcurrir vital, y luego solidificarse otra, sin esto no habría atmósfera, ni clima, ni vida. Sin embargo, nunca jamás concebiríamos ésta -la vida- sin la maravillosa, ágil, acomodaticia, incolora y bella forma líquida del agua...

(Óleo La Víspera de Santa Inés -el estado individual-, 1863, del pintor prerrafaelita John Everett Millais, Particular; Cuadro del pintor adscrito a la hermandad Nazarena -pintores románticos alemanes rebeldes que volvían al ideal medieval-, Franz Pforr, Regreso a casa por la noche -el estado dual o de pareja-, 1808; Lienzo del pintor Eugéne Delacroix, El duque de Orleans mostrando a su amante -el estado trío-, 1826, Museo Thyssen, Madrid; Óleo Poco después de la boda -el cuarteto, o la multitud-, 1843, del pintor William Hogarth, National Gallery, Londres.)

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