5 de mayo de 2012

El baile de la vida, una gran pintura expresionista, o la apariencia de lo que no es.



Como una representación genial de la vida humana, Edvard Munch (1863-1944), el gran pintor expresionista noruego, crearía su lienzo La Danza de la Vida. Es extraordinario todo en este cuadro, como en toda su valorada obra. Porque aquí el tema lo insinua algo el título de la pintura: el fluir de la vida en los seres que la viven... o la aman. Cuando el pintor comenzara su andadura artística, en los años de su juventud, dejaría escrito el sentido de lo que querría hacer él con su Arte: Pintaré seres vivos que respiran, sufren y aman. La gente comprenderá el carácter sagrado de mi pintura, y se quitarán ante ella el sombrero como si estuvieran en una iglesia.
 
Pero, en esta obra, ¿qué es lo que desearía expresar, verdaderamente, su autor? En una playa noruega, al anochecer, un grupo de personas adultas bailan emparejadas, excepto dos, que bailan solas... En las figuras del fondo de la imagen no se ven los rostros del todo perfilados, apenas se perciben, un rasgo pictórico muy propio del Expresionismo. Sus movimientos ahí parecen más rítmicos, se mueven ellos, aparentemente, mucho más alegres allí, cadenciados por alguna música que les debe llegar de no se sabe dónde. Están ahora ellos más cerca de la orilla, porque es una orilla del mar lo que parece verse ahí... Éste -el mar- refleja además ahora la luz macilenta, nocturna y poderosa, de lo que parece ser una luna estival sobre su cielo.

En el primer plano del lienzo, se muestran a dos parejas y a dos mujeres solitarias, estas últimas opuestas del todo, además, en ambos extremos del lienzo. Entre las dos mujeres solitarias se encuentran ahora dos parejas que bailan como las otras figuras del fondo, pero ahora éstas algo más diferentes a las otras, a las que están más atrás. Son sus gestos aquí diferentes porque están ellas aquí más juntas y menos briosas, es decir, que casi no se mueven ellas aquí apenas. A la izquierda del cuadro aparece una de las mujeres solitarias, una con un vestido de alegre y floreado tisú blanco. A la derecha está la otra mujer, también solitaria, también detenida, expresando aún todo esto mucho más en su figura que la anterior. Es esta una mujer menos joven, vestida de negro, y con el rostro claramente algo más entristecido. Pero parece que es la misma mujer..., aunque, ahora, en otro momento temporal aquí simbolizado. Esto es lo que parece..., sólo que, ahora, esta mujer también algo más envejecida que la otra.

La pareja central, la principal que vemos en el primer plano de la obra, parece estar aquí unida por otra cosa más que por la sola danza... Se miran ahora ellos ambos aquí detenidos, enfrentados de deseo. Él parece mirarla fijamente; ella, sin embargo, parece no mirar... Viste aquí la mujer un traje rojo, el color más apasionado de la vida, una pasión que, curiosamente, no parece demostrar mantener aquí la única pareja que, sin embargo, sí parecerá sentir... Porque la otra pareja, la de un poco más atrás y a la derecha, describe ahora una escena totalmente diferente: él estará menos alegre y manifiesto, ella, sin embargo, aunque rehúsa, sostiene aquí, con su blanco tono de pareja, el conspicuo gesto de querer seguir aquí, con él, la danza...

Pero, en verdad, ¿qué es lo que pasa ahí, en este lienzo expresionista? Parece que nos indica el transcurrir del tiempo, tanto de la vida como del amor, en una danza... Pero, sin embargo, hay dos mujeres ahí que no bailan. Una de las dos es más joven, más blanca; la otra parece más marchita aquí, negra, más opaca. La vida ahora que pasa y que pasa, también, al parecer, por edades centrales no tan solitarias. ¿Pero, todo lo que ahí vemos es ahora, realmente, lo que pasa, lo que parece que pasa? ¿Podremos describir aquí, de un modo claro, el drama vital que lo acompaña? Porque el mar aquí no es el mar, es realmente un gran lago del norte noruego boreal. Porque la luna no es la luna, es el sol mortecino y permanente de una noche veraniega boreal. Lo que fundamenta la obra -al parecer- son aquí las dos figuras femeninas solitarias, esas dos figuras de una misma persona en dos momentos temporales muy diferentes de su vida. Una, más joven, está aquí ahora más solícita con ella misma y con su vida, quiere así abrazar a ambas cosas -a ella misma y a la vida- muy confiada. La otra, más ajada, la que los años han cambiado su sentido de la misma, no espera ya nada de ésta -de la vida-, y mantiene aquí sus manos ahora juntas, como lo único que pueda mantener ya unido en una vida.

De un lugar a otro, de un extremo a otro del lienzo expresionista, entre esas dos parejas juntas, se situará ahora la pasión y el amor... Pero la pasión está expresada aquí en la obra de una forma mucho más significativa que el amor. Y lo está porque aquí, en esta extraña obra expresionista, es ahora justo la pasión algo mucho más principal o destacable que el amor. Porque la pasión está aquí expresada de un modo más terminal y más hierático, tal vez por ser algo menos duradero, o más confuso o más veleidoso..., propio de las divinidades míticas tan ofuscadas por el ánimo efusivo de lo fugaz.  Porque es eso mismo -como en la propia vida terrenal- lo que parece ser aquí ahora que es. Pero, ¿lo es así, en verdad? ¿Fue eso, verdaderamente, lo que quiso expresar el pintor expresionista en esta obra? No lo sé. Lo que sí, creo, que trató de expresar fue lo más inexpresable de la vida..., lo que parece que es pero no lo es tanto; lo que parece que será... pero no terminará nunca de serlo tampoco. Así mismo, como la propia vida humana, todo eso o nada de eso. Al final, después de toda esta profusa confusión apasionada, ésta será la grandeza del cuadro, aquélla... la del pintor.

(Óleo La Danza de la Vida, del pintor expresionista Edvard Munch, 1900, Museo de Oslo, Noruega.)

4 comentarios:

Joaquinitopez dijo...

El reflejo de la Luna/sol es de forma fálica, claramente. En realidad está hablando, creo, no tanto de la vida como de las relaciones sexuales. El problema de sentirse consumido/devorado por el sexo encarnado en la mujer fue una constante en la trágica vida de este maestro. Aquí la mujer -la de negro- es la superviviente de la danza en la que el hombre de la pareja de la derecha se deja llevar por el instinto más embrutecido.
Una obra maestra, dolorosa como todas las suyas pero que siempre vale la pena recuperar.
Un abrazo

Arteparnasomanía dijo...

Muy acertado tu apunte. Aunque, al final, ¿qué no sutil diferencia puede existir, también aquí, entre la vida y el sexo? Ambas cosas pueden atropellar, y encumbrar, a los seres. Otro abrazo para ti. Saludos.

sacd@ dijo...

Haré caso a las palabras de Munch El pintara la vida. Sacd@ interpretará la vida. El amor es el encuentro orgásmico entre la vida y la muerte. Tal vez el color del amor sea el rojo, el de la vida sea el blanco y el de la muerte el negro. Todos ellos hermanados de la anaranjada línea que separa el día de la noche. En el cáliz se bañara el fuego, que con el tiempo se convertirá en ascua y de ahí volaran las cenizas. Todo lo que he escrito es mera imaginación.
Un saludo.

Arteparnasomanía dijo...

Efectivamente, Sacd, eso es lo que nos permite el Arte, interpretarlo. Porque el Arte no es para nada objetivo, es lo más subjetivo que existe, por esto el buen Arte gusta siempre, nos gusta a todos. Porque es el espejo en el que se refleja más lo que sentimos de él que lo que él nos dice, o no nos dice. Un abrazo y muchos saludos.

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