28 de agosto de 2012

El moliente efecto de lo real y del naturalismo más feroz, o la expresividad más humana y perviviente.



Cuando los creadores del realista Barroco tuvieron que romper con el concepto tan clásico del Renacimiento, acudieron a un socorrido manierismo, al recurso de un personalísimo claroscuro o al sentimiento virtuoso de los mártires y de lo sagrado -generalmente seres demasiado venerables para ser denostados por lo real-. Pero ahora debían ser ellos mismos, se acabó la dulzura eminente y gloriosa de la insigne -y falsa- belleza satisfecha de antes. Pero el proceso evolutivo en el Arte es lento, mezclado, balbuceante, confuso y personal. Algunos autores consiguieron hacer lo que la nueva tendencia barroca y su nueva época pedían: la confección de obras correctas pero diferentes; aunque también elaboradas y conseguidas todavía según la antigua forma de pintar. Pero, ¿cómo resolver esa diferencia, esa pulsión ahora más sublime y realista que la anterior renacentista, que aquella de la belleza tan o más excelsa y poderosa?

Lo tuvieron que hacer los creadores del Barroco con los rasgos mismos de los seres que sustentan la emoción -sus humanos personajes- que salpican sus pinturas... Esos debían estar compuestos ahora con la misma expresión abierta que esa emoción humana representara vívidamente. Pero, ¿con qué cosa? Con el rostro, la única cosa que realmente determina la mayor expresividad de una persona. Así lo entendió el gran creador español del Barroco napolitano de aquella época: José de Ribera (1591-1652). Sus contemporáneos alcanzaron a veces la cornisa gloriosa de esta tendencia y brillaron con algunas creaciones primorosas, pero no pudieron llegar a reflejar lo que el Españoleto obtuviera alguna vez con el genial maquillaje de su obra.

Esa fue la diferencia o el matiz del porqué una cosa es más excelsa que otra. Porque cuando las cosas se consiguen hacer de cierta forma, cuando se hacen aun de una forma diferente, es cierto que pueden alcanzar a tocar el cielo con sus formas, pero sólo una podrá llegar a rozar la gloria más allá de las estrellas. No es mucha quizá la diferencia, no deviene siquiera en algo especial, ni en una cosa grandiosa, es solo un matiz, la pequeña consistencia atisbada de una obra frente a otra. Y aquí, en este Barroco tenebrista riberariano se observa cómo ahora el pintor español radicado en Nápoles lo hizo: sabiendo expresar el gesto, la mirada y la forma en que una emoción se transmite ahora entre los rasgos, las arrugas, la tersura o entre la fuerza tamizada de un rostro... De cualquier rostro, sea éste ahora frágil, sobresaliente o vanidoso.

Cuando el gran poeta francés, decadentista y simbolista Arthur Rimbaub pasara una temporada en el infierno, quiso por entonces derrumbar ya, desde el alto pedestal en donde estaba, la solitaria belleza literaria, demasiado clásica entonces, demasiado desdeñosa o demasiado alejada de los hombres... Esa misma que sus contemporáneos -y siempre también antes- habrían encumbrado poderosa. Para ello escribiría el poeta malogrado en el año 1873 su gran obra Una temporada en el infierno, del cual estos son algunos de aquellos versos:

Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían.
Una noche, senté a la belleza en mis rodillas.
Y la encontré amarga.
Y la injurié.
Me armé contra la justicia.
Huí. ¡Oh hechiceras, oh miseria, oh cólera, a vosotras os he confiado mi tesoro!
Logré desvanecer de mi espíritu toda esperanza humana. Sobre toda alegría para estrangularla di el salto sordo de la bestia feroz.
Llamé a los verdugos para morder, mientras agonizaba, la culata de sus fusiles. Llamé a las plagas, para ahogarme con la arena, con la sangre. La desdicha fue mi dios. Me revolqué en el fango. Me sequé con el aire del crimen. Y le di buenos chascos a la locura.
Y la primavera me trajo la horrenda risa del idiota.

Aquí, como en muchos otros lugares parecidos, la imagen y la palabra se confunden ahora en una misma e intercambiable disposición creativa. Porque es lo mismo ya, ¡porque dicen lo mismo! Unas veces usando los colores y otras los verbos. Pero ambas herramientas son y sirven para ello, porque ambas son universales, ágiles y permanentes. Sin embargo, no siempre todos los creadores harán con ellas algo parecido: la mayor virtualidad escondida tras el genio creativo. Eso es lo que consiguieron hacer Ribera y Rimbaud. Traspasaron ambos la frontera de lo expresivo con el sencillo -y complicado- discernimiento milagroso de lo único: alcanzar el alma emotiva de los otros.

(Detalle del óleo de José de Ribera, San Jerónimo Penitente, 1652, Museo del Prado, Madrid; Obra completa San Jerónimo Penitente, 1652, José de Ribera, Museo del Prado; Cuadro Magdalena penitente, 1611, José de Ribera, Museo Capodimonte, Nápoles; Óleo Demócrito, 1630, José de Ribera, Prado, Madrid; Obra San Pedro, 1622, José de Ribera, San Petersburgo, Rusia; Óleo Judith y la cabeza de Holofernes, 1640, Massimo Stanzione; Obra La Sibila cumana, 1620, Domenico Zampiere, Galleria Borghese, Roma; Cuadro Santa Cecilia, primer tercio XVII, Cavalier Arpino; Óleo La Caridad, 1630, Guido Reni, Museo Metropolitan de Nueva York; Cuadro Salomé, 1620, Caracciollo, Galería de los Uffizi, Florencia.)

6 comentarios:

lur dijo...

Cierto que tanto una obra escrita como una pintura, cuando impresiona de manera que no puedes dejar de leer u observar, hipnotizado por la belleza que desprende; es momento de reconocer la grandeza de su creador.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Y la nuestra al emocionarnos... El Arte sólo se completa si existe quien lo admire, no sólo quien lo haga.

Un abrazo.

lur dijo...

Supongo que sí, además qué mayor orgullo para alguien que crea belleza, saber que las personas al observar sus obras disfrutan de ellas.
Siempre será en cierta manera una motivación para el artista.
Un abrazo

Arteparnasomanía dijo...

Pero la verdad es más prosaica, a veces egoísta incluso. Los grandes creadores o se motivaron por sí mismos, nada más; o por razones económicas. Sin embargo, es así; la grandiosidad nace casi siempre de los pantanosos y vanidosos alardes de lo personal.

Un abrazo.

lur dijo...

Quiero creer aún cuando sea mera ilusión, que la inspiración pueda nacer de cierta emoción.
Ya ves, una que aún en los tiempos actuales, quiere continuar teniendo fe en el romanticismo.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

La emoción está más en quien mira, oye o lee, que en quienes crean. Está más, no es que solo sea; pero los creadores, me refiero a los verdaderamente geniales, tienen motivos más escabrosos. No todos, aunque sí los más extraordinarios. Y aun así, es posible que la verdad no se sepa del todo: somos tan complicados. Pero, sí, existen inspiraciones más emotivas que otras. Esto deber ser, ahora, la reminiscencia de aquel romanticismo de entonces.

Un abrazo.

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