10 de septiembre de 2012

El mito más inspirado de lo nuevo, lo avanzado, lo moderno, lo irreal..., o el inconsciente.



La premura del ser humano por entenderse a sí mismo y entender el mundo es tan antigua como éste. Y para hacerlo, para tratar de entender todo eso, sólo la imaginación pudo sustituir -y sustituye aún- a una ciencia presuntuosa, incompleta, balbuciente, incapaz o lagunosa... ¿Cómo si no llegarían a comprender los seres primitivos por qué se comportaban ellos así como lo hacen? ¿O por qué, por ejemplo, las cosas producirán luego otras cosas diferentes?;  o ¿por qué la vida es así de escandalosa y a la vez de silenciosa?, o ¿por qué es así de transformable, tan abúlica, extraña y desdeñosa? Es decir, ¿por qué las cosas de este mundo y de nosotros son como son? Fue al principio de los tiempos cuando la Mitología compuso su teorema imaginario, es decir, cuando los hombres buscaron en las leyendas el sentido radical para entender las cosas de este mundo. Y, según cuentan las leyendas, hubo un tiempo en que la divinidad abandonaría completamente el Universo. Para entonces, todo comenzaría a fluir al revés, en dirección contraria a la que aquellos -los dioses primigenios- habían querido antes. Así que ahora todos, la Tierra, los seres, el tiempo y su destino, se dejarían guiar por las pulsiones más terribles, por los deseos más desordenados. Y es por eso que todo terminaría girando al contrario, en dirección opuesta a la de antes, cuando aquellos dioses primigenios tutelaban la vida, la Tierra y sus destinos, y éstos se movían hacia adelante.

Así que ahora, al cambiar la dirección de todas las cosas en la Tierra, los tiempos ocasionarían duras transformaciones telúricas provocando un trastorno en la corteza y en la vida del planeta. Grandes cataclismos, desapariciones de especies, caos evolutivo. Porque todo ahora en el Universo marcharía hacia atrás, justo en el sentido contrario al de antes, el suyo propio. Hasta los seres vivos cambiarían gravemente su sentido. Gracias a este trastorno -totalmente improductivo- los seres vivos ahora rejuvenecerían, es decir, que no avanzarían envejeciendo como antes sino que retrocederían incluso. Pero, sin embargo, al seguir retrocediendo así los seres, hacia el principio de su tiempo, la vida terminaría -gracias a ese fluir evolutivo a la inversa- por llegar hasta la infancia, a la pequeñez total y, por consiguiente, a la completa desaparición y aniquilación de toda vida sobre la Tierra. Para ese fatídico momento algo habría que hacer, algo decisivo para sobrevivir y poder crear ahora de nuevo vida para siempre. Para ello tuvieron que surgir los seres vivos ahora de la propia Tierra, del profundo interior de sus entrañas. Entonces nacieron otros seres diferentes, sin padres ni madres, sólo de la materia renovada de esos cambios. Y la nueva divinidad -otros dioses renovados- volvería a sosegar los momentos iniciales. Cambió ahora, por tanto, el sentido de vivir de los seres. Aquel sentido que antes fuera hacia atrás, autodestruyéndose, acabaría ahora por volverse hacia adelante. Y así nacería Cécrope, el primer rey mítico que tuvo la antigua Atenas. Este primigenio rey mediaría entonces entre dos de esos nuevos dioses. Dos dioses que tratarían de erigirse uno en el favorito de este nuevo reino, en el preferido para el Ática griego. Atenea y Poseidón fueron esos dos dioses que, ahora, lucharían entre sí para obtener el favor leal de los mortales atenienses.

Y así Poseidón -el dios de los mares-, en un alarde poderoso, trataría de abrir una gran fuente en el Acrópolis para impresionar a los mortales. Y Atenea -la diosa de la sabiduría- sembraría a cambio un pequeño olivo entre sus montes. Esto último resultaría, sin embargo, mucho más útil a la ciudad, y por ello Cécrope se decidió por la diosa mejor y favoreció su culto y su cuidado, dedicándole una gran estatua -desde entonces símbolo de Atenas-. Luego este rey se uniría a la hermosa Aglauro y tendría con ella tres hijas tan hermosas, inteligentes y caprichosas como su propia madre era. Cuenta una interesada leyenda mitológica que cuando el dios Hefesto -Vulcano en Roma- intentase violar a esa diosa ateniense, se resistió tanto Atenea que llegaría a derramar la semilla de Hefesto sobre la tierra. De ese fruto terrenal nacería Erictonio, y la diosa quiso protegerlo para beneficio providencial del Ática. Entregaría al pequeño dios a las hijas de Cécrope, las agláuridas, para que cuidaran al pequeño nacido de los dioses. Pero, exigiéndoles a ellas que no abriesen todavía la cesta donde el pequeño estaba. Al no poder ellas evitar su deseosa curiosidad, acabaron todas sepultadas para siempre.

Otra versión legendaria cuenta que los atenienses se encuentran en una terrible guerra. Entonces, al consultar el famoso oráculo, éste les anuncia que sólo acabarían los desastres si una de las hijas de Aglauro, una de las agláuridas, se sacrificase por todos los atenienses. Debía arrojarse una de ellas -la hija llamada igual que la madre- por los escarpados terrenos de la Acrópolis. Y fue así cómo esta leyenda se transformaría luego en un motivo festivo para las jóvenes del Ática, jóvenes que celebrarían con bailes y cantos -las danzas agláuridas- el recuerdo de aquella valerosa y entregada ateniense. Siglos más tarde -siglo I, d.C.-, durante la época helenística más productora de belleza escultórica de Atenas, se crearía un bajorrelieve mostrando a una joven ateniense en un claro gesto de avance. Pero, un avance, ¿hacia dónde?; ¿sería este gesto el momento inmediatamente después de la decisión fatídica -sacrificarse- de la joven Aglauro?, ¿o, más bien, serían solo los gestos de los bailes representados de esas celebraciones atenienses? Históricamente, sólo se sabe que el bajorrelieve acabaría tiempo después en los estantes del antiguo Museo Chiaramonti del Vaticano en Roma. Ahí se muestra su grácil y clásica silueta, junto a otros relieves helenísticos. Pero únicamente este fragmento de bajorrelieve de la doncella ateniense es tan sublime y tan bien creado en sus formas, con su alarde de salir hacia adelante, con ese elegante drapeado ademán de su vestido. Y también así sus pies, enseñados ¿solo por el gesto de querer evitar tropezar con su ropaje? Uno de sus pies, el más retrasado, está elevado grácilmente sobre uno de sus dedos; el otro, el avanzado, decidido, sin embargo, para hacer lo que se quiere: ¡avanzar! Y así se mantuvo ese clásico bajorrelieve entre los despojos arqueológicos romanos de entonces. Así hasta que un escritor alemán lo descubriese y quisiese que otro -su personaje literario- también lo hallase ahora, convencido del todo, y totalmente fascinado por completo, con su nueva y maravillosa visión de avance. Wilhelm Jensen (1837-1911) escribiría su novela Gradiva en el año 1903, con ella pretendía contar una historia fascinante, tanto como las emociones que su imagen le terminasen por subyugar: una belleza decidida, elegante, misteriosa, erotizante...

La sinopsis de la novela Gradiva compendia un arqueólogo que descubre el bajorrelieve, que adquiere una copia y se la lleva luego consigo. Después, imagina que la doncella del relieve no es romana sino de algún otro lugar de Italia. Y viaja entonces por el sur hasta llegar a Nápoles, persiguiendo el origen de esa imagen. Cree entender que fue en Pompeya donde la joven representada en el relieve acabaría su momento fascinante. Sin embargo, la busca ahora trastornado, ofuscado en su deseo por alcanzar esa belleza fascinante. Presiente haberla visto antes, entre las ruinas de las calles pompeyanas. El argumento de la novela se imbrica, además, con el personaje de una joven turista -la que él cree entrever en el relieve-, una mujer que cree, a su vez, reconocer en él a un antiguo amigo de su infancia. Él, ahora confundido; ella, salvándolo a él oportunamente. Y todo esto en el entorno ruinoso de Pompeya. Al final, termina el arqueólogo alcanzando aquel amor de entonces (curado de su delirio por buscar imposibles imágenes), salvado así de sus intrincados sueños obsesivos en la persona real de su amiga rediviva. Pero sería Freud quien, pocos años después, elaboraría su obra El delirio y los sueños en la Gradiva de W. Jensen. Y aquí vuelve el famoso psicoanalista sobre sus teorías inconscientes. Asombrado por la historia relatada, comprende que los ocultos deseos -de arqueólogos, de adictos, de escritores, de todos nosotros- saldrían a la luz del psicoanálisis -la amiga-, y que así trataría de evitar -terminarían curando- el inconsciente maltratado -las ruinas pompeyanas- de los seres afligidos. La analogía entre Arqueología y Psicoanálisis evidenciaban así sus propias semejanzas. Sin embargo, no acabarían aquí las tentaciones o consecuencias de esa leyenda relatada. Cuando años más tarde, en 1931, se tradujese al francés la obra de Freud los surrealistas del momento, aquellos pintores y escritores que transformaban la realidad en otra cosa, descubrirían entonces la mayor de sus inspiraciones artísticas. En el año 1937 el poeta surrealista André Breton, por ejemplo, abriría una galería de Arte cerca del Sena en París y acaba llamándola Gradiva... en homenaje a tan inspirada inspiración.

Pero sería Dalí, el gran genio surrealista, quien llevaría esa obsesión inspiradora a lo más profuso de su Arte pictórico. Intentaría incluir a Gradiva en su obra El hombre invisible del año 1929, -una obra sin terminar incluso-. El desdoblamiento del personaje -la doncella obsesionante del relieve y la real mujer que alumbra el inconsciente- lo utilizaría Dalí en esta confusa creación surrealista. En la representación de las dos figuras -la misma mujer- de la derecha, una atropellada -pétrea- y otra bendecida -humana-, trataría el artista español de reflejar la contradicción más pasional -Eros y Thanatos, el amor y la muerte- y, a la vez, la más enfermiza de los hombres. Después, en su obra del año 1932 Gradiva descubre las ruinas antropomorfas, aparecen aquí dos figuras surrealistas -la misma mujer también- abrazadas ahora las dos. Una de ellas, la velada figura más humana, está unida a una horadada y pétrea escultura enigmática. Una de piedra, la otra entelada; ¿ambas sollozando?, aun así, ambas ahora en un desierto de ruinas. El caso es que los surrealistas hicieron de Gradiva una heroína de su moderna tendencia artística. El nombre de la doncella legendaria -Gradiva- lo tomaría el escritor alemán Jensen de un término latino que, traducido, significa la que camina. De hecho, en la mitología latina cuando el dios Marte se dirigía a la guerra decidido, cuando emprendía su avance hacia la lucha, los poetas clásicos acabaron por denominarlo Marte Gradivus. Y así el Surrealismo tomaría este nombre como un talismán casi, como una maravillosa creación imaginaria para expresar, con él, ahora todo lo que avanza. Y, por aquel entonces, en aquellos inicios del Arte moderno, ¿quién podría ser mejor ahora lo que avanza sino la belleza del mañana, el Arte más avanzado, el surrealista?

(Bajorrelieve de estilo neo-ático, siglo I, d.C, fragmento de las agláuridas, Museo Chiaramonti, Vaticano, Roma; Gradiva, metamorfosis de Gradiva, 1939, del pintor francés surrealista André Masson; Fotografía de 1937 de la Galería de Arte surrealista Gradiva. París, Francia; Óleo Gradiva descubre las ruinas antropomorfas, 1932, Salvador Dalí, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid; Cuadro de la pintora española Mercedes García Bravo (1963-2011), Gradiva, la que avanza, 2007, Jaca, Huesca; Obra de Dalí, El hombre invisible, 1929, Museo Reina Sofía, Madrid; Detalle del mismo cuadro, El hombre invisible, 1929, Dalí, Museo Reina Sofía, Madrid; Retrato de Wilhelm Jensen, Lápiz de color y pastel al óleo sobre papel de color, de la autora italiana actual (nacida en Monza en 1973) Siri Pasina, Italia.)

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