8 de septiembre de 2012

Las nubes o la condensación más hermosa del firmamento: sus formas, apariencias, carisma y tonalidad.



Era el modelo más preciado y efímero, el que los creadores desearían impresionar más con la imagen grandiosa a veces colorida y a veces por colorear... ¿Qué mejor trasfondo para un paisaje que las socorridas nubes descoloridas? ¿Cuál alarde mejor ahora para un cielo que debía contrastar con los objetos retratados que el autor deseara eternizar en su obra? Contaría el director Martin Scorsese en su película El Aviador cómo su personaje protagonista, el inefable Howard Hughes, comprendiera que, para filmar mejor los aviones enfrentándose entre ellos, debía el cielo disponer de nubes aterciopeladas para ser el fondo idóneo y contrastable. Entonces contrataría Hughes incluso a un meteorólogo para que las buscase donde estuviesen y conseguir un cielo cubierto de ellas. Un cielo lleno de capas transformadoras de color, de forma y hasta del temblor condensable de una imagen.

Pero ya hubo un creador artístico que, cien años antes, persiguiera esos mismos instantes de cielo animado, de cielo caprichoso, raro, violento en ocasiones, pero un cielo maravilloso siempre. John Constable, el mejor paisajista inglés que se anticipara a los impresionistas, trataría de comprender entonces los cúmulos, los nimbos y los cirros para hacer de ellos un reflejo muy especial, algo ahora que, de por sí mismo, no es ni previsible, ni condicionado, ni conocido... Y escribiría el propio pintor inglés Constable en su diario: Hoy, 5 de septiembre de 1822; hora: diez de la mañana; mirando hacia el sudeste, viento fuerte del oeste. Nubes muy luminosas y grises en rápida carrera sobre un estrato amarillo, aproximadamente a media altura del cielo. Y continuaría el pintor escribiendo: Busco en el mediodía. Viento muy veloz. Efecto brillante y fresco. Nubes que se mueven muy rápido. Apertura muy brillante al azul...

Cuenta una leyenda -que es posible que sea verdad- que a los antiguos vikingos del norte europeo ni siquiera sus cielos cubiertos de nubes les evitaban orientarse en su navegación. Para eso debían saber ellos antes dónde se hallaba el sol, algo imposible cuando las nubes impiden ver al ojo humano, incapaz ahora de filtrar la luz polarizada. Pero, hubo un sabio maestro vikingo, un héroe nórdico llamado Sigurd que disponía de una maravillosa piedra solar, de un talismán con el que obraría prodigios y con el que vería más allá del cielo encapotado. La leyenda cuenta cómo el rey vikingo Olaf le pide a Sigurd su mediación para descubrir el sol oculto entre las nubes. Entonces Sigurd toma su piedra, que no era más que un cristal polarizador -una forma transparente de calcita-, y, dirigiéndola hacia un cielo cubierto, la hace rotar hasta hallar con ella la dirección de la luz desconocida. El maestro vikingo termina así localizando el sol, y permitiendo a sus drakkars -naves vikingas- orientarse en los difíciles y duros mares septentrionales.

Con la Fotografía hemos llegado a fijar, realmente, esa maravilla atmosférica que son las nubes, algo sin embargo siempre evanescente, sinuoso y etéreo. Con las imágenes fotográficas fijamos el momento de ser ellas -las nubes maravillosas-  lo que en ese momento son -y que luego no volverán a ser-, y podemos así comprobar incluso que aquellos pintores de entonces no se desviaron mucho de una realidad tan fascinante. Los colores que las fotografías actuales llegan a reflejar pueden parecernos tan irreales ahora como existentes eran, sin embargo, en la paleta de los creadores de entonces. Porque entonces esos mismos colores ya existían -¡como existen hoy!-, y fueron capaces los pintores de verlos entonces. Porque las nubes, esas cosas inasibles y efímeras, nos descubren siempre la extraordinaria capacidad que tienen ellas de ser, ahora como entonces, los mejores encuadres de una naturaleza inesperada, pródiga, reluciente... y tan bella.

El poeta español Manuel Altolaguirre (Málaga, 1905 - Burgos, 1959) nos dejaría escrita la impresión más lírica que puedan inspirarnos también las nubes... Pero ahora con la tinta literaria, esa misma semblanza poética además que plasmarán también así, en plásticos, bidimensionales y visuales efectos, los propios pintores en sus lienzos:

Oh libertad errante, soñadora,
desnuda de verdor, libre de venas,
arboleda del mar, errante nube;
si en lluvia el desengaño te convierte,
la forma de mi copa podrá darte
una pequeña sensación de cielo.
Vuelve a la tierra, oh mar, vuelve a la vida,
a las cadenas de los largos ríos,
a las prisiones de los hondos lagos;
vuelve afilada a penetrar mil veces
angostos laberintos vegetales.
¡Oh libertad, tus puertas son heridas!
No las quieras abrir, sigue encerrada
en la sedienta piel no te sostenga
el inclinado cauce del torrente.
Todo sueño que es nube se deshace.
Vuelva a brillar el sol, pues la blancura
de esa ilusión de libertad celeste
es tan sólo una sombra hecha jirones.
No sueñe más el agua, y tenga vida
en la savia o la sangre, tenga sólo
en mí su libertad, libre en mis lágrimas.

Y cuando el pintor inglés John Constable se siguiera obsesionando con llegar a entender lo que sus ojos no alcanzarían a comprender del todo, continuó él persiguiendo esas formas volátiles y caprichosas a través de los campos y las campiñas inglesas. Entonces volvería a escribir el pintor en su diario: Sería difícil citar un paisaje del cual el cielo no fuera la clave, la escala y el órgano esencial del sentimiento. El cielo es fuente de luz en la Naturaleza y lo gobierna todo,  inspira incluso nuestras observaciones cotidianas más corrientes acerca del tiempo. La difilcultad de los cielos es muy grande en la pintura, tanto en la composición como en la ejecución; porque si son brillantes, no han de acaparar la atención sino que ha de pensarse en ellos como último plano; no ocurre así con los fenómenos o efectos celestes accidentales, los cuales atraen siempre de modo muy particular la atención. Como las nubes...

También la poetisa polaca Wyslawa Szymborska (1923-2012) supo entender la dificultad de comprender todo aquello que uno no se detiene, a veces, a mirar despacio entre las cosas de un mundo turbulento..., como en las nubes:

Vamos tropezándonos con la realidad
de las ciudades,
sorteando las hendiduras del cielo,
sin mirar casi nunca las nubes,
sin mirar, casi nunca, los cielos.

(Óleo de John Constable, Estudio de Nubes, 1822; Fotografía de un cielo con nubes en la sabana africana; Cuadro Naufragio de Pablo, 1690, del pintor Ludolf Backhuysen, Alemania; Fotografía Mar de Nubes, del autor alejandrojdiaz.wordpress.com, 2011, Canarias, España; Óleo Holandeses embarcando en un Yate, 1670, Ludolf Backhuysen, Museo de Arte de Cincinnati, EEUU; Pintura Ballena en la playa de Schevenigen, 1663, del pintor Cornelis Beelt, Museo Schwerin, Alemania; Fotografía del cielo de Ille aux Cerfs, Isla Mauricio, 1996, foto de F. Ossing; Fotografia de cielo nocturno, Asturias, España; Óleo Cristo en una tormenta en el mar de Galilea, 1695, Ludolf Backhuysen; Cuadro de John Constable, Tormenta inminente en la bahía de Weymouth, 1820; Cuadro Buques en alta mar, 1684, Ludolf Backhuysen, Minnesota, EEUU.)

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