25 de octubre de 2012

Sólo se ama lo que se conoce, y ese conocimiento debe ser libre, accesible y primario.



Uno de los corsarios del siglo XVI más desesperantes para la Corona española lo fue el inglés Walter Raleigh (1552-1618). Apasionado del mar, atravesaría el Atlántico decenas de veces para conseguir así la gloria en la conquista y en el honor. Apoyado por la reina Isabel I de Inglaterra, lograría colonizar las costas atlánticas de la Virginia norteamericana. En el año 1596 participa en el asedio británico a la ciudad de Cádiz en una de las muchas guerras de Inglaterra contra España. Sin embargo, con los años iría alejándose de la influencia de la corona británica -Isabel I, su valedora, moriría en 1603-, más después de la llegada de un nuevo rey al trono inglés. Sería el pirata Raleigh encarcelado por traición -no apoyaría al nuevo monarca pro-español- durante doce años en la Torre de Londres. Las relaciones entre ambas coronas terminarían mejorando, y la piratería inglesa dejaría al menos por entonces de tener patente oficial. Es por lo que, ante una de las últimas acciones corsarias de Walter Raleigh, acabaría éste siendo detenido, condenado a muerte y decapitado en Whitehall en el otoño del año 1618.

El pintor prerrafaelita inglés John Everett Millais lo pinta una vez de niño al corsario Raleigh, sentado cerca del mar absorto ante historias relatadas de lugares lejanos, llenas de monstruos, tesoros, maravillas, luchas y leyendas del mar. El marinero relator -de espaldas a nosotros- le señala hacia el sur, o hacia el oeste, indicando las lejanas y enemigas fronteras de España o de su imperio. Lugares todos a los que, algún día, mucho tiempo después, osaría el corsario inglés dirigirse para realizar los apasionados sueños de su infancia. Deseos de aventuras alumbrados por sus mayores y por aquellas leyendas o relatos contados al amparo de un anhelo impenitente, una voluntad litigadora o una visión de conquistas, triunfos y gloria.

Recrearemos nuestros deseos más arraigados en la infancia, provocados por el influjo inconsciente de un ambiente propiciatorio. Imitaremos los anhelos seducidos de los otros y descubriremos así las historias que nos enamorarán de cosas que sedujeron nuestros años de rubor y de sustento. Admiramos todo aquello con los ojos sorprendidos de lo ajeno, de lo que desconocemos hasta entonces, de lo que aprenderemos, poco a poco, a reconstruirlo en nuestra mente arrogados por un sueño ya implantado por los otros... Rodeado por entonces de pasiones, de gestos o mensajes, también de imágenes, versos o gráficos. De misterios, en definitiva, desvelados por el ejercer continuo y sutil de un saber influenciado. Sólo las cosas que se marquen profundas a una edad temprana podrán llegar a causar el único sentido permanente. Ese sentido que luego, mucho más tarde, precisen las acciones que nos basten para calmar los deseos que arrastren nuestra vida hacia adelante.

Las técnicas y alardes estilísticos de muchos creadores fueron establecidas ya desde su infancia. El historiador Gombrich para justificar esta teoría utiliza el caso del gran pintor flamenco Rubens. Con ella probaría que este genio flamenco del Arte comenzó a dibujar el cuerpo humano así, como él lo hacía con su característica expresión tan rubensiana, condicionado por los manuales que instruyeron ya su infancia. Y el dibujo no sería por entonces, sin embargo, una asignatura especialmente destacable en el aprendizaje de la infancia. No lo sería sino hasta el siglo de las Luces, es decir, un siglo después. Sería el filósofo francés Rousseau quien estableció las bases del dibujo moderno. Lo haría en su obra literaria Emilio, publicada en el año 1762, donde incluiría al dibujo como disciplina fundamental para la educación de los niños. A partir de ahí, finales del siglo XVIII y principios del XIX, esta influencia de Rousseau determinaría toda la creación pictórica posterior, llegando a alcanzar una de las revoluciones artísticas tiempo después más decisivas de la Historia del Arte: el advenimiento del Arte moderno.

Cuando el pintor español Delfín Salas alumbrase su familiar vocación militar, se encontraría, sin embargo, influido también por un aprendizaje artístico orientado ya desde su infancia... Admirado por las historias de sus mayores y los dibujos de soldados de aquellos Tercios españoles, dejaría volar su deseo artístico inspirado en la imagen gallarda de su vocación primera. De ese modo se acabaría dedicando luego más al Arte que a la guerra. Crearía en sus lienzos los momentos escuchados en su infancia, esos relatos de orgullo y de leyenda y de gloria de sus héroes. Pintaría una vez una de las cargas de caballería más heroicas de su ejército español. En su pintura Carga de Taxdirt (Marruecos, 1909) proyectaría toda aquella expresión asumida por él desde años antes. En ella plasma el trágico momento heroico en el que un regimiento de caballería español se decide a cargar entre enemigos a cubierto. Y, sin embargo, sólo la carga de caballería estará aquí insinuada ahora (no veremos nada más) por el gesto ofensivo y gráfico de una desenvainada espada...

El pintor prerrafaelita británico Everett Millais pintaría también otra obra legendaria y sorprendente hacia el año 1857, Sir Isumbras en el vado. Con este título se relataba un poema medieval de historias y leyendas de caballerías. En la obra pictórica un anciano caballero cabalga aún por la vida, después de haber llevado muchos años de vaivenes, de luchas, soledades y dramas. Pero, en esta ocasión, lleva ahora entre su cabalgadura a dos niños pequeños junto a él. Estos pequeños son su legado más vital y duradero. Y el pintor lo decide dedicando al héroe compungido el alarde de poder transmitirles a ellos ahora algo de toda aquella heroica y antigua vida vagabunda. Es ahora la infancia quien recogerá aquí la potestad de toda esa experiencia cabalgada, una etapa vital que puede reconocer ahora, por fin, las desgranadas y sabias ansias de una vida terminada. 

La fotógrafa actual rusa Anka Zhuravleva (1980) comenzaría su infancia rodeada de libros de Arte y útiles de dibujo de sus padres artistas. Quedaría huérfana de ambos progenitoras tiempo después, y, para entonces, se entregaría pronto a una vida vagabunda, bohemia y artística a saltos. Pero pudo dirigir su vida a la pintura, aquello que aprendiera ella de pequeña entre los ojos de una niñez determinada. Aun así, en el año 2006 cambia definitivamente su vocación artística del Arte a la fotografía. En esta actividad desarrolla ahora toda aquella ilusión artística primigenia de entonces. Toda aquella pasión creativa que aprendiera en los años en que ella comenzara entendiendo, vagamente, que lo único que existe es lo que te queda al menos de antes..., de lo que viera y aprendiera rodeada de su infancia...

(Óleo La infancia de Raleigh, 1870, del pintor John Everett Millais, Tate Gallery, Londres; Cuadro Carga de Taxdirt, del pintor español Delfín Salas -fallecido en 2007-, representa una carga de caballería en Marruecos en 1909; Óleo Sir Isumbras en el vado, 1857, del pintor John Everett Millais, Inglaterra; Dos fotografías de la fotógrafa rusa Anka Zhuravleva, actual.)

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