13 de noviembre de 2012

Varias versiones palpitan en el Arte: la verdad es inútil conocerla, tanto como creer que alguna exista.



La extraordinaria producción artística francesa durante la época napoleónica culminaría a principios del siglo XIX con el Neoclasicismo más ideológico de todos. Sin embargo, esta tendencia creativa se había iniciado años antes, en pleno siglo dieciocho, cuando el deseo de la Ilustración -representado por los pensadores de entonces- defendía una existencia basada en la razón sobre todas las cosas. Ese deseo vendría a sustituir, claramente, el papel de la religión por una visión ahora mucho más laica del mundo y del hombre. Esa actitud llevaría desde entonces a reordenar la vida y las relaciones de los seres humanos entre sí, tratando ahora de construir un nuevo y definitivo concepto científico de la verdad.

Cuando la posmodernidad apareció a finales del siglo XX, para tratar de comprender qué había pasado con el mundo, algunos autores expusieron sus nuevas teorías sobre la verdad. Entonces el filósofo francés Lyotard (1924-1998) dejaría escrita su visión del sentido de la verdad: La pregunta, explícita o no, planteada por el estudiante, por el Estado o por los que enseñan ya no será ¿es eso verdad?, sino ¿para qué sirve? En el actual contexto de mercantilización del saber esta última pregunta, las más de las veces significará: ¿se puede vender? Y desde el contexto de la argumentación del poder: ¿es eficaz? Pues sólo la disposición de una competencia válida -realizable en sí- debiera ser el único resultado vendible y, además, eficaz por definición. Lo que deja de serlo es la competencia según otros criterios, como verdadero/falso, justo/injusto, etc.

El concepto de posmodernidad se utilizaría en varios aspectos de la vida: filosóficos, históricos o artísticos. Aunque la definición del concepto sigue siendo compleja, básicamente sus características en el pensamiento fueron: el antidualismo, la crítica de los textos, la importancia del lenguaje y la verdad como algo relativo. Los pensadores argumentarían que la modernidad (desde el Renacimiento en adelante) habría creado nefastos dualismos: negro/blanco; creyente/ateo; occidente/oriente; hombre/mujer, etc. Que los textos (históricos, literarios) no tendrían autoridad de por sí ni pueden decirnos qué sucedió en verdad, más bien reflejarán prejuicios y son una muestra de la cultura y la época del escritor. Por otro lado, el posmodernismo defenderá también que el lenguaje moldea nuestro pensamiento, que no puede existir ninguno sin lenguaje, y que éste creará, finalmente, la verdad... Y que la verdad es una cuestión de perspectiva o de contexto más que de algo universal. En esencia, no podemos tener acceso a la realidad, a la forma en que las cosas son, sino solamente a lo que nos parecen a nosotros.

El héroe mítico Teseo es conocido sobre todo por haber matado al Minotauro; pero la verdad es que fue mucho más que eso lo que él hiciera... Fue además rey de Atenas, hijo de Egeo y de Etra, aunque otras versiones afirman que fue hijo del poderoso dios Poseidón. En el famoso relato cretense, Ariadna acabaría enamorándose de él. Ella le propuso entonces ayudarle -con su famoso hilo- a cambio de que se la llevara con él y la hiciera su reina. Teseo acepta y, después de matar al Minotauro, terminarían ambos saliendo del laberinto y de Creta. Años después abandonaría a Ariadna, y en una unión pasajera ahora con la hermosa Antíope le nacería su hijo Hipólito. Sin embargo, todavía el héroe ateniense se relacionaría con la hermana de Ariadna, la libidinosa y trágica Fedra.

Teseo llegaría a conocer al rey de los lápitas, Pirítoo, y ambos acabarían siendo grandes amigos. Participaron juntos en hazañas bélicas y compartieron aventuras con los Argonautas. Tanta amistad les unió que, una vez, decidieron que cada uno de ellos se uniría con una hija del dios Zeus. Teseo con Helena y Pirítoo con Perséfone. Pero para que éste pudiese unirse a Perséfone tendría que ir a buscarla a los infiernos, al Hades... Los dos amigos, decididos y valientes, aceptaron el duro y difícil reto. Creyeron que podrían bajar, raptarla y salir como si nada. Sin embargo, Hades -el dios del inframundo- les tendería ahora una trampa y acabarían aprisionados en el fondo del infierno. Mientras tanto Hipólito -el hijo de Teseo- crecería en Atenas, convirtiéndose en un apuesto y hermoso efebo. Entonces su madrastra Fedra pensaría que Teseo nunca volvería. Y es así como surgiría ahora uno de los dramas griegos más representados, famosos y trágicos de toda la Mitología.

El primero en escribirlo fue el griego Eurípides, más tarde lo hizo Sófocles -en una tragedia griega perdida- y, luego, lo haría el latino Ovidio, pero también lo haría el romano Séneca y el francés Racine. Cada cual representaría una versión diferente de la leyenda, de la historia de Hipólito y Fedra. Eurípides redactaría además dos versiones distintas. Una desde la perspectiva de Hipólito, otra, desde la de Fedra. En la primera se presenta la excelsa y virtuosa figura de Hipólito frente a la impúdica de Fedra. En la otra versión nos muestra una Fedra más moral, más humana, determinada ahora por elementos ajenos a ella. En una de estas versiones acabará Fedra declarándole su amor a Hipólito -su hijastro-, mientras Teseo estaría aún vivo muy lejos de allí. Por tanto, su falta no podría ser peor: cometería tanto incesto como adulterio... En otras versiones Fedra sería la víctima de Afrodita o Venus, la cual se habría ofendido una vez con Hipólito por haberla rechazado a ella -la diosa de la Belleza- frente a la diosa Diana o Artemisa, vengándose así de su madrastra trastornándola de ese modo tan pasional.

Sófocles llevaría a cabo en su drama un mayor protagonismo de Fedra. Éste sitúa claramente a Teseo en el Hades, es decir muerto, y eximirá a su heroína del delito de adulterio. En Séneca, Fedra se convencerá insistentemente de que Teseo no volverá, y le declara entonces su pasión a Hipólito. Éste se debate ahora entre su deber o su deseo. En Racine, los personajes se humanizarán aún más. Fedra intentará suicidarse por no poder soportar el rechazo de Hipólito. Teseo regresará luego del Hades y es informado de la falsa traición de su hijo por otros personajes -otras amantes- desdeñados por él. De pronto le llega a Teseo la noticia de que su hijo se ha estrellado en su carro. Y que morirá abatido por sus propios caballos cuando, huyendo de unos monstruos marinos, es arrastrado por las riendas y golpeado violentamente contra las oscuras, peligrosas y fatales rocas del mar, desapareciendo entonces Hipólito y su tragedia... como la verdad desesperada.

(Óleo del pintor neoclásico francés Joseph-Désiré Court, Muerte de Hipólito, 1828, Museo de Fabre, Montpellier, Francia; Cuadro Fedra, 1880, del pintor academicista Alexandre Cabanel, Museo Fabre, Francia; Óleo neoclásico Fedra e Hipólito, 1802, del pintor francés Pierre-Narcisse Guérin, Museo del Louvre, París.)

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