22 de noviembre de 2013

Muchas voces veremos renovadas..., porque, luego, nada podrá haber que no se altere.



El rompedor pintor francés Gustave Moreau (1826-1898) había dicho una vez algo así: Hubiese preferido pintar iconos bizantinos que cuadros tradicionales. Su decadentismo fue anterior al de todos, incluso al Simbolismo del que él hizo escuela y sería precursor. Pero la historia volverá a condicionarlo siempre todo. Estamos condicionados en nuestra vida personal mucho más de lo que creemos por lo general de la Historia, por lo medio ambiental de ella misma o por lo más visceral e histórico de una sociedad cambiante y contradictoria. Y el creador Gustave Moreau viviría así la terrible experiencia personal de la Guerra Franco-Prusiana del año 1870. También la terrible experiencia de aquellas pesadillas históricas posteriores a la terrible contienda y la postración política que acusó luego Francia, así como los estigmas sociales tan injustos y desgarradores para sus propios habitantes. Pero, además, también el pintor acusaría en su Arte las propias tragedias personales de su familia y su propia amante. Pero, sobre todo, el gran y peculiarísimo creador decadentista francés, acabaría obsesionado por lo diferente, por lo hierático, por lo onírico y por lo, en exceso, ornamental y metafísico.

La sociedad occidental del último cuarto del siglo XIX (entre 1875 y 1895 aproximadamente) vino a reaccionar culturalmente por entonces con una característica mezcolanza de retorno, de postración, de rechazo, de huida y sensualismo que acabaría terminando por denominarse decadentismo. ¿Qué si no tendría ahora sentido después de haber vivido ya tanto un clasicismo, un realismo y un rigorismo imperial tan poderoso? Porque Francia había vuelto a ser, otra vez, un gran imperio desde que Napoleón III -sobrino del gran emperador Napoleón- consiguiese erigirse de nuevo en el poder imperial de Francia desde el año 1850. Entonces el país alcanzaría una preeminencia política y económica extraordinaria. Porque después del Romanticismo -al advenimiento de este segundo imperio-, los franceses volvieron otra vez a la perfecta medida de los sentidos culturales más clásicos... con su ahora bagaje tan intelectual, cultural y artístico. Pero cuando todo eso se perdió trágicamente en el conflicto bélico del año 1870 a manos de un nuevo poder emergente -el unificado imperio de Alemania-, el inconsciente colectivo francés trataría de reencontrarse de nuevo para recuperar otra vez su propio espíritu así como aquel sentido nacional perdido ahora.

El gran poeta latino Horacio (siglo I a.C.) dejaría escrito unos clásicos versos romanos en uno de sus grandes poemas latinos de entonces: ¿Quién hará que la gracia y la hermosura de los idiomas viva y permanezca? Muchas voces veremos renovadas que el tiempo destructor borrado había; y, al contrario, ya olvidadas otras muchas que privan en el día; pues nada puede haber que no se altere cuando el uso así lo quiere, ya que es éste de las lenguas dueño, juez y guía. Y esto mismo sucederá, también, en el Arte... En el siglo del positivismo y el cientifismo más progresista (el industrial siglo XIX), cuando entonces la sociedad culminaría una Revolución Industrial no conocida antes en toda la Historia, algunos creadores mirarían -de nuevo- algo hacia atrás... para impulsar ahora, sin embargo, un avanzado, contrario y simbólico nuevo modo de ver y entender el mundo. 

Y ya no pararía. Seguiría después con los simbolistas y con los modernistas, y enlazaría luego con los expresionistas, con los cubistas y con los surrealistas... El mundo había cambiado entonces para siempre. Pero cuando Gustave Moreau pintase sus obras decadentistas-simbolistas justo antes y durante el final de aquel ocaso imperial francés, no podría siquiera él imaginar lo que la historia mantendría, sin embargo, oculto aún en su regazo latente... Entre los años 1865 y 1870 pintaría Moreau tres obras de una misma temática: Diomedes devorado por sus caballos. La mitología griega nos cuenta esta cruda leyenda trágica: El rey de los tracios Diomedes había criado unos salvajes caballos -yegüas en este caso- dándoles de comer carne de otros animales. De ese modo se habrían hecho mucho más fuertes y poderosos que los caballos normales. El envidioso Euristeo -otro rey competidor- le encargaría entonces al gran héroe griego Hércules que acabara con esos peligrosos caballos. Así que uno de aquellos trabajos famosos que al gran héroe mítico Hércules le encargasen fue la captura de todos esos feroces animales devoradores. Lo conseguiría Hércules al final y terminaría llevándose todos los equinos del reino de Diomedes. Pero entonces un ejército tracio al mando de este rey asaltaría los caballos por el camino, luchando ahora fuertemente con Hércules. Vencería el gran héroe griego y acabaría encerrando a Diomedes junto a sus caballos salvajes, donde éstos terminaron también por devorarlo. 

De esa forma tan terrible, con la feroz y cruel imagen de la devoración de Diomedes por sus caballos, pintaría Moreau sus tres semejantes obras de Arte, todo un símbolo filosófico de la destrucción del ser por los mismos medios que el propio ser crease antes. Estas representaciones proféticas de Moreau se adelantaron a la decadencia social de aquellos años posteriores a Sedán -la batalla de 1870 donde Francia perdió frente a Alemania-, también se adelantaron a la postración cultural llevada a cabo luego por los creadores decadentistas -poetas y escritores sobre todo-, y, del mismo modo, se adelantaron al final de un siglo XIX con unos muy poco claros por entonces rasgos apocalípticos finiseculares... Toda una extraordinaria premonición la del pintor francés decadentista, una premonición que alcanzaría luego, sin él llegar a sospecharlo siquiera, hasta las trincheras terribles y sanguinarias de la Primera Guerra Mundial para, veinte años después, y sin remedio alguno, llegar así a su más abominable y desastrosa secuela posterior...

(Óleo Cierro la puerta tras de mí, 1891, del pintor simbolista y de la estética decadente Fernand Khnopff, Munich; Óleo Diomedes devorado por sus caballos, 1870, Gustave Moreau, Colección particular, Nueva York; Diomedes devorado por sus caballos, 1865, Gustave Moreau, Museo de Bellas Artes de Rouen, Francia; Diomedes devorado por sus caballos, 1866, Gustave Moreau, Museo Paul Getty, Los Ángeles, EEUU; Óleo Hércules y la Hydra, 1876, Gustave Moreau; Cuadro La Aparición, 1875, Gustave Moreau, Museo de Orsay, París; Retrato de Gustave Moreau, 1860, del pintor Edgar Degas.)

1 comentario:

lur jo dijo...

Me gusta este autor, principalmente por la imaginación a la hora de elegir la temática de sus obras y el colorido de las mismas.

Un abrazo.

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