22 de enero de 2014

La imagen como comunicación humana es, como la experiencia mística, anterior al lenguaje.





El pintor de origen suizo Johann Heinrich Füssli, también conocido como Henry Fuseli (1741-1828), iniciaría la senda del Romanticismo más innovador antes que cualquier otro creador artístico lo hiciera. Se adelantaría con sus obras a los Simbolistas, a los Expresionistas e, incluso, a los Surrealistas... Pero, sobre todo, este creador plasmaría en sus obras el espíritu más onírico y fabuloso que creaciones no místicas pudieran llegar a expresar... ¿Qué mejor lenguaje ahora para entender con él nada más que la propia, solitaria, inesperada, balbuceante y hermosa imagen? Porque sólo ellas -las imágenes- nos sorprenderán, nos abrumarán o nos sobrecogerán. También nos emocionarán. Y algunas hasta nos encantarán con su belleza... Nos dejarán así, sin forma alguna de expresar ahora nada con palabras. Es decir, sin nada más que imágenes para lograr entender, mínimamente, lo que traten de comunicarnos. 

Es como sucediera con el misticismo, una forma de comunicación sin palabras, un tipo por entonces de enlace inmaterial, de vínculo especial con otra cosa sofisticadamente inaccesible..., tanto como lo pueda ser también el Arte. En los místicos, por ejemplo, la visión que ellos tendrían en sus experiencias les produciría una especial sensación de gozo, de algo imposible ahora de expresar con palabras. Algunos lo hicieron, no obstante. En mí yo no vivo ya, y sin Dios vivir no puedo; pues sin él y sin mí quedo, este vivir ¿qué será?, nos dejaría escrito el poeta místico Juan de la Cruz en el siglo XVI. En otra ocasión trataría él mismo de explicar con palabras lo que sus ojos interiores sólo viesen: El efecto que hacen en el alma estas visiones es de quietud, iluminación y alegría a manera de gloria, también de suavidad, de limpieza, de amor; de humildad e inclinación o de una verdadera elevación del espíritu en Dios.

Porque uno de los rasgos que más definen una experiencia mística, según el filósofo norteamericano William James (1842-1910), será la inefabilidad, es decir, la incapacidad para expresar algo con palabras. Dirá James: El sujeto místico afirma que su experiencia desafía la expresión, que no puede darse en palabras ninguna información que explique el contenido. Por ello no puede más que experimentarse individualmente, no es algo posible de transmitir o comunicarlo a los demás. Ya en el Paleolítico medio (130.000 años aprox.) el hombre consiguió balbucear experiencias místicas mucho antes de que pudiera transmitirlas de algún que otro modo inteligible. El cerebro humano desarrollaría mucho antes que otra cosa el mecanismo de la conciencia de la incomprensión de lo anhelado, de lo imaginado o de lo fantaseado, y eso solo lo pudo hacer por entonces con imágenes interiormente visionadas. 

El lenguaje humano estructurado fue posterior, fue la manera en que luego se pudo ya transponerle a otro, a un tercero, lo que íntimamente habría podido sólo un sujeto inspirado antes sentir... Es como pintar, como tratar ahora de describir la explicación de lo que vemos -cualquier imagen creada en el Arte-, algo que, sin embargo, es lo que sólo consiguió otro ya ver antes... A pesar de que es precisamente lo que hago, reconozco que huelga hacerlo a veces. Y hoy, de este modo, quiero hacerlo justo ahora sin palabras, sólo mostrando ya las maravillosas -en su acepción más genuina- creaciones de este fascinante pintor y artista romántico. En su inenarrable obra está ya todo dicho. Disfrútenla como se disfruta de un mundo diferente, misterioso y atractivo, de un mundo que sólo con mirarlo se consiga, tal vez, aquello que el gran poeta místico español dejara escrito:

Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.

(Reproducción de la obra de Henry Fuseli, El íncubo abandona a las bellas durmientes, 1793.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Disfrutemos entonces con las hermosas imágenes que nos muestra el vídeo, sin interpretación alguna, dejando que fluyan nuestros sentidos.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Y la imaginación también, cosa que más guiaron a estos autores seducidos por la belleza de lo fantástico.

Un abrazo.

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