19 de junio de 2014

La humanización de lo monstruoso, o la generosidad y transformación que causa el Arte.



Fue el poeta griego Homero quien daría a conocer en su Odisea la figura aberrante y monstruosa del cíclope Polifemo. Este cíclope era un personaje mitológico de dimensiones gigantescas y horrible aspecto, con su único ojo en medio de su terrible y espantosa cara monstruosa. Sería el héroe homérico Ulises quien lo burlara una vez en una de sus muchas aventuras mediterráneas. Pero fue luego cuando un poeta satírico griego del siglo IV a. C. -época de mayor esplendor cultural del mundo griego-, Filóxeno de Citera, tuviera la curiosa idea de hacer sentir ahora a Polifemo, al fiero cíclope Polifemo, un amor irrenunciable y cándido por una de las más hermosas nereidas mitológicas griegas, Galatea. Entonces, la imaginación de los poetas siguientes en la historia llevaría a plasmar la singular, solitaria, ridícula y grotesca pasión imposible del monstruoso personaje homérico. Así fue como Ovidio, el escritor romano que más transformaría y elogiaría el mito griego, acabaría por crear en su obra Metamorfosis la leyenda más irónica, satírica y realista de amor frustrado, de amor imposible, de amor censurado y doloroso -también cruel-, que llevaría a cabo la impulsiva y estentórea obsesión del gigante Polifemo por la bella Galatea. Porque fue Ovidio quien crea en su relato la figura de Acis, un joven efebo pastor siciliano que enamora a la bella nereida y termina con la esperanza idealizada del sentimiento amoroso de Polifemo. Como consecuencia de esto sobrevino en el monstruo el más espantoso gesto de horror o el más criminal arrebato celoso. Su voz -la de Polifemo- era tan horrenda y atronadora que, cuando invocase una vez a Galatea, escribirá siglos después un poeta barroco español del monstruoso gigante:

... escucha un día
mi voz, por dulce, cuando no por mía.

La hermosa ninfa Galatea era tan blanca y clara como la espuma más límpida y bella del mar. Sus padres fueron Nereo -dios de las olas- y Doris -hija del dios Océano-, con lo que ella poseería esa belleza pura y cristalina que las aguas del mar o la espuma de sus olas forjarían luego en una mitología generosa con el Mediterráneo. Polifemo era hijo del dios del mar Poseidón y de una ninfa marina monstruosa... Tal vez, por eso se enamoraría Polifemo de la transparente e inalcanzable -para él- belleza translúcida y blanca de Galatea. La realidad cruda como una forma de ver la vida se apoderaría de la tendencia artística clásica -los monstruos siempre son monstruos para siempre-, y, así, de ese modo, Polifemo no tuvo nunca otra opción más que su propio sufrimiento. El poeta latino Ovidio -tan clásico- supuso una de las influencias más decisivas en la manera en que los personajes, inspirados satíricamente de este mito, acabarían por asentarse en el imaginario literario y artístico del mundo occidental: los monstruos siempre vistos como monstruos y las bellas siempre vistas como bellas, e inalcanzables del todo además siempre éstas por aquéllos...

De ese modo fue como los poetas y los pintores del Renacimiento y el Manierismo, y posteriormente incluso del Romanticismo, llegaron a representar la leyenda de Galatea y sus dos amores -el querido por un lado, Acis, y el denostado por otro, Polifemo- en sus diversas tendencias artísticas. Pero hubo un momento en la historia, un periodo artístico determinado, el Barroco, que cambiaría en algún detalle toda esa característica típica clasicista. No tenía mucho sentido además que fuese representado en el Barroco -tendencia tan naturalista- de otro modo a como lo había sido siempre. Porque fue el Barroco uno de los periodos artísticos más realistas y sanguinarios de todos, pero, sin embargo, fue esta tendencia la que ofrecería un sesgo muy diferente a la clásica leyenda mitológica de Polifemo. Comenzaría en la Literatura barroca con el gran poeta español del siglo de oro Luis de Góngora (1561-1627), el cual escribe su complejo poema barroco -complejo por usar un lenguaje en exceso culto, críptico y distante- Fábula de Polifemo y Galatea en el año 1612. A diferencia de otros poetas de antes -tanto del Renacimiento como de la Antigüedad-, el poeta barroco Góngora es el primero que absuelve a Polifemo de su destino bufo, rudo e indolente. Es Góngora quien le ofrece a Polifemo un cariz más serio, más sincero o más auténtico, más sentimental o glorioso, en el relato del amor que siente ahora el ser monstruoso por la bella Galatea.

Porque en el poema barroco el gigante Polifemo se mantiene, con Góngora, enamorado profundamente de Galatea en la distancia... Sabe el gigante monstruoso que él no es como los demás, que no puede más ahora que perseguir lo que desea con el terrible infortunio de su horrible aspecto. Polifemo con Góngora deja de ser el monstruo abominable de la leyenda tradicional, o el personaje brutal y ridículo de la sátira burlesca de Ovidio, para convertirse ahora en otra cosa muy diferente. Porque él ignoraba el amor que sienten, sin embargo, los dos amantes -Galatea y Acis-, y los sorprende una vez a los dos -sin él quererlo así- tras una ladera juntos y abrazados ambos. Entonces, y solo entonces, el gigante monstruoso, muy enfurecido, trataría ahora de calmar su enojo arrojándole violentamente una gran piedra a Acis. En la leyenda clásica tradicional, como en la barroca, Acis terminará siendo derribado y muerto por el monstruo ciclópeo. Pero sucede que Polifemo aquí -en el barroco poema de Góngora- habría sido ahora por primera vez en la historia, sin embargo, una víctima más de la tragedia además de un cruel verdugo involuntario...

Charles de La Fosse (1636-1716) fue un pintor barroco muy clasicista, seguidor de la muy influyente Academia francesa que establecía cómo había que pintar un cuadro en el más clásico e inspirado virtuosismo artístico de finales del siglo XVII, el siglo del Barroco más refinado. A finales de ese siglo crea Charles de La Fosse su obra pictórica Acis y Galatea. En ella reflejaría parte de lo que otros -como el poeta barroco español- habrían compuesto literariamente, pero ahora, además, con un nuevo y especial aspecto muy diferente incluso al de la leyenda original. La imagen de su obra barroca es sugerente en las mismas cosas que el poeta Góngora había destacado ya sutilmente. Las dos figuras de los dos amantes -Acis y Galatea- están representadas aquí ahora relajadas, unidas en su amor poderoso, íntimo e inevitable. Pero ahora, sin embargo, también se perciben en ellos otras emociones ajenas a las habituales de los enamorados egoístas: como son la conmiseración, la ternura, la comprensión, la candidez o la fragancia dirigida ahora hacia el monstruo desencantado Polifemo...  El creador francés había pintado además una obra técnicamente homenajeadora de las distintas tendencias artísticas -el Renacimiento y el primer Barroco-, aquellas que el pintor más admirase de años y de siglos anteriores. 

Porque en su obra de Arte Charles de La Fosse combinará el Renacimiento del pintor Antonio de Correggio (1489-1535), por ejemplo, con el Arte de los pintores venecianos del siglo XVI o la composición barroca de Rubens y su forma de exponer figuras y gestos. Gestos como las emotivas miradas de los personajes, ahora con la noble intención de darles a ellos -a los amantes como al monstruo- un rasgo de grandeza idealizada como de un señalado aporte de humanidad. El paisaje de su obra es renacentista, los colores venecianos y las figuras barrocas o manieristas. Todo un intento en aquellos años finiseculares del barroco por homenajear al Arte. Un Arte entonces que, poco a poco, acabaría dejando atrás las maravillosas maneras de haber sido una vez así representado. Porque ya no se volvería a pintar de ese modo tan elaborado y el propio pintor francés acabaría sospechándolo. En su obra barroca aparece la figura de un Polifemo mucho más humanizada, con su representación monstruosa mucho menos terrible o menos espantosa, con una forma menos gigantesca o menos grotesca, salvaje, brutal y odiosa. Porque es ahora aquí solo su cabeza, alejada y semioculta, esbozada casi en un extremo del lienzo, la que el pintor barroco opone aquí a las otras dos bellas figuras representadas -las de Acis y Galatea- en un maravilloso triángulo pictórico magistral: idealizado, emotivo y con un gran sentido y valor artístico.

Demostraría así el pintor francés que en el Arte, en el gran Arte -tanto el pictórico como el literario-, las maneras realistas de encasillar a los personajes o de definir sus actitudes tan clásicas no serán las únicas que puedan ofrecer una visión eficaz de las posibles emociones más intensas de los seres. Que habrá otra forma de hacerlo. Que existe otra manera de ver las cosas o de percibirlas ahora de un modo diferente. Un modo que no tendría por qué ser el manido o trillado de los encorsetados personajes estáticos, tan clásicos, de sus historias inamovibles o estereotipadas. El Arte transformará. El Arte modificará la visión de las cosas. Esa amplia visión de no percibirlas unidireccionalmente todas las cosas; la de verlas ahora de una forma distinta a esos prejuicios tan arraigados en una sociedad, a veces, demasiado dialéctica. De una sociedad que no dejaría en ocasiones de crear con sus artificios -también llamado arte a veces- lo que no es más que un arraigo al temor de pensar que, en otros momentos, las cosas pueden ser ahora diferentes... Que pueden ser percibidas de otro modo a como la tradición o la costumbre hubieran determinado, ingenua o simplemente -cuando no intencionadamente cruel-, la forma en que abordemos las emociones, los sentimientos, los sueños o lo más íntimo y personal que, de todos los seres existentes, alguna vez pudieran existir para nosotros.

(Óleo barroco de Charles de La Fosse, Acis y Galatea, ca.1700, Museo del Prado; Fragmentos de la misma obra, Acis y Galatea, Charles de La Fosse, ca.1700, Museo del Prado, Madrid.)

2 comentarios:

Jan dijo...

Hola, enhorabuena por este blog editado con tan buen gusto y repleto de interesante información. Un disfrute de todo amante del arte.

Me hago seguidor para estar al corriente de las novedades.

Un cordial saludo

Arteparnasomanía dijo...

Con la excusa de escribir, el Arte -que es mucho más que mirar o hacer un cuadro- es de las pocas cosas de las cuales merece la pena hacerlo. Gracias por tu comentario.

Saludos.

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