6 de junio de 2014

La mejor impresión proyectada desde una pared... para una mirada necesitada de paz.



¿Cómo describir la obra de Monet desde una teoría iconológica del Arte? Porque el autor impresionista fue un reflejo extraordinario de lo que sucedió en la pintura a finales del siglo XIX. Pero Monet (1840-1926), además, vivió y creó durante muchísimos años. Tantos que en su biografía se sucedieron varias tendencias, o varias formas distintas, para encarar una modernidad que él mismo abanderara con su peculiar estilo pictórico. Él es el Impresionismo, pero, también una abundante muestra demasiado convencional o contaminada de las típicas imágenes vulgares apropiadas luego por el diseño, la publicidad o el decorado. ¿Quién no ha visto alguno de sus coloridos paisajes vegetales como centro de alguna etiqueta publicitaria, de algún producto comercial o de un calendario oportuno? Con Monet descubriremos al gran creador impresionista que es, pero también -sin él desearlo así- al vulgar artista artesano o al sagaz publicista del Arte. Esta circunstancial ambivalencia, esa forma que caracterizaría su pintura luego, no hizo sino ofrecerle una desafortunada proyección en el ámbito de la creación menos sublime, o en la menos dedicada a combinar impresión con el mejor artificio. Entendido artificio aquí como un lenguaje artístico profundo, no como un recurso iconográfico denostable.

Pero a Monet todo eso le importaría muy poco, a sabiendas incluso de lo que equivaldría luego. Posiblemente, tampoco llegaría a intuir lo que la masiva producción de imágenes supondría luego, en el siglo XX, para competir con el Arte más consagrado..., para ser objeto de más cosas que de un muy grato momento de visión emotiva. Aunque, poco demostraría Monet tratar de diferenciar toda representación de una creación pictórica, fuese la que fuese. Porque crearía extraordinarias obras maestras, cuadros que siguen demostrando la perfección de sus líneas, de su composición, de sus colores, de sus mejores recursos para hacernos distinguir una mera sombra reflejada de un maravilloso reflejo... Sin quererlo exactamente, se convertiría Monet en el padre putativo de todos los aspirantes a crear desde el más sincero pero absoluto diletantismo, es decir, desde el más relajante y honesto modo de ejercer de pintores amateur. Porque la posmodernidad vino a adueñarse luego de un estilo que, dada su elástica, subjetiva, colorista, amalgamada, luminosa, floreada, simplista o insustancial forma de componer paisajes -algo poderoso por su extensa manera de llegar a todos y de ser apreciado-, fuese capaz de incidir en todos los estilos o en todas las formas de expresión para mostrar la impresión de un paisaje furibundo...

Pero, sin embargo, luego está el otro Monet, el que es muy capaz de crear algo imposible de no ser comparado con las más grandes obras maestras del Arte. Con Monet hay que aprender a mirar. Hay, quizás, que entender mejor que con otros autores las obras que él hizo. Porque hay que desentrañar en sus creaciones la paja del grano, la esencia de la mejor imagen artística... del ahora manido y floreado paisaje furibundo. En una de sus últimas etapas -comienzos del siglo XX- creará Monet obras impresionistas de gran interés cuando ya el Impresionismo dejaba paso a otras tendencias. Su obra El Palacio Ducal, del año 1908, es la esencia del impresionismo más subyugador. Un paisaje veneciano, un palacio gótico medieval que hundirá sus raíces aquí en la visión más inspirada del Renacimiento, una arquitectura de extraordinarios efectos de belleza sugerida. Pero él la pintará de otra forma..., pintará una laguna ahora de reflejos imposibles pero que tendrá efectos reales... Porque sólo apenas dos colores aquí, tan sólo dos, armonizarán el sustento más sensible de toda la obra. ¡Qué grandeza de creación artística! ¿Cómo se puede hacer algo así y demostrar que solo lo creado es lo que es y veremos? ¿Qué ojos internos no hay que tener para traducir aquí el sentido más natural de lo que vemos? Pero, no, ¡lo veremos claramente! Sólo los más grandes pintores pueden hacer esto. Y él lo hizo así, sin complejos, sin alardes, sin demora ni tardanza de un estilo -el impresionismo- que habría muerto, sin embargo, mucho antes. Así vino además a demostrar Monet que el Arte llegará a rozar las fronteras de lo etéreo, de lo que, sin llegar a serlo realmente, se basará en las máximas no escritas de lo creativo, de lo que surge de lo más humano sólo por serlo... Aunque, eso sí, unas veces como muestra de lo menos artístico que existe..., y otras como un fiel y grandísimo reflejo de lo mejor hecho. 

(Obras de Claude Monet: Lienzo El Palacio Ducal, 1908, Museo de Brooklyn; Óleo Campo de amapolas en Argenteuil, 1875; Cuadro Ninfeas, efecto en el agua, 1897, Museo Marmottan, París; Óleo Lirios del agua y puente japonés, 1899, Universidad de Princeton, EEUU.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Me fascina de Monet su habilidad por captar diferentes instantes de color que nos ofrece la naturaleza, ante la premura del cambio.

Venecia fue una ciudad que le cautivo por sus esplendidas puestas de sol y edificación y como muestra de ello tenemos su gran legado.

Un fuerte abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Es un creador Monet que impresiona, lo que él quería solamente. Cuando queremos encontrar más cosas, como algunos anhelamos ante una imagen, ansiamos ver lo que no vemos. Por eso hay que saber ver, con él, cómo se transforman las formas en cosas, tan solo ya con las gruesas pinceladas de su ingenio.

Un abrazo.

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