11 de septiembre de 2014

El sentido de la justicia en el Arte y en la vida o el prejuicio injusto sobre cómo debe ser un cuadro.



El Renacimiento nacería entre otras cosas de la ruptura, de la inmoralidad, de la violencia, de la lucha o del ansia de poder. Es curioso, pero las grandes cosas suelen nacer así, quizá sea una terrible contradicción aunque la realidad histórica lo certificará casi siempre. Pero para que las grandes cosas sean llevadas a cabo -progresen- en el sórdido cultivo de lo ignominioso deben cohabitar, además de con los atrevidos, insensibles, oportunistas o cínicos seres, con otros seres ahora muy extraordinarios. Estos otros seres virtuosos se encuentran así entre las simientes azarosas de los aventados gestos de un progreso desatento, inmisericorde e injusto, pero, sin embargo, del todo genial, absolutamente genial y extraordinario. En Italia se dieron anticipadamente al resto de Europa las ventajas político-sociales que harían que pequeñas localidades-estados fuesen dirigidas por grandes familias nobiliarias. Familias liberales que habían adquirido un poder no visto nunca antes en el mundo. Todo comenzaría en el siglo XII con el enfrentamiento entre el Imperio Sacro-Romano de occidente -una reminiscencia del antiguo imperio romano y del medieval de Carlomagno- por un lado, y de la poderosa Iglesia Católica -heredera en parte de aquel imperio y de sus estructuras de poder- por otro. Italia fue entonces el escenario más combativo y allí se encontraba Roma, la ciudad que se convertiría pronto en el centro de toda la Cristiandad. Nunca dejarían los Papas y sus cardenales que el poder imperial ejerciera sus influencias territoriales o terrenales en el suelo itálico, un suelo sagrado y consagrado por los obispos desde muchos siglos antes.

Pero como el emperador de ese imperio europeo de turno era coronado por la Iglesia y un firme defensor de ella, no podría enfrentarse directamente nunca con el Papado. Pero tampoco el Papa no debía luchar ahora, claramente, en los campos de las ambiciones más terrenales. Así que ambos bandos poderosos utilizaron a los nobles ambiciosos de algunas ciudades prósperas italianas para que fuesen los que defendieran sus intereses, los egoístas intereses de cada uno de esos dos bloques poderosos. Esas acabaron siendo las conocidas luchas entre gibelinos -partidarios del sacro imperio germánico- y güelfos -partidarios de los papas-. Esas luchas dieron mucho poder a esos nobles italianos, les dieron entonces una gran independencia aunque sin poseer ningún estado. Fueron además unos oportunistas que sus patrocinadores utilizaron para ejercer así influencia en Italia. Y por entonces todo valdría: la lucha moral en el campo de batalla pero también la más inmoral en lo social llevada a cabo con asesinatos, venganzas, asaltos o supremacía violenta en todos los órdenes de la vida. Hasta en el Arte... Porque, ¿cómo podría por entonces un señor de un pequeño estado -de Florencia, Ferrara, Milán, Venecia o Mantua- demostrar primero que era un gran señor mejor que sus vecinos?, ¿demostrar que era un ser digno de poder ostentar -sin serlo porque el imperio no les permitió nunca el cetro real- una corona real al menos en grandeza o en florecimiento social? Pero, además, ¿cómo destacar el gran señor ante los demás nobles o reinos europeos con las más grandes cosas que se pudieran poseer por entonces -comienzos del siglo XVI-, un tiempo de cambio y transformación socio-cultural? Y se movieron los señores de las ciudades italianas muy bien en ese tiempo -el Renacimiento-, momento además en el que el impulso de progreso era una justificación de sus propias formas y deseos políticos de conseguirlo. Una justificación ante lo antiguo y ante lo que se decantaba ahora entre un Imperio omnímodo y una Iglesia metomentodo.

Una de esas grandes familias italianas de finales del siglo XV lo fue la del ducado de Ferrara. Hércules de Este fue duque de Ferrara entre los años 1471 al 1505. Lucharía entonces contra sus vecinos poderosos de Venecia para tratar de alcanzar aún más gloria para su ducado. Pero no pudo Hércules entonces obtenerlo, no lo llegaría a conseguir por una de las batallas más duras que sufriera su ducado -La guerra de Ferrara entre los años 1482 y 1484-, guerra en la que tuvo que ceder territorio y perdería considerables ventajas económicas. Para resarcirse el duque de Ferrara ante el mundo no se le ocurre otra cosa mejor que fomentar las Artes patrocinando todo tipo de  artistas. Ahí empezaría un deseo compulsivo por buscar en el Arte el prestigio que no se pudiera hallar en la guerra. Tuvo varios hijos Hércules de Este, entre ellos tres destacaron en la historia artística: la inteligente Isabel de Este, la bella Beatriz de Este y el mecenas y poderoso Alfonso de Este (1476-1534). Alfonso de Este se casará incluso con la célebre e infausta Lucrecia Borgia. Sus hermanas, mayores que él, acabarán siendo marquesas y duquesas consortes: Isabel lo sería de Mantua y Beatriz de Milán. Las dos hermanas fueron retratadas por el gran Leonardo da Vinci. Una de ellas, Isabel, posiblemente enamorada platónicamente del genial artista florentino. Ellas fueron las nuevas mujeres de una época que revolucionaría la forma de ver y entender el mundo. Ellas pudieron permitirse ser diferentes a otras aristócratas europeas porque sus ventajas sociales y culturales -las ciudades-estados eran las más relajadas en costumbres y libertades- fueron superiores a las que podían gozar cualquier infanta en cualquier corte francesa, inglesa o española. Dos artes brillaron por entonces, la literaria y la pictórica, entre esas cortes renacentistas italianas. La literaria porque influyó mucho en la forma en cómo se debía ver el mundo. No fue la pintura la que empezaría por cambiar la visión renacentista de la vida; no, fue la literatura primero, que utilizaría luego a la pintura para representar bellamente esa visión.

Y así surgieron poetas y escritores que, como siempre en las sociedades humanas, dirigirán con sus ideas e influencias artísticas la manera en que los mecenas deseen luego ver esas imágenes. Las imágenes que sus patrocinados -los pintores- fueron capaces de plasmar con las nuevas técnicas renacentistas: el óleo, la perspectiva, el escorzo, el paisaje... Algo que, curiosamente, fue la Iglesia la que empezara a utilizar en sus encuadres sagrados y que durante los siglos previos al Renacimiento -siglos XIV y XV- se permitiera representar bajo los auspicios del sentido iconográfico aceptado por el pensamiento sagrado más dominante. Hasta que llegan los filósofos y escritores neoplatónicos y se inspiran en el mundo clásico grecorromano y descubren así las viejas narraciones o los antiguos tratados clásicos escondidos o perdidos antes por el mundo medieval. Uno de los más curiosos escritores del Renacimiento lo fue Mario Equicola (1470-1525). Él llevará la metafísica griega y la antigua literatura latina del poeta Ovidio a un compendio actualizado para mostrarlas a un mundo nuevo en pleno cambio. Donde la mujer alcanzará un estatus representativo de esa nueva sensibilidad ante las costumbres, las ideas o las visiones diferentes de ver el mundo. La estricta moral apadrinada por la Iglesia sucumbiría ahora después de años de firmeza y espiritualidad medieval. Ahora había que reencontrar otra forma de espiritualidad y el Neoplatonismo fue la mejor opción ya que combinaba espiritualidad con soltura y flexibilidad clásicas. Aunque con mucho rigor estético y ético que incluía ahora nuevas formas de rigor: un rigor, por ejemplo, al mejoramiento del hombre, a su libertad de creación o a tener una visión más amplia de las cosas, trascendente pero también inmanente.

Mario Equicola sería llamado a la corte del ducado de Mantua donde la inteligente Isabel de Este (1464-1539) estaba casada con Francisco Gonzaga. Ella empieza conociendo esas nuevas ideas fascinantes que no son más que las antiguas que Equicola había recopilado. Éste las transmitía en sus poemas, en su filosofía o en sus ideas renacentistas y humanistas. Pero fue sobre el año 1510 cuando por entonces el hermano de Isabel, Alfonso de Este duque de Ferrara, se plantea construir un lugar nuevo lleno ahora de obras representando esas nuevas ideas con ese nuevo Arte extraordinario. En Ferrara poseía el duque un Palacio y un Castillo, ambos edificios separados por unas decenas de metros. Pero cada vez que pasaba Alfonso de un lugar a otro debía ir siempre por la intemperie, por ese sub-mundo -metáfora medieval- sórdido o lleno de barro cuando lloviese o lleno de polvo cuando no. Así que Alfonso idea levantar un pasadizo cubierto en superficie, una galería con varias estancias diferentes que le permita ahora -metáfora estéticamente renacentista- desplazarse sin tener que desfallecer de sordidez. Pero, claro, no podría estar un lugar así indecorosamente vacío. Una de las estancias que componía el pasadizo entre el Palacio y el Castillo la manda construir de paredes de alabastro, un mármol blanco tan refinado que acabaría llamándose la estancia así: la Cámara de Alabastro.

Había que decorar con hermosas obras de Arte esas inmaculadas paredes, pero, ¿exactamente con qué? Su hermana Isabel le recomienda obras que representen las nuevas ideas de Mario Equicola, un mundo nuevo para un lugar nuevo, una visión clásica -nunca vista en la historia medieval-, y que ahora los nuevos poderes progresistas y humanistas -aunque absolutamente violentos y criminales en sus actos- debían tener para distinguirse de los otros, de los más poderosos del Imperio o de la Iglesia, o de los grandes reinos europeos o de sus otros competidores en Italia. La idea estaba diseñada: serían esas clásicas ideas pero, ¿cómo llevarlas a cabo? El tema elegido para las obras de Arte fue la Mitología griega que usara el poeta romano Ovidio en el siglo I para contar sus historias atrevidas. Y Mario Equicola establece la narración a representar: una leyenda basada en la obra Fastos de Ovidio, un relato escrito en plena época gloriosa del imperio romano. ¿Qué pintores podían llevarla a cabo entonces? Los mejores. Así que Alfonso de Este llama a los mejores pintores de Italia: a Rafael, a Fray Bartolomeo, a Giorgione, a Bellini. Rafael era el más grande pero ocupadísimo en Roma; Bartolomeo era un dominico que, aunque había hecho alguna obra mitológica para Alfonso, no conseguiría entender la nueva forma estética que Equicola sugería. Giorgione moriría pronto. Giovanni Bellini (1435-1516) fue la mejor opción. Era un pintor veneciano abierto a las nuevas tendencias del color y sus formas. Era un pintor consagrado, nacido en el año 1435 y por tanto con gran experiencia de diversos estilos artísticos, tanto del antiguo como del moderno mundo: el gótico y el renacentista. Pero además era un creador muy inteligente. Fue capaz de volver a aprender de los más jóvenes. Giorgione (1479-1510), con cuarenta años menos que él, fue el primer pintor veneciano que rompiese las formas de pintar arcaicas. Lo hizo tan bien que Bellini no pudo más que reconocerlo y seguiría a Giorgione en la manera de representar los personajes, ahora más humanizados. También le seguiría en el color y en la perspectiva y en la natural manera de componer, tan lejos de la rígida, gótica y sagrada forma de antes.

Es la última creación que Bellini hiciera en su vida, es la más profana, audaz y progresista de su vida, y esa es la que compuso para Alfonso de Este y su Cámara de Alabastro: El festín de los dioses. Representa una leyenda mitológica basada en la clásica obra poética de Ovidio. Pero, ¿qué pintar ahora, cuál debía ser la leyenda concreta representada o qué sentido había de dársele en la obra? Ante la rígida moral de las costumbres que la Iglesia propiciaba, Alfonso de Este, como muchos aristócratas renacentistas, estaban subyugados por ver la vida de otra forma, con más liberalidad pero, también, con un mensaje ético y estético aleccionador, es decir, con placer pero con justificación estética novedosa. La leyenda de Ovidio contaba una escena donde los más importantes dioses de la Mitología -los mejores seres entonces, los más grandes y poderosos- están ahora juntos viviendo una bacanal, un momento de delicia donde el vino y la molicie conjugaban el único sentido de la vida. Luego de la fatiga del placer todos acaban dormidos. Todos salvo uno, Príapo -dios de la fertilidad masculina-, el cual, personaje taimado, sensual y atrevido como era, trata ahora de violar a una bella ninfa dormida. Pero en ese mismo instante un burro, el asno mitológico de las leyendas de Ovidio, rebuzna indignado justo cuando Príapo intenta levantar el vestido de la joven. No, ¡eso no se permitiría! Y todos terminarían criticándolo hasta expulsar a Príapo de la escena. Esta era una escena como nunca antes había sido representada en la Historia del Arte. Los dioses aparecen ahora como hombres corrientes. Tan corrientes que luego Bellini hubo de colocarles algunos atributos divinos para justificarlos como tales, cosa que el pintor no quiso o no se le ocurrió hacer antes. Y vemos al dios Hermes sentado con un casco en su cabeza; o vemos a Dionisos -Baco en Roma- como un niño pequeño, detrás de aquél, junto a un barril de vino; a la derecha de Hermes vemos a Zeus -Júpiter en Roma-, bebiendo al lado de un ave de presa ennegrecido. Más a la derecha observamos al dios Poseidón sentado, tocando con su mano el muslo a otra bella ninfa o diosa o semidiosa. A su lado la diosa Deméter está tocando a Apolo, quien, junto a su instrumento de cuerda, bebe de una pequeña vasija. A su izquierda, de pie, está el dios Príapo inclinado ante la sugestiva ninfa dormida. Bellini era un gran pintor del Quattrocento, del final del medievo y del comienzo del Renacimiento, uno de los mejores creadores de entonces, el que mejor comprendería el sentido de crear en ese tiempo de cambio, en ese paso de tiempo artístico entre lo antiguo y lo nuevo. El que había entendido lo que sus maestros arcaicos le habían enseñado, pero el que, también, comprendía que las cosas habrían cambiado mucho. 

Aun así modifica algunas cosas de la obra a lo largo de su creación durante el año 1514, e incluso -aunque imposible saberlo- durante el siguiente año 1515 y también en parte del año 1516 hasta su fallecimiento. Una de esas cosas que cambiara fue la procacidad con que debía haber pintado las vestiduras de algunos personajes femeninos. Seguro que su mecenas le insinuaría que debía enseñar más cosas de las que en sus retratos góticos le hubieran permitido hacer antes. Hay que entender que Bellini tenía ya setenta y nueve años en el año 1514. Lo cambió el pintor, sin embargo, y compuso entonces una obra extraordinaria. Pero no es, exactamente, la misma obra que ahora vemos la que él terminara. Cuando en alguna ocasión he tenido el placer de visualizar esta maravillosa obra he visto que el autor no llevaba el nombre de Bellini sino el de Tiziano, confundiendo así obra y autor. ¿Es que el gran pintor manierista italiano -Tiziano- había hecho una copia -cosa habitual y loable en el Arte- de una obra de otro creador, en este caso del renacentista Bellini? ¿O es que, sencillamente, ambos habían hecho una obra muy parecida? En el relato histórico de los grandes pintores del Renacimiento, el cronista Giorgio Vasari -pintor y primer crítico de Arte- había escrito en el año 1568 que Bellini dejaría inacabada a su muerte en 1516 la obra que Alfonso de Este le encargase para su Cámara de Alabastro. Y que el duque de Ferrara, conocedor de la pericia de un discípulo suyo -Tiziano-, mandaría llamarlo para hacer ahora dos cosas. Una componer otras obras que completaran aquélla y pudieran situarse en su Cámara de Alabastro. Otra mejorar la obra de Bellini, una obra de Arte que, a su vez, había modificado antes otro pintor renacentista a sueldo del duque, el pintor Dosso Dossi. Hoy sabemos que Bellini terminó su Festín de los dioses en el año 1514 y que cobraría los 85 ducados de oro que el duque le prometiera por su trabajo. Pero después del año 1516, fecha en que el pintor Bellini fallece, no dejaría Alfonso de Este de modificar la obra el Festín de los dioses. ¿Por qué? Porque no sería por la falta de liberalidad de los gestos o por las insinuaciones atrevidas de la leyenda mitológica. No, ahora debía ser otra cosa. Quería el duque hacer de la obra de Bellini una forzada obra aún mucho más renacentista, con todos los atributos artísticos y estilísticos que la nueva singladura pictórica llevara con los nuevos tiempos.

Bellini hizo su maravillosa creación, incluso la modificaría luego según ideas de su mecenas, pero así quedaría la obra hecha por entonces, como el pintor la terminase antes de morir. Y lo que pudo haber sido una obra contextual y artísticamente extraordinaria terminaría siendo una mezcla de estilos y una injusta forma de atropellar el Arte. No tuvo escrúpulos Alfonso de Este por hacer cambiar partes del paisaje -no de los personajes- que Bellini imprimiese en su -¡magnífica de poder verla ahora!- visión gótico-renacentista de una obra ya atrevida para entonces. Porque Bellini no pintó un paisaje como el que vemos ahora: ni esa inmensa colina montañosa ni esa elevación culminada en unos riscos con ruinas pintaría Bellini, él pintó un bosque de árboles detrás de los personajes. Pero no eran así el estilo progresista renacentista que Dosso Dossi, nacido en el año 1490, y Tiziano, nacido en 1485, tendrían de la visión de un fondo de paisaje verdaderamente moderno, verdaderamente renacentista. Así que el primero modificaría parte de los árboles que Bellini compuso en la izquierda del fondo de su cuadro, y añadiría además un faisán en la rama de uno de ellos -a la derecha y más arriba de Príapo-, e incorporaría también otra ave más pequeña cerca de la manga blanca del dios Hermes. Todas cosas que Bellini no había compuesto entonces en su original obra de Arte. Tiziano añade años después, entre 1518 y 1529, la montaña y el cielo, elementos que Bellini no incluyera en su obra. Bellini compuso un fondo frondoso de copas de árboles y troncos. Fue su estilo, su forma de pintar, su manera de componer la obra, esa con la que él creía debía ser creada. ¿Cómo alcanzar a entender la justicia de la vida? ¿Por qué algunos seres no respetarán la vida de los otros o, como en este caso, las obras terminadas de los otros? ¿Por qué el prejuicio ahora prosperará ante el criterio o ante los gestos de los demás o de sus estilos o de sus decisiones, o de sus formas o de sus maneras de hacer o de ser...? ¿Es que cómo hacemos las cosas o cómo componemos las cosas deben ser cuestionadas luego de haber sido hechas? Y hacer luego además que esas cosas pasen a la eternidad de la creación artística o de la vida de forma distinta a como fueron concebidas o acabadas por el autor original. Porque si el creador fallece y deja inacabada la obra tiene sentido completarla por un sensible creador, alguien que respete temática y estilo. Pero aquí, en este caso, fue la tropelía más grande llevada a cabo en una grandiosa obra de Arte realizada por  Bellini, un creador que se impregnaría además de todo un siglo de transformación, desarrollo y advenimiento de una nueva forma de hacer Arte. Aunque, sin embargo, al final, también quedara perfecta...

(Óleo renacentista El festín de los dioses, obra realizada en 1514 por el pintor Giovanni Bellini, modificada por Dosso-Dossi a la muerte de su autor, y finalizada parte con otro estilo, entre 1518 y 1529, por Tiziano, Museo Galería Nacional de Washington, EE.UU; Radiografía con rayos X realizada a mediados del siglo XX de la misma obra El Festín de los dioses, donde se observan las originales composiciones que ya hizo su autor inicial Bellini; Fotografía de una reproducción de lo que sería la Cámara de Alabastro de Alfonso de Este, donde se aprecian las otras obras que completaría la Cámara, además de esta, obras de Tiziano y de Dosso-Dossi, todas ellas de temática profana y mitológica, un gabinete destruido a finales del siglo XVI y sus obras desperdigadas por otros propietarios y lugares.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Increíble la falta de respeto hacia el autor de la obra, tanto por su propietario como por los dos artistas que posteriormente y sin ningún reparo, valiéndose del libre albedrío, originaron tanto daño en el cuadro.

Como también hay que reconocer tu espléndido trabajo al referir la obra, época y personajes.

Un abrazo.



Arteparnasomanía dijo...

Y es que el Arte, como las sensaciones subjetivas, no deben ni pueden ser cuestionadas. Es así cómo debe ser la justicia de la vida y de los otros, de todos nosotros. Respetar las cosas, las creadas o ideadas por los seres, porque fueron hechas así, de ese modo, aunque, como digo, luego, modificadas, queden ahora perfectas..., pero ya no cómo eran...

Un abrazo.

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