2 de octubre de 2014

El idealismo profético del Amor cortés más como un fenómeno estético que como otra cosa.



Cuando el pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones (1833-1898) tuviera ocasión de ver los manuscritos provenzales de los famosos Cuentos de Canterbury -traducido al inglés por Geoffrey Chaucer (1343-1400)-, quedaría absolutamente asombrado por tanta efusión de pasión mística y profana, de emoción divina y terrenal, a que le llevarían las poéticas palabras escritas por unos autores franceses del siglo XIII. Esos manuscritos componían la gran obra poética medieval titulada el Roman de la Rose. Divididos en dos partes, fueron escritos por dos poetas diferentes, Guillaume de Lorris y Jean de Meung. Relataba el poema inicialmente un sueño, una ensoñación maravillosa en la que el protagonista es recibido por una dama ociosa, un personaje que le abre ahora las puertas al Jardín del placer. En esta alegoría del amor el protagonista pasa también por la influencia de otros personajes alegóricos, todos representativos de ideas o conceptos muy humanos. Entonces el personaje de la Alegría, por ejemplo, lleva al protagonista a un baile donde se encuentra con otros personajes alegóricos, el de la Riqueza y el de la Generosidad. Más adelante el protagonista se enamora de una Rosa, una flor maravillosa situada muy alejada, distante en el centro mismo de aquel Jardín del placer. El poema medieval describe cómo tiene el peregrino-protagonista que corregir ahora su carácter y aprender los mejores modos para poder conseguir el amor deseado, el amor cortés. Según el poema medieval, para alcanzar su objetivo amoroso anhelado obtiene la ayuda de otros personajes contingentes: de Paciencia, de Esperanza, de Pensamiento agradable, de Mirada dulce o de Verbo suave.

Antes de llegar al centro de ese mítico Jardín, debe el peregrino atravesar un bosque que le llevará luego a ser recibido por Acogida agradable. Pero, de pronto, se encuentra el protagonista ahora con Peligro. Para ese momento Razón le disuade incluso de querer continuar. Sin embargo, el protagonista insiste en seguir, aplaca a Peligro y, decidido, llega por fin a ver la deseada Rosa, y a besarla incluso luego. Pero la tierna escena la observa Mala persona, que solicita ayuda a los enemigos del caballero-protagonista, a Miedo, a Vergüenza y a Peligro, personajes alegóricos que cierran el bosque y encarcelan a Acogida agradable en una torre para siempre. En ese preciso instante el caballero comienza a dejarse llevar ahora, sin poder evitarlo, por un sentimiento interior desconocido muy parecido al dolor... En esta obra poética provenzal se trataba de encumbrar al amor cortés, una concepción platónica o mística del amor más furtivo permitido entonces. Es decir, de una especie de amor aristocrático más bien, el cual sólo un tipo de sentimiento social como ése, tan extraordinario, podría acaso acercarse así, fugazmente y por medios poéticos, al deseo prohibido provocado por unas nobles señoras del todo ahora inalcanzables. En pleno momento del feudalismo medieval, esas señoras nobles, las de los señores feudales del medievo, concentrarían en sí mismas dos objetivos en aquella sociedad de entonces: por un lado fortalecer el sentimiento de admiración, de devoción o de servidumbre hacia los deseos, nada amorosos, de las relaciones de poder (unos señores más favorecidos frente a otros mucho menos); y por otro un motivo más civilizado y realizable por entonces para poder llegar a ejercer una forma de adulterio más o menos consentido. Pero, a pesar de esas razones cortesanas o mundanas, los creadores prerrafaelitas del siglo XIX, esos pintores enamorados de la idea romántica del fervor medievalista del amor, consiguieron retratar sin complejos la pasión, la mística, la devoción o el deseo elevado más exquisito y excelso.

Entre ellos proliferaba el sentimiento de que la existencia debía procurar los eximios placeres de la vida y del amor en esta morada vital, mucho más que los que nos tuviera reservada luego la ansiada eternidad misteriosa. De ese modo el pintor británico Burne-Jones crea su tríptico prerrafaelita basado en aquel Roman de la Rose del siglo XIII, donde ahora la Rosa es aquí el objeto más codiciado de ese amor imposible. La Rosa, una flor cuya belleza durará tan poco como la fragancia que desprenderán sus delicados pétalos efímeros. Porque es aquí ahora el símbolo del amor más perfecto, más idealizado, más divinizado o más frágil, y, por tanto, del amor más perecedero y caduco. En su obra pictórica El amor y el peregrino consigue el pintor mostrarnos el difícil y apesadumbrado peregrinaje del protagonista hacia el objeto de su pasión. Vemos junto al protagonista a un ángel alado -símbolo del amor más puro- que guía silencioso, incluso con un rostro poco alentador, el tortuoso camino del caballero a través de los traicioneros y puntiagudos ramajes del bosque. Unos obstáculos peligrosos que se presentan al caballero en el devenir más azaroso de su deseo. Se dejará él guiar así, se dejará llevar de ese modo el peregrino, a pesar de no sentir ya ni fuerzas para ello. El pintor prerrafaelita no deja de señalarnos en su obra de Arte el contraste entre una idealización maravillosa frente al farragoso deambular del peregrino. Sólo al final, en una de las obras de Arte del tríptico realizada ocho años antes, consigue por fin el personaje-protagonista llegar a presenciar la anhelada Rosa de su deseo...  Esta será la rosa inaccesible, representada en otro lienzo del tríptico prerrafaelita -El corazón de la Rosa- por una mujer idealizada, un personaje femenino que, de manos de ese amor impenitente de figura alada y sin fragancias, se muestra aquí ante el peregrino con un semblante tan distante como lo fuese el sentido prosaico y feudalista de aquel medieval romance. Y, por tanto, un sentimiento amoroso éste ahora, sin embargo, un poco más que indefinible, muy alejado de todo deseo, algo interesado, o del todo imposible.

(Óleos -tríptico- del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones, El amor y el peregrino, 1897, Tate Gallery, Londres; Cuadro El peregrino ante las puertas de la ociosidad, 1884, Museo de Arte de Dallas, Texas; Óleo El corazón de la Rosa, 1889, Colección Privada.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

En esta entrada, me encanta el procedimiento que utilizas para darnos a conocer el contenido del poema Roman de la Rose, en sincronía con la obra de Edward Burne-Jones.

Un modo de hacernos recordar, fácilmente, tanto la obra, como lo que se refleja en ella.

Como siempre, gracias por compartir tus conocimientos públicamente, estimulando en todos los que te leemos, de esa manera, tu pasión por el arte.

Un fuerte abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Es mutuo, la estimulación por hacerlo surge de esa misma necesidad por leerlo y por compartirlo.

Gracias por decirlo.

Un abrazo!

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