22 de diciembre de 2014

Los destinos en la vida y el Arte, o cómo el mundo al fin dividirá el sentido de la vida.



Cuando fuese requerida una obra del gran pintor Tiziano por el Príncipe de Asturias en el año 1550 -el joven heredero Felipe de Habsburgo español-, esa misma obra la habría comenzado a hacer el pintor veneciano, sin embargo, casi treinta años antes. Es uno de los casos en la historia más curiosos de motivación de creación artística. ¿Quién la mandó a hacer, realmente? ¿Fue una idea solo del pintor? ¿Influyó alguién más entonces, cuando la iniciara? Es un misterio. Porque la obra existía cuando Felipe II de España -entonces príncipe- la solicitase en el año 1550. Tan misterio es esta obra de Arte que la reseña que describe la obra en la web del Museo del Louvre, donde está depositada, indica que fue realizada para Felipe de España en el año 1551. Es posible que el pintor la terminara entonces, pero según algunos historiadores -Panofsky, por ejemplo- la comenzaría a hacer en el año 1515, dedicando más de treinta años a terminarla, borrando cosas o añadiendo luego otras. Toda una curiosidad creativa que se agrega, aún más, a las peculiaridades geniales de este magnífico pintor veneciano. Pero es que esta obra de Tiziano es, además, una representación artística del misterio más iconográfico. Se titula en el Museo del Louvre Júpiter y Antíope, pero tambien es conocida como la Venus del Pardo. Una sutil confusión más.

Primero porque existe el error desde el siglo XVIII de llamar Antíope a Venus y viceversa. Son ambos personajes mitológicos distintos, aunque sean mujeres bellísimas y desnudas las dos. Pero empezemos por el principio, cuando el lienzo llegó a Madrid en el año 1552. La obra se titulaba por entonces Venus, luego fue llamada la Venus del Pardo porque fue a este Real Palacio madrileño -El Pardo, residencia palaciega y cinegética del reino español desde el año 1400- adonde se llevaría la obra para depositarla. En el año 1552 se cuelga en las paredes de El Pardo, junto a muchas otras obras de Arte que se guardaban allí. La mitología distingue a Venus de Antíope claramente. Esta última fue una hermosa princesa mitológica griega de Tebas, una mortal que Zeus -el dios más enamorado- quiso poseer como fuese. Para ello se transformó el dios en un sátiro según la leyenda. Y ahí radica el error, ya que los sátiros también perseguían la visión esplendorosa de Venus, la diosa de la Belleza. Y los pintores crearían lienzos de ambas bellas mujeres míticas, confundiendo a veces las dos. En el caso de esta obra de Tiziano, como se archivase por entonces el cuadro en las Colecciones reales españolas, se terminaría llamando La Venus del Pardo.

Sin embargo, el pintor veneciano no quiso pintar solo la figura de Venus en su cuadro. Hay muchos otros personajes ahí, diferentes figuras que no tienen nada que ver con ella y su belleza, otro misterio... La diosa está dormida aquí, como Venus fue siempre representada. ¿Por qué dormida? Pues porque la Belleza es así siempre: distante, dormida, displicente, ajena, imparcial. Está también aquí representado Eros -su hijo-, el pequeño dios alado del Amor con sus flechas determinantes. Símbolo de que la Belleza -Venus- siempre animará al Amor -Eros- a perseguir raudo el sentido de la vida. Y está luego el Sátiro, el único personaje mitológico que se atreve a mirar directamente a la diosa de ese descarado modo. El único ser que, gracias a su deseo, obvia aquí el desdén mitológico de ella. Pero el creador pintó una escena grandiosa y complicada también con cazadores, pastores y otros personajes mitológicos. ¿Por qué? Tiziano fue uno de los primeros creadores del Renacimiento junto a Giorgione que iniciaron la representación de símbolos y mensajes misteriosos para compendiar el sentido de la vida. No se limitaban a describir una leyenda más basada en una narración mitológica conocida. Así que el pintor veneciano iría más allá. Y quiso describir con todo eso el mundo misterioso del hombre, la propia vida del ser humano en el mundo y para qué vivimos en él. Es decir, ¿por qué los diferentes seres humanos tendrán intereses tan distintos y dispares unos de otros en este mundo? 

Y entonces surge la interpretación de aquel historiador que nos dice que el mundo se divide en tres actitudes ante la vida: la vida activa, la vida sensitiva y la vida contemplativa. Es decir, en un caso, seres que dedican más su existencia a la actuación dinámica, a realizar cosas o a producirlas: así sus necesidades, su mente y su cuerpo están determinados por la acción positiva. En otro caso, los seres que dedican más su vida a los sentidos: a la satisfacción o a lo voluptuoso, a la búsqueda de la mayor sensación de placer físico que se pueda conseguir. Por último, seres que priman la contemplación: la mayor abstracción que ellos consigan con la visión o con la sensación intelectual de las cosas del mundo. Es evidente que la vida es una unión no equilibrada de las tres cosas o actitudes. Pero, en cada caso, en cada ser humano siempre primará una de ellas sobre las otras dos. 

Y el pintor Tiziano describe aquí todo eso con la representación de las diferentes figuras que plasma en su lienzo. Por un lado el caso claro de la vida sensitiva, la que vemos en la representación de una Venus dormida y el Sátiro que la descubre para verla. ¿Sólo para verla? No, y por eso Eros aparece aquí decidido con su flecha... Debe enamorarse el sátiro además. Por otro lado, las figuras de unos cazadores a la izquierda y en el extremo más lejano de la derecha del lienzo. En ambos casos, seres activos con sus perros para abatir las piezas de su caza. Y, finalmente, la pareja sentada, seres que ahora observan las cosas que suceden a su alrededor y contemplan la vida con paciencia. Él -de espaldas- como un Dioniso griego, el dios mitológico de lo inefable, de lo misterioso o lo curioso; ella ahora, frente a él, como una meditabunda diosa de la floración o la vida interior.

El cuadro padeció una de las vidas más agitadas que un lienzo pudiera tener. Antes de nada sufrió un dramático incendio cuando el Palacio del Pardo ardió en marzo del año 1604. Entonces se perdieron todas las obras que allí estaban, excepto ésta. El rey español de entonces, Felipe III, asombrado, pronunciaría al saberlo: Si se salvó este cuadro lo demás no importa. El lienzo de Tiziano se mantuvo en la Colección real de la corona española hasta que el rey Felipe IV se lo regalase al rey inglés Carlos I en el año 1623. Luego, cuando este rey inglés fuese ahorcado por Cromwell en el año 1649, el cuadro lo compraría el cardenal francés Mazarino y lo llevaría a París a su palacio. Más tarde, a su muerte, sus herederos lo obsequiarían al rey francés Luis XIV para terminar, por fin, en el Museo del Louvre más de un siglo después. Ha sufrido restauraciones poco apropiadas a lo largo de los siglos, algo que no ha hecho sino deteriorarlo más. Actualmente está en proceso de preparación para ser expuesto, con su original esplendor, a partir del año 2015 en las salas del Louvre. Una maravilla del Arte que, junto a su renovada textura y color, podrá admirarse de nuevo aquel largo deseo del pintor, ese anhelo poderoso de representar parte del misterioso y diverso sentido de la vida.

Los pintores duplican en sus obras a veces las inspiraciones que otros creadores tuvieron antes que ellos. El gran pintor Manet (1832-1883) nació en una familia acomodada de funcionarios de Francia. Como jefe de un departamento del ministerio de Justicia, el padre de Manet podía ofrecer a su familia una vida relajada. La experiencia inicial en el Arte del joven Manet fue tangencial, solo recibió algunas lecciones de dibujo como tantos jóvenes franceses en su educación normal. Pero, a cambio, sí visitaría el Museo del Louvre junto a un amigo artista, el pintor Antonin Proust. Sin embargo, para nada su destino estaría dirigido hacia el Arte. Debía dedicar la vida al Estado. Y el joven Manet aceptó dedicarse al trabajo más aventurero de un funcionario estatal, el de marino. Decidido ser oficial naval y para ello debía realizar el duro examen de ingreso a la Escuela Naval. En el año 1848 se presentó sin éxito alguno. Las exigencias de la Escuela Naval francesa eran tales que, de suspender, solo podía volver a presentarse luego de estar seis meses embarcado en un buque francés. Embarcaría a finales de ese año como cadete en el Havre et Guadeloupe. Al regresar a París se presentó de nuevo, y de nuevo fracasó. Ante ese fatídico golpe del destino el padre consintió por fin que estudiase Pintura, pero ahora bajo rígidas y estrictas condiciones académicas.

En sus años de estudio, Manet pasaba muchas horas en el Museo del Louvre copiando obras de grandes pintores venecianos como Tintoretto o Tiziano. Y así fue como crearía en el año 1857 su obra -mal titulada- Júpiter y Antíope, una reminiscencia modernizada de aquella versión manierista del gran Tiziano. La figura de Venus está aquí dormida, como la retratan todos los pintores que conocieran la versión mitológica clásica. Años antes que Tiziano, el gran pintor Giorgione crea su obra Venus dormida, una Venus sin nada más que ella sola ante un lejano paisaje crepuscular. En el año 1510 fallece Giorgione sin terminarla, y la historia cuenta que Tiziano finalizaría la inacabada obra de Arte. Es una de las primeras Venus extraordinarias de todo el Arte. La contemplamos aquí en su plena y magnífica belleza, ¿puede pintarse una Venus mejor para entonces, teniendo en cuenta el temprano momento en que se llevó a cabo, el año 1510? El Renacimiento más bello de un desnudo, el más definitivo y el que más influyó luego en una Venus.

Siglos después un pintor desconocido y tan misterioso como Tiziano pinta, con sólo veinte años, su propia Venus desnuda. Pero en este caso el joven pintor francés la pinta ahora despierta. Sin embargo, no la tituló Venus, la denominaría entonces Joven desnuda sobre una piel de leopardo. El malogrado creador francés Félix Trutat (1824-1848) fallecería en un accidente de equitación cuatro años después de realizarla. Como Manet, también se influenciaría de los pintores venecianos y copiaría obras maestras del Louvre. Es uno de los casos en la historia del Arte de una promesa malograda antes de que su genio llegara a culminar. Pero al menos nos dejó algunas obras, muy pocas, entre ellas este maravilloso desnudo. Aquí, en esta sugerente obra del año 1844, vemos ahora la grandeza artística de este joven creador francés. Pasaría su obra desnuda la censura de la Academia francesa gracias a su excelente calidad artística. Si no hubiese sido por eso, la obra no la hubiesen dejado exponer. El Arte salvaría la vergüenza. El autor trataría de hacer mover los ojos del espectador entre el arrebatador desnudo de ella y la hermosa piel de leopardo que cubre. Pero, además, el pintor francés quiso situar ahí una cabeza entre las sombras. Una efigie de un hombre presenciando o mirando tal maravillosa Belleza desnuda... Es la cabeza solitaria y fantasmal de un hombre que se vislumbra, difícilmente, hacia la derecha del lienzo. Es esta creación académica el mejor sutil homenaje que pudiera hacerse -con una cabeza mirando asombrada la belleza- a aquella actitud de la contemplación en una obra de Arte.

(Obra de Edouard Manet, Júpiter y Antíope, 1857, Colección Particular, Francia; Óleo Júpiter y Antíope-La Venus del Pardo, 1551, Tiziano, Museo del Louvre; Lienzo del pintor veneciano Giorgione, Venus dormida, 1510, Galería de maestros antiguos, Dresde, Alemania; Óleo Joven desnuda sobre una piel de leopardo, 1844, del pintor francés Félix Trutat, París, Francia.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Ante todo agradecer la forma tan agradable y explicita con la que nos interpretas la obra -la Venus del Pardo-.

En cuanto a la creación de Manet, he de confesar, que me ha sorprendido gratamente su reproducción impresionista.
Como también he quedado asombrada, ante la cabeza que se aprecia al fondo del oleo, del pintor francés.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Manet la pintó con veinticinco años en el Louvre, el impresionismo ni siquiera existía. Él cambió el mundo de la Pintura, sin querer exactamente cambiarlo tanto. Fue el Velázquez del siglo XIX. Gracias a ti por decirlo.

Un abrazo.

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