9 de febrero de 2015

¿Acaso estamos condenados a la desazón?, ¿se nos ha dado un corazón que no conoce el sosiego...?



En los albores de la Historia, en los tiempos en que el hombre comenzara sus pasos por la antigua Mesopotamia, existió un rey sumerio que daría nombre a uno de los más primigenios y fascinantes poemas épicos escritos nunca, La epopeya de Gilgamesh. Hacia el III milenio a.C. se cree que fueron compilados esos versos mesopotámicos. La leyenda supera en el tiempo a todas, a la bíblica o a la griega, y refleja las anticipadas inquietudes que el ser humano no habría de dejar en los casi cinco mil años siguientes. Cuenta el poema la desenfrenada vida que Gilgamesh, un rey de Uruk, tuvo abusando de las mujeres de sus súbditos. Entonces éstos invocaron a los dioses, divinidades que acabaron enviando a otro ser, uno tan despiadado como el rey, para enfrentársele... Pero, cuando se encuentran ambos, en vez de luchar entre sí se harán amigos. Y así emprenden ahora ellos juntos aventuras, luchando contra seres poderosos, divinos o inmortales. En castigo por tal osadía, los dioses hacen que el amigo muera... en plena juventud. Desolado y afectado por la desaparición de su amigo, Gilgamesh decide continuar solo su viaje, buscando lo que él cree que es el sentido único de todo: la inmortalidad. Pero no la encontrará, será tan solo un ridículo y perdido sueño sin sosiego.

¿Por qué condenaste a la desazón
a mi hijo Gilgamesh,
y le diste un corazón que no conoce el sosiego? 

Cuando Picasso (1881-1973) abandonara muy joven su propósito de copiar los grandes maestros del Museo del Prado, regresaría de nuevo a Barcelona en el año 1899. Y aquí, en el ambiente tan abrumado y desolado del país -se acababa de perder la guerra hispano-norteamericana de 1898-, se dejaba notar por los arrabales y ramblas de Barcelona la violencia y el desencanto. Y entonces frecuentaría Picasso un local bohemio, Els quatre gats, una cervecería donde conoció a su gran amigo, poeta y pintor Carlos Casagemas. Juntos viajaron luego a París en el año 1900, para visitar la gran Exposición Universal. Y no pudieron dejar de amar ambos esa hermosa ciudad, ahora por las mismas o diferentes razones. Así es que se quedaron los dos en París y decidieron trabajar y vivir allí en un pequeño estudio. Conocerán a dos bellas jóvenes modelos de pintores, Odette y Germaine. Odette comenzaría una relación con Picasso. Pero, de Germaine, Casagemas quedaría absolutamente fascinado, enamorado total e imprudentemente... Porque esta hermosa modelo parisina no le ofrecía ahora al amigo de Picasso aquella inmortalidad emocional tan fascinante... Los dos jóvenes pintores regresaron a España para las navidades del año 1900, uno para viajar al sur, a Málaga, y el otro para quedarse en su ciudad natal, en Barcelona.

Casagemas no podía olvidar la terrible belleza desdeñosa de Germaine. En febrero de 1901, solo y sin su amigo, el joven bohemio catalán vuelve a París para insistirle a la bella parisina su amor desaforado. Pero vuelve para nada, Germaine no lo quería a él. Entonces su corazón se enturbió, acabaría rozando el descalabro más siniestro y despiadado de la vida. Ese descalabro que no tiene sentido porque no tiene justificación nunca. Al día siguiente, en el café Hippodrome de París, tomaría Casagemas un revólver de su bolsillo para dispararse, allí mismo, un tiro en la sien después de haber intentado él antes, sin éxito, dispararle otro a ella. Y ahí acabaría, a los veinte años, la vida y los sueños de aquel joven bohemio y sin sosiego amigo de Picasso. Sin embargo Picasso no regresaría a París sino hasta tres meses después, cuando ya Carlos Casagemas había sido enterrado en Montmartre. Ahora se instala él solo en el mismo estudio que habían tenido ambos. Y decide Picasso muy pronto realizar su primera exposición en París, en la galería Vollard. Y toma el pintor español además otra decisión, muy curiosa: abandona a la voluptuosa Odette por la orgullosa y bella Germaine. Sin escrúpulos. ¿Sin desazón?

La cronología artística de Picasso sitúa en esos años lo que se ha dado llamar su periodo azul. ¿Crear ahora el desconsuelo, crear lo más sufrido o lo más doloroso, con ese color tan sosegado? ¿Un periodo azul ahora tan desolado? Qué contradicción, exponer imágenes de cruda introspección metafísica utilizando uno de los colores menos tenebrosos o menos desasosegados del mundo. Pero, es que esa será otra de las características del genio creador. Luego de ese periodo, Picasso cambia su estilo completamente. Fue un periodo ese, el azul, que duraría hasta el año 1904. Pero que lograría superar, como superó luego, todas las emociones que le llevaron por la epopeya de su vida. Como Gilgamesh, Picasso utiliza su Arte para buscar la misma sensación que aquel personaje legendario comprendiera muchos siglos antes: que debe buscarse en lo que solo los dioses dispusieran, en la inmortalidad. Cinco mil años después un hombre -Picasso- sí lo consiguió. Y no tuvo que luchar ni viajar, ni enfrentarse con gigantes ni con dioses, solo con su paleta y su artística grandeza. Aunque dejara también entonces esos escrúpulos tan humanos..., esos mismos y tan orgullosos que, como milenios antes, aquel héroe sumerio ya lo hiciera.

El escritor alemán Thomas Mann escribió una vez: ¿Acaso tenemos nosotros morada alguna? ¿Acaso no estamos también condenados a la desazón, no se nos ha dado un corazón que no conoce el sosiego? El astro del narrador -o del creador-, ¿no es acaso la Luna, señora del camino, la peregrina, que avanza ahora etapa tras etapa, dejándolas atrás sucesivamente? El que narra -el que crea- alcanza también entre peripecias etapa tras etapa; pero se limita a plantar la tienda en ellas a la espera de señales que indiquen el nuevo rumbo del camino; y pronto siente latir su corazón, en parte de gozo y en parte por miedo y terror carnal, pero en cualquier caso en señal de que llega el momento de seguir hacia peripecias nuevas que habrá que agotar minuciosamente, en todos sus detalles imprevisibles, para satisfacer la inquietud del espíritu.

(Óleo La habitación azul, 1901, Picasso, Phillips Collection, Washington, D.C.; Cuadro de Picasso, La Tragedia, 1903, National Gallery Art, Washington, D.C.; Óleo Entierro de Casagemas, 1901, donde el autor retrata el cadáver de su amigo siendo elevado por encima de las voluptuosas y despiadadas mujeres que ahora sí le adoran, Picasso, Museo de Arte Moderno de la Villa de París; Retrato de Germaine, 1902, Picasso; Obra de Picasso, El viejo guitarrista, 1904, Art Institute Chicago, EEUU; Lienzo del pintor holandés del siglo XIX Remigius van Haanen, 1812-1894, Paisaje de invierno con Luna llena, 1880, Colección particular.)

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