9 de marzo de 2015

La creación, la pintura y el dibujo, tres cosas diferentes que pueden coincidir, o no, en una obra.



Para encarar el Arte de alguna forma, para prosperar en su universo infinito, complejo y trascendente no puedo más que, de un modo simple, establecer tres cosas que lo determinarán y pocos pondrán en duda. Estas tres cosas son: dibujar, pintar y crear. Pero resulta ahora atrevido afirmar, tal vez, que no son necesarias las tres siempre... Magníficos pintores no han sido buenos dibujantes, ni sabrían siquiera dibujar; otros, dibujantes extraordinarios, poco conseguirían con los colores o con la composición a veces, o siempre. Es decir, no eran buenos pintores. Y, por último, extraordinarios pintores y dibujantes no habrían nunca llegado a ser creadores. Creadores..., algo aquí, en el Arte, un poco difícil de entender o de explicar... con el concepto ahora de oposición a lo demás. Porque, ¿qué es ser creador? Ahí radicará gran parte de lo que es el Arte con mayúsculas: el universal, el genial, el intemporal, el permanente, el trascendente. Todo eso junto. Pero, no es fácil, pero, lo intentaré...

William Adolphe Bouguereau (1825-1905) ha sido uno de esos seres privilegiados con el don maravilloso del dibujo y la pintura, en su acepción más clásica, académica y perfecta. De saber pintar, de disponer de esa facultad de los dioses para componer en un lienzo la Naturaleza tal como es. Muy pocos humanos en los últimos ciento cincuenta años habrían llegado a conseguirlo como lo consiguió Bouguereau en su época. Para demostrarlo he elegido dos de sus creaciones. Una de ellas, sorprendente, un lienzo artístico que casi llega a rozar el límite de lo que vengo a definir como creador, pero que, a pesar de esta obra tan sugerente, Bouguereau no llegará a ser. La obra de Arte se titula El Asalto, y fue compuesta en el año 1898. ¿El asalto? Pero si lo que estamos viendo ahora es la bella imagen de una hermosa joven sentada en un jardín y rodeada de inocentes y alados diosecillos del amor... En su obra de Arte, el pintor francés utiliza un simbolismo demasiado académico, un recurso artístico de siete cupidos mitológicos para mostrarnos así la congoja emocional que al personaje le producirá el descubrimiento de una fuerza ajena a ella, una que no la dejará vivir. Es ahora aquí el asalto, en un sentido muy sentimental, el que la pintura de Bouguereau expresará con las manos de la joven calmando aquí su alarmado corazón.

Porque los pequeños dioses del Amor son los que ahora le rogarán, le pedirán, le insistirán a ella que no deje de sentir lo que ahora experimenta. Clasicismo desbordante, elogio al pasado, pero, sin embargo, todo ello dibujado en un momento -año 1898- donde los perfectos trazos academicistas no podrían competir ya con el poderoso viento de la modernidad. Por otro lado, la obra está utilizando aquí un recurso artístico excesivo: siete cupidos, siete figuras para expresar un determinado sentido sentimental en la obra. Porque es la repetición de la misma imagen, representada por Eros, para rogar, convencer, sugerir o arrogar aquí un fuerte sentimiento. Pero, es este un recurso auxiliar excesivo aquí, uno que no ha obligado mucho al pintor a crear con menos otra cosa para expresar lo mismo. Por último, la expresión del rostro de ella es además indefinidamente perfecta. Y este ejemplo de obra de Arte ayuda a establecer un criterio a lo que puede entenderse ahora por ser -en este caso por no ser- un creador artístico. La creación es lo más. Por eso se podrá ahora definir una jerarquía en la estructuración de aquellos tres elementos. Primero -desde el nivel más bajo- estaría el dibujo, éste sería el primer peldaño de esa capacidad artística que el Arte puede requerir, aunque sólo puede. Luego estaría la pintura, el siguiente peldaño, el más utilizado, el más convencional, el más humano, pero también el más artístico. Por último está el peldaño más genial, el más insigne, el trascendente, el que acompaña a una determinada época histórica además, el más completo en el Arte, el sobrehumano...

Grandes creadores los conoceremos todos, son los genios, los grandes, los maestros. Gracias a ellos escribimos de Arte, admiramos sus obras, visitamos museos, tratamos de comprender lo que han hecho y, sobre todo, nos ayudan a entender el mundo, sus misterios o su belleza. Otros, pintores más que creadores, tal vez nos emocionarán o nos sobrecogerán con sus alardes artísticos, nos gustarán o no. Los admiraremos más, quizás, por lo que no seremos capaces de hacer nosotros -y ellos sí- que por lo que, verdaderamente, han hecho. Esta es una de las complejidades del Arte, entre otras muchas. Llegar a distinguir un maestro no nos parecerá difícil del todo: la historia, la publicidad de sus obras, la cotización también, a veces, nos lo harán fácil. Pero ahora, además, podemos con esta reflexión entender algo más el concepto diferenciador. Otra cosa es poder distinguir un creador de quien no lo es. Puede ser muy subjetivo esto, por supuesto. Pero las claves generales están aquí esbozadas. El creador debe serlo en su tiempo. Necesitará transmitir algo importante con muy poco, además de saber representarlo con trazos, colores o formas, con figuras o sin ellas. Es así la trascendencia, es decir, el que la creación vaya más allá de una mera representación cualquiera. Pero, también, que combine los elementos de una forma diferente a lo esperado, más original; algo que hará al creador un ser no replicante de cosas estéticas, aunque éstas puedan ser hermosas, armoniosas o bellas. 

Cuando el pintor academicista Bouguereau se sintiese muy mal, a finales del año 1903, regresaría a su ciudad natal en la villa atlántica francesa de La Rochelle, donde él residía. Allí había nacido el pintor francés en 1825 y, en su fiel forma de entender las cosas de la vida, quiso terminar sus días en la ciudad que le viera nacer cuando entonces el Neoclasicismo triunfara por Europa de la mano de obras de Arte llenas de corrección, grandeza, belleza o creatividad. En esta luminosa y costera población francesa fue construida una catedral en una época en que ya las catedrales, sencillamente, no se hacían. En Francia, además, el país que comenzara a construir maravillosas catedrales en el medievo más antiguo. Donde están las más antiguas y creativas catedrales góticas de toda Europa. Pues allí, en La Rochelle, existía una iglesia muy antigua del siglo XII, un templo que fue destruido por los hugonotes (luteranos franceses) durante las guerras de religión del siglo XVI. Un siglo después los feligreses de La Rochelle desearon levantar su propia catedral, una edificación clásica magnífica. Pero para ello la ciudad debía convertirse antes en obispado. Y el rey Luis XIII de Francia se lo prometió a la ciudad en el año 1628.

Pero no fue hasta veinte años después cuando el papa de Roma lo consintiera. Entonces el nuevo obispo quiso empezar una edificación que, sin embargo, no podría llevarse a cabo hasta casi un siglo después. En el año 1741 el monarca galo concedió una ayuda financiera de 100.000 libras para ello. Todo se demoraría hasta 1784, cuando el obispo de entonces sólo pudo entrever un esbozo de catedral. La obra arquitectónica se paralizaría durante la Revolución francesa y el Imperio napoleónico posterior, para reanudarse luego sobre el año 1830. Se acabaría definitivamente en 1862. Para ese momento, mitad del siglo XIX, las catedrales no eran nada más que un anacronismo arquitectónico, artístico y religioso. Pero se levantó, y no podría competir ya con aquellas otras grandes obras maestras del gótico que siglos antes vieron sus maravillosos perfiles esbeltos resplandecer. Allí, entre sus sillares de piedra granítica extraordinarios, entre sus anacrónicas bóvedas de un neoclasicismo por entonces más acogedor, el pintor francés Bouguereau desearía que una de sus obras estuviese colgada en sus neogóticas paredes para siempre. Toda una revelación coherente para llegar a entender ahora, con esta curiosa historia de estilos y tiempo, algo más de lo expresado antes de las cruciales diferencias artísticas, esa curiosa y sutil separación estética que existiría entre una composición correcta y una magistral creación especial...

(Óleos de William Adolphe Bouguereau: El Asalto, 1898, Museo de Orsay, París; Lienzo La flagelación de Cristo, 1880, Catedral de La Rochelle, La Rochelle, Francia; Fotografías de la Catedral de La Rochelle, Francia.)

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