14 de diciembre de 2015

A lo largo del curso de la Historia, lo cierto es que el amigo del hombre es siempre el hombre...



Aunque parezca una contradicción, hoy especialmente ofensiva, los propios medios productores del desastre cambiarán lo necesario, luego de pensarlo bien, para mejorar aquello que ellos mismos antes habían deteriorado... Ante las terribles consecuencias en el cambio climático, por ejemplo, producidas por el consumo desaforado de carbono terrestre, y llevado a cabo durante tantos años por una economía poderosa y egoísta, esos mismos medios productores -las empresas y estados inescrupulosos- llevarán luego a buen fin las transformaciones que sean precisas para, mejorando el mundo, continuar ellos ganando... Porque no es por altruismo ni por un sagrado deber moral, ni por fraternidad global, ni por todas esas cosas románticas que nunca, realmente, en la vida económica -la única real- hayan existido sino tan sólo por el mismo interés económico de siempre. Ese interés que, ahora sí, compensará para cambiar ya de opinión, para cambiar de producir o para cambiar de vivir..., para seguir produciendo ahora de otra forma. Pero es que es este, sin embargo, el sentido real de la progresión en la historia. Porque sin desastre no hay avance. Sin pérdida no hay transformación. Y es que vivimos mucho más inmersos en lo que se podría llamar historia cuantitativa o diacrónica (la contabilidad, la renta, el grano o el beneficio), que en lo que se podría entender por historia cualitativa o sincrónica (el pensamiento, la conciencia de lo eterno o de la belleza o del propio Arte) en este mundo.

En la historia de la humanidad, los inicios más tempranos de civilización se dieron en el oriente próximo a Europa, en la parte más occidental de Asia. Ahí, en lo que se ha dado llamar Creciente fértil (Egipto, Mesopotamia y Siria), prosperaría el sedentarismo, la agricultura, las ciudades, la escritura o el comercio. Pero, también existieron otros lugares en el mundo (en ese mismo continente asiático) donde pronto se dieron también esas mismas cosas... Excepto dos de ellas: la escritura -la compleja no la ideográfica- y la organización compleja de las ciudades. Estos dos sitios fueron la llanura aluvial china y el sur del desierto de Gobi al pie del Himalaya. Es decir, China y la India. Y un elemento fundamental para entender el progreso del hombre fue su alimentación. En el Creciente fértil pronto la humanidad descubrió el trigo, el primer cereal cultivado por el hombre desde hace casi 8.000 años atrás. Su grano era más grande entonces que el de ningún otro cereal conocido, imposible de prosperar salvajemente si no era cultivado (el viento no podría elevarlo mucho y trasladarlo así para ser fertilizado por sí solo). Por tanto, un grano con mayor capacidad nutritiva (cuantitativa no cualitativamente). Sin embargo, hubo otro cereal, uno que crecía fácilmente de modo salvaje (su grano es mucho más pequeño) y que se utilizaba ya en África desde los primeros momentos del homo sapiens. Sólo consiguió ser consumido y cultivado en la India y, sobre todo, en China, ya que el trigo no llegaría a ser utilizado en esas regiones hasta unos dos mil años después de ser conocido en la cuenca oriental del Mediterráneo.

Xiaomi es la palabra china para denominar al mijo. En China podía prosperar este cereal en regiones de escasa lluvia y de poca fertilidad de suelo, incluso crecería en suelos salinos. Y en China, donde su eficaz medicina es anterior a todas, el mijo tendría además un valor de bienestar físico. Fácilmente digerible por no contener la proteína del gluten, ese terrible via crucis de los celíacos. Además, su consumo combatía la cándida, un hongo unicelular cuya infección produce la micosis. En Europa también se consumió en la antigüedad, entre otras cosas porque era un cereal de muy duradera conservación. En la alta edad media, en Venecia, se conservaba el mijo almacenado en fortalezas lejos de la costa, llegando incluso hasta durar veinte años su almacenamiento. Cuando el transporte mejoró ya no fue necesario su almacenamiento durante tanto tiempo, y los cereales cultivados en ciertos lugares pronto pudieron ser consumidos en otros. Por esto el mijo dejaría de tener sentido práctico y su consumo en Europa declinaría frente al poderoso y asentado trigo nutritivo. Hoy, cuando se han conocido las extraordinarias ventajas del mijo, su consumo se considera muy beneficioso para la salud humana y se incrementa ya, poco a poco, su producción y su comercio. Lo que no era antes lo es después...

Cuando el gran pintor inglés Turner (1775-1851) comprendiera el sentido de progreso como un movimiento, crearía su sorprendente obra Lluvia, vapor y velocidad. Expuesta en el año 1844, aunque la compuso años antes, fue por entonces una revolución a los ojos de aquellos que no estaban acostumbrados a ver algo tan poco visible, tan farragosamente disperso..., entre colores que parecían no estar acabados. Con Turner los impresionistas tienen una deuda artística parecida a la de Manet, pero, sobre todo, mucho más antigua. Para el pintor romántico inglés, la luz lo es todo, y, en este lienzo, es ahora aquí lo principal, aunque no lo parezca -como en todas sus obras sorprendentes-. Turner glosará, sin embargo, aquí la velocidad, el movimiento, el cambio de espacio o de lugar para transportar, pronto o menos pronto, la vida, las cosas, las emociones, las ideas o las sensaciones a otros sitios. Un tren arcaico cruza ahora por el puente Maidenhead, un viaducto inglés construido en el año 1838 para ese tren arcaico. Vemos la chimenea de la locomotora..., y por eso sabemos ahora que es un tren lo que veremos. Para Turner el detalle principal es el único detalle, lo demás... lo adivinaremos. La lluvia es aquí otro elemento importante. Vemos trazos leves e inclinados de líneas delgadas en un cielo asolado de brumas doradas, uno que, aquí, oculta ahora el azul celeste del fondo: suponemos con esos trazos que describe así el pintor con ellos finas ráfagas de lluvia... El vapor es la causa de la velocidad, esa rapidez que consigue el hombre aquí con su máquina, aquel artefacto que empezaría a consumir, ávidamente, aquel carbono...

Pero, no es ésta la única velocidad que aquí veremos... En el río que es cruzado por el puente férreo de Maidenhead, se vislumbra apenas ahora una pequeña barca en la parte izquierda del lienzo. En la otra parte, en la derecha extrema del cuadro, al otro lado del tren, el pintor dibujaría algo que parece una liebre corriendo -apenas se distingue por la falta de contraste-. Tres formas de entender aquí la velocidad... Una lenta y sosegada; otra menos lenta y pasajera, fugaz en su contienda con la vida y con las cosas; por último, la de la Naturaleza, la que, por entonces, era la más veloz de todas ellas. Es ese ahora aquí el contraste. Porque para que veamos cosas hay siempre que contrastar. Aunque realmente no las veamos bien del todo... En el Arte, lo único que permite hacerlo así, esas mismas cosas, más tarde o más temprano, se acabarán viendo... Puede que, al ver por primera vez un cuadro, no veamos algo, pero, seguro que al verlo más y mejor luego, entonces lo veamos... Con la luz pasará lo mismo. Para Turner, la luz lo es todo, ¿cómo si no veremos algo? Pero, ¿qué veremos ahora?, si no es lo que pinta aquí el artista exactamente ahora lo que es como es en la propia Naturaleza. Pues, la luz... Solo la luz. Por sus reflejos, por sus diferentes efectos y reflejos cromáticos en las cosas a como éstas se verían de no poder verlas detenidamente en un fugaz movimiento a los ojos del que las mire. Es como cuando miramos, perpendicularmente, hacia un lado de la ventanilla de un vehículo a gran velocidad: no veremos más que ráfagas de colores. Lo que, sin poder aún experimentarlo así -las velocidades en su época no eran tan rápidas-, Turner ya intuiría claramente en su mente tan artística y prodigiosa. Como el progreso humano...

(Óleo Lluvia, Vapor y Velocidad, 1844, del pintor romántico inglés Joseph William Turner, National Gallery, Londres.)

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