21 de enero de 2016

¿Qué es una obra maestra?: lo que el Arte transforma en otra cosa, en una belleza independiente.



Annibale Carracci (1560-1609) fue un pintor italiano que no alcanzaría la gloria más excelsa del olimpo de los dioses del Arte. Y, sin embargo, él lo fue. Fue uno de esos dioses que el Arte utiliza para mostrarnos la grandeza de la Pintura. Pero no nació en el mejor momento, ni eligió el camino más triunfal. Sí eligió otra cosa: ser fiel a lo que consideraba como la mejor forma de representar la Belleza del Arte... La del Arte, porque la de la vida, que alcanzaría a mejorarla -a cambio del sofisticado y alejado Manierismo-, tuvo otra pulsión, la más exitosa, pronto en el Barroco más naturalista y cercano de Caravaggio. Y el mundo -la vida- entonces pasaría de puntillas por encima de su obra. Y el mundo dejaría de mirar las cosas como él las mirase. Luego, cuando el Neoclasicismo del XVIII lo admirase, fue demasido tarde o demasiado poco favorable haber creado tantas obras religiosas o piadosas como para glosar ahora su Arte, ese con el que llevaría a compaginar, sin embargo, lo más original con lo más clásicamente bello. 

Porque Carracci odiaría el Manierismo como aquella forma detestable de distorsionar el Arte. Porque Carracci abominaría también del Barroco que, ahora, cuando él estaba en plena madurez, comenzaba a exponer la vida de otra forma, como nunca antes se había hecho: mostrando la vulgaridad más sórdida, las menos bella, la menos originalmente hermosa. Y huérfano de escuelas crearía en su Bolonia natal la tendencia más fugaz y etérea que haya existido en el Arte: La Escuela de Bolonia. Una forma de salvar lo que el Arte hubiese conseguido cuando Rafael o Miguel Ángel o Correggio lo hicieran mucho antes. Pero ahora incluso con más cosas, con el color veneciano de Tiziano nada menos; con la originalidad de los florentinos, con la magnanimidad de los romanos... Fue adorado por los amantes del Arte de finales del siglo XVI. Un final no solo de un siglo sino de una elogiosa, maravillosa, extraordinaria y bella forma de pintar.

De todas las grandiosas obras maestras que crease Annibale Carracci he elegido una compuesta aproximadamente en el año 1604. Una Piedad. Una obra religiosa. Una escena conocida y muy tratada en toda la historia del Renacimiento. Pero, sin embargo, Carracci consigue que una obra religiosa se transforme ahora en otra cosa... Observen bien. Es Cristo yacente apoyado sobre las rodillas de su madre. Sí, pero además es el cuerpo de un hombre muerto que parece dormir... María está aquí también dormida. Lo parece ella aquí. Pocas Marías estarán así, dormidas plácidamente ante el cadáver de su hijo. El pintor aquí domina dos cosas. Una teológica, no hay muerte ahí, no la habrá...; otra humanista, son ambos seres humanos ante la gravedad del sufrimiento y ante la belleza de la vida. El cuadro dispone de una composición sublime. A parte de las dos pequeñas cabezas de los dos pequeños ángeles, no hay nada más. A la derecha del lienzo hay oscuridad, un muro deslucido y las espinas y los clavos que dañan y hieren. A la izquierda el paisaje maravilloso de un mundo por vivir. La vida y la muerte. Y, entre medias, los dos seres dormidos... que sueñan aquí con superar una cosa para conquistar otra.

Técnicamente es perfecta. La obra puede pasar por representar una obra del Neoclasicismo que, casi dos siglos después, glosarán los mejores pintores franceses de esa tendencia. Es como el brazo de Marat en su muerte compuesta por el pintor neoclásico David. Los colores son los mejores colores que se puedan plasmar en un lienzo. El negro, y sobre él el dorado, el azul y el amarillo. La forma de los dos brazos humanos distintos, que cuelgan casi igual, crean aquí una imagen unitaria, una contraposición afortunada por la belleza original de su encuadre. Porque aquí, en esta obra barroca, clásica, boloñesa, el Arte conseguirá expresar belleza transformando una iconografía concreta -religiosa, una Piedad- en otra cosa diferente, en una belleza ahora del todo independiente. Nada más que belleza, admirable, adorable, gratificante, sosegante incluso por la extraordinaria esperanza que retrata. ¿Quiénes son los que representan...?, no es exactamente ahora lo importante. Es belleza, pura belleza. Independiente de credos, de mensajes, doctrinas o historias. Eso es lo que consiguió Carracci, eso fue lo que quiso hacer con su Arte: transformar el sentido de belleza... buscando ahora mucho más ésta que cualquier otra cosa manifiesta, formal, social o religiosa.

(Óleo Piedad con dos ángeles, 1604, Annibale Carracci, Museo Historia del Arte de Viena, Austria.)

1 comentario:

Joaquinitopez dijo...

Completamente de acuerdo, es uno de los ggrandes olvidados, quizás por haber nacido a destiempo, quizás, y sólo lo apunto como posibilidad, por no gustar de excesos en ningún sentido. Hay algo curioso pues es un pintor "fácil" y con fácil quiero decir que expresa lo que quiere a varios niveles, por supuesto, pero que no requiere más que mirar para apreciar no como el sublime pero irregular y complejo Caravaggio. Extraña pues más el olvido.

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