24 de agosto de 2016

El más extraordinario Arte acabó sumido en la contradicción de un mundo sin oídos...



Qué magnífico Arte se elaboró en el último cuarto del siglo XIX, cuando el Arte se resistía aún, desde todos los frentes posibles, al acoso inmisericorde de la incompresión naturalista. Todavía no habría sucumbido del todo, cuando el gran pintor francés Alexandre Cabanel (1823-1889) conseguiría mantener su pulso, alcanzando el preciado contraste del artificio pictórico más extraordinario. Veamos este lienzo suyo, compuesto durante el año 1874, donde ahora el bello perfil delineado de la hermosa, clásica, seductora y arrebatadora ninfa Eco se sobreimpresionará, sin embargo, en un fondo muy artificioso, nada elaborado, plagado de trazos gruesos, o sin un brillo estético natural. ¿Qué más pudo hacer el pintor academicista, tan criticado, denostado y superado, que demostrar entonces la creación artística más bellamente humana? La que procuraba representar el contraste entre lo esencial o más importante frente al sesgo ahora desnaturalizado de un fondo así, tan sorprendente en Cabanel. Un fondo que presagiaba aquí el recurso más moderno, el más abstracto, o el menos clásico por entonces. Pero, sin embargo, nunca cedería el genial pintor francés a las argumentaciones naturalistas. Esas motivaciones artísticas que pretendían mostrar el mundo sin la recreación estética mínima, sino tan solo con la cruda, exagerada, transparente o desmadejada forma de ser visto: tan vulgar, sencillo, natural o despiadado como... ¿realmente es?
 
En la leyenda griega la ninfa Eco, como todas las ninfas mitológicas, era una extraordinaria y joven belleza natural. Tan completa era en su forma de ser y en su belleza que la diosa Hera, esposa del poderoso y enamorado dios Zeus, se adelantaría a cualquier posible infidelidad que el dios tuviese con ella..., y la condenaría a no poder hablar nunca más. Sólo podía pronunciar las últimas sílabas de lo que ella oyese. Sin hablar, nunca podría seducir, a pesar de la belleza tan maravillosa que ella tuviera. El mito es sabio en su sentido..., y en todo lo que pudiera luego ser representado con él. ¿Qué mejor tema a pintar por Cabanel que el mito de Eco para demostrar el atentado infame contra el Arte al que él se opusiera? Porque, ¿es necesario que el objeto de belleza hable para ser amado? No, no es necesario. Sin embargo, lo contrario fue lo que sucedió con el Arte... Y dejaría con el tiempo de ser amado. ¿Por qué? Porque también es preciso ser oído..., a veces, aunque sea con un eco ahora ya desmadejado. Y en su extraordinaria obra -casi modernista- Cabanel situaría entonces a la bella Eco frente a retazos de una pintura desnaturalizada, sin acordes estéticos mínimos, como un vago y vulgar eco que es incapaz de reproducir, articuladamente, la mínima comprensión de un bello sentido transmisible. Pero, con ella no sucedería eso... La bella ninfa seguirá representando aquí la esencia de la belleza más imprescindible del Arte, esa por la cual lo creado es un motivo de excelsa y sublime belleza artística. Y sin demostrar otras connotaciones, ni sociales, ni sentimentales, ni políticas, ni temporales o vulgares.

Pero no prosperaría. Y el Arte fue la primera víctima por entonces de una sociedad contradictoria. ¿Qué culpa tuvo el Arte de vivir en un mundo desvencijado por sus propias contradicciones? Porque pronto el decadentismo y el modernismo hicieron lo imposible para acomodar creatividad con desarrollo, sensibilidad con injusticia, o artificio con naturalidad. ¿Se evolucionaría así? Es decir, ¿se llegaría a conseguir transmitir Arte de tal modo por entonces -progresando, yendo hacia adelante- que llegara a satisfacer así varias cosas a la vez: placer estético, sosiego interior, comprensión iconográfica, conocimiento, crítica o formación humana? ¿Hay alguien que no esté de acuerdo en que todas esas cosas sean expresadas en el Arte? Entonces, ¿qué fallaría? La sociedad de entonces, aquella sociedad tan injusta y atropellada, esa misma sociedad que el naturalismo quiso denunciar también, pero a riesgo de acabar con el Arte. Sin embargo, Cabanel hizo lo mismo, sólo que no dejaría de ser fiel a sus mínimos principios estéticos clásicos.

Con su obra Eco denunciaría el pintor francés a su manera el terrible conflicto de una sociedad que no tendría oídos estéticos, ni siquiera para conseguir alcanzar entender la mínima sílaba repetida de un sentido tan sublime. El eco no es nada en sí mismo, aunque para llegar a ser algo tenga que salir, necesariamente, de una boca -o de un fenómeno- que emita ahora un sonido ya creado antes... Por muchos esfuerzos que se hagan, el mismo sonido acabará siendo dominado con el tiempo por el mismo objetivo de su propio sentido final: el de terminar la intensidad de su vibración rápidamente... Así, ahora, como en el Arte más extraordinario; así, como el mejor Arte pintado alguna vez en ese momento social tan decisivo. Ese momento histórico tan decisivo y relevante en el Arte para seguir, o no seguir, siendo aquel mejor artificio que consiguiera ya, desde siglos antes, llegar a ser el más efectivo medio de compendiar toda la vida del hombre en un pequeño, y ¡tan bello!, universo tan íntimo como personal.

(Detalle del cuadro de Alexandre Cabanel, Eco, 1874; Óleo Eco, del pintor academicista francés Alexandre Cabanel, 1874, Museo Metropolitan, Nueva York.)

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