24 de agosto de 2016

El más extraordinario Arte acabó sumido en la contradicción de un mundo sin oídos...



Qué magnífico Arte se elaboraría en el último cuarto del siglo XIX, cuando por entonces se resistía aún al acoso inmisericorde de la incomprensión naturalista. Todavía no había sucumbido ese Arte cuando el pintor francés Alexandre Cabanel (1823-1889) conseguiría mantener su pulso alcanzando el contraste más extraordinario. Veamos este lienzo donde ahora el bello perfil delineado de la hermosa, clásica, seductora y arrebatadora ninfa Eco se sobreimpresiona, sin embargo, sobre un fondo artificioso, nada elaborado, plagado ahora de trazos gruesos y sin brillo estético clásico. ¿Qué más pudo hacer el pintor academicista, tan criticado y denostado, que mostrar por entonces una creación artística tan bellamente humana al menos? La que procuraba representar el contraste entre lo primoroso esencial y el sesgo sin belleza de un fondo ahora sin relieve, tan sorprendente además en Cabanel. Un fondo que presagiaba por entonces un recurso más moderno, más abstracto o menos clásico. Pero, sin embargo, nunca cedería el pintor a las argumentaciones naturalistas que evidenciaban lo grotesco plásticamente. Esas motivaciones artísticas que pretendían mostrar el mundo sin una recreación estética de mínima belleza plástica, sino ahora tan solo con la cruda, exagerada, transparente o desmadejada forma de ser visto todo: tan vulgar, sencilla, natural o despiadadamente a como... ¿el mundo realmente es?
 
En la leyenda griega la ninfa Eco, como todas las ninfas mitológicas, era una extraordinaria joven de belleza natural. Tan completa era en su belleza que la diosa Hera, esposa del poderoso y enamorado Zeus, se adelantaría a cualquier posible infidelidad que el dios tuviese con ella y la condena a no poder hablar nunca más a nadie. Sólo podía pronunciar las últimas sílabas de lo que oyese. Sin hablar, nunca podía seducir, a pesar de la belleza tan maravillosa que tuviera. El mito es sabio en su sentido y en todo lo que pudiera ser representado con él. Qué mejor tema a pintar por Cabanel que el mito de Eco para demostrar el atentado infame contra el Arte. Porque, ¿es necesario que el objeto de belleza hable para ser amado? No, no es necesario. Sin embargo, lo contrario fue lo que sucedería con el Arte: y dejaría con el tiempo de ser amado...  ¿Por qué? Porque es preciso ser oído siempre, aunque sea con un eco ahora ya desmadejado. Y en su extraordinaria obra -casi modernista- Cabanel sitúa a la bella Eco sobre retazos de pintura desnaturalizada, sin acordes estéticos mínimos, como un vago y vulgar eco que fuera incapaz de reproducir, articuladamente, la mínima comprensión de un bello sentido transmisible. Pero, sin embargo, con ella -con su figura representada- no sucedería eso. La bella ninfa seguirá representando la esencia de la belleza más imprescindible del Arte, esa por la cual lo creado es un motivo de excelsa y sublime belleza artística. Pero sin demostrar otras connotaciones, ni sociales, ni sentimentales, ni políticas, ni temporales, ni vulgares.

Pero no prosperaría...  El Arte fue la primera víctima entonces de una sociedad contradictoria. ¿Qué culpa tuvo el Arte de vivir en un mundo desvencijado por sus propias contradicciones estéticas? Porque pronto el decadentismo y el modernismo hicieron lo imposible para acomodar ahora creatividad con desarrollo, sensibilidad con injusticia o artificio con naturalidad. ¿Se evolucionaría estéticamente así? Es decir, ¿se llegaría a conseguir transmitir Arte de tal modo -progresando, yendo hacia adelante- para satisfacer así varias cosas: placer estético, sosiego interior, comprensión, conocimiento, crítica o formación humanística? ¿Hay alguien que no esté de acuerdo en que todas esas cosas sean expresadas en el Arte? Entonces, ¿qué fallaría a finales del siglo XIX? La sociedad de entonces tan injusta y atropellada, esa misma sociedad que el Naturalismo quisiera denunciar también, pero ahora a riesgo de acabar con el Arte más sublime. Pero, sin embargo, Cabanel haría lo mismo, sólo que no dejaría de ser fiel a algunos de sus mínimos principios estéticos clásicos.

Con su obra Eco denunciaría el pintor francés el terrible conflicto de una sociedad que no tendría ya oídos para alcanzar a entender la mínima sílaba repetida de un sentido estético sublime. El eco no es nada en sí mismo, aunque para llegar a ser algo tenga que salir, necesariamente, de una boca -o de un fenómeno- que emita un sonido ya creado de antes... Por muchos esfuerzos que se hagan el sonido acabará siendo dominado con el tiempo por el objetivo de su sentido final: terminar la intensidad de su vibración muy rápidamente. Así, como en el Arte más extraordinario; así, como el mejor Arte creado en ese momento social tan decisivo. Ese momento histórico tan decisivo y relevante en el Arte para seguir o no siendo por entonces el mejor artificio que consiguiera, desde siglos antes, llegar a ser el más efectivo medio de compendiar la vida del hombre con el pequeño y bello universo de su legado artístico.

(Óleo Eco, del pintor academicista francés Alexandre Cabanel, 1874, Museo Metropolitan, Nueva York.)

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