23 de abril de 2018

La frágil memoria del Arte en la injusticia de un legado artístico oculto en la historia.



La abundancia de la grandiosidad o de lo más primoroso en un período concreto del Arte -la extraordinaria producción artística del barroco en la corte española durante el tercer cuarto del siglo XVII-, ha llevado en ocasiones a maltratar las obras menos aplaudidas o menos conocidas o menos celebradas o tan desubicadas..., luego de que su efusión, tal vez, no llegara a colmar las exigencias de un triunfo apenas persistente. Fue el caso del pintor Benito Manuel de Agüero (1629-1668). ¿Qué hace que prosperen o no algunas cosas o personas legitimadas en su Arte frente al excelso y meritorio, sin embargo, reconocimiento de los aparentemente más grandes? La desidiosa injusticia arbitraria de los hombres. También la irreverencia de la memoria, de esa memoria deslavazada e inconclusa de los arraigados arquetipos tan convencionales de los hombres. ¿Dónde estará la celebración y la grandeza más auténtica? ¿En los perfiles sobrecogedores de una influencia sociológica? ¿En los estigmas inconfesables de una despiadada sombra psicológica? ¿En los trastornados afanes de la gloria encumbrada por raíces meramente decorosas? ¿En las vagas elucubraciones subjetivas de personajes elevados sobre la universal y serena cumbre de las verdades más poderosas? Entre los años 1630 y 1670 se produjeron en España, concretamente al amparo de la corte real en Madrid, una grandísima cantidad de obras de Arte primorosas. Fue una excelsa escuela que llevaría con Velázquez, entre otros muchos, a llegar a ser una de las más grandiosas de la historia. En la nómina virtual de esa grandeza artística hubieron muchos pintores, conocidos algunos, pero desconocidos muchos. Al final son sus obras, no ellos, los que reconocerán el sentido y la grandeza. Sin embargo, a veces sus obras no las reconocieron ni las cuidaron, ni las nombraron o asignaron lo suficiente como para que la memoria, que todo Arte requiere para serlo, venga para poder transmitir para siempre su belleza.

Pero, las creaciones artísticas de los hombres no dejarán de tener la misma suerte que sus entornos. Para el Palacio Real de Aranjuez se crearon una serie de paisajes en la década de los años cincuenta del siglo XVII. Sería el pintor Agüero el que más composiciones de ese tipo crease para el real sitio. Pero la decadencia de aquellos años tristes para el reino, finales del siglo XVII, llevaría a deslustrar la memoria de algunas de sus obras. El propio Palacio de Aranjuez fue paralizado en su desarrollo artístico y arquitectónico. Solo hasta el año 1747, con el rey Fernando VI, el Palacio no volvería a brillar con su belleza, como también el propio reino lo hiciera por entonces. Pero, antes de eso, alrededor del año 1700, se llevaría a cabo un inventario de las obras depositadas en ese Palacio. Entonces se describirían todas aquellas obras y autores, asignando el nombre de Benito Manuel de Agüero a muchas de sus obras. Pero pasarían los años y sus grandezas, pasarían las rigurosidades estéticas y sus asignaciones recordadas o inciertas. El caso es que aquel inventario desaparecería entre legajos ocultados de miseria. Ahora, en el año 1794, otro nuevo inventario prosperaría al amparo de la desidia, de la negligencia o de la desmemoria. El pintor Agüero desaparecería de los nombres, de los títulos y de sus obras. El siglo XIX no bastaría para ser nefasto en otras cosas, en otras razones o en otras historias, también lo fue para esas creaciones sutiles de grandeza y originalidad que, entonces perdidas y olvidadas, padecieran la oscuridad tras la mera asignación de un frágil legajo de la historia.

Pasarían las glorias y las guerras, pasarían los deterioros y la decadencia, pasarían las reacciones y las revueltas, las revoluciones y las pérdidas... Y, entonces, desapareció. La figura artística de Agüero se disolvería en la historia como sus paisajes deteriorados y descoloridos por el paso del tiempo y la desmemoria. Así hasta que, bien entrado el siglo XX, durante el año 1933, dos historiadores rigurosos -Elías Tormo y Sánchez Cantón- recuperaran la verdad de aquel inventario desidioso. Recuperaron entonces la memoria, la grandeza, la sutileza, la extraordinaria originalidad, anticipación y belleza del Arte de los paisajes de Benito Manuel de Agüero. La belleza sugerida, la belleza enardecida, aquella que resulta de cuidar y alentar más los colores y sus formas que los pinceles ilusorios, malheridos o desahuciados por la historia. No prosperaron sus matices estéticos porque no fueron reconocidos en el tiempo. Porque fue un reconocimiento malogrado, es decir, fue el reconocimiento que alguna vez tuvo en sus inicios pero que, luego, se malograría o difuminaría entre las veleidosas y maliciosas decisiones personales tan injustas. Porque entonces -siglo XVII- sí se verían y admirarían sus bellezas alegóricas, luminosas y compositivas, primorosas bendiciones de anticipación estética de una obra como esa. Nunca los paisajes habían tenido una fuerza tan poderosa en la narración estética de una escena primorosa. Claudio de Lorena sería el barroco que lo comenzara a engrandecer en Francia, pero en España pocos creadores habían adquirido esa grandeza. Nunca hasta entonces se habían pintado escenas marginando la narración conocida frente a otras cosas exclusivamente estéticas. Agüero destacaría, en su obra Paisaje con la salida de Eneas del puerto de Cartago, la mera gloria de la civilización con la fuerza más poderosa de una Naturaleza, o, también, de la historia del hombre con la belleza refulgente de un horizonte tan bellamente manifiesto. La magnitud exagerada de unos alardes atmosféricos excelentes, con la pequeñez de las figuras o los encuadres de una humanidad apenas vertiginosa.

Para una sociedad y una época de proliferación de obras religiosas, esos grandes paisajes narrativos -tan anticipadores- de escenas paganas, míticas y naturales, de fuerza tan deslumbradora, hacían de las creaciones de Agüero un ejemplo de extraordinaria exposición de obras de un cariz tan humano y natural, prerromántico incluso, donde ahora lo principal es subsumido por la emoción de un entorno desgarrador e impresionante. En esa obra barroca el pintor seccionará la historia, así como la cultura que la sustentaba, frente a la poderosa escena destacable de una Naturaleza fervorosa. Ahora los seres humanos son pequeñas criaturas que para nada pueden merecer el verdadero sentido de la historia. El Arte situaba así las cosas en su sentido justo, donde la fatua actitud humana no puede más que ridiculizarse ante la grandeza de un universo tan dadivoso. Hasta los dioses... En la obra Paisaje con Latona y los campesinos transformados en ranas, el pintor Manuel de Agüero cuenta la leyenda mitológica de la madre de los dioses Apolo y Diana, Latona, cuando son desatendidos por unos pastores. La inmensidad del grandioso paisaje natural sobrevuela ahora sobre las dogmáticas sombras de la leyenda. Ahora, la belleza de esta obra encierra un mensaje diferente, uno recurrido de primorosidad estética y novedosa ante cualquier otra magnanimidad iconográfica, clásica o manida. Todo eso, pero sobre todo el artista que lo compusiera, fue relegado por la ignominia de una negligencia injustificable. Aquella relación inventariada de aquel año 1700 quedaría olvidada, perdida y desolada, por la desmemoria artística más imperdonable. Las autorías fueron confundidas, las obras mantenidas sin relieve, la memoria sin sustento, y la belleza ahora velada y ausentada de glosa, cultura, sentido y permanencia.

¿Es que no pasará lo mismo con los nombres, los hombres y las historias...? ¿Cómo saber que lo que sustenta una historia es lo que de verdad supuso y fue su gloria? Sólo quedará la memoria... Sólo sus obras, apenas éstas vislumbradas a veces por el reflejo desvaído de la desatención y la miseria. Pero, también, el recuerdo ligero, limitado, afanoso y desposeído de alguna grandeza que nos quedará, ahora, para tratar de comprender la fortaleza de una decisión artística como fue la de, hace cuatrocientos años casi, componer una imagen como esa. Una imagen llena de sentimiento humano más que de gloria majestuosa; una imagen gozosa de belleza natural de un paisaje que motivará el espíritu del hombre a alcanzar las metáforas sublimes de un destino sin sentido. Porque es el sentimiento lo que primará ante las grandiosidades narrativas de un mundo artificial desposeído de belleza. Agüero lo intuiría; como adivinarían sus obras la fuerza del desatino ante las fragilidades de un sino insostenible de grandeza. En los años en que el pintor barroco compusiera sus obras el grandioso imperio español comenzaría, balbuceante, un descalabro paulatino de relieve. Ese mismo descalabro que obtuvieron su nombre y sus obras. Para cuando el Palacio de Aranjuez alcanzara, sin embargo, de nuevo su grandeza -segunda mitad del siglo XVIII-, para ese final de siglo, sus recuerdos artísticos proclamados -desde hacía cien años antes- de belleza acabarían ahora desmantelados ante la infame, insensible y desatenta negligencia. Y ya no existirían ni su nombre, ni su fama, ni su grandeza. Cruel realidad de una injusta desmemoria. Pero, como el celaje de su paisaje mitológico, vibraría de nuevo, aunque desvanecido de grandeza, bajo el sol impenitente de la historia. Unos historiadores recuperaron su memoria, descubrieron su nombre, su Arte y su grandeza. Y ya nunca más nadie podrá mencionar ahora que, bajo aquellos reflejos barrocos dorados de grandeza, no existieron ni otros nombres, ni otros deseos, ni otros alardes, ni otras estéticas...

(Óleo Paisaje con la salida de Eneas del puerto de Cartago, c.a. 1650, del pintor español Benito Manuel de Agüero, Museo del Prado; Óleo Paisaje con Latona y los campesinos transformados en ranas, 1660, del pintor Benito Manuel de Agüero, Museo Nacional del Prado, Madrid.)

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