Con la maravillosa forma de endulzar lo trágico que tiene el Arte, el manierista además, veremos en este lienzo del genial Tiziano (c.a.1485-1576), para ese momento histórico de exaltación de la Belleza, una de las creaciones más sórdidas, impactantes, duras o sanguinarias del pintor veneciano y del propio Manierismo. Fue al final de su larguísima vida cuando el pintor compuso esta escena tan trágica. Una imagen donde un amable sátiro -criatura mitológica alegre, pícara y atrevida- es colgado ahora bocabajo de un árbol en un atropello violento para ser torturado, además, con el desollamiento más despiadado de su cuerpo. Basado en una leyenda del escritor romano Ovidio -Las Metamorfosis-, donde nos cuenta el poeta el enfrentamiento entre el dios Apolo -conocido por su orgulloso alarde con la lira- y el indolente y bondadoso sátiro Marsias -un virtuoso de la más sencilla flauta-. Este agradable sátiro había adquirido con su flauta una gran confianza, llegando a realizar unas interpretaciones maravillosas. Fue entonces cuando el dios Apolo le retaría a una competición musical. Pero, para ese momento tan decisivo, no dudaría el bueno Marsias, sin embargo, en enfrentarse al poderoso Apolo. ¡Qué ingenuidad! Qué cruel destino más peligroso el de estos dulces seres que, como Marsias, no verán el terrible y espantoso destino de atreverse a retar a los mismos dioses, a la cruel vida desatenta... Esa vida que, a veces, ofuscada y vengativa, se ofenderá fatalmente con sus criaturas indolentes. No le bastaría al gran Apolo con ganar obligando a los jueces -en este caso Midas y unas Bacantes- a elegirle a él, decidió además atropellar con la violencia más descarada al atrevido, amable e ingenuo Marsias. En otra leyenda mítica se enfrentaba el rey Midas con la tesitura de juzgar una competencia entre dos dioses: Pan y Apolo, algo peor aún, donde ahora solo el juzgador podría salir mal parado. Y así fue, ya que el independiente y honesto Midas siempre ofrecería su opinión libremente, y en ningún caso fue a favor del vanidoso Apolo. Así que, ahora, frente al dios Pan, acabaría el dios Apolo ofendido para siempre, y transformando luego así las orejas del rey Midas en las de un pequeño burro maldiciente. Pero en el lienzo de Tiziano El castigo de Marsias Midas es un juez más: ofrecerá su aplauso a Marsias mientras que las Bacantes, más simpatizantes de Apolo, se lo acabarán negando a aquél, trágicamente.
Es por lo que el dios de la razón, de la luz, de lo perfecto y lo correcto -Apolo- acabaría destruyendo así a un representante de lo dionisíaco, de lo amable, de lo ingenuo o de lo confiado. Justo lo contrario de lo que simbolizaba el racional Apolo: la fuerza ahora de la inspiración, de la emoción, de la oscuridad, de lo imperfecto o de lo desbordante, todo lo que representaba el dionisíaco y bondadoso Marsias. El pintor Tiziano terminaría meses antes de morir este misterioso, melancólico, duro y esclarecedor lienzo. Esclarecedor porque acabaría comprendiendo el pintor que, después de todos sus largos años de creación artística, nada terminaría siendo justificado en el Arte como un extraordinario alarde estético -ni siquiera uno como éste, tan artístico o tan ético- para descubrir y representar la sagrada Belleza tan deseada, algo tan querido, perdido o anhelado por los hombres. ¿Dónde estaría entonces esa Belleza deseada en un mundo tan carente o ajeno de ella? En el cuadro manierista aparece auto-retratado el propio pintor, ahora como el rey Midas, sentado a la derecha. Refleja el semblante meditabundo y desolado de un ser que observa, al final de su larga vida, cómo la ilusión confiada o ingenua de algunos seres terminaría, irremediablemente, superada por los acontecimientos de un mundo tan cruel y desatento. Y el pintor italiano utilizaría -anticipadamente, como los grandes genios- una fuerza estética poderosa con sus colores y trazos manieristas, ahora tornasolados, ahora abigarrados, casi expresionistas..., para poder con ellos plasmar, así, las terribles contradicciones o sinrazones absurdas de este mundo tan injusto. De ese modo serán fijados los rasgos estéticos en esta obra manierista, con la sensación tan expresiva de querer narrar así el dolor o el tormento más descorazonador de la vida.
Es por lo que el dios de la razón, de la luz, de lo perfecto y lo correcto -Apolo- acabaría destruyendo así a un representante de lo dionisíaco, de lo amable, de lo ingenuo o de lo confiado. Justo lo contrario de lo que simbolizaba el racional Apolo: la fuerza ahora de la inspiración, de la emoción, de la oscuridad, de lo imperfecto o de lo desbordante, todo lo que representaba el dionisíaco y bondadoso Marsias. El pintor Tiziano terminaría meses antes de morir este misterioso, melancólico, duro y esclarecedor lienzo. Esclarecedor porque acabaría comprendiendo el pintor que, después de todos sus largos años de creación artística, nada terminaría siendo justificado en el Arte como un extraordinario alarde estético -ni siquiera uno como éste, tan artístico o tan ético- para descubrir y representar la sagrada Belleza tan deseada, algo tan querido, perdido o anhelado por los hombres. ¿Dónde estaría entonces esa Belleza deseada en un mundo tan carente o ajeno de ella? En el cuadro manierista aparece auto-retratado el propio pintor, ahora como el rey Midas, sentado a la derecha. Refleja el semblante meditabundo y desolado de un ser que observa, al final de su larga vida, cómo la ilusión confiada o ingenua de algunos seres terminaría, irremediablemente, superada por los acontecimientos de un mundo tan cruel y desatento. Y el pintor italiano utilizaría -anticipadamente, como los grandes genios- una fuerza estética poderosa con sus colores y trazos manieristas, ahora tornasolados, ahora abigarrados, casi expresionistas..., para poder con ellos plasmar, así, las terribles contradicciones o sinrazones absurdas de este mundo tan injusto. De ese modo serán fijados los rasgos estéticos en esta obra manierista, con la sensación tan expresiva de querer narrar así el dolor o el tormento más descorazonador de la vida.
Tan impactante fue la obra que creadores actuales se habrían inspirado en ella para componer, expresionistamente, sus homenajes al gran maestro veneciano. Porque en esta obra de Tiziano está ahora todo lo que ofrece una alarmante anatomía de la crueldad, o de lo más despiadadamente inhumano. Porque, además, son ahora los mismos dioses, descaradamente, los que intervienen en el terrible castigo infringido al bondadoso e inocente Marsias: el dios Apolo, el dios Pan y otro sagrado personaje. Veremos también unos ajenos espectadores, pasivos y tranquilos, que acuden a observarlo mientras está sufriendo Marsias su terrible martirio. Por ejemplo, el rey Midas, representado en la obra como el propio pintor; también la diosa Atenea, con su violín, y algunos diosecillos así como unos inocentes animales. Todos ellos miran ahora la escena aterradora sin inmutarse. Hasta el propio Marsias mira, invertido su cuerpo, hacia afuera del cuadro -hacia nosotros, hacia los que estamos mirando la obra- con sus ojos inhibidos y una cierta mirada sin dolor, sin rencor incluso, sin ira, sin otra cosa más que una especial dulzura incomprensible. Esa misma sensible dulzura que, de las cosas inevitables y duras de la vida, se acabarán engarzando, sosegadamente, en algunos seres, entre una inútil emoción y su evadido ánimo...
(Óleo Desollamiento de Marsias, 1576, Tiziano, Palacio Arzobispal de Kromeriz, República Checa; Cuadro del artista actual Daniel Goodman, Desollamiento de Marsias después de Tiziano; Obra Estudio sobre el desollamiento de Marsias, Tom Phillips, 1986, National Portrait Gallery, Londres; Obra Marsias desollado por Apolo, 1964, André Masson.)




































