8 de mayo de 2010

El misterio de un cuadro, el sentido de la vida y el asedio más largo de la Historia.



Cuando el papa Clemente IX (1600-1669) no había sido aún elegido pontífice encargaría, en el año 1636, al pintor francés Nicolás Poussin (1594-1665) un cuadro que exaltase el ciclo de la vida y sus fútiles miserias terrenales...  El cuadro barroco que acabaría pintando Poussin mostraba un conjunto de personajes que representaban el círculo perpetuo de la condición humana a la vez que su relación con el tiempo y con la música (representadas en el lienzo por la infancia y la vejez). La obra barroca, como casi todas las del gran pintor Poussin, encerraría además un misterioso simbolismo. Las figuras que bailan ahora ahí representan la pobreza, el trabajo y la riqueza (también entendida ésta como placer o lujuria). La riqueza en exceso conducirá, inevitablemente, a la pobreza (material o espiritual), y así el círculo se cierra y vuelve a comenzar de nuevo... Esas figuras bailarán eternamente al son de una música tocada por un anciano alado (personaje sin género, representado aquí por un ángel) y un niño pequeño. Los personajes que danzan se darán ahora la espalda mutuamente, formando así un círculo que mantiene y no mantiene una completa continuidad: porque no todos acabarán ahí dándose la mano del todo. Es tan absurdo esto como la propia vida: nos daremos la espalda pero, a la vez, trataremos también de ofrecernos las manos... Formando de ese modo un círculo cerrado..., pero que, en verdad, no acabará nunca de cerrarse. 

San Malaquías fue un santo cristiano irlandés (1094-1148) que escribiría, en el siglo XII, unas Profecías de los Papas. Habría profetizado que un pontífice sería identificado una vez con la isla de Creta. Esa isla mediterránea estaba relacionada mitológicamente con el cisne. La referencia histórica y curiosa es que el Papa Clemente IX fue elegido, casualmente, en la Cámara de los Cisnes del Vaticano durante el año 1667, y no en la Capilla Sixtina como era lo habitual y reglamentario. Según la mitología helénica en el antiguo reino griego continental de Etolia, existió una bella princesa llamada Leda que estaba casada con un noble griego llamado Tíndaro. El dios Zeus y su incontenible deseo sexual se obsesionaron con la belleza de ella. Para seducirla, el dios griego se convirtió en un hermoso cisne una de las noches en las que Leda yacería con su esposo.  De ese modo, el cisne-Zeus se acoplaría también con ella. Y, de la doble unión, alumbraría Leda dos huevos: de uno de ellos nacieron Pólux y Helena, engendrados por Zeus; del otro Cástor y Clitemnestra, hijos de su esposo Tíndaro. 

Contaba otra leyenda griega que un gigante mitológico, Talos, impediría cruelmente que nadie pudiese desembarcar en la deseada isla de Creta. Sólo Cástor y Pólux lucharían, denodadamente, contra ese gigante feroz para liberar así a la isla de su tiranía. Pero en el siglo XVII fue cuando la católica isla de Creta sería asediada y tomada por los turcos otomanos. Ese asedio fue conocido en la historia como La caída de Candía -llamado así por su capital, Candía, la ciudad cretense asediada-. Por entonces, los venecianos -como aquellos hermanos mitológicos- custodiaban la isla para toda la Cristiandad desde hacía siglos. Ninguna potencia de aquellos años barrocos (Francia, Inglaterra, etc...) acudieron en su ayuda, y los venecianos tuvieron que resistir solos el terrible asedio otomano. Finalmente, cuando se decidieron las potencias europeas a actuar, fue ya demasiado tarde para Creta... Más de veinte años se prolongaría el terrible asedio turco. Al final, los venecianos no pudieron resistir y entregaron la isla de Creta a los turcos-otomanos en septiembre del año 1669. Menos de tres meses después, el Papa Clemente IX fallecería, al parecer, enfermo desde el mes de octubre siguiente al asedio, cuando conociera entonces la fatal noticia de la caída de la cristiana isla de Creta. El simbolismo del pintor Poussin -tan vigente como antes de la obra- se anticiparía así, también, a la frustrada posesión de una isla, a la evanescencia del tiempo y de la vida, y a la impenitente vocación de los seres humanos por tratar de hacer y no hacer nada juntos.

(Imagen del cuadro Una danza para la música del tiempo, 1636, del pintor francés del Barroco Nicolás Poussin, Colección Wallace, Londres; El papa Clemente IX, del pintor barroco italiano Carlo Maratta (1625-1713), Museo Ermitage, San Petersburgo; Óleo Leda y el Cisne, 1510, Escuela de Leonardo da Vinci, Galería de los Uffizi, Florencia; Autorretrato, de Nicolás Poussin, 1650, Museo del Louvre, París.)

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