13 de noviembre de 2010

Una confesión sin riesgos y una canción triste de desamor y sosiego.



Una de las obras literarias más conocidas de la edad media es la Divina Comedia, un relato lírico y narrativo escrito por el poeta italiano Dante Alighieri allá sobre el año 1307. Trata la obra literaria de los pecados humanos y su penitencia luego de la muerte. Los pecados y la muerte eran por entonces cosas connaturales con la vida y las costumbres de la época medieval. Pero, sin embargo, hay otra obra literaria, menos conocida, Prufock y otras observaciones, escrita en el año 1917 por el poeta inglés Thomas Stearns Eliot (1888-1965), y cuyos versos tan desconocidos y complejos nos ayudan a tratar de comprender al ser humano y su difícil, oscura, desesperada, frágil y contradictoria naturaleza. El género y lenguaje de la obra de Eliot no ayudará, sin embargo, a entender muy bien el mensaje esperanzador... Porque el lenguaje es desgarrador, críptico, aséptico. Pero, aun así, nos emociona e inspira a la vez que nos relata y describe cómo somos realmente de complejos los seres humanos en nuestra vida. Con armonía y distanciamiento poético nos muestra una confesión, pero una confesión que nadie se atrevería nunca a pronunciar. Nos posibilita el poeta Eliot, con esa confesión imposible, a comprender algo que jamás deberíamos consentirnos los humanos: a dejar que la inacción y la autocomplacencia nos invada en nuestra existencia.

Uno de los poemas de esa obra literaria de Eliot, La canción de amor de John Alfred Prufrock, comienza con una cita escrita ya en la Divina Comedia, en el capítulo El infierno, en su canto número XXVII:

Si yo creyese que mi respuesta fuese
a persona que alguna vez volviera al mundo,
esta llama quedaría sin más sacudidas.
Pero como jamás desde ese fondo
volvió nadie vivo, si es verdad lo que oigo,
sin temor de infamia te respondo...

Esa cita, pronunciada por el infortunado condenado a las brasas infernales Guido Montefeltro, nos explicará que, como ya no hay forma de salir de ahí -del infierno-, el pecador ahora puede confesar lo más inconfesable de su vida a quien allí también esté sin temor a verse ofendido con la infamia o la vergüenza... Porque esas acciones ignominiosas habrían quedado fuera del infierno para siempre, en el mundo de arriba, en el mundo de los demás, de los respetados o los dignos. Pero Prufock, en su canto de amor -que aparentemente poco de canto de amor tiene-, sólo se permitirá hacer una confesión a sí mismo: reconocer que no tiene el valor de hacer aquello que debiera hacer; que siempre podría hacerlo después, que no merece tampoco hacerlo a veces y que ya sabe, de todas formas, qué sucederá...; también, admite que el mundo está deslucido, lleno de vulgaridad, mediocridad y desaliento.

Fragmentos líricos de la obra poética de Thomas S. Eliot, La canción de amor de John A. Prufock:

Vamos, entonces, tu y yo, (1)
cuando el atardecer se extiende contra el cielo
como un paciente anestesiado sobre una mesa;
vamos, por ciertas calles medio abandonadas,
los mascullantes retiros
de noches inquietas en baratos hoteles de una noche
y restaurantes con serrín y conchas de ostras:
calles que siguen como una aburrida discusión
con intención insidiosa
de llevarnos a una pregunta abrumadora...
........
Y claro que habrá tiempo
para el humo amarillo que se desliza por la calle
restregándose el lomo contra los cristales de las ventanas;
.......
En el cuarto las cocineras van y vienen
hablando de Miguel Ángel. (2)
......
Y claro que habrá tiempo
de preguntarse ¿me atrevo? y ¿me atrevo?,
tiempo de volver atrás y bajar la escalera,
con un claro de calvicie en medio de mi pelo.
.......
Envejezco..., envejezco...
Tengo que llevar vuelta en los bajos de los pantalones.
.......
He oído las sirenas cantándose unas a otras.
No creo que me canten a mí.
Las he visto cabalgar en las olas mar adentro
peinando el blanco pelo de las olas echando atrás
cuando el viento sopla el agua hasta ponerla blanca y negra.
Nos hemos demorado en las cámaras del mar
junto a ondinas (3) enguirnaldadas de algas, en rojo y pardo,
hasta que nos despierten voces humanas, y nos ahoguemos.

(1) La conciencia y el protagonista;
(2) El gran artista -escultor y pintor- Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564);
(3) Ser mitológico y fantástico con forma de mujer y que habita en el fondo de las aguas.

(Cuadro del pintor Bronzino, Alegoría de Dante, 1530; Fotografía de T.S. Eliot, 1956; Óleo del pintor William Bouguereau, Dante y Virgilio en el Infierno, 1850; Cuadro del pintor expresionista alemán George Grozs (1893-1959), The lovesick man -El hombre enfermo de amor-, 1916; Cuadros del pintor surrealista Rene Magritte (1898-1967): El espíritu de aventura, 1962, y el cuadro La perspectiva amorosa, 1935; Grabado de la Divina Comedia de Dante, La puerta del Infierno, del ilustrador francés Gustave Doré.)

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