3 de febrero de 2011

Los sentidos humanos, algo que nos emociona más que nos ayuda a comprender.






¿A través de dónde nos llegan las cosas que nos hacen sentir? Los sentidos son lo primero que percibimos desde el momento mismo de nacer. Todos ellos son descubiertos casi de una vez. El olfato es el más primitivo, el inicial, el primero de la senda que la vida nos ofrece bruscamente. El tacto le sigue de inmediato, inevitable y consolador. El oído atrona, desconsiderado, justificador, cuando resuena nuestro llanto junto al mundo extraño que nos recibe. El gusto continúa después, necesario y vital, cuando la vida pulsa por mantenerte unido a ella. La vista es lo último que experimentamos, sin entender nada, deslumbrados y absortos cuando todo se calma y, de nuevo, curiosos, comenzamos sin saber nada de nada a intentar comprender. Entender ahora qué es lo que nos rodea, tan diferente y lejano a nuestro anterior refugio, ése más seguro y cálido de antes, y donde, quizá, tan sólo el gusto haya sido el único de todos que ya sabría algo...

Los filósofos en la Antigüedad trataron de comprender la Naturaleza que nos rodeaba a través de los sentidos. Algunos se preguntaron qué cosa era -lo que de verdad significaba- aquello que percibían, al pronto, cuando miraban algo o tocaban algo o escuchaban algo. Los griegos antiguos establecieron el conocimiento como un enfrentamiento entre lo que nos ofrecían los sentidos y lo que obteníamos de la razón, entendida ésta como el pensamiento que se deduce de modo abstracto, no observando ya la Naturaleza. Esos filósofos acabaron diciendo que sólo la razón podía llevarnos al conocimiento de la realidad, que los sentidos no bastaban para mostrarla. Dos posiciones se crearon entonces, la que afirmaba que es imposible conocer la realidad, ya que los sentidos no son suficientes para entenderla; y la que aseguraba que la razón tiene la capacidad de captar la esencia -otra cosa ininteligible- de lo que los sentidos nos aporten de esa realidad.

El pintor Jan Brueghel el viejo (1568-1625) fue un artista muy aficionado a la representación exuberante de la Naturaleza, al paraíso florido y bello que ésta sugiere siempre. En el año 1617, junto al grandioso Rubens, crearía Brueghel la serie pictórica Los Cinco Sentidos. Este pintor se encargaría de los detalles, del decorado o de las representaciones iconográficas que deseaba significar en cada sentido. El maestro Rubens, a cambio, se dedicaría mejor a las figuras humanas, algo que tan bien sabía hacer y conocía como pocos pintores. Así se realizaron esas cinco obras que tratarían de resaltar lo que para los artistas de entonces suponían cada uno de los cinco sentidos humanos.

La relatividad de las cosas se aprecian ahora en algunos de esos cuadros. Para el de la vista, por ejemplo, el creador nos representa lienzos y obras escultóricas retratadas, cosas bellas que podrían ser disfrutadas con el sentido visual... Sin embargo, desde un punto de vista actual, el lienzo que representa el oído -tal vez el más sublime- muestra, además de cuadros, objetos bellos y una original perspectiva, un paisaje más impresionante a nuestros ojos sobre el fondo de lo enmarcado. Con colores destacados y en un extraordinario contraste esta obra merece de las cinco, quizá, el más justificado de los comentarios y elogios. También incluyo aquí otra obra de Brueghel, Alegoría de la vista y el olfato. Al parecer sólo esos dos sentidos -la vista y el olfato- son los únicos que no necesitan de otro agente para que se lleven a cabo, para que se puedan realizar. Tanto el tacto como el gusto, como el oído también, requieren de una participación activa del emisor -y del receptor casi-. Sin embargo, el olfato y la vista serán más sencillos en su ejecución, sólo precisan la calmada e involuntaria actitud, placiente y contemplativa, del que -pasivo además- recibe ahora la sensación ajena de una Naturaleza -o de una recreación artística- feraz, hermosa, benefactora, elogiosa o misteriosa...

(Óleos de Jan Brueghel el Viejo, Los Cinco Sentidos, La Vista, El Gusto, El Olfato, El Tacto y El Oído, Museo del Prado, Madrid; Cuadro Alegoría de la Vista y el Olfato, Jan Brueghel el Viejo, 1620, Museo del Prado, Madrid.)

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