24 de marzo de 2011

Cuando la búsqueda es sólo lo que importa, no se sabe de qué, sólo la búsqueda.





Pasaron dos años desde la derrota del rey don Rodrigo en aquella famosa batalla del río Guadalete del año 711. Entonces los musulmanes cercarían las murallas de la ciudad extremeña de Mérida. Con un ejército de más de diecisiete mil hombres, la mayoría árabes, consiguieron los invasores que la ciudad hispano-visigoda claudicara. Los sitiadores pusieron sus condiciones, primero que se permitiría abandonar la ciudad a todos los que quisieran hacerlo; a cambio sólo podían llevarse aquellos bienes que pudiesen transportar. A los demás -a los que se quedaran- se les respetarían sus propiedades, salvo a la Iglesia, que las perderían todas. Así que, según cuenta una antigua leyenda hispana, siete obispos tuvieron que huir de la sitiada ciudad de Mérida con los tesoros y las valiosas reliquias religiosas que pudieran esconder.

Al parecer huyeron hacia Lisboa en Portugal, y corrió el rumor que embarcaron y marcharon lejos, muy lejos, hacia un lugar donde fundaron una ciudad llamada Cíbola y otra llamada Quivira, llenas de tesoros y construidas con oro y piedras preciosas. La leyenda caló en el imaginario de los cristianos españoles de entonces, que no dejaron de pensar en conseguir algún día encontrar aquellas maravillosas ciudades. Algunos años después una morisca de Hornachos -población cercana a Mérida- habría profetizado un destino trágico para todos aquellos que persiguieran la mítica y anhelada ciudad de Cíbola...

Otra historia musulmana que arraigó en la España medieval fue la de un personaje legendario de la mística sufí, Al-Khidr, o el Verde, llamado así porque una vez andando por el desierto se detuvo a descansar en un lugar que, de pronto, se volvió paradisíaco, lleno de árboles, con mucha agua y un gran verdor... Esto se interpretó entonces como un símbolo del conocimiento auténtico y de la vida eterna. Toda una descripción además de la mítica Fuente de la vida, de la juventud y de la eternidad. De ese modo la idea de la fuente de la juventud se convirtió en otra leyenda a perseguir cuando, por los años del Renacimiento, la historia trajera nuevas tierras por descubrir más allá del océano peligroso.

Y así fue como el explorador español Juan Ponce de León (1460-1521), al tener conocimiento de que al norte de la isla de la Española -actual Santo Domingo- podía existir tal fuente maravillosa, se dirigió en 1513 hacia una costa que resultó ser la noreste de la actual península norteamericana de Florida. Acabó por descubrirla y regresaría a Cuba frustrado, sin haber hallado otra cosa que manglares, lagos, caimanes o indios. Pasados los años, en 1527, el rey Carlos I de España decidió comisionar al Adelantado Pánfilo de Narváez para conquistar definitivamente La Florida. Desde Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) salieron cinco barcos y unos seiscientos hombres para acabar llegando a la península de la Florida en abril de 1528. Con trescientos hombres desembarcaría entonces Narváez en esas tierras, internándose en un territorio salvaje y de indios hostiles, a la búsqueda del codiciado oro.

Narváez fue un hombre brutal y decidido, por lo que no dudaría en utilizar la violencia incluso para llegar a conseguir lo que quería. Sin embargo, la respuesta de los indios y de la dura naturaleza le hizo finalmente desistir de la expedición. Decidió entonces navegar cerca de la costa hasta alcanzar Méjico, pero una gran tormenta acabó por hacer naufragar todas sus embarcaciones, terminando casi todos ellos ahogados cerca de la desembocadura del río Misisipi. Todos perecieron excepto cuatro hombres: Alonso Maldonado, Andrés Dorantes, Esteban el esclavo y el gran conquistador y explorador Alvar Núñez Cabeza de Vaca (1490-1560).

Esos cuatro hombres llevarían a cabo la más extraordinaria aventura vivida por entonces en América. Recorrieron a pie durante casi ocho años todo el Sur de lo que hoy son los Estados Unidos, bajando luego hasta alcanzar la ciudad de Méjico, capital entonces de la Nueva España. Descubrieron lugares extraños con pueblos indígenas que les hablaban de ciudades llenas de tesoros... Tan dura fue la experiencia que Dorantes tiempo después, cuando el virrey de Méjico don Antonio de Mendoza le propusiera dirigir otra expedición a esos lugares, rechazó tajantemente la aventura de descubrimiento; que lo que él desearía era regresar a España lo antes posible. A cambio Dorantes le ofreció al virrey su criado bereber Esteban, el cual les indicaría dónde se encontraban aquellos nativos que les habían contado aquellos maravillosos relatos.

Y el virrey acude por entonces a un franciscano ilustrado y aficionado a la geografía, fray Marcos de Niza, para que, junto al esclavo Esteban, organizacen una expedición hacia lo que, supuso el fraile, eran aquellas ciudades legendarias que tanto habría leído él sobre las leyendas de Cíbola y Quivira. La expedición fue, sin embargo, un total fracaso. El moro Esteban acabó muerto por los nativos, y fray Marcos regresaría contando que habría visto a lo lejos una gran ciudad, más grande incluso que la gran Tenochtitlan -la Ciudad de México-. Animó así a todos con sus fabulosas historias de tesoros, de joyas, de perlas, esmeraldas y demás piedras preciosas. Todo un gran alarde de imaginación que sus horas de ávida lectura legendaria le habrían llegado a provocar.

Poco bastó para que se organizara en 1540 el más ingente viaje de descubrimiento para conquistar esas tierras y sus fabulosos tesoros. Al mando de la expedición se encontraba ahora Francisco Vázquez de Coronado (1510-1554), el cual, con más de trescientos hombres y cientos de indios, se encaminaría desde Sinaloa al norte de México hasta las tierras más al norte de Arizona, en el actual EE.UU. El viaje de esos hombres alcanzaría incluso el alejado territorio de Kansas, en pleno centro de los actuales Estados Unidos. No consiguieron encontrar nada más que tierras, nativos, culebras, alacranes y sol.

Buscaron sin éxito el oro y la mítica ciudad de Quivira. Hasta un indio les llegaría a contar que existiría un lugar así, como les había relatado fray Marcos. Todo falso. Sólo llegaron a encontrar un asentamiento de indios llamados Zuñi, un lugar al que pensaron se trataba de Quivira, acabando finalmente por llamarlo así. Desde ese lugar una pequeña expedición mandada por García López de Cárdenas marchó hacia el noroeste. Lo único que Cárdenas descubrió fue un maravilloso tesoro natural, el Gran Cañon del Colorado, realmente el único tesoro que aquella expedición llegó a descubrir. Francisco Vázquez de Coronado regresaría a la Ciudad de Méjico cansado y agotado en el año 1542, ahora sólo con cien de todos sus desesperados, aventureros y soñadores hombres.

La expedición había sido un total fracaso, al igual que las anteriores. Desde entonces la búsqueda dejó de dirigirse hacia el norte. Los avezados aventureros, los buscadores de aquellas míticas Cíbola y Quivira, terminaron volviendo ahora sus ojos al sur... No podrían dejar de hacerlo, de buscar, de seguir buscando... Necesitaban continuar persiguiendo todos aquellos antiguos sueños. Los sueños que, desde niños, les habían llenado el alma y la cabeza de algo que nunca, nunca, acabarían por comprender del todo ellos entonces: que ello estaba sólo en sus deseos de ir más allá de sí mismos, de sus propias miserias, limitaciones, bajezas, desesperanzas o anhelos.

(Cuadro del pintor norteamericano Frederic Remington, 1861-1909, Expedición de Coronado, siglo XIX; Parte izquierda del tríptico del Bosco, Óleo del Jardín de las Delicias, en donde se observa ya la Fuente de la eterna Juventud, 1490; Grabado medieval de una imagen de ejército invasor musulmán; Grabado de una ilustración con el retrato de Alvar Núñez Cabeza de Vaca; Grabado con el retrato de Juan Ponce de León; Grabado con el retrato del conquistador español Francisco Vázquez de Coronado.)

Vídeos de Ponce de León, de Alvar Núñez Cabeza de Vaca y del Gran Cañón:

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