10 de mayo de 2011

La contradicción del deseo, su inútil forma de embelesar o el precio irracional de lo eterno.







Al principio fueron los pueblos micénicos de la antigua Grecia los que adoraron a la diosa madre, representada entonces por la Luna. Cuenta el mito griego el nacimiento de la Luna gracias a la unión de Gea (la Tierra) y de Urano (los Cielos). De esos dos primigenios dioses nacerían luego Hiperión y su hermana Tea. Ambos hermanos a su vez tuvieron juntos tres hijos: Helios (el Sol), Selene (la Luna) y Eos (la Aurora). Cuando pueblos invasores indoeuropeos (los dorios) alcanzaron llegar a Grecia por el año 1200 a.C., encontraron a unos pobladores autóctonos y matriarcales que concedían a la Luna un carácter endiosado y principal. Aquellos pueblos, los dorios, más patriarcales, idearon entonces una eficaz táctica colonizadora. A partir de ahora se celebrarían unos esponsales rituales con la Luna. Así, subliminalmente, surgiría luego la leyenda del rey de la arcaica Élide griega, Endimión, y de su amada, la diosa Selene.

Al parecer Endimión fue destronado de su reino y decidió marchar sin nadie a la espesura salvaje de una naturaleza solitaria. Se aficionaría a los astros en los cielos nocturnos hasta que acabaron por enamorarle. En el interior de su cueva dormía para protegerse del frío en las noches invernales. Pero, cuando el clima sofocaba con su calor, terminaría recostándose a la entrada de su gruta. Ahora, desde ese lugar, podía ver el infinito cielo estrellado de la noche. En una de esas noches estrelladas Endimión miraría una vez la Luna..., y entonces, embelesado y absorto, cuando acabara rendido de mirarla, entregarse indefenso al profundo sueño de la noche. Pero una noche Selene, la diosa lunar, bajaría a la Tierra en un lugar muy cercano a la cueva. Sin saber ella la existencia de un admirador, lo ve a él ahora dormido a la entrada de su gruta. Fascinada y sorprendida, entusiasmada y embelesada ahora de él, descendería Selene casi todas las noches para verlo. Sin embargo, siempre dormido él..., siempre despierta ella... Así fue como ambos desconocidos se mantendrían unidos por la noche: una enamorada, el otro sin saberlo...

Pero, otra noche, Endimión se despierta de pronto y, al verla así, con él, tan ensimismada, tan absorta, comprendería ahora el poderoso influjo amoroso que ella sentiría. Selene le acabaría confesando su amor, un amor que él, sin embargo, ya habría comenzado a sentir por ella mucho antes. Pasaría entonces mucho el tiempo y Endimión empezaría a ver los rastros marchitos que los años produciría en su belleza. Y se aterró. ¿Cómo, se decía, podría seguir provocando amor en su amada, ella siempre joven, sin embargo? Rogó entonces a su inmortal diosa -la propia Selene- que intercediera ahora en Zeus -el dios de los dioses- para que le concediera la juventud eterna. El señor de los dioses se lo permitió, pero con una condición: que no sufriría el paso del tiempo mientras estuviese dormido. Es decir, sólo envejecería de día, sólo al despertar y vivir despierto, pero nunca dormido. Poco después comprendió Endimión el terrible tormento de esa forma de vivir. Únicamente podría estar con ella cuando estuviese dormido, ya que sólo así no envejecería... Se despertaría feliz, es cierto, pero, para entonces, para ese único y feliz momento, ella ya no estaría con él.

El Selenio, nombre que proviene de la diosa griega lunar, es un elemento químico de color grisáceo, insoluble en agua pero soluble en éter... Así, como la Luna. El Selenio se utilizaba antiguamente en fotografía para intensificar los grados de las tonalidades del blanco y el negro. Por tanto influía en la durabilidad (eternidad) de las imágenes. El Selenio además es un elemento fundamental para todas las formas de vida. Se encuentra, por ejemplo, en los cereales, en los pescados, en las legumbres. Posee un gran poder antioxidante, evita las pérdidas de los radicales libres de las células y estimula, por tanto, el sistema inmunológico. Sin embargo, se utiliza también para la industria fotovoltaica, electrónica y eléctrica. Está, por tanto, considerado un elemento muy perjudicial para el medio ambiente. Es curioso el fiel paralelismo entre el mito y la realidad. Lo que nos ama, a veces, nos puede dañar. Lo que nos ayuda, casi siempre, nos puede traicionar. Así, como el relato de Endimión y Selene. Así, como la atrayente, necesaria, veleidosa, misteriosa y peligrosa Luna.

(Óleo del pintor inglés George Frederick Watts, 1817-1904, Endymión, 1872; Composición fotográfica de la Luna, Reflejo de Selene, Canonistas.com; Grabado antiguo griego, vaso de figuras rojas, diosa Selene; Cuadro del pintor Sebastiano Ricci, Endimión y Selene, 1713; Fotografía de la Luna, día 20 de marzo de 2011, a las 22 horas de España; Cuadro Endymión, 1871, del pintor prerrafaelita Arthur Hughes, 1832-1915; Fresco en la Galeria Farnese, Roma, Endimión y Selene, del pintor Carracci, 1600; Cuadro del pintor italiano del barroco Ubaldo Gandolfi, 1728-1781, Endymión y Selene, 1770; Óleo Endymión y Selene, 1630, Nicolás Poussín, en este cuadro se observa a Endimión, antes de dormirse, hablando con Selene mientras la diosa alada de la noche se prepara para cubrir con su telón la escena.)

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