20 de septiembre de 2011

La incapacidad para entender el pasado: la ignorancia, el cinismo y su exención.



Las gestas medievales europeas escritas fueron relatos épicos contados antes de las propias gestas grandiosas de sus héroes. En esas historias relatadas esos héroes habían  ofrecido su valor, su grandeza y hasta su vida en esos heroicos hechos. Consiguieron influir culturalmente a sus pueblos, esos mismos pueblos a los que ellos habían tratado honestamente de servir. Los poetas medievales utilizaron esos acontecimientos históricos -medio verdades, medio leyendas- para glosar en la Literatura de los inicios de los primeros idiomas europeos -herederos del latín- la más exquisita entonces belleza lírica. De ese modo comenzaron dos cosas importantes en la historia occidental: una literatura europea medieval, precursora de la posterior novela; y una epopeya nacionalista que daría origen mucho después a los primeros estados europeos. Estos países iniciaron así, en una gestación de siglos, la consolidación política y social que alcanzaría su cenit en los momentos álgidos del Renacimiento.

Una de las primeras y más hermosas gestas escritas entonces en lengua anglonormanda (francés hablado en la Inglaterra del siglo XI), sería el Cantar de Roldán. Fue en ese siglo XI cuando los poetas comenzaron a destacar más la belleza de unos versos que el veraz relato de los hechos. Esta gesta medieval -el Cantar de Roldán- glosaría al gran emperador franco Carlomagno. En ella se cuenta cómo este rey franco decidió en el año 773 conquistar a los musulmanes la antigua Hispania visigoda. Sigue contando el poema que el emperador dedicaría siete años a la campaña hispana; que lograría además vencer en algunas batallas, y que, finalmente, se apoderaría de algún rey árabe. Pero sobre todo nos cuenta el Cantar cómo cuando el emperador, satisfecho de su acción bélica, regresando hacia su corte francesa su retaguardia padece una terrible traición. Una emboscada que acabaría con la vida de uno de sus mejores oficiales, Roldán. Este caballero franco, con la majestuosa y valerosa acción que sólo los grandes héroes pueden tener, entregaría sin desfallecer ni huir su mayor tesoro: su propia vida.

Sin embargo, la verdad histórica fue muy diferente. Cuando el emir cordobés Abderramán I rompió ese mismo año 773 con el Califato de Damasco -el máximo poder musulmán en el mundo-, algunos altos funcionarios hispano-musulmanes no estuvieron de acuerdo con él. El gobernador árabe de Zaragoza se mantuvo fiel a Damasco. Pero hubo otro, el gobernador musulmán de Barcelona, que decidiría incluso visitar al gran rey Carlomagno para conseguir su apoyo frente al rebelde Abderramán. El astuto rey franco vio entonces una oportunidad para establecer su poder en tierras hispanas al sur de sus fronteras. Para ello formaría un gran ejército con el que se dirigió, salvando la cordillera pirenaica, hacia Zaragoza, una ciudad hispano-árabe que estaba siendo dominada por las huestes decididas del rebelde emir Abderramán I. La ciudad hispano-musulmana no pudo ser tomada entonces -ni nunca- por el decidido emperador franco Carlomagno.

Frustrado el futuro emperador tomará como prisionero aquel oportunista gobernador musulmán al creer haber sido engañado. Y regresaría con él a su patria por donde había venido, el camino de Roncesvalles, después de haber estado sólo siete días, no siete años, en tierras hispano-musulmanas. En su camino de regreso el ejército franco tuvo un encuentro sangriento con mesnadas musulmanas, guerreros árabes que lograron rescatar al gobernador musulmán. Luego, cuando la cabeza del ejército de Carlomagno había cruzado la frontera, su retaguardia -aún en la península-, desperdigada y solitaria, sufriría un ataque de los nativos autóctonos vascos de aquellas tierras fronterizas. Murieron todos los francos, incluso el marqués de Bretaña, el distinguido Roland. Esa fue la historia real; la otra, la leyenda. Pero entonces daría igual. Tampoco se podrían verificar los hechos claramente. Estos sólo sirvieron, si acaso, para adornar luego una heroica gesta que sería decisiva para la cristalización de un poderoso e importante imperio cristiano europeo. Y para su Literatura también.

Al parecer no fue Napoleón quién dijo: Quien olvida su historia está condenado a repetirla; no, fue un filósofo norteamericano de origen español, Jorge Ruiz de Santayana y Borrás (1863-1952). Si los seres humanos son incapaces de entender lo que les ha pasado, ¿cómo van a ser capaces de entender lo que les pasa? La autoindulgencia, propia del cinismo más elaborado e hipócrita, escurridizo, ignorante, complaciente y descarado, es una de las actitudes que, a veces, algunos seres humanos suelen disponer. Es así cómo, creen ellos, se protegen frente a los otros, a los diferentes, a los peligrosos, a los contrarios para sus intereses desalmados. Pero también se acercan de ese modo a la ignorancia, al desconocimiento más terrible. Porque sólo afrontando los hechos y la realidad de lo que somos y de lo que hemos hecho podemos decir que somos personas. Porque no sólo por nacer, llevar un apellido determinado, mostrar un rostro sereno, disponer de crédito, haber pagado las cuotas o ser indemne a las críticas, significará que seamos personas. Se necesita algo más, se necesita aceptarse y reconocer al otro, comprender esa relación inevitable para tratar de un modo inteligente de alcanzar la excelencia mínima, ese conocimiento que nos permitirá, por fin, vivir juntos en el mundo.

El pintor belga René Magritte (1898-1967) comenzaría plasmando en sus lienzos trazos impresionistas. Hasta que en los años veinte tendencias más modernas le atrajeron hacia el cubismo o el futurismo. Sin embargo, hubo otra cosa que también le sedujo entonces. El comunismo había hecho su entrada en la historia por la senda de una de las revoluciones más inspiradoras o seductoras, a la vez que comprensible, necesitada y esperanzada de todas las habidas hasta entonces: la rusa. En esos primeros años del siglo XX, años desesperados e insatisfechos, algunos artistas comenzaron a enfrentarse con los convencionalismos de una desarrolladísima sociedad burguesa. Esta sociedad había alcanzado ya su máximo esplendor. No se podía ir más allá. O se aceptaba o se enfrentaba. Hubo varias opciones políticas y artísticas para encararla. Una de las artísticas más radicales lo fue el Dadaísmo. Había que romper con todo lo anterior, con la cultura y con la sociedad sofisticada de entonces, porque todo ello no serviría ya para nada..., según decían. Ahora -aquellos años primeros del siglo XX- la creación -la belleza- y la vida -la sociedad- se unirían en un diferente, provocador, nuevo y original modo de hacerlo todo, muy diferente a lo existente antes.

El Racionalismo en todas sus formas de expresión sería por entonces el enemigo. Todo lo que no fuese ni someramente aquéllo -el Dadaísmo- no serviría para nada. El movimiento surrealista, por ejemplo, surgió pronto de ahí. En lo social y en lo político coincidió el auge del comunismo -fue contemporáneo- con esta nueva tendencia surrealista. Los creadores de entonces -principios del siglo XX- entendieron que esta filosofía social radical -el comunismo- era la solución, la única solución para el hombre y su mundo. René Magritte encontraría en ambas, en el surrealismo y en el comunismo, la síntesis perfecta para describir las grandes contradicciones del ser humano y su sociedad alienadora. Colaboraría, como tantos otros, en aquellos años inocentes. Pero tiempo después, en diferentes momentos de su vida, Magritte cambiaría de opinión al menos en tres ocasiones con respecto al comunismo. La reflexión vencería por fin, y la ignorancia dejaría de alimentar los criterios que luego inspirasen al artista. Comprendió el pintor belga la falsedad del mensaje de liberación que expresaba el comunismo. Y vio entonces que el Arte sería, al fin, el único camino posible para entenderlo todo, para tratar de salvar al hombre de su propia contradicción. De ese modo, y sin saberlo exactamente así, el autor surrealista acabaría por acertar en su deseo.

(Óleo La venus del espejo, del gran pintor español Velázquez, ejemplo máximo de belleza, excelencia y modelo en la Historia del Arte, 1648, entregada esta obra, junto con otras del arte español, al duque de Wellington en 1813 por el desastroso rey Fernando VII como agradecimiento por devolverle el trono español, Museo National Gallery, Londres; Óleo del pintor francés Jean Fouquet, Muerte de Roldán, 1460; Cuadro del pintor Dadaísta Kurt Schwitters, El Alienista, 1919, ejemplo de desprecio por lo que había sido el Arte anteriormente, Museo Thyssen, Madrid; Cuadro del pintor surrealista belga René Magritte, Libertador.)

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