30 de marzo de 2012

Las musas inspiradoras de un encanto, de algo más oculto aun detrás de una belleza diferente.



Cuando la Revolución mexicana comenzara imparable su andadura durante 1911, las huestes de Emiliano Zapata tomarían por entonces la ciudad de Cuernavaca. Y allí un oficial simpatizante de las tendencias revolucionarias, Manuel Dolores Asúnsolo, entregaría satisfecho la ciudad al mítico guerrillero mexicano. Este militar y heredero terrateniente, oriundo del norte de México, se había educado en los Estados Unidos donde terminaría uniéndose en matrimonio con la canadiense Marie Morand en 1903. Un año después nacería la hija de ambos, María Asúnsolo Morand. Esta bella, sorprendente, misteriosa, aguda, libre y talentosa mujer acabaría siendo, años después, una de las musas y modelos más retratadas por los artistas mexicanos de entreguerras.

Pertenecía a a la enriquecida familia Asúnsolo, cuya prima Dolores llegaría a ser la famosa actriz Dolores del Río. Y es que, a diferencia de los directores de cine, los pintores escudriñan en sus musas algo mucho menos visible, o menos impactante, que un hermoso o bello rostro, que una capacidad artística expresiva, o que un especial talento interpretativo. Lo que los artistas plasman en sus lienzos, provocados por una especial inspiración, es el encantamiento que esos especiales seres destilarán a veces por su personalidad desdeñosa y auténtica, por su desinterés interesado o por una peculiar fuerza desgarradora de emociones. También por una belleza permanente, una rara belleza que no tendrá nada que ver con la que vemos en un cuerpo, no, sino que traspasa las satisfechas apetencias físicas para alumbrar así, eternas, las oscuras o veleidosas rémoras de una vida.

En los años treinta del siglo XX casi todos los pintores mexicanos retrataron a María Asúnsolo; posiblemente, en toda la Historia del Arte del siglo XX, ninguna otra mujer lo fuera más. Pero es que, además de poseer una personalidad atronadora, fue una bellísima mujer. Nada libertina al pronto de sus deseos..., porque, más que pudor, lo que ella poseía fue una maliciosa forma de enseñar su cuerpo. El destello de su pasión duraba el tiempo justo, el preciso momento para que, luego, éste no sustituyese nunca su misterio. Fue descrita una vez como la dama inmarcesible, un afortunado adjetivo -poco usado además- que indicaba así lo inmarchitable, lo que, al fin, retratará el gesto perdurable de su modelaje, de aquella inspiración que, como musa destacada, oficiaba en los buscadores estéticos de lo indefinible.

Cuando Eugenia Huici (Chile, 1860-1951), al año después de casarse con el potentado Tomás Errázuriz, decidiera residir en Europa en el año 1880, conocería entonces al pintor norteamericano John Singer Sargent en un alquilado palacio veneciano. Y allí mismo este creador la retrataría encantado por su ungida y serena belleza. A pesar de haber podido poseer las más ostentosas cosas que la hubiesen rodeado, siempre había preferido ella la simplicidad al exceso. Revolucionaría de ese modo su entorno y su imagen, su persona y los que la conocieron. Esto la hacía atrayente de por sí, y aquellos moradores estetas de su vida y su atractivo sintieron una especial inspiración para crear con ello el único Arte con el que la poseerían...

Aunque de origen polaco, María Olga Godebsca (1872-1950) -también conocida como Misia Sert- había nacido en la rusa San Petersburgo en una familia artística por ambos progenitores. La música fue su talento manifiesto, sin embargo su pasión por el Arte y los artistas la llevaría a París a dedicar el resto de su vida a enaltecerlos. Fue la musa por excelencia en el París de principios del siglo XX. Los pintores Renoir, Bonnard y Picasso padecieron su influencia encantadora. Pero también escritores y músicos. Todos ellos terminaron fascinados por su personalidad, hasta el desconocido pintor español José María Sert, del que acabaría tomando su apellido en un tercer matrimonio. ¿Qué tendrían estas mujeres, estos seres especiales, para que tan grandes creadores requiriesen su presencia y dejarla plasmada además en sus creaciones artísticas? Porque no acabaron ellas, sin embargo, siendo tan famosas, ni tan conocidas, ni tan envanecidas por la historia. Tan sólo provocaron algo imprescindible en los deseos creativos más inevitables: la inspiración motivadora; y, por lo tanto, la representación más indeleble y sincera de una belleza trascendente, de una rara belleza, a un tiempo fértil, inaccesible y permanente.

(Lienzo del pintor mexicano Federico Cantú, Retrato de María Asúnsolo, 1946; Óleo Misia Sert, 1908, del pintor Pierre Bonnard; Cuadro Retrato de María Asúnsolo, del pintor mexicano Carlos Orozco Romero; Retrato de Misia Sert, 1944, del pintor catalán Pere Pruna; Óleo de John Singer Sargent, Retrato de Eugenia de Errázuriz, 1880; Fotografía de Eugenia Huici de Errázuriz; Imagen de Misia Sert, años veinte; Óleo del pintor francés Renoir, Retrato de Misia Sert, 1904; Fotografía de la actriz mexicana Dolores del Río, prima de María Asúnsolo; Fotografía de María Asúnsolo.)

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