30 de marzo de 2012

Las musas inspiradoras de un encanto, de algo oculto tras una belleza diferente.



Cuando la Revolución mexicana comenzara su andadura durante el año 1911, las huestes de Emiliano Zapata tomarían entonces la ciudad de Cuernavaca. Allí un oficial simpatizante de las tendencias revolucionarias, Manuel Dolores Asúnsolo, entregaría satisfecho la ciudad al mítico guerrillero mexicano. Este militar y heredero terrateniente oriundo del norte de México se había educado en Estados Unidos, donde terminaría uniéndose en matrimonio con la canadiense Marie Morand. Un año después, en 1904, nacía la hija de ambos, María Asúnsolo Morand. Esta bella, sorprendente, misteriosa, aguda, libre y talentosa mujer acabaría siendo, años después, una de las musas y modelos de Arte más retratadas por los pintores mexicanos de entreguerras. Pertenecía a la enriquecida familia Asúnsolo, cuya prima Dolores llegaría a ser la famosa actriz Dolores del Río. A diferencia de los directores de cine, los pintores escudriñarán en sus musas algo menos visible e impactante que un hermoso bello rostro o una capacidad artística expresiva o un especial talento interpretativo. Lo que los artistas del Arte plasman en sus lienzos provocados por una especial inspiración estética, será el encantamiento que esos seres femeninos destilarán como consecuencia de una personalidad desdeñosa y auténtica, por su desinterés interesado o por una peculiar fuerza desgarradora de emociones misteriosas.

Pero también por una belleza permanente, una rara belleza que no tiene nada que ver con la que vemos en un cuerpo físico. Esa rara belleza traspasará las satisfechas o insatisfechas apetencias físicas para alumbrar ahora, sin embargo, las eternas, oscuras o veleidosas rémoras de una vida diferente. En los años treinta del pasado siglo XX casi todos los pintores mexicanos retrataron a la mexicana María Asúnsolo. Posiblemente en toda la historia del Arte del siglo XX ninguna otra mujer lo fuera más. Pero es que, además de poseer una personalidad atronadora, fue una bellísima mujer. Nada libertina al pronto de sus deseos... Más que pudor, lo que ella poseía sería una maliciosa forma limitada de enseñar su cuerpo. El destello de su pasión duraba el tiempo justo, el preciso justo momento para que, luego, ese mismo momento no sustituyese nunca su misterio. Fue descrita una vez como la dama inmarcesible, un afortunado adjetivo -poco usado- que indica lo inmarchitable, lo que en ella, finalmente, retratará el gesto perdurable de su modelaje, de esa inspiración artística que, como musa destacada, oficiaría sin consideración en los buscadores estéticos de lo indefinible..., lo que son al fin y al cabo los pintores.

Cuando Eugenia Huici (Chile, 1860-1951) decidiera residir en Europa al año de casarse con el potentado Tomás Errázuriz, conocería durante el año 1880 al pintor norteamericano John Singer Sargent en un alquilado palacio veneciano. Este creador impresionista la retrataría entonces encantado gracias a su ungida y serena belleza inmarcesible. A pesar de haber podido ella poseer las más ostentosas cosas que la vida le hubiese ofrecido, siempre había preferido Eugenia Huici la simplicidad al exceso. Impactaría con su personalidad sorprendente su entorno y su propia imagen, transformando su persona y a los que la conocieron. Esto la hacía atrayente de por sí y, por tanto, aquellos moradores estetas de su vida y su atractivo sintieron una especial inspiración y atracción para crear, con su aura especial demoledora, el único Arte con el que verdaderamente aquellos la poseían. Aunque de origen polaco, María Olga Godebsca (1872-1950) -también conocida como Misia Sert- había nacido en San Petersburgo en una familia artística. La música fue su talento manifiesto, sin embargo su pasión por el Arte y los artistas la lleva a París a dedicar el resto de su vida a enaltecerlos. Fue musa en el París de principios del siglo XX. Los pintores Renoir, Bonnard o Picasso padecieron su influencia encantadora y desgarradora. Pero también escritores y músicos, todos ellos terminaron fascinados por su personalidad. Hasta el desconocido pintor español José María Sert, del que ella acabaría tomando su apellido en matrimonio. ¿Qué tendrían todas esas mujeres, seres especiales, para que creadores del Arte requiriesen su presencia y admirarlas o plasmarlas en sus creaciones inspiradoras? Porque, sin embargo, no acabaron ellas siendo tan famosas ni conocidas, ni envanecidas por la historia. Sólo provocaron algo imprescindible en los deseos creativos más inevitables: la inspiración motivadora. Por tanto, la representación más indeleble y sincera de una belleza trascendente, de una rara belleza inapreciable, a un mismo tiempo fértil, inaccesible y misteriosa.

(Lienzo del pintor mexicano Federico Cantú, Retrato de María Asúnsolo, 1946; Óleo Misia Sert, 1908, del pintor Pierre Bonnard; Cuadro Retrato de María Asúnsolo, del pintor mexicano Carlos Orozco Romero; Retrato de Misia Sert, 1944, del pintor catalán Pere Pruna; Óleo de John Singer Sargent, Retrato de Eugenia de Errázuriz, 1880; Fotografía de Eugenia Huici de Errázuriz; Imagen de Misia Sert, años veinte; Óleo del pintor francés Renoir, Retrato de Misia Sert, 1904; Fotografía de la actriz mexicana Dolores del Río, prima de María Asúnsolo; Fotografía de María Asúnsolo.)

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