14 de octubre de 2012

Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que haya soñado tu filosofía...



Europa resultó inusualmente fría durante aquel verano de 1816. Los pozos alemanes se congelaron en mayo y en agosto cayó nieve cerca de Londres. Un enorme penacho de gas y cenizas procedente de la erupción del Tambora, un volcán indonesio, atravesó el mundo; fue la mayor erupción jamás registrada y, directa o indirectamente, cambiaría por entonces muchas vidas de manera irrevocable... Efectivamente, el año 1816 fue el año sin verano. La gran cantidad de polvo y cenizas que esparció a la atmósfera la erupción del volcán de la isla de Sumbawa en Indonesia, producida entre el 5 y el 15 de abril del año 1815, provocaron una alteración climática extraordinaria al año siguiente. La luz solar sería atenuada peligrosamente y la temperatura de la Tierra disminuiría en el hemisferio norte..., tanto como hacía milenios atrás hubiera sucedido antes. Pero, las consecuencias no sólo fueron climáticas entonces. Unos seres humanos alumbrados por la pasión más romántica de una época, escindida entre la fría ilustración, la revolución fallida y la resaca reaccionaria posterior, llegaron aquel curioso verano del año 1816 cerca de los Alpes suizos. Tuvieron allí que refugiarse a pesar de ser verano al calor de unos hogares acogedores, pero aislados ahora por la nieve, donde se vieron obligados a permanecer guarecidos. Esos seres fueron los poetas Byron y Shelley, la mujer de éste, Mary, y el médico de aquél, Polidori. Los cuatro, encerrados y resignados, decidieron entonces ocupar el tiempo en componer cada uno una historia escrita que contar. 

Bajo esos momentos de sorpresa y temor la apuesta literaria de los cuatro se dejaría llevar por el terror y el miedo. Los relatos debían procurar sentir las emociones de un mundo sobrehumano, imposibles de entender sólo con elementos racionales. Todos escribieron su historia. Pero, de aquella experiencia literaria, tan sólo una joven desconocida, Mary Shelley, conseguiría crear el relato de terror más famoso de todos, Frankestein o el moderno Prometeo. Sin embargo, el poeta Lord Byron comenzaría también uno de sus mejores dramas poéticos, Manfred, un relato de ficción que, aunque no llegaría a conseguir tanta popularidad como el de Mary Shelley, acabaría siendo uno de los legados románticos más influyentes de esa subyugante, rompedora y arrebatadora tendencia artística. Contaba el filósofo y escritor inglés Bertrand Russell que cuando consideramos a los hombres no como artistas o descubridores, no como simpáticos o antipáticos, sino como fuerzas influyentes en los demás, como causa de cambios en la sociedad, tanto en juicios de valor como en actitud intelectual, encontraremos que necesitamos ahora reajustar nuestra apreciación real hacia ellos. Entonces muchos personajes no sean tan importantes como nos hayan parecido, y otros, sin embargo, serlo aún mucho más de lo que fueron. Entre los hombres cuya importancia es mucho mayor de lo que parecía, Lord Byron -decía el filósofo Russel- merecía un más alto lugar.

A pesar de una infancia desafortunada, acomplejado por una secuela física innata en su pie derecho, ofuscado por la separación de sus padres y la crueldad de una madre exigente, pudo a cambio vivir como quiso gracias a la herencia de un tío solitario. Enfrentado a sus iguales nobiliarios y a una sociedad rígida e intransigente, abandonaría Inglaterra con veintiocho años para nunca más volver. Su pensamiento y su lúcida idea de la vida, expresado en toda su obra literaria, compitió con los más grandes pensadores de su siglo. Fue junto a Napoleón y Goethe uno de los mayores personajes más influyentes de su tiempo. Nietzsche, el gran filósofo alemán, apreciaría al poeta británico. En uno de sus escritos nos dice este filósofo: El desarrollo de la humanidad nos ha hecho tan dolorosamente sensitivos que necesitamos el tipo más elevado de salvación y consuelo; de donde surge también el peligro de que el hombre pueda ahora morir desangrado por la verdad que reconoce. Y es así como, muchos años antes, Lord Byron escribiría, en su drama romántico Manfred, estos versos con un sentido semejante: ¡Ah, el dolor debería ser la escuela del sabio! Las penas son conocimiento; los que más saben deberían deplorar más la fatal verdad; el árbol de la ciencia no es el árbol de la vida.

En su drama poético Manfred, Byron retrata a su héroe meditabundo, fallido, desconcertado, resentido consigo mismo y torturado por la culpa. En Manfred, Byron elige la personalidad para su protagonista de un admirado Fausto, aunque en esta ocasión atormentado más por el pasado y la culpa que por el futuro y la dicha. Así describirá el poeta romántico en esos versos toda la sensibilidad metafísica inspirada en aquellos días desolados en Suiza, unos días que, agotados en la sombra de una eterna oscura noche, sosegarían años después -quizá en su recuerdo romántico- la sentida dura existencia de su vida. Pero, a cambio, así es como Manfred, su personaje atormentado por la culpa, no querrá ahora ya más sino desear olvidar frente a cualquier otro deseo... Porque es esto lo único que reclamará el héroe byroniano, frente a las altas cordilleras de los Alpes, a los influyentes espíritus del Universo... Lo único que, para él, será ya lo más importante y lo más necesario de este mundo: el olvido.

- La tierra, el océano, el aire, la
noche, las montañas, los vientos y
el astro de tu destino están a tus
órdenes. Hombre mortal, sus espíritus
esperan tus deseos. ¿Qué quieres
de nosotros, hijo de los hombres?,
¿qué quieres?

- El olvido.

(Fragmento de Manfred, del poeta Lord Byron, 1816)

(Óleo El canal de Chichester, 1828, del pintor Turner, donde describe en su lienzo el creador romántico inglés un atardecer inspirado ya en aquel año sin verano de 1816, cuando la luz solar fue matizada totalmente por una gran nube de cenizas, Tate Gallery, Londres; Cuadro El sueño de Lord Byron, 1827, del pintor inglés Charles Eastlake; Pintura Manfred y la bruja de los Alpes, 1837, del pintor inglés John Martin, Manchester, Inglaterra; Óleo Byron en su lecho de muerte, 1826, del pintor Joseph Denis Odevaer; Grabado con el retrato de Lord Byron, 1818, del litógrafo Henry Meyer y el ilustrador James Holmes, National Gallery, Londres.)

4 comentarios:

lur dijo...

Lord Byron el escritor viajero; gracias por refrescar nuestras mentes con una fracción de su vida y obra.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Fue un gran pensador y creador, incisivo, idealista, auténtico, liberal y luchador. Mucho más que la imagen legendaria, libidinosa, excéntrica y vagabunda que la historia le asignó. Y, aunque así fuese, uno siempre es el resultado final de una suma algebraica. Si éste es positivo, entonces, ¿que más dá...?

Un abrazo.

lur dijo...

Exacto, además yo me quedo con su obra; en lo personal ni quiero, ni considero justo valorar.

Un abrazo.

sacd@ dijo...

Nadie se preguntará por nuestra existencia
Nadie nos echará de menos
Pues, fuimos los que poblamos el olvido
Pues, fuimos los que desolaron las arboledas de ilusiones
Las gotas de lluvia borrarán nuestros pasos
Las golondrinas se quitarán la mancha de sangre que les ahogaba
Los sapos poblarán el lago azul
Los ruiseñores dejarán de anunciar amaneceres
Los árboles crecerán en los caminos
La primavera se enamorará de las altas montañas
Allí la nieve gozosamente besara con su calido manto al sol naciente
La vida continuará su camino sin mirar atrás , no recordará que hubo un tiempo
Donde la Tierra habitaba un ser extraño que su única proeza fue su exterminio
A. Sacd@
Un saludo.

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