11 de septiembre de 2013

El arte de no ver ahora más que el valor estético, emotivo o creativo de las obras de Arte.



El filósofo griego Epícteto (55-135) nos dejaría ya una frase interesante para comprender, o mejor dicho, tratar de comprender, lo que la vida y sus cosas nos pueden suponer en ocasiones...: No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede. En el Arte esta sentencia puede sernos clarividente también. ¿Qué nos dice, de pronto, una obra cuando la vemos simplemente? Y luego, sin embargo, ¿qué nos dirá esa misma obra cuando ahora nos decimos -o nos dicen, sobre todo- cosas no artísticas de la misma obra que puedan, así, condicionarla o mediatizarla? Este es el difícil reto del conocimiento artístico... Éste, ahora, muy parcial de la visión de una obra participada así por el sesgo crítico de ciertos aspectos que no tienen nada que ver con lo artístico propiamente. Uno de los primeros estudiosos del Arte lo fue el alemán Winckelmann (1717-1768). Dejaría escrito que en el Arte griego se podrían separar cuatro períodos históricos: el antiguo, el sublime, el bello y el decadente. Cuatro aspectos de la creación artística en una cultura o civilización, y que pueden extrapolarse ahora, por ejemplo, a la época del Arte occidental. El período sublime en este caso comprendería el pleno Renacimiento; el bello el inmediatamente posterior, el Manierismo y el Barroco; y el decadente el siglo XVIII y subsiguientes (el periodo antiguo lo sería el anterior al Renacimiento).

Es decir, que desde el año 1750 en adelante se ha vivido en el Arte occidental una completa, desgarrada y fascinante decadencia... Esa decadencia que habrá contribuido a utilizar el Arte para proyectar algo más que una emoción de belleza sobrecogedora o gratificante. Hasta hoy en día se ha llegado a utilizar el Arte a veces, por ejemplo, como un elemento de confrontación política e histórica. El Museo del Louvre organizó meses atrás una exposición del Arte alemán comprendido entre los años 1800 y 1939. Un periodo tendencioso, además; un tiempo donde ni siquiera existía Alemania como país en la primera mitad de ese periodo. Los medios alemanes criticaron la muestra, y la consideraron como una forma de proyectar todo el estigma histórico sufrido por Francia -país organizador de la exposición-, a manos de un imperio alemán surgido al ritmo de las manifestaciones artísticas de un movimiento pangermanista. El historiador de Arte suizo Heinrich Wölfflin (1864-1945) defendería una forma de entender el Arte que parece interesante tener en cuenta. Introdujo la forma de acercarse al Arte con un método comparativo, es decir, de unas obras contra otras obras, no de unas ideas contra otras. Por otro lado, Wölfflin no estaría interesado en la vida ni en la opinión ni en el criterio de los artistas. Hasta el punto de proponer una historia del Arte sin nombres, aunque, eso sí, apoyaba el origen cultural o nacional de las obras artísticas. Por esto se puede hablar de un arte alemán o italiano o ruso, pero no significará tanto qué fenómeno sociopolítico sino mejor qué estilo artístico se encuentra ahora detrás de cada obra.

El Arte debería hacernos emocionar ante la visión creativa o ante la construcción de una forma bella, y, además, procurarnos así que nos inspire ahora sentimientos de cercanía con lo que tiene de humano toda creación. Alguna obra  podrá conseguirlo maravillosamente (sublime, bellamente), otras con ese amplio y sorprendente modo de impresionarnos, o no (decadencia), que es tan legítimo en el Arte. Pero, desde luego, el Arte no es más que aquel reflejo de la vida que el gran Epícteto nos dejara dicho ya hace casi dos mil años: que sólo nos afectará -negativa o positivamente- solo aquello que nos decimos... O que nos pueden a veces decir ahora de algo que, además, tan sólo es ya lo que es:  una sensación expresiva en cada trazo artístico elaborado. Pero, sin más aditivos, sin más añadidos que los propios de unas formas artísticas maravillosas, de unos colores, o de una emoción, ahora sin palabras...

(Óleo Villa en el mar, 1878, del pintor Arnold Böcklin -autor denostado durante una época por haber sido el pintor favorito de Hitler-; Cuadro Alta montaña, 1824, de Carl Gustav Carus; Pintura El pregonero, 1935, de Karl Hofer.)

1 comentario:

lur jo dijo...

Me quedo, sin lugar a dudas, con tus últimas palabras: forma, colores y un sentimiento.
El cuadro alta montaña es impresionante!. Aunque reconozco que cada autor, en su estilo, logra aflorar nuestras sensaciones; algo que imagino anhelará, cualquier artista.

Un abrazo.

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