26 de abril de 2014

El más humano de los grandes creadores, el más capaz de hacerlo ver con su extraordinario Arte.



¿Qué tendrá que ver la biografía de un creador con la forma en que su creatividad sea reflejada en su obra? Porque la creatividad es una cosa, pero otra cosa diferente puede ser la manera en que ahora veamos la luz, las sombras, los encuadres, las líneas, los ademanes o las formas con las que sus composiciones se hayan realizado. En definitiva, ambas cosas serán su impronta artística, su estilo, su Arte. Pero, también su vida... Porque en Rembrandt, en las creaciones maravillosas de Rembrandt, no es posible separar vida y Arte, como no es posible separar en él la propia realidad de la misma fantasía. 

Si definimos por ejemplo la vida del ser humano en general; si elegimos ahora una vida como ejemplo de lo que es en sí misma; es decir, con sus azares, sus ilusiones, sus anhelos, sus fracasos, sus desvelos, sus sufrimientos, sus debilidades, sus errores o sus trasiegos, qué mejor modelo de vida que la de uno de los más grandes pintores que haya tenido la Humanidad. Sí, Humanidad -con mayúsculas-, porque, con Rembrandt, ésta -la Humanidad- adquirió ya una forma y una definición sublimes rodeada ahora de luces y sombras, de formas y maneras originales, de sentimientos y belleza artística muy humana. Porque la Belleza en Rembrandt es el propio Arte. No es la representación de una belleza en sí misma -lo que entenderemos al pronto por una clásica forma-, no, es la Belleza absoluta mejor representada, la más sublime y abstracta belleza, la compuesta ahora en un lienzo para ser solo -¿solo?- y universalmente así representada.

Cuando Rembrandt nace en el año 1606, Rubens llevaba veintinueve años en el mundo. Así que, el gran pintor flamenco había sido el modelo en el que el joven Rembrandt se fijaría como ejemplo de creador, de grandioso creador..., pero también de hombre. Porque Rubens había conseguido ya en 1621 ser uno de los más brillantes, exitosos, creativos, innovadores, geniales y felices seres humanos que, con su Arte y su vida, hubiesen pisado la cima de la mayor genialidad. Pero, claro, este pintor flamenco se había desarrollado en el seno de una sociedad más privilegiada, por lo tanto, partícipe además de un afortunado y más reluciente azar vital... A pesar de haber sido pronto huérfano de padre, la madre de Rubens le educaría con maestros reconocidos y accedería incluso, como paje, al servicio de una muy influyente condesa flamenca. Viajaría a Italia a los veintitrés años, donde conocería a los grandes pintores venecianos, y luego pasaría al servicio del duque de Mantua. Marcharía después a la corte de Madrid como enviado de ese ducado italiano, y en donde ahora comenzaría a seducir ya con su maravilloso, original y subyugante Arte.

Triunfaría Rubens en todo aquello que tocase, y su obra y su vida no dejarían de brillar en cada cosa o acción que él tomase, artística o no. Después de fallecer su primera mujer en el año 1630, vuelve Rubens a casarse con su adolescente musa y modelo Elena Fourment. Cinco años después adquiere un castillo en la brabante y exuberante Elewijt, y, cinco más tarde, a los 62 años, fallecerá Rubens serenamente, habiendo llegado a alcanzar las más grandes cumbres del reconocimiento artístico y del éxito personal. Sin embargo, Rembrandt, que llegaría a tener el reconocimiento artístico, no conseguiría en su vida personal ni la paz, ni la tranquilidad, ni la felicidad, ni la serenidad que aquél hubiese obtenido. A pesar de haber sido Holanda -el país de Rembrandt- en aquellos años del siglo XVII, a diferencia de otras naciones europeas, una sociedad de muchas oportunidades sociales, todavía la moral y la dignidad económica y comercial -sus logros- condicionarían mucho la vida de sus habitantes. Y es así como Rembrandt vendría ahora a ser un paradigma de lo que, siglos después, se entendería como la figura romántica y desolada del genio universal, es decir un personaje ahora malogrado, cargado de virtudes y defectos, y solo postrado a los pies del altar maravilloso de su Arte.

Desde muy pronto sus obras se cotizaron muy alto, pero eso fue contraproducente para él, a pesar de lo que pueda pensarse, ya que fue un motivo más para el despilfarro y el error que para la prudencia o el sabio proceder. Adquiría Rembrandt compulsivamente todo tipo de muebles, de antigüedades y extravagancias, en parte como elementos simbólicos de ascenso social, y en parte como un coleccionismo artístico que luego utilizaría como modelo en sus propias obras. Su primer matrimonio en el año 1634 con la sobrina de su mentor y socio duraría solo ocho años, los cuales no fueron todo lo felices que parecieron ser. Hasta entonces, sin embargo, el pintor holandés se autorretrataría orgulloso, muy seguro y triunfante de su vida y de sí mismo. Pero, luego, el hombre ahora más que el artista no consiguió ver su vida en nada mejorada. Para su pequeño hijo, huérfano de madre, buscará el servicio de una niñera, una viuda que acompañará también al padre en sus momentos de soledad. Ese amancebamiento anónimo le traería dificultades al pintor. Los habitantes de los Países Bajos entonces -mediados el siglo XVII- entraron además en una profunda crisis económica, una situación originada como consecuencia de la entrada de Inglaterra en sus mercados comerciales, unos mercados que antes dominaban más los holandeses. 

Deudas, demandas -la propia niñera le acusaría de no cumplir su promesa de matrimonio-, dificultades económicas, todo eso le llevaría a ser marginado por la puritana y calvinista sociedad holandesa. Otra de las mujeres al servicio de su casa testificaría a favor de Rembrandt, algo lógico pues habían comenzado una relación sentimental, relación que sería la causa posible de aquella demanda. Esta mujer, Hendrickje, le trajo al pintor algún atisbo de felicidad, emoción que reflejaría en algunas de sus obras pictóricas. Pero duraría poco su nueva relación amancebada, ya que ella fallecería en 1663, seis años antes de que el gran creador lo hiciera luego. En el año 1668 la tragedia había marcado también su vida con la muerte de su único heredero varón, Tito, hijo de su primera mujer. Años antes había perdido también otro hijo, esta vez tenido con Hendrickje. ¿Qué otra cosa, además de los reflejos de su propio semblante, se permitiría Rembrandt translucir ahora en sus obras con los creativos alardes de su pasión artística? Porque sus obras maestras decidirán, por sí solas, mostrar siempre la Belleza de un Arte insuperable. De una resolución artística sin igual, de un virtuosismo genial extraordinario, de una conformidad de equilibrio, de contraste, de color y de iluminación, serenamente contrastable. Porque la bella luz aparecida en sus obras, desde algún lugar ahora inaccesible, sea ya ésta artificial o natural, siempre reflejará lo preciso, lo necesario, solo lo que debiera ser iluminable en ese instante.

Pero, como una premonición muy destacable, el pintor holandés compuso en 1636 su obra Sansón cegado por los filisteos. La leyenda bíblica relataba los hechos de la trama. El poderoso hebreo Sansón, incapaz de abatirle ni vencerle nadie, acabaría destruido por el ruin engaño de Dalila. Ésta descubre un día que la fuerza de Sansón radicará en su poderosa cabellera. Con su ayuda, los filisteos terminarán abatiendo al enemigo..., cegándole ahora además sus ojos como veremos en la brutal escena que el pintor no escatima en expresar. La composición de la obra, aglutinada en el propio desenlace dramático, consigue aquí que la armonía de las figuras y de su violencia enmarquen, hábilmente, unos planos muy complejos. Cinco líneas de figuras se cruzan en el lienzo, paralelas tres con dos, y todas ellas cortarán ahí la escena. La lanza, la pierna derecha de Sansón y la figura de Dalila... ahora frente a las cabezas de los filisteos y la entrada de la cueva. En sus manos lleva Dalila ahora su cuchillo y los desunidos e inermes cabellos de Sansón. Y, luego, la víctima de todo, Sansón, un ser que ahora no podrá hacer ya nada para evitarlo, tan sólo dejar que las cosas terminen así... Así de procelosas, de indecentes, de insensibles, pero seguras todas ellas, además, de cumplir con ello el único sentido de un destino personal ineludible, ahora éste ya del todo absolutamente inevitable.    

(Óleo del gran Rembrandt, Sansón cegado por los filisteos, 1636, Kunstinstitut, Francfort, Alemania; Autorretrato con boina de terciopelo, 1634, Rembrandt, Berlín; Autorretrato con boina, 1655, Rembrandt, Viena; Autorretrato con gorra roja, 1660, Rembrandt, Stuttgart; Autorretrato sonriente, 1665, Rembrandt, Colonia.)

No hay comentarios:

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...