20 de abril de 2015

La realidad o el sueño de las cosas, o el tiempo que nos toca vivir y el tiempo que quisiéramos.



Cuando el siglo XIX comenzaba, luego de las belicosas campañas de Napoleón, la sociedad europea miró, por primera vez, la cara de la realidad más desoladora del hombre. La revolución del año 1848 fue el final de un liberalismo que no supo satisfacer entonces las auténticas necesidades de los seres humanos. El Romanticismo había pasado ya. Y el Realismo iniciaba balbuceante una nueva forma de comunicar las cosas de la vida, de una nueva sociedad industrial que, poco a poco, evolucionaría hacia el caos más impredecible. Pero, también, de un ser humano que, desamparado y sin asideros, trataría de adaptarse a una nueva realidad para no perecer desubicado en el avance... No hubo elección, y la sociedad de mediados del siglo XIX se iría deshumanizando a la sombra de una nebulosa industrial que acabaría condicionando la vida y la esperanza de muchos.

Unos creadores surgieron entonces, poetas o pintores que trataron de hacer ver la calamidad de una sociedad que acabaría ganando la batalla contra el ser humano. El poeta francés Alphonse de Lamartine (1790-1869) empezaría creyendo que la política podría servir en verdad para mejorar la vida del hombre. Luego de dedicarse a servir a Francia como diputado en el revolucionario año 1848, llegaría a ser ministro del gobierno nombrado a la caída del régimen realista de Luis Felipe de Orleans. Trataría de mejorar las cosas y también de llevar poesía y entusiasmo a la gestión política. Inútilmente. Cuando se presentó a presidente de Francia a finales de ese año, sería derrotado por otro candidato. Abandonaría toda actividad pública y se dedicaría a escribir poesía hasta el final de su vida. Escribiría entonces su poema El Lago, unos versos melancólicos para expresar la desconsolada forma del ser humano de tratar de conciliar el tiempo que anhelamos... con el tiempo que vivimos:

Tiempo no vueles más. Que las olas propicias
interrumpan su curso.
¡Oh, dejadnos gozar de las breves delicias
de este día tan bello!
Todos los desdichados aquí abajo os imploran:
sed para ellos muy raudas.
Con los días quitadles el mal que les consume;
olvidad al feliz.
Mas en vano yo pido unos instantes más,
ya que el tiempo me huye.
A esta noche repito: "Sé más lenta", y la aurora
ya disipa la noche.
¡Oh, sí, amémonos, pues, y gozemos del tiempo
fugitivo, de prisa!
Para el hombre no hay puerto, no hay orillas del tiempo,
fluye mientras pasamos.

El Lago, del poeta francés Alphonse de Lamartine, 1840.

A finales del siglo XIX llegaría verdaderamente el Realismo al Arte español. Muchos pintores españoles trataron de conseguir entonces lo que sus colegas literarios -Galdós, por ejemplo- hacían con la Literatura realista. Pero, no fue posible. La imagen realista del Arte pictórico nunca llegaría a influir estéticamente tanto como lo hiciera el Realismo literario. El arte literario siempre entretenía mucho más si la trama realista era de interés, incluso si denunciaba cosas, entre sutiles palabras asombradas de belleza. La Pintura realista no alcanzó en España a seducir a un público poco dado a visiones impactantes. Pero hubieron algunos pintores que sí lo hicieron, a pesar del poco atractivo que tendrían las obras pictóricas realistas. Antonio Fillol Granell (1870-1930) fue un pintor valenciano que quiso expresar el mundo desolado, cruel e insensible, que la sociedad industrial de finales del siglo XIX obligaba por entonces. Pintaría obras de denuncia social en una época donde la sociedad no era más que un reflejo de la propia degradación e inmadurez del hombre. 

En su obra de Arte Después de la refriega nos muestra a la sociedad y al hombre juntos en el lienzo realista: y a los dos igualmente solitarios. Un hombre solo perece ahí, a los pies de una sociedad despiadada y desatenta. Nadie ni nada con vida es reflejado en el lienzo, sólo el cuerpo inerte de un ser humano abatido en la calle. Ha ganado la sociedad tenebrosa. Y ésta aparece ahí como ella es: infame, desolada, desdeñosa, silenciosa. Porque no era la sociedad lo que por entonces podría cambiarse, y los poetas y creadores de Arte lo sospecharían. Ellos pensaban entonces que era el hombre, el ser humano, el único que debía cambiar para, con él antes, poder transformar luego todas las demás cosas. Un terrible error dejar entonces exculpada a la sociedad. Una equivocación histórica que llevaría, años después, a las graves confrontaciones mundiales, sociales y bélicas, del siglo XX.

Cuando el poeta norteamericano Walt Whitman (1819-1892) comprendiese el desamparo del hombre ante la sociedad, compuso su impactante obra poética Hojas de hierba (1855). En uno de sus versos narra ya el poeta el ferviente existencialismo que, un siglo después, otros creadores o pensadores expresarían de otra forma. Pero, ahora, con las hermosas palabras de una poesía claramente modernista, Whitman explica las claves que el ser humano debería entender para afrontar los retos que la sociedad le obligaba a tener, unos retos con los que poder desenvolver honestamente su destino. Hoy, en los inicios del siglo XXI, el hombre ha alcanzado los medios de conocimiento suficiente como para poder llegar a entenderse más. Porque la sociedad, a diferencia de antes, hoy sí puede cambiarse, hoy sí existen los medios que antes no existían, o no se habían desarrollado aún. Así que, hoy, no hay excusa. Y no la hay porque no hay otra salida más que ese cambio posible... El ser humano -la sociedad humana- ha madurado más y los mecanismos de comunicación -internet- han llegado a unos niveles tan vertiginosos que no es posible ya engañar a nadie. La sociedad y la historia no tienen otro camino. Sólo es cuestión de tiempo, de poco tiempo, pero la sociedad sí que puede ahora cambiar. Y el hombre lo sabe.

"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre las pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro,
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron,
de nuestros "poetas muertos",
te ayudarán a caminar por la vida.
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas.

Poesía No te detengas, de la obra lírica Hojas de hierba, del poeta Walt Whitman, 1855.

(Óleo del pintor realista español Antonio Fillol Granell, Después de la refriega, 1904, Museo de Bellas Artes de Valencia; Óleo del mismo pintor Fillol, El Lago o Alphonse de Lamartine, 1897; Fotografía de Marilyn Monroe leyendo la obra poética de Walt Whitman, 1955.)

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