16 de septiembre de 2016

La idealización es la esencia innata del ser por aglutinar todo lo imaginado en un momento.


A mediados del siglo XIX los pintores estadounidenses necesitaron encontrar su sentido artístico en el mundo. El Romanticismo fue la tendencia que más arraigaría en los Estados Unidos -entre otras cosas porque coincidió temporalmente con su inicio como país-, sobre todo gracias al gran creador de paisajes que fuera Thomas Cole (1801-1848). Su influencia llegaría a muchos colegas norteamericanos que vieron en esa forma de crear paisajes el mejor modo de expresar sus emociones pictóricas. Pero, no era Romanticismo exactamente lo que ellos harían. No habría desgarro, no habría fuerza tenebrosa, no habría emociones heroicas en sus obras... Sí había, a cambio, una extraordinaria manifestación natural, sí había una muestra de una Naturaleza feraz y magnánima pero que no influiría ésta mucho en la suerte vital o existencial de los humanos, tan sólo su belleza. Y de ese modo surgiría la Escuela del río Hudson, una tendencia pictórica que llevaría a algunos pintores norteamericanos a recrear los hermosos y fieros paisajes de su grandioso país. Pero, también fue una reacción muy espiritual al avasallador impulso de una ingente cantidad de descubrimientos científicos llevados a cabo en esa época. 

Frederic Edwin Church (1826-1900) llevaría esa misma obsesión de fijar en lienzos imágenes grandiosas de paisajes salvajes al más bello sentido armonioso del escenario natural y de la emoción íntima. Un romántico casi... pero sin serlo del todo en absoluto. Quizá venga bien analizar a este creador sutil para distinguir el Romanticismo de algo que podríamos llamar Intimismo, si es que se puede utilizar este último término para señalar una tendencia pictórica concreta. El Romanticismo es la esencia interior más permanente del ser humano llevada a la mayor fuerza de una naturaleza indominable en un momento temporal dado; el Intimismo podría definirse como la fuerza exterior -más eternizada- de la Naturaleza llevada a la más idealizada esencia interior del ser solo en un momento.

La sutil diferencia es que el momento interior -su esencia fugaz- en el Intimismo es infinitamente mayor -cuantitativamente hablando la fugacidad, no cualitativamente la esencia- que en el Romanticismo, es algo más íntimo aquí, casi pudoroso, a diferencia del impúdico Romanticismo. Sin embargo, la impresión de la fuerza de la Naturaleza en el Romanticismo es mucho más fugaz -durará menos- que en el Intimismo. ¿Por qué? Porque para el Romanticismo lo importante es el ser humano, su emoción -permanente y descubierta-, frente a la evanescente -y no tan trascendente, o no tanto como las emociones humanas- sensación del salvaje entorno natural. Para el Intimismo el entorno natural sería mucho más duradero, por eso se eternizarán o subrayarán más los paisajes en el Intimismo que las emociones que ese mismo paisaje produzca además en el ser humano.

En el otoño del año 1867 Edwin Church y su joven esposa Isabel Carnes iniciaron un viaje de casi dos años por Europa y Oriente Medio. Recorrerían Siria y Palestina y visitarían Petra y Jerusalén. Además, viajaron a Atenas y navegarían por el mar Egeo. En sus estancias en lugares exóticos el pintor realizaría bocetos de lo que viese, así como algunas fotografías -que él haría o compraría- de los lugares que visitara o no llegara a visitar. El caso es que, de regreso a Nueva York, llevaría a cabo un lienzo que fecharía en 1877 y al que titularía El mar Egeo. Y aquí, en la obra que presento en esta entrada, el pintor norteamericano realiza su intimista obra pictórica más característica del sentido que esa, su tendencia intimista, tendría como contrapunto al paisaje romántico por excelencia. Porque ahí, en el lienzo El mar Egeo de Edwin Church, todo lo que veremos ahora para nada es un paisaje real, de una composición real, de un escenario real existente. Sin embargo, partes de ese todo sí existen en el mundo real (a la izquierda vemos la roca tallada de las ruinas de Petra, al fondo a la derecha la Acrópolis ateniense, etc..). Es decir, que el autor llevaría el paisaje retratado a la mayor idealización posible, ensoñación casi, ajustándose, sin embargo, a partes reales ya existentes en un entorno regional o geográfico disperso -y también emocional, intimismo éste aquí muy pudoroso- muy determinado. 

Y es la mayor idealización posible porque, como el concepto de Idea, es ahora lo fugaz de su sentimiento -sensación-, no lo permanente de su sentido, porque no existe en realidad, lo que expresará el pintor Church con la ternura de un paisaje más eternizado, sin embargo, por mor de una representación formal que primará mucho más que la propia emocional. Por eso aquí hay más motivos para admirar los retazos de una arquitectura intimista, una que durará poco porque no son más que ensoñaciones fugaces -como el arco iris desvanecido-, y que buscarán aquí más la grandiosidad del paisaje, su eterno sentido, frente a la fugaz sensación pudorosa de albergar una emoción más insostenida en el tiempo... Mucho más insostenida que las piedras monumentales de un elogioso mundo pasado. Un mundo que, aún, se mantiene aquí fijado en un hermoso paisaje, aunque deslavazado -no existe un lugar exactamente así-, a pesar de los años y de los avances indecorosos de una ciencia deslumbrante y avasalladora.

(Óleo El mar Egeo, 1877, del pintor norteamericano Frederic Edwin Church, Metropolitan, Nueva York.)

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