18 de mayo de 2011

La falta de contexto y la pérdida de significado: las circunstancias, el amor, la vida y el Arte.



A comienzos del siglo XX se descubrieron los restos de un naufragio arcaico griego en las orillas de la pequeña, idílica y mediterránea isla de Anticitera. Situada entre los límites de ese histórico mar y el legendario Egeo, entre la isla de Creta y la península griega del Peloponeso. Fue en el año 1900 cuando unos pescadores de esponjas encontraron los despojos milenarios de lo que parecían ser fragmentos de una escultura metálica. El rescate fue muy trabajoso y minucioso, de lo salvado no pudo recomponerse todo el objeto descubierto, aunque asombraría luego al verlo finalmente erigido. De ese modo surgió la representación escultórica antigua griega en bronce más realista, antropométrica y hermosa de un ser humano jamás vista antes. No sería hasta los años cincuenta de ese siglo XX cuando, histórica y artísticamente, se conseguiría mejorar la composición escultórica definitiva. Pocos años más tarde, fue rescatada de esas mismas aguas de la isla griega de Anticitera el conocido como Mecanismo de Anticitera. Era un extraordinario y misterioso objeto antiguo de ingeniería astronómica, demasiado increíble para existir en el siglo I a.C. -fecha en que se dató-, y que maravillaría a los arqueólogos y científicos que lo llegaron a ver. Calculaba con exactitud, según unos indicadores mecánicos sofisticados, la última luna llena más próxima al solsticio de verano de cada cuatro años, fecha en la que se celebraban los juegos de la antigüedad en la ciudad griega de Olimpia.

Pero aquella escultura hallada en esa pequeña isla, llamada el Efebo de Anticitera, debía ser interpretada ahora, es decir, tenía que entenderse su significado histórico, conocer cuál fue el motivo de su representación. Saber quién fue el efebo, qué personaje estaría detrás de su imagen y de su composición. Pero algo faltaba. Su mano derecha, alejada de su cuerpo, aparecía vacía aunque arqueada y tensionada, como habiendo tenido ella sujetada alguna cosa. Cosa que nunca apareció, ni se pudo deducir por nada añadido que los restos encontrados hubiesen dejado descubierto. Si algún otro indicio más se hubiese visto, si se hubiera dado alguna otra situación añadida, otra circunstancia, tal vez se hubiese averiguado más sobre aquello. Era, ahora, el contexto lo que faltaba... Lo que hacía -y hace- que las cosas o las personas -sus vidas-, lo que somos, sean o no realmente una u otra cosa distinta. La ausencia o pérdida del contexto de esa escultura hallada fue lo que la despojó ahora, totalmente, de su completa significación cultural original. De su sentido. Y es así como somos todos, además: algo que sin su contexto real no puede entenderse, ni comprenderse, ni perdonarse. Por tanto, ahora tan sólo podremos imaginar, contextualizar artificialmente, cuál pudo ser el personaje histórico o legendario que más se asemejaría al Efebo de Anticitera representado. Tres héroes mitológicos griegos pudieron haberlo sido: Hércules, Paris o Perseo. El primero, Hércules, representado en uno de los trabajos -atrapar una manzana sagrada- que fuera obligado a hacer, una tarea imposible para un humano: El robo de la manzana de las Hespérides. El segundo, El juicio de Paris, cuando el héroe troyano Paris ofrece su manzana a la diosa Afrodita. Y, por último, Perseo, el gran héroe griego, cuando utiliza su mano tomando la maléfica cabeza de Medusa para defenderse de sus enemigos. Los tres utilizaron su brazo alejándolo de sus cuerpos; los tres utilizaron la mano derecha para motivar algo... Sin embargo, es imposible identificar sin contexto quién fue, realmente, aquel efebo representado.

En el siglo de las luces y de la razón -el siglo XVIII- los creadores de Arte se inclinaron por conciliar tres cosas muy humanas: arte, eros y raciocinio. Algunos obtuvieron, con sus obras, mejores resultados que otros. Fue el siglo de un simbolismo representado desde los trazos de una realidad clasicista. De ese modo, el pintor francés Jean-Antoine Watteau (1684-1721) ejecutaría su obra de Arte Peregrinación a la Isla de Citera en el año 1717,  y, un año después, casi la misma representación: Embarque a la Isla de Citera. Esta otra isla griega, Citera, se encuentra a unos treinta kilómetros al norte de la pequeña isla de Anticitera, de ahí el nombre de esta última: frente o antes de Citera. En esta hermosa isla griega de Citera situaba la leyenda la aparición en sus aguas azules de la bella diosa griega de la Belleza y del Amor, la sensual Afrodita. Y el pintor Watteau dibujaría a la derecha del cuadro lo que parece ser un paraíso amoroso con parejas felices. Porque, luego, otras parejas -esos mismos amantes de antes- se ven ahora alejadas, un poco más cada vez, y separadas hacia la izquierda del lienzo, cercanas a una orilla del final de la isla, hacia el final de ese paraíso amoroso... Porque este es aquí ahora el contexto de la obra. Su lectura visual -su contexto- es aquí ahora de derecha a izquierda. Las parejas emprenderán así, en ese mismo sentido, un cambio de actitud a medida que se acerquen a la orilla. Y el pintor representaría así la escena: primero la atracción inicial amorosa -muy enamorada- de los amantes a la derecha del todo; luego, algo más tarde -un poco más hacia la izquierda-, derivará esa atracción enamorada cada vez más en una pasión desaforada. Y ésta -la pasión desaforada- morirá inevitablemente después, cuando a esta misma orilla se acerque ahora un barco que alejará a los amantes definitivamente de ese idílico y maravilloso, pero tan efímero, paraíso vanamente conyugal.

(Imagen de la escultura Efebo de Anticitera, Museo de Atenas, Grecia, siglo IV a.C.; El Juicio de Paris, 1635, Rubens; Mosaico romano de Hércules en las Hespérides, Museo Arqueológico Nacional, Madrid; Óleo del pintor Luca Giordano, Perseo petrifica a Fieno y sus secuaces, 1670; Fotografía del Efebo de Anticitera, siglo IV a.C., escultura en bronce, Museo de Atenas, Grecia; Fotografía de la escultura de Perseo con la cabeza de la Medusa, de Benvenuto Cellini, siglo XVI, Florencia; Escultura de Bandinelli, Hércules y Caco, Florencia; Cuadro, Peregrinación a la Isla de Citera, 1717, Jean-Antoine Watteau, Louvre; Cuadro Venus Citerea, 1561, de Jan Massys, Estocolmo; Fotografía actual de la isla de Citera, Pireo, Grecia; Fotografía actual de la orilla del naufragio en la pequeña isla de Anticitera, Grecia; Imagen del Mecanismo de Anticitera, siglo I a.C., Grecia.

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