24 de mayo de 2011

La libertad utópica, la necesidad como motor de ella, o la incapacidad real de la misma.






Cuando en el año 1777 el filósofo materialista francés Paul Henri Dietrich (1723-1789) publicara su obra El Sistema de la Naturaleza, sería considerada entonces como excesivamente radical. Tanto lo sería que el gran liberal ilustrado que fuera Voltaire se lo llegaría a reprochar al atrevido pensador materialista. Afirmaba que la libertad era una ilusión, que la libre voluntad no puede ser admitida en el Universo, algo que sólo se regirá por la necesidad. Consideró la Mitología como algo benigno, como un intento del ser humano por explicar la Naturaleza y sus ocultas fuerzas, así como de establecer con ella unas normas que organizaran la sociedad. Sin embargo consideraría la Religión -la Teología propiamente- como una fuerza perniciosa que habría personificado las fuerzas de la Naturaleza en un Ser fuera de ésta, alzándolo -el Teos- por encima del mundo, lo único que tiene verdadera existencia real.

Prometeo fue un titán mitológico amigo de los hombres. Una vez sería encadenado por el poderoso dios Zeus a una gran roca en la antigua región de Escitia, cerca del Cáucaso. Condenado brutalmente, se lamentaría ahora de su cruel destino. Se dijo: Por haber proporcionado el fuego a los humanos me veo unido al yugo de esta necesidad, desdichado por completo. El pensador británico Isaiah Berlin (1909-1997) crearía su teoría de Los dos conceptos de la libertad: La Libertad positiva -la posible- y La Libertad negativa -la innegable-, entendida esta última no como algo pesimista sino como una libertad incapaz de serle negada a nadie.

La Libertad negativa, o innegable, es la más primitiva, la más intrínseca a los individuos. Es la libertad que se entiende como ausencia de coacción exterior a la persona. Es decir, la libertad que sólo se impide llevar a cabo si alguien te limita, te oprime o te condiciona la vida, la propiedad, el pensamiento, la acción, etc... Luego la Libertad positiva es la posible, la que puede realmente ejecutarse no porque no te lo impidan sino porque puedas o no puedas, verdaderamente, realizarla. Podremos querer volar como los pájaros, nadie nos lo impedirá, sin embargo, nunca podremos hacerlo -al menos por ahora- como ellos propiamente lo hacen.

Es como el determinismo, esa fuerza ineludible -al parecer- que nos condicionará involuntariamente a ser, a querer, a tener, a hacer, a pensar, a decidir, a volver o a retener las cosas que se presenten a lo largo de nuestra existencia. Así mismo, podrán también existir el determinismo biológico, el genético o el psíquico. El filósofo holandés Baruch Spinoza (1632-1677) nos dejó dicho: Los seres humanos se creen libres porque son conscientes de sus voluntades y deseos, pero, sin embargo, son ignorantes de las causas por las cuales ellos son llevados a ese deseo y a esa esperanza.

¿Cómo sabremos, realmente, qué nos lleva a decidir algo y no lo contrario? ¿Cómo dejaremos de hacer algo a pesar de poder hacerlo? ¿Cómo podemos sentirnos además libres si, a veces, no podemos cambiar lo que somos o tampoco llegar a hacer algo por lo incapaces que, en ese momento, podamos incluso sentirnos? El filósofo alemán Schopenhauer nos dejó escrito esto: Todos creemos a priori que somos perfectamente libres, pero, a posteriori, por la experiencia, nos damos cuenta de que no somos libres sino sujetos a la Necesidad.

Prometeo, según nos cuenta la Mitología, tendría la capacidad de la profecía. Zeus, el gran dios del Olimpo, preocupado por unos planes que tenían por objeto destronarle, acude a través del dios Hermes al titán encadenado para que le ayude a descifrar la verdad. Prometeo entonces le contesta al mensajero que Zeus tendrá un hijo más fuerte que el propio dios, pero que no le dirá nada más, que prefiere ser un desgraciado a ser un siervo de los dioses como él. Pero Hermes le amenaza con que, si se niega a hablar, primero Zeus provocará una tempestad que hará que la cumbre de la montaña, donde se encuentra la roca en la que está encadenado, caiga ahora encima de él atropellándole. Y después, incluso, que un águila sanguinaria acudirá todos los días a esa cumbre para devorarle su propio hígado ferozmente.

Prometeo, a pesar de todo eso, le contesta que no piensa ceder, que todo eso que le anuncia ya lo sabría él, y que su destino acabará cumpliéndose de todos modos sin embargo. Ese destino, sabía el titán encadenado, consistía en que un descendiente poderoso del dios Zeus -Hércules- acabaría liberándolo finalmente de sus cadenas. Así, de esa sutil forma, la inteligencia humana -representada por Prometeo- podría vencer las veleidades caprichosas de los dioses; podría, al parecer, mejorar así su fatal destino... Un destino, paradójicamente, que tan sólo esos mismos dioses serían capaces, sin embargo, solo ellos mismos de determinar...

(Cuadro Alegoría de la Libertad, 1937, de la pintora mexicana María Izquierdo; Óleo El barco de los esclavos, 1840, del pintor inglés Turner; Cuadro Cautivo en prisión, 1850, del pintor Michael von Zichy; Cuadro La tortura de Prometeo, 1819, del pintor francés Jean Louis Lair, 1781-1828; Fotografía actual del artista checo Jan Saudek, 1935; Cuadro actual de la pintora española María Martínez Contreras, Jaulas de Cristal; Óleo del pintor francés William Adolphe Bouguereau, Las Erinias, 1862, donde el pintor representa la huída de Orestes por la muerte de su madre, ocultándose de los sonidos de su propia conciencia; Imagen fotográfica de parte del conjunto escultórico La Libertad -homenaje al rey Alfonso XII-, Alegoría de la Libertad, 1922, Madrid, del escultor español Aniceto Marinas.)

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