6 de julio de 2012

El agravio más inspirador, altruista, neoclásico, sensual y bello en el Arte.



Fue una antigua guerra griega, un enfrentamiento bélico de la antigüedad, lo que inspiraría una de las obras escultóricas y arquitectónicas -¿será una contradicción, escultura y arquitectura a la vez?- más emblemáticas y hermosas, armoniosas, nobles, elegantes o majestuosas de la humanidad. Cuando los persas invadieron el Peloponeso en la segunda guerra médica (480 a.C.), se aliaron con algunas ciudades griegas para enfrentarse a la resistente Atenas. Una de esas ciudades traidoras lo fue Caria, población lacedemonia -de Esparta- que, finalmente, sería derrotada junto a los persas por los orgullosos atenienses. Los atenienses eran muy estrictos con sus leales o sus traidores y por eso decidieron dar un castigo ejemplar a esa ciudad lacedemonia. Un castigo que no debían olvidar nunca las siguientes generaciones de griegos. Entonces ajusticiaron a muchos habitantes de Caria y decidieron que llevaran la más pesada carga el resto de sus vidas. Para eso vendieron como esclavas a todas las mujeres jóvenes de la ciudad, la mayor afrenta que se podía hacer a un pueblo griego por entonces. Los persas habían derribado en esa guerra muchos grandiosos templos en la Acrópolis ateniense. Uno de ellos, situado cerca del Partenón, fue un templo dedicado a la diosa Atenea Polias, construcción que fue totalmente destruida por los persas en aquel año 480 a.C. Cuando los atenienses vencieron se decidió erigir otro templo parecido a ese, aunque más alejado del Partenón y con unas columnas drapeadas y antropomorfas en uno de sus pórticos.

Quisieron los griegos recordar así la traición de aquella ignominiosa ciudad lacedemonia. Y qué mayor agravio que representar las figuras femeninas de esas columnas soportando el duro entablamento de su infamia. El nuevo templo erigido, dedicado ahora a Poseidón, fue construido con influencias estéticas jónias, el estilo arquitectónico de la Jonia clásica, un estilo que mostraría más elegancia y esplendor que el frío racionalismo del antiguo estilo dórico. Era un edificio clásico que con su estructura de marmol blanco-dorado -piedras procedentes del monte Pentélico- y sus tres pórticos o vestíbulos hexástilos -compuesto de seis columnas-, reflejaría la exquisita armonía del período más glorioso de Atenas. Uno de sus tres vestíbulos, el orientado al sur y denominado Erecteion, disponía de seis esculturas de mujer a modo de columnas jónicas que soportaban la cornisa superior de la techumbre. Estas columnas representaban aquellas muchachas lacedemonias traidoras, esas jóvenes que fueran condenadas a soportar la dura e infame condena del agravio patriótico. Luego, algo más tarde, acabaría todo aquel esplendor ateniense a manos de Esparta. Y tiempo después a manos de Macedonia. Y aún mucho después, cuando el mundo heleno sólo fuera un sueño maravilloso transmitido por sus escritores, el poder e influencia de la cultura griega sería remozado y heredado por Roma. Así hasta que también ésta acabase hundida por la historia. Y nunca más la sombra de sus bellas cariátides griegas, aquellas jóvenes lacedemonias en piedra padeciendo el orgulloso designio de sus formas, serían de nuevo admiradas en el Ática ni fuera de él. Así continuaría la historia hasta que, siglos después, el Renacimiento viniera a recordarlas o a sentirlas como un amante olvidado y desdeñoso que regresa, tardío pero renovado, a recuperar entusiasmado aquel antiguo esplendor de antes.

En el Palacio Real del Louvre se construiría en el Renacimiento una tribuna arquitectónica para albergar a los músicos del vanidoso rey de Francia. En el año 1550 el arquitecto real Jean Goujon decide realizar una especie de pórtico griego majestuoso, un elemento arquitectónico clásico que soportaría toda aquella Real tribuna. Sin haber visto personalmente la Acrópolis, tan sólo por documentos y grabados de la época, compuso Goujon sus cuatro cariátides renacentistas. Fue un homenaje al arte arquitectónico ateniense, a ese malogrado templo griego, el primero que se realizaría más de mil ochocientos años después de su original enclave en el Acrópolis. Pero ahora Goujon humanizaría aún más las formas y gestos clásicos y feminizaría toda aquella sutil semblanza de esas maravillosas y sensuales esculturas de entonces. Pero no fue sino hasta un renacer clasicista posterior, el del neoclásico siglo XIX, cuando los arquitectos y escultores inundaran las plazas, fachadas, pórticos, balaustradas, fuentes o salones de todo el mundo con la maravillosa, erótica, armoniosa y bellas figuras de las cariátides griegas. Porque fue entonces, mediados del siglo XIX, cuando la hierática y altiva representación de aquellas jóvenes griegas en piedra -donde sus brazos no impedirían relucir la sensual esbeltez de sus cuerpos- fueran descubiertas por los escultores clasicistas de entonces, artistas que mostraban así la voluptuosidad de las bellas formas del cuerpo femenino. Y esa maravillosa excusa neoclásica descubriría, en un público asombrado, la genialidad, belleza y sensualidad que encerraran aquellas antiguas e inspiradas esculturas  griegas.

Cuando luego Francia fuese derrotada y humillada por los alemanes en la guerra franco-prusiana del año 1870, París acabaría siendo bombardeada, asaltada y maltratada por la escasez y el hambre. Los parisinos descubrieron, como nunca antes en toda su historia, el sufrimiento más terrible y espantoso en sus propias calles tan civilizadas. La ciudad de la Luz sería entonces asolada por el hambre, la miseria, el desorden, la enfermedad y el desabastecimiento. El agua dejaría de fluir por sus tuberías y llegaría a valer más que el vino, lo que traería no pocos problemas sanitarios. Pero en ese dramático momento se decidiría entonces reconstruirlo todo. Y para resolver definitivamente la escasez de agua se diseñaron fuentes públicas, muchas fuentes para las plazas y calles parisinas, manantiales artificiales donde ahora la población pudiera abastecerse sin limitación alguna. Fueron construidas siguiendo unas determinadas normas arquitectónicas. Las fuentes mayores en tamaño se representarían además con cuatro cariátides añadidas. Y todo este alarde constructivo fue por entonces un maravilloso símbolo artístico y altruista para después de una guerra. Igual que lo fuera ya hace siglos una vez antes en Grecia.

(Fotografía de dos de las cariátides del templo Erecteion de la Acrópolis, año 421 a. C., del arquitecto Filocles, Atenas; Imagen de La Tribuna de las Cariátides, del escultor francés Jean Goujon, 1550, Museo del Louvre, París; Fotografía de una escultura de mujer -cariátide- en una fachada de París, del escultor francés Charles Auguste Lebourg, 1865, París; Imagen de una Fuente Wallace, fuente de la ciudad de París, de Charles A. Lebourg, siglo XIX, París; Imagen del interior del Palacio del Musikverein, sede de la orquesta Filarmónica de Viena, el Salón Dorado, Viena, con las cariátides doradas en su interior; Imagen del chaflán de la entrada principal del edificio del Instituto Cervantes en Madrid, antiguo Palacio clásico, con las cuatro cariátides de su soportal, Madrid; Dos fotografías del Erecteion ateniense, con sus cariátides, desde diferentes ángulos, Acrópolis, Atenas, Grecia.)

4 comentarios:

lur dijo...

Una manera de transformar después de un gran daño lo negativo en algo bello para la posteridad.

Un saludo.

Arteparnasomanía dijo...

Has definido, lur, lo que más hace al Arte una herramienta humana, humanista, necesaria, aleccionadora para sobrellevar la vida, el mundo y sus demonios: transformar lo negativo en algo bello...

Un abrazo.

sacd@ dijo...

Para cerrar la cuadratura podriamos nombrar a Atlas o Telamón, todos ellos de la imaginería humana para aventar la cosecha humana y separar el grano de trigo.
¿Y la fuerza de la hormiga? Que através del campo ya esté cubierto de hierba o sea un árido desierto, es capaz de levantar un grano de trigo con la fuerza que necesitarian una docena de hombres de llevar un carro de mieses.
Tal vez sólo nos quede nombrar lo bello pues sin ello no tendriamos la fuerza necesaria para aguantar el peso de lo incierto que es la vida. Un saludo.

Arteparnasomanía dijo...

Por supuesto, sacd@, no se podría aguantar... Saludos.

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