
Fue una guerra, un enfrentamiento bélico de la Antigüedad, lo que inspiraría una de las obras escultóricas y arquitectónicas -¿una contradicción, pueden ser ambas cosas, escultura y arquitectura, a la vez?- más emblemáticas, hermosas, armoniosas, nobles, elegantes y majestuosas de la Humanidad. Cuando los persas invadieron el Peloponeso en la segunda guerra médica (480 a.C.) se aliaron con algunas pocas ciudades griegas frente a los atenienses. Una de ellas fue Caria, en Laconia, la cual finalmente sería derrotada junto a los persas. Pero los atenienses eran estrictos con sus lealtades, o con sus traiciones, y por ello decidieron dar un castigo a esta ciudad, castigo que no olvidarían nunca las siguientes generaciones de griegos. Ajusticiaron a muchos, y decidieron además que todos sus pobladores llevaran la más pesada carga el resto de sus vidas. Para ello vendieron como esclavas a todas las mujeres jóvenes de la ciudad, la mayor afrenta que se le podía hacer a un pueblo por entonces.
Los persas habrían derribado muchos templos en el Ática, en la Acrópolis ateniense. Uno de ellos, situado cerca del Partenón, era un antiguo templo dedicado a la diosa Atenea Polias y que fue totalmente destruido por los persas de Jerjes I en el 480 a.C. Luego, cuando los atenienses vencieron por fin, se decidió erigir otro templo parecido, aunque ahora un poco más alejado del Partenón y con unas extrañas columnas drapeadas y antropomórficas en uno de sus pórticos. Quisieron los griegos recordar así la traición de aquella ignominiosa ciudad lacedemonia. Y, qué mayor agravio, ahora, que representarlas hieráticas soportando el duro entablamento de su carga.
El nuevo templo, dedicado ahora a Poseidón, fue construido con influencias estéticas jónicas, aquel estilo de la Jonia clásica que destilaba más elegancia y esplendor que racionalismo. Y que con su estructura de marmol blanco-dorado -procedente del monte Pentélico- y sus tres pórticos o vestíbulos hexástilos -seis columnas- reflejaba la exquisita armonía griega del período más glorioso de Atenas. Uno de sus tres vestíbulos, el orientado al sur, denominado Erecteion, disponía de seis esculturas de mujer que, a modo de columnas, soportaban la cornisa superior de la techumbre. Éstas representaban aquellas muchachas lacedemonias que fueron condenadas a portar la dura condena del agravio patriótico.
Y, luego, acabaría aquel esplendor ateniense a manos de Esparta, más tarde a manos de Macedonia y, después, cuando el mundo heleno tan sólo fue un sueño transmitido por sus escritores, el poder e influencia de su cultura fue remozado ya por Roma. Así, hasta que también ésta acabó. Y nunca más la sombra siquiera de sus cariátides, esas jóvenes en piedra padeciendo el orgulloso designio de sus formas, fueron admiradas en el Ática ni fuera de él. Hasta que, siglos después, el Renacimiento viniera a recordarlas, como el amante olvidado que regresa tardío pero renovado, y deseoso, para volver así a recuperar su antigua emoción.
En el Palacio real francés del Louvre se construyó -en pleno Renacimiento- una tribuna para los músicos que tocarían sus instrumentos para el rey galo. En 1550 el arquitecto real, Jean Goujon, decidió por entonces realizar una especie de pórtico griego que soportara la tribuna. Sin haber visto personalmente la Acrópolis, tan sólo por documentos y grabados, compuso Goujon sus cuatro cariátides renacentistas. Todo un homenaje, el primero -y un gran alarde- que se realizaba más de mil ochocientos años después. Ahora, sin embargo, Goujon humanizaría y feminizaría aún más la semblanza de estas sensuales esculturas de soportal.
Pero no fue hasta el renacer clasicista posterior, el del neoclásico siglo XIX, cuando los arquitectos y escultores inundaron ya las plazas, las fachadas, los pórticos, las balaustradas, las fuentes y los salones de todo el mundo con la maravillosa, sensual, armoniosa y bella figura de las cariátides griegas. Porque entonces, mediados de ese siglo, la hierática y altiva representación de aquellas jóvenes griegas en piedra, donde sus brazos no impedirían -todo lo contrario- relucir la esbeltez anatómica de sus cuerpos, los escultores clasicistas descubrieron la voluptuosidad de las formas del cuerpo femenino, señalándolas aún más en sus obras. Esta maravillosa excusa descubrió en un público asombrado la genialidad, la belleza y la sensualidad que encerraban tales esculturas.
Cuando Francia fue derrotada y humillada por los alemanes en la guerra franco-prusiana de 1870, París acabaría siendo bombardeada, tomada y maltratada. Los parisinos descubrieron entonces, como nunca antes quizá, el sufrimiento más desolador en sus calles. La ciudad de la Luz fue asolada por el hambre, la miseria, el desorden, las enfermedades y la escasez. El agua dejaría de fluir por sus tuberías y llegó a valer incluso más que el vino, lo que trajo no pocos problemas. En ese momento se decidió reconstruir todo, y, para resolver la escasez de agua para el público, se diseñaron unas fuentes públicas, muchas, para que la población pudiera abastecerse sin limitación. Fueron construidas siguiendo unas normas, y las mayores en tamaño representaban incluso cuatro cariátides que sostendrían la fuente. Todo un símbolo artístico y altruista para después de una guerra, ¿como entonces?
(Fotografía de dos de las cariátides del templo Erecteion de la Acrópolis, año 421 a. C., del arquitecto Filocles, Atenas; Imagen de La Tribuna de las Cariátides, del escultor francés Jean Goujon, 1550, Museo del Louvre, París; Fotografía de una escultura de mujer -cariátide- en una fachada de Paris, del escultor francés Charles Auguste Lebourg, 1865, París; Imagen de una Fuente Wallace, fuente de la ciudad de París, de Charles A. Lebourg, siglo XIX, París; Imagen del interior del Palacio del Musikverein, sede de la orquesta Filarmónica de Viena, el Salón Dorado, Viena, con las cariátides doradas en su interior; Imagen del chaflán de la entrada principal del edificio del Instituto Cervantes en Madrid, antiguo Palacio clásico, con las cuatro cariátides de su soportal, Madrid; Dos fotografías del Erecteion ateniense, con sus cariátides, desde diferentes ángulos, Acrópolis, Atenas, Grecia.)
4 comentarios:
Una manera de transformar después de un gran daño lo negativo en algo bello para la posteridad.
Un saludo.
Has definido, lur, lo que más hace al Arte una herramienta humana, humanista, necesaria, aleccionadora para sobrellevar la vida, el mundo y sus demonios: transformar lo negativo en algo bello...
Un abrazo.
Para cerrar la cuadratura podriamos nombrar a Atlas o Telamón, todos ellos de la imaginería humana para aventar la cosecha humana y separar el grano de trigo.
¿Y la fuerza de la hormiga? Que através del campo ya esté cubierto de hierba o sea un árido desierto, es capaz de levantar un grano de trigo con la fuerza que necesitarian una docena de hombres de llevar un carro de mieses.
Tal vez sólo nos quede nombrar lo bello pues sin ello no tendriamos la fuerza necesaria para aguantar el peso de lo incierto que es la vida. Un saludo.
Por supuesto, sacd@, no se podría aguantar... Saludos.
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