8 de noviembre de 2012

La imaginación en la Pintura, a veces como un Arte sorpresivo... o como un Arte creativo.



¿Qué es si no imaginación lo que se reproduce en un cuadro aunque sea, incluso, la fiel representación de la realidad más nítida y correcta -casi fotográfica- de una imagen natural? Porque el ojo del artista presumirá de conocer ya lo que ve -conocerlo de antes-, pero, luego, tendrá él que decodificarlo en cada trazo de lo que, finalmente, narrará en su lienzo con belleza. Sin embargo, hay una sagrada misión artística -no siempre asequible a todos los autores- que hará creativa o no una imaginación previamente inspirada. Esta misión sagrada consistirá en trasladar al observador -bellamente transmitida- la emoción contenida y semioculta del pequeño-gran universo de su creación personal. Pero dejando aún ciertos sabores emocionales por asimilar al que lo vea, unas sensaciones ahora que, a cada revisión posterior, irá el espectador dilucidando -el que lo vea con avidez, nosotros mismos- poco a poco el profundo y extemporal motivo de aquella emoción transmitida de antes.

Cuando el pintor realista Jean-François Millet (1814-1875) quiso transmitir las cosas de otro modo a como se habían hecho con el Romanticismo de años antes, descubrió entonces que el Realismo más natural -el Naturalismo- podría servir mucho mejor para aquello que tanto deseara él expresar en un lienzo. ¿Cómo mostrar ahora lo mismo -belleza, equilibrio, naturaleza feliz- pero de otra forma a como antes se hiciera? Porque ahora el Arte había sublimado de tal modo la realidad que ésta no era sino una pantomima ensimismada de la misma. Particularmente muy sensible el pintor francés Millet con parte de la sociedad más vulnerable y dolida, ajena además esa sociedad desfavorecida a esos paradigmas gozosos -mostrados en las grandilocuentes obras clásicas o románticas de antes- de una fabulación -imaginación- ahora, sin embargo, del todo inexistente en la realidad de la vida de los seres. Y, entonces, quiso plasmar el pintor francés la imagen más veraz, la más dura y corriente de la vida de los seres, pero hacerlo ahora con la genialidad de enmarcarlo todo ello en el mismo decorado fabuloso, inspirado, irreal, mítico o sosegado de antes. 

Y para ello pintaría en el año 1863 su lienzo La chica del ganso, una obra del Realismo más curioso del siglo XIX. Porque aquí veremos un desnudo realista y normal representado ahora de un modo casi mitológico, como el de aquellas inocentes ninfas de las leyendas griegas que, tímidamente, se acercaría ella desnuda a la orilla calmada de un escenario idílico. El motivo parece aquí el de cualquier escena barroca o renacentista, o romántica incluso, donde ahora la belleza del conjunto compensaría las posibles sensaciones agresivas o más vulgares de lo real... Pero, sin embargo, el autor consigue plasmar aquí otra cosa más: una creativa y sutil imaginación trascendental. Porque la chica desnuda aquí no es ninguna ninfa que represente una perfecta belleza clásica, no, es solo una vulgar campesina del mediodía francés. Es una joven que, aunque desnuda -para hacer algo tan pedestre y vulgar como lavarse en un río-, muestra ella aquí el gesto ahora torcido incluso, sus manos ásperas y desproporcionadas, sus pies deslucidos y una silueta demasiado mediocre. Y todo eso es más normal y real que el candoroso y bello perfil de las atractivas ninfas de los mitos antiguos. Porque estos mediocres símbolos destacados aquí son propios de su quehacer real y oprimido, diferente por completo de toda aquella estampa sublime y distante de las lánguidas, fugaces, aristocráticas o mitológicas criaturas de antes.

Porque es ésta la narración dibujada -imaginada- de una visión muy manida en el Arte -el desnudo mítico-, pero ahora es una visión creativa y artística por ser construida aquí de un modo que nos transmita algo más... Y esto es lo que solo algunos creadores han sido capaces de realizar con sus obras artísticas, sean de la tendencia que fuesen. El pintor español Beltrán Masses lo consiguió, por ejemplo, con su obra Alegoría de Carmen compuesta en el modernista año 1916. Sin caer en un excesivo tipismo regional y folclórico, el autor reconstruye la escena alegórica de la pasión sacrificada del personaje arquetípico español de Carmen, pero ahora lo hace sin mostrar los elementos figurativos ni compositivos tan propios -tan típicos- de su representación iconográfica más folclórica, justo lo contrario del realismo ahora. Y todo ello con el equilibrio delicado y bello de un nuevo estilo artístico, el Modernismo, muy especialmente creativo aquí para sublimar así -elevarlo artísticamente- aún mucho más el tan típico o tradicional asunto clásico. 

La pintora actual norteamericana Rebecca Harp (Wisconsin 1973), una perfecta dibujante, creativa de temas actuales como de siempre, consigue aquí, sin embargo, alcanzar ahora un virtuosismo clásico muy merecedor de elogios. Pero, a cambio, no muestra aquí nada de aquel mensaje originado previamente, es decir, de ese mensaje artístico que demuestra que el creador usará el Arte para componer una idea previa -imaginación creativa-, en vez de ser usado por éste -por el Arte- para hacer ahora otra cosa, perfecta y bella, pero sorpresiva del todo para el autor, imprevista absolutamente para él, virtual y creativamente improvisada. En su web, nos dice la propia autora: Aunque el acto de la creación, de la separación de la luz y la oscuridad, pueda llegar a ser demasiado audaz y arrogante, el proceso de percepción de la pintura me pone en un estado de ánimo por el que estoy más servil y sensible a la naturaleza y, por tanto, más capaz de dejar que la pintura me lleve a un lugar que no podría haber imaginado.

Porque este es el Arte sorpresivo, el que arrastra al creador de manera inevitable sin saber a dónde le llevará. Este es el Arte que plasmará algo sobrevenido, sin un mensaje previo razonado, sin un fundamento anterior que transmita algo más de lo correcto que lo hace. Y, luego, estará el Arte creativo, donde ahora la imaginación creativa desgranará antes cuál es el objetivo pretendido, cuál la tersura simbólica que trazará, además de belleza plástica, además de caos emotivo, el sentido más profundo y metafórico de un sentimiento transido... Van Gogh lo conseguiría hacer siempre. Otros, como el desconocido pintor norteamericano Albert Pinkham Ryder (1847-1917), a veces lo conseguirán... Como se ve ahora aquí -en esta obra suya- con el subjetivo mundo imaginativo de su paleta donde el pintor refleja el profundo desamparo humano, ese desolador sentimiento ante las desconsideradas y viles fuerzas de una naturaleza hostil o de una vida humana ahora desvalida o indefensa.

(Óleo Alegoría de Carmen, 1916, del pintor español modernista Federico Beltrán Masses; Obra Retrato femenino, de la pintora norteamericana actual Rebecca Harp, EEUU; Óleo Ingrid, 2003, Rebecca Harp, EEUU; Cuadro Sin modelo, de la misma autora, actual, EEUU; Obra de la misma pintora, Interior del Palazzo, 2004, EEUU; Óleo de Van Gogh, Celebración del 14 de julio en París, 1886; Obra del pintor naturalista francés Jean-François Millet, La chica del ganso, 1863, Maryland, EEUU; Óleo del mismo pintor Millet, Desnudo reclinado, 1845; Cuadro El holandés errante, 1896, del pintor americano Albert Pinkham Ryder, EEUU.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Rebecca Harp, las cuatro obras que expones de ella me han impresionado, sobre todo los retratos; otro grato descubrimiento que me aporta tu lectura, muchas gracias.
Un saludo.

Arteparnasomanía dijo...

Existen autores hoy que, de haber existido antes, hubiesen sido grandes y reconocidos. El Arte ha sucumbido, como todo, a la extenuación...

Un abrazo.

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