27 de abril de 2011

Una síntesis realista, la reacción al dualismo clásico-romántico, descubrió el Impresionismo.






En un viaje romántico a Italia en el año 1825 el pintor francés Jean-Baptiste Camille Corot (1796-1875) descubriría, fascinado, la luz poderosa del sur de Europa. Una luz que le permitiría manejar con su tableta todas las tonalidades que pudo combinar para representarla. Así se iría germinando poco a poco una vaga idea plástica que, años después, se consolidaría exitosamente y acabaría llevando uno de los nombres más descriptivos de una tendencia artística: el Impresionismo. Pero Corot no buscaba entonces nada más que reflejar otro movimiento artístico, una tendencia que por aquellos años, finales del primer tercio del siglo XIX, despertaba de las dolorosas tragedias causadas por las guerras napoleónicas: el Realismo paisajista. La anterior tendencia, la Romántica, tan desafiante, no bastaba ni servía ya para inspirar de nuevo a los creadores. Ahora se anhelaba el paisaje relajado tal como era, sin desastres, sosegado, con la escena natural, simple, real, aséptica o desensibilizadora.

Y Corot, curiosamente, lo buscaría en Italia, un país esencialmente romántico. Allí, en Umbría, en la pequeña población de Narni (la antigua Narnia latina), descubre el pintor, asombrado, un escenario ideal para su obra buscada compulsivamente. Cuando los antiguos romanos construyeron la vía Flaminia en el siglo III a.C. se encontraron de pronto con un río, el Nera, un afluente del río Tíber al que solo lograron salvar eficazmente tiempo después con un grandioso puente, construido por los ingenieros romanos del emperador Augusto en el año 27 a.C. Era tan alto, tan enorme, y sus vanos tan anchos que fue uno de los puentes más grandiosos construidos jamás por el imperio romano. Pero la fuerza de las aguas en Umbría es tan poderosa que los años no soportaron tamaña grandeza constructiva. Así que, desde el siglo XI, comenzaría su inevitable y paulatina destrucción arquitectónica.

Cuando Corot llega en el año 1826 a Narni pintará su puente manifestando en él toda su nueva pasión, dividida ahora entre el neoclasicismo, el romanticismo y el paisaje realista. Y es así como Corot plasmará todos esos rasgos juntos en su obra: las líneas clásicas en sus perfectos arcos dibujados, el paisaje realista profundo, esbozado apenas, y un aura emocional de lo efímero y de lo sombrío que albergarán pronto el germen de un nuevo sentido artístico. Todo eso junto nunca antes se había visto en una obra de Arte. Y Corot, sin quererlo, provocaría luego así una de las impresiones más motivadoras del Arte. Porque lo que no imaginó por entonces el creador francés era que todo eso ayudaría a que, menos de cincuenta años después, los impresionistas culminaran, sin complejos, su nueva y exitosa tendencia artística más prevaleciente. Una tendencia que revolucionaría absolutamente el Arte pictórico, y que conseguiría además mantener en el tiempo el fervor del público como ninguna otra tendencia artística lo haya conseguido jamás.

La eclosión de la fotografía en la segunda mitad del siglo XIX influyó también en el nuevo movimiento impresionista. Por entonces las instantáneas fotográficas de las exposiciones de un paisaje y su cualidad efímera serían un competidor muy avezado y creativo del nuevo movimiento artístico. Por eso se debía discernir bien cómo alcanzar a impresionar mejor en un lienzo, con qué otra especial técnica plástica frente al nuevo invento fotográfico. Sobre todo con los colores, algo todavía inexistente en la fotografía. La guerra franco-prusiana del año 1870 dejaría deprimida a una Francia vencida y humillada. Y es así que la sociedad burguesa francesa de entonces se volvió sobre sí misma y rechazaría toda novedad y excentricidad artísticas. Por ello los creadores impresionistas tuvieron entonces, ante tal desinterés, que exponer sus obras solo en círculos cerrados, arriesgando el fruto de su trabajo a que el gusto del público cambiase. Y cambió.

Cuando el pintor impresionista Claude Monet (1840-1926) se marchara en 1877 de la pequeña población campesina de Argenteuil a la gran ciudad de París, abandonaría los paisajes del campo por los escenarios modernos y más sofisticados de la gran urbe francesa. A fines de los años setenta de aquel siglo, la modernidad obligaba a los pintores a recrear ésta en casi todas sus obras. Monet se decide entonces a pintar un lugar verdaderamente iconográfico para su nuevo movimiento artístico. Los artistas de esta tendencia buscaban captar la fugacidad del momento, el eterno fluir de las cosas. Las cosas no son las mismas cuando las miramos minutos después, éstas cambian, y, a cada nueva mirada que reciben, sus obras debían también reflejar esta eventualidad. Cuanto más lo consiguieran, mejores obras impresionistas serían. Monet descubre, como antes lo hiciera Corot, el lugar perfecto para enmarcar su nueva visión artística: una estación parisina de trenes. Aquí, en la terminal Saint-Lazare de París, llega incluso a pedir autorización para que los trenes se retrasen un poco, obteniendo así una mejor instantánea para su obra. En su cuadro reflejará genialmente la movilidad y la luz, ahora esta última concentrada, contrastada y evaporada en todo el lienzo artístico. Pero también el humo evanescente, ese mismo humo que, dentro de poco, desaparecerá.

Esta tendencia artística fue la primera que no prepararía los colores antes de plasmarlos en el lienzo. Los impresionistas obligaban al público a distanciarse de sus creaciones para poder mejor imaginarlas, para poder mejor apreciarlas en todos sus detalles. Porque esto, la imaginación, debía ser usada ahora para disfrutar mejor de la escena impresionista. Ellos no querían, ni buscaban, otra cosa. El equilibrio, la geometría y el dibujo eran algo del Neoclasicismo, demasiado viejo para ellos; la emoción y la esencia de las cosas eran elementos Románticos, algo que ignoraban; la mera Realidad, con sus defectos, sus mensajes y sus alardes eran cuestiones que no les interesaban en absoluto. Sólo quedaba impresionar..., lo que conseguían los fotógrafos con sus maquetaciones espontáneas: algo sin límites, sin perfectos márgenes, sin recreación alguna. Cuando le preguntaron a Monet qué era lo que pintaba, qué trataba de decir con todo ello, él sólo contestaba: El motivo es para mí del todo secundario, lo que quiero representar es lo que existe entre el motivo y yo. O sea, sólo la obra, sólo el momento, sólo la genialidad, sólo la luz... Eso fue el maravilloso Impresionismo.

(Cuadro del paisajista francés Jean-Baptiste Corot, El puente de Narni, 1826, donde refleja la síntesis de lo que luego sería el impresionismo más elaborado: un clasicismo en sus geometrías y composición, un romanticismo en sus ruinas melancólicas y un realismo en sus formas imprecisas; Óleo de Claude Monet, La estación de Saint-Lazare, 1877; Óleo de Monet, Parlamento de Londres, 1904; Cuadro del pintor impresionista francés Pierre-Auguste Renoir, Remeros en Chatou, 1879; Óleo del pintor impresionista español Aurelio Beruete, Paisaje de Segovia, 1908; Cuadro del pintor impresionista español Joaquín Sorolla, Paseo a la orilla del mar, 1909.)

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