1 de mayo de 2011

El encuadre diferente, la emoción frente al detalle o el manido pero genial paisaje.



Uno de los primeros creadores que pintaron paisajes como motivo principal de la obra, no como escenario secundario, fue el renacentista holandés Pieter Brueghel (1525-1569), conocido como el viejo por haber sido el padre de dos artistas flamencos, Pieter y Jan. Sería en tan temprana época el paisaje un genial ardid para mostrar con sutilezas otras cuestiones delicadas de enseñar en pleno siglo XVI. En su obra La urraca sobre la horca, del año 1568, también conocida como Danza de campesinos junto a la horca, el creador flamenco pinta un escenario grandioso, profundo, de lejanía inspiradora y casi sagrada, mostrando con ello un cierto sosiego algo trascendente... Pero pinta la horca ahora muy centrada y solitaria y con una pequeña urraca misteriosa posada en su travesaño.

En el cuadrante inferior izquierdo de la obra se sitúan algunos personajes, campesinos que danzan irreverentes junto al atribulado patíbulo. La triste urraca, indiferente a lo que hacen, observa displicente a unos seres inconscientes que se alegran de no haber sido ellos los ajusticiados, de que ahora sean de otros los restos que pisan contentos. En la esquina más inferior izquierda del lienzo se ve a un hombre agachado, haciendo sus necesidades en la tierra, en un claro simbolismo obsceno que afrenta aquí el suelo que acoge las almas desconsoladas de los condenados. Un paisaje a lo lejos tan hermoso pero ofuscado aquí por el ofensivo alarde de la imagen de una desagradable horca, de su símbolo mortífero -la urraca- y de los gestos desconsiderados de algunos personajes indecentes.

Pero, sin embargo, fue un artista nacido en pleno estilo Barroco -tendencia poco paisajista- el que, realmente iniciara el paisaje como un objeto creativo en sí mismo. Claudio de Lorena (1600-1682) fue un pintor incluso muy clasicista para su época. Nacido en Francia, pronto marcha a Italia para inspirarse en los antiguos manieristas, pintores que aún harían obras con encuadres espectaculares, con entornos naturales ahora, sin embargo, ya tardíos. Morirá en Roma, donde sus creaciones influirán luego en los paisajistas ingleses de finales del siglo XVIII y principios del XIX, creadores que viajarán hasta Italia para ilustrarse en los maestros de donde surgiera el Arte. Llegó a ser tan grande su fama, fue tan original, sus obras eran tan impactantes y bellas, que sería muy copiado en su época. Así que, motivado por esto, el propio pintor Lorena crearía El Libro de la Verdad, un volumen donde recogería todas las obras compuestas por él. Aunque no se publicaría sino hasta casi un siglo después de su muerte, fue todo un gesto audaz contra los falsificadores muy moderno para entonces.

Pero luego, en el siglo de la Ilustración y el Rococó, hubo otro pintor francés muy paisajista que marcará la continuidad entre Lorena y los paisajistas posteriores, Joseph Vernet (1714-1789). Su luz poderosa, ahora concentrada y dispersa en el encuadre de un horizonte grandioso -tendencia iniciada por Lorena-, le lleva a realizar impresionantes marinas donde el atardecer, el prodigioso cielo y los barcos con su arboladura forman parte de su característica iconografía. Tal habilidad adquirió el pintor en esos paisajes que hasta el propio rey francés Luis XV le encargaría en 1753 que pintase dieciséis puertos de Francia. Otro gran paisajista -además de otras maravillosas, románticas y precursoras tendencias- fue el gran pintor inglés Joseph Williams Turner (1775-1851). Pinta en 1815 La construcción de Cartago por Dido, una obra genial donde las trazas de su Romanticismo se aprovecharían además del gran paisajista que fue Turner.

En esa obra de Turner hay un cierto paralelismo con la de Claudio de Lorena. Una exaltación de la Antigüedad, de sus ruinas, de la luz poderosa del atardecer, del encuadre diseñado siguiendo las medidas áureas, del color reflejado ahora en sus aguas, unos colores de olas que, tranquilas y lejanas, llegarán serenas y amarillentas hasta el propio espectador... Cuando Turner decidió donar este cuadro al museo londinense de la National Gallery lo hizo con una condición: que su obra estuviese justo al lado de la de Claudio de Lorena, Embarque de la reina de Saba. No supo ni más ni mejor que de ese modo homenajear así a su admirado colega.

Pero el pintor más paisajista por excelencia lo sería el británico John Constable. Nacido en la granja de su padre, junto al molino de Flatford, en Suffolk, Inglaterra, desde su infancia aprendería a amar su maravilloso entorno natural, los colores de su cielo o las fuertes y sosegadas tardes de su coloreada campiña inglesa. Fue un creador -como sólo los grandes lo son- capaz de innovar, de obtener tanto las obras que el público apreciaba como las que él deseaba hacer. De ese modo crearía extraordinarias imágenes con trazos diferentes, con colores sorprendentes, representando lugares y cosas de una forma por entonces bastante adelantada. Señalando una característica muy esencial para el Arte posterior: la emoción frente al detalle. Pero sería el pintor más conocido, sin embargo, por los paisajes naturales y comunes donde combinaría la perfección del escenario natural con las tranquilas costumbres campesinas de sus habitantes.

Pero también consiguió hacer otras cosas, igualmente geniales y perfectas. Ahora, por ejemplo, sería otro el punto de vista, otras las visiones que de las mismas cosas él poseyera... Como cuando pintó la Catedral de Salisbury. La pintaría varias veces desde ligeros y diferentes puntos de vista, aunque muy poco perceptibles. Hay que fijarse muy bien para observar que las tres composiciones del mismo paisaje -tal vez hiciera más- que realizara para su amigo el obispo de Salisbury -que se sitúa en los lienzos señalando al campanario de la catedral-, son ahora diferentes todas y cada una de ellas. En la primera, que realizó en 1823, parece el pintor querer desear celebrar aquí el estilo en que fuera construida la catedral -el gótico- encorvando ahora los árboles que enmarcan el campanario, como si éstos fuesen un grandioso y natural arco ojival apuntado, aquí maravilloso, hacia el cielo.

En las otras dos que pintó posteriormente no utiliza ya ese recurso. Ahora pretende dejar el campanario de la catedral despejado, apuntando solo hacia el infinito cielo. Quizá su prelado amigo no acabara de gustarle mucho aquel atrevido recurso subjetivo... Debe ser otoño la estación retratada en la obra de 1825 ya que ciertas ramas que antes -en el otro lienzo- aparecían florecidas, aquí se muestran desnudas en uno de los pequeños e inclinados árboles, ahora más cercanos a la tierra. Por último, en 1826 realiza otra creación del mismo escenario, pero ahora el punto de vista es aquí levemente otro. En este otro cuadro, no en el anterior, parece ahora -en su nueva perspectiva- que tocan aquí algunas de las ramas del árbol el perfil rectilíneo de la torre del campanario; una torre aquí que, majestuosa, domina ya orgullosa todo ese sugestivo, bucólico, grandioso y romántico paisaje.

(Cuadro del pintor John Constable, Barcazas en Flatford, 1810; Óleo La catedral de Salisbury, 1823, John Constable, Museo Victoria y Alberto, Londres; Cuadro Catedral de Salisbury, 1825, John Constable, Metropolitam de Nueva York; Cuadro Catedral de Salisbury, 1826, John Constable, Frick Collection, Nueva York; Óleo de John Constable, Tormenta en la costa de Brighton, 1827; Óleo de John Constable, Stonehenge, 1836; Cuadro El caballo blanco, de John Constable, 1819; Óleo La urraca sobre la horca, 1568, Pieter Brueghel el viejo, Museo Darmstadt, Frankfurt, Alemania; Cuadro Embarque de la reina de Saba, 1648, del pintor clasicista Claudio de Lorena, National Gallery, Londres; Óleo Puesta de Sol en el mar, 1760?, Joseph Vernet; Óleo La construcción de Cartago por Dido, 1815, Turner, National Gallery, Londres.)

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