27 de abril de 2015

El Arte en su sublimidad más oculta, en el único sentido que tiene, en lo que es.




¿Por qué se empezaría a pintar?, ¿qué se pretendía con ello?, ¿decorar?, ¿aliviar la vista?, ¿entretener?, ¿mejorar las paredes de sus desconchones...?  Sucede que la historia -en la Pintura sobre todo- presentará tres grandes momentos artísticos diferentes: el período clásico grecolatino, el medievo y a partir del Renacimiento. El gran intervalo medieval dejaría a la Pintura sin sentido fuera del orbe religioso y, por tanto, sin evolucionar técnicamente tampoco. No es que la técnica no existiera antes del siglo XV para hacer lo que se hacía en el período clásico; no, es que la historia no dejaría que eso se hiciera con tanta libertad artística creativa hasta llegado el Renacimiento o poco antes. Entonces, cuando el mundo comenzara a dejar atrás las rígidas formas de expresar de siglos de oscuridad creativa, el ser humano encontraría la excusa perfecta para representar con bellas imágenes cosas que no fuesen palabras -habladas o escritas- y transmitieran sensaciones visuales que describieran, sutilmente, conocimiento, trascendencia o misterio.

Cuando el gran pintor español Velázquez quiso componer una obra maestra habían pasado más de ciento cincuenta años desde que el Arte evolucionara. Caravaggio, por ejemplo, hacía doce años que había fallecido; y el maestro español pensaría que esa forma de crear de Caravaggio era la misma que él sentía como la mejor forma de hacerlo. El naturalismo pictórico llevado al máximo; la luz llevada al mínimo. Esa era la manera más sencilla de representar la vida de los hombres, sus costumbres más vulgares o sus aspectos más miserables. Y todo eso fue lo que el gran pintor italiano del claroscuro más prodigioso -Caravaggio- había hecho mucho antes. Y entonces pensaría Velázquez en realizar una escena así, tan caravaggiesca, tan sorprendente o tan poco sofisticada; sin otros alardes estéticos que el de la perfecta realización pictórica realista, muy realista con sus perfectas formas clásicas, con las auténticas texturas que de las cosas pintase Velázquez como para parecer estar ahí mismo el sujeto que las viese, justo al lado de la escena barroca retratada: la de un vulgar aguador sevillano ofreciendo pulcramente, sin embargo, ahora su líquido producto.

Y la realizaría Velázquez apenas con veintitrés años en su etapa sevillana. Aunque la obra fuera elaborada, poco antes de marchar el pintor a Madrid, para un alto funcionario sevillano de la Corte del rey Felipe IV. La pintura El aguador de Sevilla acabaría en las paredes madrileñas de don Juan de Fonseca, sumiller de cortina del rey -cargo inferior al de capellán del monarca-, para pasar mucho tiempo después por varios aristócratas hasta llegar al Palacio Real del Buen Retiro, donde se inventarió en el año 1700 como El corzo de Sevilla. Años después acabaría en el nuevo Palacio Real construido por el rey Felipe V. Allí descansaría casi un siglo hasta que el rey napoleónico José I, en su huida de Madrid del año 1813, luego de ser derrotado -en la guerra de la Independencia- por el general británico Wellington, tratara de llevarse el cuadro como botín artístico. El nuevo rey español Fernando VII, en agradecimiento por su victoria, le regalaría la obra de Velázquez al general británico. Pero, cuando el lienzo llega a Londres en el año 1813 todo el mundo pensaba que se trataba de una obra del genial Caravaggio...

Pero no, no era del genial italiano sino del genial español. ¿Por qué se llevaría José Bonaparte esa obra tan vulgar, con ese viejo aguador tan feo y desarrapado, al que acompaña además un jarrón de barro tan rural? ¿No tendría otras mejores obras de Arte clásico que llevarse? Claro que las tuvo, y también se las llevó... Pero, de todos modos, decidió llevarse entonces El aguador. ¿Por qué? Las imágenes aquí reproducidas no hacen justicia a la extraordinaria obra barroca, pero son las únicas posibles. El lienzo original se encuentra en el Museo Wellington de Londres, y, a menos que se pueda visitar, no existe una web que permita visionar sus obras expuestas en alta resolución. Hay que hacer un esfuerzo por imaginar las enormes posibilidades cromáticas que de la confección de una obra como esa puedan percibirse con su visionado. ¿Qué decir de las virtudes pictóricas de la obra de Velázquez? ¿Se puede pintar mejor algo así, tan simple como eso? Imposible. Está claro que ese, la magistral textura y original composición de la obra, fue uno de los motivos por lo que el efímero monarca español de origen francés arrebataría el cuadro. Pero, no fue el único.

Velázquez fue mucho más que un pintor barroco correcto, persiguió crear buscando siempre un sentido al Arte...  El sentido que tiene realmente, aquel que él sabría debía tener. Fue alumno de un maestro muy erudito -Pacheco-, y además leería muchas obras humanistas que se publicarían en los años iniciales del siglo XVII. El hecho es que todas sus obras de Arte tienen una sublime lectura, aunque a veces no muy transparente o muy definitiva... Pero es que esto debe ser así en una obra artística: nada importante es celebrado por su limitado sentido, algo que se agota -el sentido- en sí mismo siempre. Los símbolos, los mensajes y las sensaciones intuitivas de las imágenes creativas encierran las mismas contradicciones que pretenden dilucidar. Debe ser así porque en el Arte se deviene permanentemente el sentido de la obra. No puede éste desaparecer... Mañana se deberá ver otra cosa de lo que hoy vemos; luego, más adelante, otra más... Y así, más tarde, todo se trastocará para comprender entonces que aquel sentido oculto se habría confundido ahora vagamente. Sin embargo, quedará para siempre magnificado ese sentido indefinible, pervivirá así, latente para siempre, el sutil mensaje oculto de su sublimidad.

El artístico y fascinante número tres vuelve otra vez aquí -como en otras ocasiones-, ahora como un símbolo iconológico determinante. En la obra de Velázquez hay tres figuras humanas pero también hay tres figuras materiales, tres recipientes que contienen ahora el elemento que une así a las seis figuraciones: el agua. Porque es el agua ahora aquí la medida antropológica... Aparte de ser un elemento importante de la vida, el agua determinará en la obra otra cosa más que un mero poder vivificador. Tres figuras humanas retratadas por Velázquez: un hombre maduro -el más viejo-, un niño y un hombre más joven. Los dos primeros están juntos y enfrentados, son los que se ven más claramente en el lienzo barroco; el otro, el hombre más joven, apenas se vislumbrará ahora entre las sombras de un segundo plano casi inexistente. Representan los tres las tres edades del hombre, algo por otro lado habitual en el Arte. Los pintores Tiziano y Giorgione lo habían pintado ya antes. Otros, menos conocidos, también. Siempre se trataría de representar tres seres humanos en tres edades distintas. Pero aquí, además, el pintor español los relaciona ahora a los tres con otra cosa: con el agua. ¿Por qué?

La humedad líquida del agua es evidente en esta obra, es muy visible. Debe serlo... El pintor español compuso antes otra obra semejante -actualmente en la Galería florentina de los Uffizi-, pero en esa otra obra el agua no se reflejaba de forma tan evidente, no se percibía esa sensación líquida que sí se expresaba en este lienzo. En su obra del año 1622 sí se transmite esa brillantez del agua en los tres recipientes pintados. Hasta tres gotas se ven ahora con un realismo impactante en la gran vasija redondeada del cuadro, un efecto que es provocado así por la sudoración en la atmósfera del lienzo. De los tres envases que contienen agua en la obra dos son de barro y uno de cristal. Pero hay otro envase más ahí que está ahora siendo utilizado por el hombre más joven, está siendo compartido su contenido interior -el agua- con el interior de ese hombre... No está significando el envase nada en sí mismo, solo demuestra ahí la decidida necesidad del ser adulto por beber agua imperiosamente. Cosa que el niño aún no hará con el suyo, dejará el pequeño pasar un tiempo antes de comenzar a desocupar el agua de su copa. 

Una copa de cristal que permite ver el agua, la estamos viendo ahora, sin color, sin sabor, sin otra cosa más que el genio pictórico de Velázquez al expresarla. La fruta de un higo se sitúa ahora dentro de esa copa para endulzar así el sabor inapreciable. Pero la copa de cristal es tomada aquí por los dos personajes principales. ¿Por qué el pintor detuvo así la imagen, con la copa cogida a la vez por los dos seres principales? Podría haber pintado al niño acercándose la copa a sus labios y la mano del aguador no aparecer en ella. Pero no, lo pintaría así, de ese modo tan preciso. Con el sentido que tiene ahora ese alarde. Según escritos de pensadores de entonces -entre ellos un médico español del siglo XVI llamado Juan Huarte-, los caracteres de los seres humanos son modificados en sus edades a causa de la cantidad de agua que necesiten. Ni los niños ni los ancianos necesitan tanta agua como los adultos. Por entonces se creía que el agua determinaba el período de más desarrollo del hombre adulto, cuando su personalidad es más cálida y seca y, por tanto, necesita más la humedad para calmarla. Los niños y la vejez tienen una personalidad caliente y húmeda -en la infancia- o fría y seca -en la vejez-. Es por lo que la primera, la infancia, no necesitará tanta agua y la segunda, la vejez, no le apetecerá enfríarla aún más.

Ambos seres principales, el niño y la vejez, forman ahí una dialéctica de la sabiduría vital. Porque, a cambio, la adultez humana no tendrá remedio, beberá el hombre adulto con fruición de todas formas. Pero la infancia ahora, como no necesita tanta agua, podrá admirar su contenido, podrá entender algo más su efímero sentido, podrá aprender así, con tiempo, las cosas nuevas de la vida. Y es el anciano el que se las transmite ahora, como un filósofo desinteresado o como un ser que, serenamente, le ofrecerá así todo su saber de años. Ambos están ahora detenidos ahí, en sus gestos y en su sentido; ambos están con la mirada perdida, sin mirarse, sin más contacto que la copa transparente. Con el ingenioso alarde de saborear en ella una fruta tan redondeada como el cántaro de barro, el recipiente donde apoya el viejo ahora su mano displicente. Es la transmisión del saber pero, también, la transmisión de la serenidad..., ahora entre las dos edades más alejadas de ese triángulo del tiempo. El rostro del pequeño es ahora la esperanza, es aquí la metáfora decisiva para justificar así el esfuerzo de otra vida ya pasada, de la vejez, aquí entregada para siempre. Esa vida conocida o de sabiduría que le traspasará el anciano a través de la copa que le ofrece. Porque le ofrece con ella su vida, lo mejor que ahora tiene el viejo, su sabiduría de años reflejados entre las arrugas de un rostro tan paciente. Tan paciente como el momento que los dos celebrarán ahí, ajenos ambos del mundo y de su urgencia tan latente. Pero, eternizado también en la memoria... Como el instante que el pintor dejase así, sin descifrar, en cada mente visionaria o inquieta, fértil o subjetiva, que perciba, admirada, la belleza de un Arte diferente...
  
(Detalle del óleo del pintor español Diego Velázquez, El aguador de Sevilla, 1622, Museo Wellington, Londres; Reproducción de la misma obra de Velázquez, El aguador de Sevilla, 1622, Museo Wellington, Londres; Obra El Aguador, una versión similar anterior de Velázquez, 1618-1620, Galería de los Uffizi, Florencia; Detalle del cuadro El aguador de Sevilla, 1622.)

2 comentarios:

elpresley dijo...

Muy interesante la disección que haces del cuadro de Velázquez. Me ha resultado sorprendente el enlace que organizas entre los seres que vemos y el agua como elemento que los aglutina. He pasado un buen rato contemplando el cuadro después de leerte.

Un saludo, amigo.

Arteparnasomanía dijo...

Velázquez es impresionante; no sólo sabía pintar, conocía la filosofía que podía encerrar una imagen... A mí me pasa lo mismo que dices cuando observo con detenimiento sus obras. Claro que yo tengo además una reproducción en gran tamaño de este mismo lienzo del pintor, y me ha resultado más fácil admirarlo...

Muchas gracias por tu comentario. Otro saludo para ti amigo bloguero.

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