29 de mayo de 2010

La culpa, la penitencia y el Arte: del poeta Dante al pintor Giotto.






El gran poeta italiano Dante Alighieri (1265-1321) crearía una de las más grandes obras poéticas de la literatura universal, La Divina Comedia, y posiblemente, de modo indirecto, promovería así una de las más bellas obras pictóricas en los inicios del grandioso Arte italiano. La osadía de Dante por entonces de contar las pesadumbres de los condenados a su infierno con nombres y apellidos, llevaría a uno de ellos a tratar de redimirse ofreciendo toda una muy decorada capilla a su Dios. El adinerado Enrico Scrovegni (1260-1336) había nacido en la ciudad italiana de Padua y se había enriquecido, como su propio padre, por haber prestado dinero con altas tasas de interés. Arrepentido luego de ello, en el año 1303 manda construir en su ciudad natal una hermosa capilla en homenaje a Santa María de la Caridad. Con ello trataría de compensar tanto sus propios pecados como los de su literario padre, el famoso personaje involuntario Reginaldo Scrovegni. Este ciudadano de Padua fue uno de los usureros que el gran Dante Alighieri describe haber visto en el séptimo círculo del Infierno y lo retrata, poéticamente, en su obra La Divina Comedia (compuesta entre los años 1303-1315).

Pero, más que el propio arte arquitectónico, la verdadera maravilla artística fue decorar durante los años 1303 a 1306 las paredes interiores de la capilla con unos maravillosos frescos. Esos frecos fueron pintados por uno de los más célebres creadores de la edad media, Giotto di Bordone (1267-1337). Este gran pintor medieval nos dejó en esa capilla paduana una exquisita creación artística gracias a los remordimientos pecaminosos de Enrico Scrovegni y su familia. El pintor florentino revolucionaría además la técnica de la pintura pasando de los planos y arcaicos grabados bidimensionales bizantinos a una creación más natural, más humana y terrenal, casi tridimensional, mucho más vitalista. Fue un gran precursor artístico de lo que, algo más de un siglo después, florecería dándose a llamar Renacimiento.

(Imagen del interior de la Capilla donde se observan parte de los 36 frescos pintados en todas sus paredes; Imagen fotográfica de la Capilla de la Arena -llamada así por estar construida en los terrenos de un antiguo circo romano-, también conocida como Capilla de los Scrovegni, en Padua (Italia); Cinco ejemplos de motivos pintados por Giotto en la Capilla representando la vida evangélica de Jesús, en uno de ellos, la Adoración de los Magos, se ve que la estrella de Belén es el cometa Halley, por lo cual se honra al propio Giotto, que lo llegó a ver en 1301, en la Cosmografía científica; Otro fresco de la Capilla, donde el hijo arrepentido, Enrico Scrovegni, ofrece la Capilla de la Arena a la Virgen María; Imagen del cuadro Dante y Beatriz, 1883, obra del pintor prerrafaelita Henry Holiday (1839-1927); Imagen de un grabado en madera, 1450, del artista Paolo Uccello (1397-1475), donde se aprecia tanto a éste como al gran pintor Giotto.)

25 de mayo de 2010

El convulso siglo XX y el Arte: sensualidad, color y expresión.



El siglo XX ha sido una etapa artística muy compleja, heterodoxa y caleidoscópica. Dos lugares marcaron gran parte de la influencia en la creación pictórica de ese siglo: Estados Unidos y París. El primero marcado por la llamada Nueva Imagen, y el segundo por su famosa Escuela de París. Aquí he querido representar a tres pintores no muy conocidos pero que han sido ejemplo de ambas tendencias en el Arte. La Nueva Imagen fue un estilo figurativo-expresivo acorde con el neoexpresionismo europeo. Se caracterizó por imágenes cargadas de sensualidad y un cierto exhibicionismo existencial. Mezclaba elementos figurativos y abstractos; mostraba fondos con grandes franjas de color, unos trazos que, a su vez, contrastaban las figuras representadas.

La Escuela de París mantuvo un expresionismo vanguardista, con criterios ahora más libres y heterodoxos, si bien este estilo fue anterior al neoexpresionismo norteamericano. La creación es fundamentalmente pasión por expresar, y el Arte es también una pasión por admirar, por contemplar o por emocionarse... Los estilos y las tendencias son una forma de clasificar a los creadores y sus obras. A veces no es más que tratar de encajar algo para comprender y compilar el Arte. En esta muestra hay mucho más que eso, sobre todo la expresión de un siglo XX..., igual de convulso que desgarrador, igual de complejo que de seductor.

(Imágenes de los cuadros Blude Nude y Desnudo en un Diván, ambas del pintor estadounidense neoexpresionista Warren Brandt (1918-2002); Cuadros Couple y Entre el día y la noche del pintor español, perteneciente a la Escuela de París, Antoni Guansé (1926-2008); Obras del autor actual estadounidense Eric Fischl  (Nueva York, 1948): El barco y el perro del viejo y En la escalera del templo, que se enmarcan en la tendencia Posmodernista y Neoexpresionista americana, y señalan además la fuerza, el vitalismo y la intemporalidad del Arte actual y de siempre.)

19 de mayo de 2010

La curiosidad humana, las aflicciones del alma o el proceso de la sabiduría.



El escritor latino Apuleyo (123 - 180 d.C.) fue un romano muy interesado en la filosofía y en la búsqueda del conocimiento. Se iniciaría en el pensamiento platónico y en los cultos de Isis. Esta diosa egipcia buscaría una vez a su esposo Osiris, asesinado y despedazado por su hermano. Luego de encontrarlo, reconstruye su cuerpo -a excepción del pene, que no se conservaba- con la ayuda de Anubis -dios egipcio de los muertos-, y de este modo excepcional concibe in extremis a un hijo -Horus-,  dios que vengará más tarde a su padre muerto. Esta historia de dioses egipcios es paralela, y muy anterior, a la de la tradición cristiana de María y su hijo, Jesús

Pero ha pasado Apuleyo más a la historia por haber escrito su novela Metamorfosis. En uno de los relatos contenidos en su obra, el conocido como El asno de oro, cuenta la leyenda de un pobre hombre con demasiada curiosidad por saber... Alguien que, al final, es transformado por los dioses malévolos en un asno por su insistente curiosidad. Pero, sin embargo, los dioses le ofrecerán una posibilidad de recuperar su condición humana: que consiga como asno comerse una rosa... Pronto descubrirá el personaje que eso, comerse una bella rosa de un jardín, no es algo tan fácil, pues a cada intento que el asno-persona hace por morder un rosal los dueños del jardín lo ahuyentan violentamente... La moraleja del cuento de Apuleyo es: hasta para hacer lo más simple es necesario poseer cierta sabiduría. Sabiduría que, de por sí, no es nada fácil de disponer.

Pero, es dentro de esa misma obra latina donde Apuleyo narraría otra leyenda, una por la que fue él más conocido: la leyenda de Psique y Eros. Con un mensaje también iniciático y mistérico, el autor describe ahora el mito de Psique -o el Alma- por un lado, y, luego, el del más original y primordial de los dioses por otro: Eros o Cupido. Este dios representa en esta leyenda el conocimiento: es decir, lo anhelado, lo deseado, el objetivo último de cualquier buscador del saber... La leyenda, resumida, cuenta más o menos esto: la joven Psique era la más pequeña y hermosa de tres bellas hermanas. Pero su belleza era comparable a su curiosidad... La orgullosa diosa Afrodita, siempre envidiosa de la hermosura ajena, decidió entonces, para evitar que alguien fuese más bella que ella, que Psique se enamorara del mortal más aberrante y monstruoso que pudiera existir. Así, la condenó al extravío más desolado de su anhelo juvenil. Para conseguirlo, para poder llevar Afrodita a cabo su deseo vil, la diosa de la Belleza pidió ahora a su propio hijo Eros -el símbolo de la belleza más sublime- que lanzara a Psique su certera e inevitable flecha amorosa y motivadora.

Pero, no pensó por entonces la diosa que fuese ahora su propio hijo quien se enamorase de su cándida víctima. No solo no consiguió que Psique se enamorase de otro, sino que él mismo cayó aturdido de ella para siempre... Entonces, para que su madre -Afrodita- no se enterase de su pasión furtiva, Eros -Cupido- amaría a Psique con una tajante condición: que ella no lo mirase a él nunca. Sólo él la cortejaba a ella de noche, a oscuras y en tinieblas, y le rogaría siempre que ella nunca encendiese lámpara alguna mientras él la amaba. Las hermanas de Psique, al enterarse del amante desconocido de ésta, le insistieron a ella que debería saber quién era él, ya que sólo un monstruo ocultaría así su imagen a su amada. Psique no pudo resistirse más y, una noche, cuando Eros estaba dormido, encendería una lámpara con tan mala suerte que una gota de aceite se derramaría en el brazo de su amante dios. Entonces Eros se despertaría asombrado, y, enojado al comprenderlo, se marcharía ahora para siempre.

Ella -el alma desconsolada- trataría entonces de buscarlo donde fuese. Para esto llegaría incluso a solicitar ayuda a la mismísima diosa Afrodita. Ésta, la diosa envidiosa, a sabiendas de que Psique no podría superar las pruebas que le impusiera, accedió a condición de que ella -el alma vagabunda-realizara unas complejas y peregrinas tareas por todo el mundo. Con un deseo ahora enorme y placentero consiguió Psique -el alma buscadora- superar así todas las cosas que la diosa Afrodita le ordenase hacer para alcanzar su inevitable deseo: encontrar la más sublime belleza. Incluso llegaría ella a bajar a los infiernos, obtener luego un poco de agua de la laguna Estigia (el lago del infierno en el que tuvo que pagar, con la famosa moneda, al barquero Caronte para que le ayudara a cruzarlo), y, finalmente, hasta conseguir un misterioso cofre de oro, uno en el que, sin embargo, no debía ella mirar nunca en su interior. Psique -el alma curiosa- no pudo resistirse a esto y, al abrir la caja misteriosa, se durmió ella para siempre... Sólo entonces Eros la despertaría luego, después de encontrarla confundido, ansioso ahora por volver él a poseer, de nuevo, toda aquella ingenua belleza de ella perdida de antes...

Al final, todos los dioses -incluida la envidiosa Afrodita- aceptaron que, gracias a su fuerza y determinación sincera, Psique, el alma inquieta, bella y deseosa, se uniese a su anhelado Eros y acabara ella misma así por convertirse, también, en una divinidad plácida y amorosa para siempre. Las interpretaciones a esta leyenda misteriosa han sido varias, pero, sobre todo, una de ellas es la más aceptada: que el alma tiene que padecer aflicciones hasta llegar a conseguir, al final, su meta deseada. Pero, como en esta misma leyenda mitológica, sea necesario a veces en esta vida lastimera que el propio objetivo deseado -el Eros del conocimiento y el amor placentero- ayude ahora además a conseguirlo... La vida, sin embargo, lo justificará casi siempre: si uno honestamente desea algo bello y lucha sinceramente por ello obtiene, como el alma anhelosa, el objetivo final que uno se propuso. Lo complejo de todo esto, quizás, sea llegar a saber también qué es lo que antes, realmente, uno se propuso...

(Imagen del cuadro Eros y Psique, 1640, del pintor Anton Van Dyck, Colección Real, Kensington Palace, Inglaterra; Lienzo Eros y Psique, 1808, Benjamín West, Colección Privada; Cuadro Caronte y Psique, del pintor prerrafaelita John Roddam Spencer Stanhope, 1829-1908.)

15 de mayo de 2010

Los sueños y sus interpretaciones, la virtud eterna o su efímera gloria.




Los sueños alegóricos fueron ya glorificados en la literatura bíblica y en los escritos griegos y persas. En el relato bíblico de Jacob, por ejemplo, se nos cuenta la intervención de la divinidad en los sueños de los hombres. Entonces, según el Génesis, Dios se presentó a Jacob por medio de un sueño. En ese sueño Jacob vería una enorme escalera que iba desde el cielo hasta la tierra, la conocida como escalera de Jacob. Los ángeles subían y bajaban por ella, y, en lo alto de la misma, Dios le hablaba a Jacob a través de su sueño, simbolizando así en la interpretación bíblica judía el vínculo de Dios con los hombres.

Los sueños fueron analizados racionalmente por los griegos. Éstos tuvieron, entre otros, a dos grandes pensadores que quisieron entenderlos y sistematizarlos. Hipócrates fue uno de ellos. Este médico griego del siglo V a.C. consideraba los sueños como un indicativo de la salud física de los seres humanos. Aristóteles en cambio, mucho más crítico, sólo admitiría que los sueños eran productos naturales de los sentidos, y cuya interpretación era, sin embargo, muy difícil de llevar a cabo.

Y luego llegó Macrobio, un escritor romano del siglo IV d.C., verdadero analizador y sistematizador de los sueños que desarrolló un exhaustivo estudio sobre ellos en su clásica obra Comentario al sueño de Escipión. Este imaginado y literario sueño sería narrado ya en la obra que escribiera, mucho antes, el famoso político y filósofo romano Cicerón (106 a.C- 43 a.C.) en su famosa creación literaria titulada Sobre la República.

Cicerón recrea el sueño que pudo tener el famoso general romano Publio Cornelio Escipión Emiliano (185 a.C- 129 a.C.) estando una vez en África. Años después de ese sueño este popular general romano arrasaría y aniquilaría definitivamente Cartago, la mayor enemiga por entonces de Roma. Consiguió también este general romano vencer el sitio de Numancia, un famoso enclave resistente celtíbero en la Hispania anterior a Julio César -situado en la provincia española de Soria-. Fue este general romano nieto-adoptivo de otro más famoso general, Publio Cornelio Escipión el Africano (236 a.C.- 183 a.C.), genial vencedor años antes en África (actual Túnez) del insigne Aníbal (247 a.C- 183 a.C.), el gran general y estratega cartaginés que cruzara los Alpes con sus elefantes. Y más tarde llegaría Freud y su interpretación psicológica de los sueños, pero esta es otra historia.

En el relato de aquel famoso sueño escrito por Cicerón y estudiado por Macrobio se contaba, resumidamente, lo siguiente:

Cuando llegué a África nada deseaba tanto como encontrarme con Masinissa, monarca de Numidia. Cuando me presenté ante él, anciano ya, tras haberme abrazado, lloró y dijo: «Gracias te sean dadas, oh Sol supremo, por haberme permitido antes de partir de esta vida contemplar a Escipión Emiliano, cuyo sólo nombre me reconforta».

Tras regios entretenimientos volvimos a conversar hasta bien entrada la noche, en la que el anciano rey tan sólo habló del viejo general Escipión el Africano, recordaba todo sobre él, no sólo sus hazañas sino también sus dichos. Luego, cuando nos separamos para descansar, me quedé profundamente dormido. Tras lo cual ahora el viejo Escipión el Africano se me apareció en el sueño. Cuando le vi, me eché a temblar; él, sin embargo, me dijo: «Ten valor y rechaza el miedo, oh Escipión Emiliano; guarda en la memoria lo que voy a decirte».

«¿Ves tú esa ciudad -Cartago- que, obligada por mí a someterse a Roma, renueva ahora, sin embargo, incapaz de permanecer en paz sus antiguas guerras?  ¿Y el asalto al que tú irás, siendo todavía un simple muchacho? En dos años a partir de ahora tú derribarás para siempre como cónsul esa ciudad, y ese nombre hereditario -Escipión-, que hasta ahora tú tuviste de nosotros, te pertenecerá ya por tus propios esfuerzos. Además, cuando Cartago haya sido arrasada por ti, llevarás a cabo tu Triunfo y serás nombrado censor; entonces, como legado, irás a Egipto, a Siria, a Asia y a Grecia, siendo hecho cónsul una segunda vez durante tu ausencia; y, al final, llevando a cabo la mayor de las guerras, destruirás Numancia.»

«Pero, oh Escipión, para que puedas ser el más entregado al bienestar de la República, escucha bien esto: Para todos los que han guardado, animado y ayudado a su patria hay asignado un lugar en el cielo donde los bendecidos gozarán de vida permanente. Pues nada sobre la tierra es más aceptable a la deidad suprema, que reina sobre todo el universo, que las uniones y combinaciones de hombres unidos bajo la ley y a los que llamamos Estados; por tanto, los gobernantes y los jurisprudentes proceden de ese lugar y a él retornarán después».

Entonces dije yo: «Oh Africano, si es cierto que quienes han hecho merecimientos ante su país tienen, por así decirlo, un Camino abierto al Cielo -aunque he seguido los pasos tuyos y de mi padre y nunca empañé tu gran nombre- ahora, con esta tan gran perspectiva ante mí, me esforzaré aún más y con mayor atención.»

«Afánate», dijo él, «con la seguridad de que no eres tú quien está sometido a la muerte, sino tu cuerpo. Pues tú no eres lo que esa forma parece ser, pues el hombre real es el principio pensante de cada uno, no la forma corporal que se puede señalar con el dedo. Que sepas pues, entonces, que tú eres un dios en tanto en cuanto es deidad lo que tiene voluntad, sensación, memoria y previsión. Y quien así gobierne, regule y mueve el cuerpo entregado a su cargo, como la deidad suprema hace con el Universo, o como el dios eterno dirige este Universo, que en cierto grado están sometido a decadencia, así un alma sempiterna mueve el frágil y caduco cuerpo.»

Aquí dejó de hablar el Africano, y yo me desperté de mi sueño.

Cuando los más grandes y victoriosos generales romanos regresaban a Roma, después de haber ganado para ésta grandes y decisivas batallas frente a sus enemigos, desfilaban entonces por sus calles aclamados ante el pueblo y subidos, vanidosamente, en su cuádriga magna y engalanada. Pero ahora, detrás del héroe, justo subido también en la misma plataforma de su carro, se situaba adecuadamente, un poco más abajo y a su lado, un esclavo suyo para decirle ahora, en voz baja y al oído, repetidamente, que: recuerda que sólo eres un hombre..., y que toda gloria es pasajera.

(Imagen del cuadro Triunfo de Escipión el Africano del pintor Gian Antonio Guardi (1699-1760); Cuadro La continencia de Escipión de Federico Madrazo (1815-1894), el cual representa la grandeza de Escipión el Africano cuando, al ganar Cartago Nova (actual Cartagena en España) a los cartagineses, se contuvo ante una bella doncella enemiga y, evitando su fogosidad sexual, se la entregó de nuevo a su padre; Cuadro Cicerón acusando a Catilina, de Cesare Maccari (1840-1919); Imagen grabado de Publio Cornelio Escipión Emiliano.)

12 de mayo de 2010

El Renacimiento, la belleza de la mujer, el mecenazgo italiano y el nuevo mundo.




El Renacimiento, iniciado en el llamado Quattrocento italiano (siglo XV) y desarrollado después durante parte del siglo XVI, ha sido una de las mejores épocas para el Arte y sus creadores. La belleza de la mujer fue realzada a niveles no vistos nunca antes desde la antigüedad grecorromana. Para los ojos actuales estas pinturas son todo menos figuras anacrónicas, rubensianas o barrocas, propias del otro gran movimiento artístico siguiente, donde entonces la belleza de la mujer se doblegaría a otros criterios estéticos, mucho menos clásicos y atractivos. 

Es una maravilla hoy poder observar la imagen número 9 (de arriba a abajo y de izquierda a derecha), Retrato de mujer joven, pintado en el temprano año de 1485 por el pintor italiano Doménico Ghirlandiano (1449-1494), un artista precursor, junto a Da Vinci y Botticelli, de una verdadera revolución en el arte de pintar un lienzo. La joven del cuadro dispone ya aquí de una mirada moderna, de un rostro perfecto, de un collar adecuado e intemporal, así como de un cabello equilibrado, bello, sofisticado pero a la vez sencillo. Los cuadros números 7 y 8 son del pintor Sandro Botticelli, y ambos titulados Retrato de joven mujer. Estos perfiles femeninos destacan el sesgo del semblante más arrebatador de una juventud exultante. La mirada ahora perdida, el peinado exquisito -de una moda floreciente-, y el gesto ausente de las modelos retratadas no harán más que justificar así una época reverencial, única y modélica en el Arte. 

El lienzo número 6 es también del gran Botticelli, y representa a otra mujer joven cuya modelo ha sido identificada con la hermosa genovesa Simonetta Vespucci (1453-1476). Esta mujer fue la esposa del florentino Marco Vespucci, un primo lejano del que fuera famoso explorador y comerciante italiano Américo Vespucci, cartógrafo y piloto además del Nuevo Mundo, y por lo que el continente descubierto por Colón no lleva, injustamente, su nombre sino el de aquél: América. La belleza efímera de Simonetta (fallecería de tuberculosis a los 22 años) es aquí ahora del todo maravillosa, tanto que llegaría a tener por amante al hermano del famoso Lorenzo de Médicis el Magnífico, un gran mecenas artístico éste que fuese del Renacimiento florentino más exquisito e influyente (imagen número 10)

Las pinturas 4 y 5 son del genial Leonardo da Vinci. Las miradas aquí de estas modelos nos sobrecogerán y  estimularán por igual. Son por un lado La Bella Ferroniere, amante del rey de Francia, Francisco I, y por otro La Dama y el Armiño, cuya modelo es otra amante, en este caso del duque de Milán, Ludovico Sforza. La imagen del cuadro número 3 es la única obra donde la modelo mira fíjamente al observador. Es una gran obra pictórica del desconocido injustamente Bartolomeo Veneto (1505-1555): Lucrecia Borgia es aquí la retratada por el Renacimiento, la infausta hija del que fuese papa Alejandro VI

El lienzo número 2 es del mismo pintor Veneto y representa, sorprendentemente, a una santa: Catalina de Alejandría (siglo III d.C.), una mujer al parecer extraordinaria por su sabiduría y entrega espiritual, dos cosas difícilmente solubles a veces, pero que aquí el pintor supo reflejar y donde no eludió, además, la belleza más atrayente y nada martirológica de la modelo. Por último -la primera imagen-, otra obra renacentista del genial Sandro Botticelli: Retrato de mujer joven, donde ahora la perfección y la belleza de la modelo (basada también en Simonetta Vespucci), el sugerente perfil retratado, su especial tocado y su colgante o gargantilla, la harán quizá una de las más valoradas creaciones de retratos de mujer del magnífico y famoso autor florentino. Se ha mantenido por los historiadores que las modelos de sus obras más significativas -como la del Nacimiento de Venus, imagen número 11- pertenecerán todas a un único y sugerente rostro: el de la hermosa Simonetta Vespucci

Qué curiosa época renacentista, donde entonces la excelsa belleza clásica, tanto en el Arte como en la vida, se acompasaría -simbólicamente gracias a los Vespucci- con el descubrimiento y exploración de un nuevo continente, de un Mundo Nuevo, tanto como lo fuera el descubrimiento de una ahora nueva y revolucionaria forma de pintar. Porque este otro mundo, el del Renacimiento -el de la belleza más insigne y efímera-, tendería a desaparecer, poco a poco, frente a ese Nuevo Mundo que pujaría entonces por salir y transformar, para siempre, la vida y la sociedad de los seres humanos de aquel siglo XVI. Un mundo por entonces mucho más materialista y terrenal que antes, y que, finalmente, acabaría triunfando sobre todo lo espiritual y sensual que aquellos personajes renacentistas -nacidos en la Italia del siglo XV- entendieron como la única, la más completa o la más maravillosa forma de vivir.

8 de mayo de 2010

El misterio de un cuadro, el sentido de la vida y el asedio más largo de la Historia.



Cuando el papa Clemente IX (1600-1669) no había sido aún elegido pontífice, encargaría en el año 1636 al pintor francés Nicolás Poussin (1594-1665) un cuadro que exaltase el ciclo de la vida y sus fútiles miserias terrenales. El cuadro barroco que acabaría pintando Poussin mostraba un conjunto de personajes que representaban ahí el círculo perpetuo de la condición humana, a la vez que su relación con el tiempo y con la música (representadas en el lienzo por la infancia y la vejez). La obra barroca, como casi todas las del gran pintor Poussin, encerraría, además, un misterioso simbolismo. 

Las figuras que bailan ahí representan la pobreza, el trabajo y la riqueza (también entendida ésta como placer o lujuria). La riqueza en exceso conducirá, inevitablemente, a la pobreza (material o espiritual), así el círculo se cierra y vuelve a comenzar de nuevo. Esas figuras bailan eternamente al son de una música tocada por un anciano alado (personaje sin género, representado aquí por un ángel) y por un niño pequeño. Los personajes que danzan se dan la espalda mutuamente, formando así un círculo que mantiene y no mantiene una completa continuidad, porque no todos acabarán aquí dándose la mano del todo. Es tan absurdo eso como la propia vida: nos damos la espalda pero, a la vez, tratamos también de ofrecernos las manos... Formando de ese modo un círculo cerrado pero que, en verdad, no acaba nunca de cerrarse. 

San Malaquías fue un santo cristiano irlandés (1094-1148) que escribiría en el siglo XII unas Profecías de los Papas. Había profetizado que un pontífice sería identificado con la isla de Creta. Esta isla mediterránea estaba relacionada mitológicamente con el cisne. La referencia histórica, y curiosa, es que el Papa Clemente IX sería elegido casualmente en la Cámara de los Cisnes del Vaticano durante el año 1667, y no en la Capilla Sixtina como era lo habitual. Según la mitología helénica, en el antiguo reino griego continental de Etolia existió una bella princesa llamada Leda casada con un noble griego llamado Tíndaro. El dios Zeus y su incontenible deseo sexual se obsesionaron con la belleza de ella. Para seducirla el dios griego se convirtió en un hermoso cisne una de las noches en que Leda yacía con su esposo.  De ese modo el cisne-Zeus se acoplaría también con ella. Y de la doble unión alumbró Leda dos huevos: de uno de ellos nacieron Pólux y Helena, engendrados por Zeus; del otro Cástor y Clitemnestra, hijos de su esposo Tíndaro

Cuenta otra leyenda griega que un gigante mitológico, Talos, impedía cruelmente que nadie pudiese desembarcar nunca en la deseada isla de Creta. Sólo Cástor y Pólux lucharían, denodadamente, contra ese gigante feroz para liberar a la isla de su tiranía. Pero no fue hasta el siglo XVII cuando la católica isla de Creta sería asediada y tomada por los turcos otomanos. Ese asedio fue conocido en la historia como La caída de Candía -llamado así por su capital, la ciudad cretense asediada-. Por entonces los venecianos -como aquellos hermanos mitológicos- custodiaban la isla para toda la Cristiandad desde hacía muchos siglos. Ninguna potencia de aquellos años barrocos (Francia, Inglaterra, etc...) acudieron en su ayuda, y los venecianos tuvieron que resistir solos el terrible asedio otomano. Finalmente, cuando se decidieron las potencias europeas en actuar, fue ya demasiado tarde para Creta...

Más de veinte años se prolongaría el terrible asedio turco. Al final, los venecianos no pudieron resistir y entregaron la isla de Creta a los turcos-otomanos en septiembre del año 1669. Menos de tres meses después el papa Clemente IX fallecería, al parecer enfermo desde el mes de octubre siguiente al asedio, al conocer la fatal noticia de la caída de la cristiana Creta. El simbolismo del pintor Poussin -tan vigente como antes de la obra- se anticiparía aquí también a la frustrada posesión de una isla, a la evanescencia del tiempo y de la vida, y a la impenitente vocación de los seres humanos por tratar de hacer y no hacer nada juntos.

(Imagen del cuadro Una danza para la música del tiempo, 1636, del pintor francés del Barroco Nicolás Poussin, Colección Wallace, Londres; El papa Clemente IX, del pintor barroco italiano Carlo Maratta (1625-1713), Museo Ermitage, San Petersburgo; Óleo Leda y el Cisne, 1510, Escuela de Leonardo da Vinci, Galería de los Uffizi, Florencia; Autorretrato, de Nicolás Poussin, 1650, Museo del Louvre, París.)

4 de mayo de 2010

Torres, Torreones, Campanarios, Espadañas y Cúpulas de España.



















Esta es una muestra de los variados estilos, modas, arquitecturas, formas, tamaños e imágenes de algunos torreones y campanarios de España. Numeradas de arriba a abajo y de izquierda a derecha propongo que los lectores de esta entrada averiguen la ciudad, al menos, dónde radican estas maravillas del arte histórico-artístico español. (Por ejemplo, la 2 es Sevilla).

También una reseña lírica del gran poeta Antonio Machado (1875-1939) para estas imágenes:

Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario.
Girando en torno a la torre y al caserón solitario,
ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno
de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno.
Es una tibia mañana.
El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.
Pasados los verdes pinos,
casi azules, primavera
se ve brotar en los finos
chopos de la carretera
y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.
El campo parece, más que joven, adolescente.
Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido,
azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido,
y mística primavera!
¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,
espuma de la montaña
ante la azul lejanía,
sol del día, claro día!
¡Hermosa tierra de España!

Soledades, IX Orillas del Duero, del poeta español Antonio Machado.)

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...