31 de octubre de 2010

El héroe hispano, la ciudad que lo nombró, el hispanismo anglosajón y el Arte.







Cuando el millonario heredero norteamericano Archer Milton Huntington (1870-1955) visitara México de adolescente quedaría fascinado por la cultura hispana que allí vio. De sus viajes y su pasión cultural le surgió entonces la idea de crear un gran museo histórico y cultural. En el año 1892 viaja a España por primera vez, y no deja ya de tener la obsesión de que ese museo fuese para ilustrar y dar a conocer la extraordinaria historia y cultura hispana. Visita la ciudad de Sevilla en muchas ocasiones, y la urbe andaluza le llegará a ofrecer el título de hijo adoptivo. En un segundo matrimonio se casa en el año 1923 con la escultora Anna Vaughn Hyatt (1876-1973), la cual fue, además de una excelente artista, una gran aficionada a los animales y a su anatomía.

Posiblemente por su afición a los caballos, y la pasión de su marido por la cultura española, es por lo que en el año 1929, con motivo de la Exposición Iberoamericana de Sevilla, el matrimonio norteamericano Huntington hace donación a esta ciudad española de una estatua ecuestre del héroe medieval hispano Rodrigo Díaz de Vivar (1050-1099), más conocido como el Cid Campeador. De la representación escultórica ecuestre del Cid, Anna Huntington realizaría varias esculturas, además de la de Sevilla: la de Nueva York (en la Hispanic Society); las de San Francisco y San Diego, en California; y la de Washington D.C.

La primera divulgación que se hizo del héroe español fue la narración medieval -parte legendaria y parte real- conocida como El Cantar de Mio Cid. Escrita en castellano antiguo sobre el año 1200, en ella se cuentan los últimos años del Cid. Narra primero el destierro y la deshonra del caballero luego de ser acusado falsamente, después cuenta la gran victoria frente a los musulmanes almorávides, conquistando la ciudad de Valencia en el año 1094. Como homenaje por esa gran conquista se acaban concertando los matrimonios de las hijas del Cid con unos nobles castellanos, para conferir así dignidad de señor a Rodrigo Díaz. Continúa el relato medieval con el ultraje y la violación de las hijas del Cid en un bosque castellano, lo cual ahora, según la tradición, supone el repudio de los nobles infantes a sus esposas, las hijas del Cid. Luego, El Cid consigue la nulidad de esos enlaces y, ante el asombro de todos, concierta ahora nuevos matrimonios para sus hijas con la realeza de algunos reinos peninsulares. De esa forma, la narración medieval mantiene así una línea literaria del tipo pérdida-recuperación-pérdida-encumbramiento.

Siglos más tarde, es la literatura francesa la que glorificará la figura del héroe hispano con la obra teatral El Cid del dramaturgo francés Pierre Corneille (1606-1684). Esta representación teatral del caballero castellano la sitúa el autor francés incorrectamente en Sevilla, una licencia literaria que el escritor se toma, ya que por entonces Sevilla no pertenecía aún a Castilla sino al reino taifa del árabe Al-Mutamid. En la historia real este rey árabe de Sevilla sí solicitó a Rodrigo Díaz en el año 1082 -cuando el caballero acudió a recaudar el tributo para su rey castellano Alfonso VI- que le ayudase en su guerra contra otro reino peninsular árabe, el de Granada. Al conseguir la victoria, el pueblo sevillano le nombró Sidi Campidoctor -señor en batallas campales- a su regreso al reino sevillano de Al-Mutamid. Pero, sin embargo, esta obra francesa daría a conocer la figura del héroe hispano fuera de España, sobre todo hasta que, muchos años después, otro autor, norteamericano en este caso, creara la producción cinematográfica El Cid en el año 1961. El productor Samuel Bronston y el director Anthony Mann consiguieron universalizar así, aún más, la ya gran figura histórica y legendaria que fue Rodrigo Díaz, llamado el Cid.

Muchos hispanistas han existido -y existen- en las Artes y en la Historia de España. Desde siempre el interés por la gesta, la cultura, la historia y la curiosa realidad de un pueblo que luchó durante ochocientos años para configurar su propio Estado, y que, después, volvería a luchar para conquistar medio mundo, y que todavía más tarde se llevaría parte de su historia para preservar su legado, han sido elementos que han fascinado y fascinan a muchos eruditos. Hasta en la cultura popular se han llegado a intercambiar, con el mundo anglosajón por ejemplo, canciones y voces que han conquistado -en esta ocasión- el alma y las emociones de sus aficionados. Como la canción escrita en el año 1967 por el norteamericano Bob Crewe (1931), No puedo quitar mis ojos de ti, cantada en español por el gran intérprete inglés Matt Monro (1932-1985), allá por los años sesenta, y vuelta a cantar ahora por la joven y bella sevillana Alba Molina.

(Fotografía de la estatua ecuestre del Cid en Sevilla, 2010; Fotografía de la escultura del Cid en el patio de la Hispanic Society de Nueva York, ambas de la escultora americana Anne Huntington, 1927; Fotografía actual de la plaza sevillana donde se encuentra la estatua del Cid; Fotografía de la misma plaza y su estatua en 1929, Sevilla; Cuadro del pintor Ignacio Pinazo, Las Hijas del Cid, 1879; Fotografía del Monasterio castellano de San Pedro de Cardeña, Burgos, fundado en el año 889, donde fue enterrado el cuerpo del Cid, el cual sería trasladado luego a la Catedral de Burgos, cuando su tumba en el monasterio fuese saqueada por las tropas napoleónicas en el año 1809; Fotografía de Anna Huntington, 1915; Fotografía de Archer Milton Huntington, 1905.)

Vídeo de la película El Cid, 1961; Vídeo del cantante Matt Monro:

30 de octubre de 2010

Venus anadiómena: de una castración a una creación, o del agua a la belleza y su itinerario en el Arte.










La palabra latina virtud significó para los antiguos griegos fortaleza, de ahí su nombre heleno de arete (del dios Ares, dios de la guerra). La distinguían a su vez en dos clases: virtudes intelectuales y virtudes éticas. Estas últimas, las éticas, correspondían a la psiquis, a la fuerza interior de las personas, algo más emocional que racional, y que los griegos consideraban además que sus efectos se manifestaban en el cuerpo, en el soma de cada individuo, llevando a producir así la belleza física, la fuerza física, la moderación o regulación física y la salud física.

Friné (nacida en 328 a.C.) fue una famosa cortesana griega cuya belleza física sería la más extraordinaria jamás nunca vista. Una leyenda contaría que Friné se comparaba continuamente con la diosa de la belleza Afrodita. Por eso fue condenada una vez por impiedad, un delito muy grave en la antigua Grecia. Para defenderla, su amante y gran escultor Praxíteles le pidió al famoso orador Hipérides que convenciera al Aerópago (reunión de jueces en Atenas) de la inocencia de Friné. Hipérides, no sabiendo entonces cómo hacerlo ahora mejor que con palabras, en un gesto veloz la desnudó ante los jueces, descubriendo así la verdad de su belleza... Les habló luego de que Friné sólo era una representación de la diosa y un homenaje extraordinario a ella. Los jueces no pudieron más que comprobar la verosimilitud del argumento Hipérides, declarando por completo su inocencia.

Friné acostumbraba a nadar desnuda en el mar durante las celebraciones griegas de Eleusis, y así fue como el gran pintor de la antigüedad griega Apeles (352 a.C.-308 a.C.) se inspiraría una vez para dibujar a su diosa Afrodita (Venus romana) saliendo del mar. De ese modo Apeles crearía ya una iconografía concreta de una escena de la diosa. Utilizaría como modelo a su amante Campaspe, una muy bella mujer que habría sido antes concubina y amante del propio Alejandro Magno (356 a.C.- 323 a.C.). La leyenda cuenta que el gran Alejandro, al ver la maravillosa obra pictórica de Apeles, entendió que el autor debía admirar y amar por tanto mucho más que él a Campaspe... Así que se la cedería entonces al pintor a cambio de la obra (famoso intercambio de Alejandro descrito por Plinio el Viejo).

Las Venus Anadiómenas, o Venus surgidas y salidas del mar, han sido representadas a lo largo de la Historia del Arte desde la antigüedad grecorromana hasta la modernidad. Pero no fue hasta el Renacimiento cuando, realmente, se comenzaría a plasmar en lienzos de Arte la sagrada belleza clásica de Venus y su nacimiento. En todas las tendencias o escuelas o épocas los autores han querido imitar aquella visión que tuvo Apeles con su hermosa Afrodita. En esos casos las copias no vulnerarán ninguna realidad, ya que el original se perdió y nunca se ha llegado a descubrir esa visión concreta del pintor griego. Es por lo que, aquella escena marina de la hetaira Friné, ha sido pintada como cada creador y cada movimiento artístico considerase ya que debía ser pintada. 

La vinculación del agua a la diosa se estableció por la purificación que ésta necesitaría llevar a cabo cada vez para mantener así su virginidad, la cual renovaría constantemente. Según la mitología griega, cuando el dios primordial Urano se cansase de tener hijos con Gea, la gran diosa Madre Tierra, mantendría sin salir a sus hijos dentro del útero de ésta. Hasta que Gea acabase vengándose una vez, y para ello pidió entonces a alguno de sus hijos que castrase al terrible dios. Sólo uno de ellos, Crono, se atrevió a hacerlo... Con una hoz lo conseguiría. Así, los genitales del dios Urano se hundieron ahora, fecundos, en el mar mediterráneo. Desde donde luego, algo después, en una rizada y gran ola marina, aparecería Afrodita naciente, tan bella, radiante y blanca, como la misma espuma del mar.

(Nacimiento de Venus, Renacimiento, del pintor Sandro Botticelli, 1486; Friné ante el Aerópago, Neoclasicismo, del pintor Jean-Léon Gérôme, 1861; Fresco pompeyano de Venus surgiendo del mar, año 67 d.C.; Óleo del pintor Tiépolo, Rococó, Alejandro y Campaspe en el estudio de Apeles, 1726; Cuadro del pintor inglés John William Godward, Neoclasicismo, Campaspe, 1896; Óleo de Tiziano, Renacimiento, Venus Anadiómena, 1525; Cuadro del pintor holandés Cornelis de Vos, Barroco, El Nacimiento de Venus, 1636; Óleo del pintor Theodore Chassériau, Romanticismo, Venus marina, 1838;  Magnífica obra del pintor francés Ingres, Romanticismo, Venus Anadiómena, 1848; Cuadro del pintor Eugene Amaury-Duval, Neoclasicismo, El Nacimiento de Venus, 1862; Obra del pintor Arnold Böcklin, Simbolismo, Venus Anadiómena, 1872; Óleo del pintor Jean León Gerome, Simbolismo, Venus, 1890; Cuadro del pintor Odilon Redon, Abstracción, Nacimiento de Venus, 1912;  Obra del genial Dalí, Surrealismo, Venus y el marinero, 1926; Cuadro del pintor actual Andrés Nagel, Figuración, Venus,  1988.)

27 de octubre de 2010

El orientalismo y su fascinación, o el espejo de Occidente en el Arte.






Aunque el mundo oriental siempre fascinaría a la Europa cristiana desde el imperio Bizantino, no fue sino hasta la expedición de Napoleón Bonaparte a Egipto en el año 1799 cuando se descubrió, verdaderamente, el fascinante y atrayente mundo oriental... Turquía y Egipto serían por entonces los dos países que más representarían el conocimiento occidental del exotismo de Oriente. Sirvió aquella experiencia napoleónica no sólo para descubrir ya una cultura diferente y atractiva, sino para materializar así todo aquello que en Europa no era posible aún vivir..., ni sentir, ni escribir, ni pintar. La representación pictórica del harén justificaría, por ejemplo, la posibilidad de liberar ahora la imaginación erótica con escenas imposibles de vivir y representar por entonces en Occidente. 

Escritores y pintores fueron los principales impulsores del descubrimiento de esos dos países. Especialmente lo fue ya -antes de la expedición napoleónica incluso- una escritora británica, Mary Montagu (1689-1762), una culta mujer que, casada entonces con el embajador inglés en la Sublime Puerta -la corte del sultán en Estambul-, contribuiría con sus literarias Cartas de la Embajada Turca (1717) a ofrecer un conocimiento de lo exótico musulmán que, luego, otros muchos viajeros ingleses desarrollarían en sus relatos sobre el fascinante mundo oriental de los harenes.

Muchos pintores del siglo XIX y XX tuvieron entonces también su inspiración en el llamado orientalismo, y crearon así grandes y magníficas obras de Arte que serían plasmadas en todas las tendencias de esos dos siglos, como fueron el Romanticismo, el Realismo, el Neoclasicismo o el Impresionismo. En esta entrada he seleccionado ahora obras menos conocidas y de autores menos famosos, aunque todos ellos con una excelente, valorable y muy representativa  forma de expresar ese oriental mundo misterioso, tan opuesto, lejano, atractivo y exótico.

(Obra de Frank Dicksee, Leila, 1892; Obra de Lèon Cauvy, Abundancia, 1920; Cuadro Lady Mary Montagu y su hijo, del pintor Jean Baptiste Vanmour, 1717; Cuadro de Mario Simon, Odalisca, 1919; Óleo de Val Prinsep, El cuento del Papagayo; Cuadro de Antoine de Favray, Mujeres Turcas, 1751; Pintura de Jean Jules de Antoine Lecomte, Esclava Blanca, 1888; Óleo Bonaparte en el Cairo, del pintor francés Henri Levy; Cuadro Cleopatra, de Mosé Bianchi; Óleo de Paul Louis Bouchard, Después del Baño, 1889.)

24 de octubre de 2010

Un río indómito, una ciudad malograda, un puente inspirado y la caridad.








Desde que Julio César (100 a.C-44 a.C) fundara en el año 60 a.C. la colonia romana Julia Romula Híspalis sobre la orilla izquierda del río Betis, nunca se decidiría construir puente alguno entre esa misma orilla y su opuesta. Ese gran río, el Guadalquivir, que cruza la actual ciudad de Sevilla (España), es en su curso más bajo -apenas cien kilómetros desde su desembocadura hasta la ciudad- prácticamente un brazo del mar que se adentra en tierra, ofreciendo así una muy segura ubicación para los barcos como puerto interior. Su orografía cubierta de marismas y el impulso del océano lo han hecho propenso a crecer y decrecer con sus mareas de rivera. Y es por lo que, además de disponer de un subsuelo arenoso y fangoso, las crecidas del Guadalquivir harían ya desde la antigüedad demasiado poco seguro fijar ahí unos cimientos tan firmes que resistieran la bravura de sus aguas.

Así que se mantuvo sin enlace una orilla con la otra hasta casi el año 1171, cuando los musulmanes almohades utilizaran por entonces unas barcas como pontones, algo que, a manera de anclas fijadas al fondo del río y unidas con garfios de hierro, permitirían cruzarlo como un muy útil puente virtual. En cada orilla se construyeron además dos malecones, dos grandes estructuras de material que sujetarían cada extremo del conjunto de barcazas paralelas. De ese modo cumplió su cometido durante muchos años, pero los continuos arreglos a que obligaba el deterioro y amarre inadecuado de algunas barcas hicieron muy costoso e ineficaz -se cortaba el paso hasta un mes para repararlo- el mantenimiento de ese sistema, aunque, sin embargo, muy practicable sustituto de puente permanente.

Durante el grandioso y próspero siglo XVI se pensó incluso levantar un puente sobre el mismo lugar donde las barcazas del antiguo entramado musulmán se situaban. En el año 1563 se elaboraría un proyecto de construir un puente de hierro y madera, ya que se desestimarían entonces los ladrillos, la piedra o cualquier otro material de ese tipo por las orillas fangosas y traicioneras. Pero la realidad fue que, al iniciar el siguiente siglo XVII, la ciudad de Sevilla comenzó un declive que acabaría con todo su magnífico esplendor de antaño. Ya no se dispusieron de recursos para nada, y menos para un puente. Entre los años 1648 y 1652 la ciudad padecería, además, una epidemia de Peste y de hambruna no conocida antes en la población, y que acabarían de malograr aún más una economía muy deteriorada y maltrecha. Ni el comercio americano, ni los tesoros que ello pudieran haber supuesto, consiguió hacer resurgir aquel antiguo enclave romano hispalense, tan cercano al mar como al interior, y que habría llegado a ser un punto muy estratégico en el descubrimiento, colonización y comercio del nuevo continente americano.

Hasta que no llegó el romántico año 1845 no se aprobaría ningún proyecto definitivo que emprendiera la construcción de un puente permanente, ese que acabase de unir para siempre las dos orillas hispalenses del río Guadalquivir. Para llevarlo a cabo se encargaría la urgente tarea a unos ingenieros franceses, unos técnicos que ya habían construido puentes en otros lugares de Andalucía. Los materiales utilizados fueron la piedra y el hierro, y se basaron en un diseño con aros metálicos reforzados de un puente existente en París desde el año 1834, el Puente del Carrusel, un puente metálico que sería derruido, sin embargo, en el año 1931 y sustituido luego por otro de hormigón. El gran pintor Vincent van Gogh compondría en el año 1886 su óleo parisino El puente del Carrusel y el Louvre, en donde se aprecian ahora aquellos círculos metálicos tan característicos de su estructura. Unos aros metálicos en un puente sobre un río que, hasta ahora, sólo se han mantenido -en todo el mundo- visibles únicamente en el viejo, un tanto huérfano, algo desvencijado, pero muy romántico puente de Triana.

(Imagen del óleo de Van Gogh, El puente del Carrusel y el Louvre, 1886; Fotografía de Gustave Le Gray del puente del Carrusel sobre el río Sena, París, 1859; Fotografía del puente de barcas, Sevilla, 1851; Grabado del siglo XVI de la ciudad de Sevilla y el río Guadalquivir y su puente de barcazas; Fotografía de la inauguración del puente de Isabel II, 1852; Fotografía actual del puente de Isabel II -puente de Triana-, reformado en 1977, en donde se inutilizaron los aros de hierro como parte de la estructura, dejándose sólo como decoración artística -algo que no se hizo en el de París en 1931-; Imagen fotográfica del río Guadalquivir desde el interior del puente; Fotografía de la fachada de la iglesia de la Caridad de Sevilla, templo que junto con el Hospital de la Caridad anexo fueron una construcción que se llevó a cabo en el malogrado siglo XVII, auspiciado por el gran altruista sevillano Miguel de Mañara (1627-1679) en aquellos difíciles años de una ciudad que llegó a ser próspero puerto de América y acabaría desdeñada por la Historia y su veleidosa fortuna.)

23 de octubre de 2010

El amor, esa rara emoción, o como una adoración o como un martirio...





Nunca una epidemia de Peste negra fue tan inspiradora y oportuna como la habida en Florencia (Italia) durante el año 1348. El gran escritor italiano Giovanni Boccaccio (1313-1375) sería testigo de ella. Imaginó entonces que unos jóvenes, siete mujeres y tres hombres, se refugiaban lejos de la peste en un bosque profundo para evitar los maléficos efectos de la enfermedad. Y decidió el escritor medieval que cada uno de ellos contara un cuento cada noche, uno cada uno de ellos durante las diez noches (decameron) que estuvieron allí retirados. Así surgió de la pluma de Boccaccio una de las obras maestras de la Literatura Universal. En uno de los capítulos del Decamerón se relata el encuentro entre Ifigenia (personaje a su vez de la mitología griega, pero transportado aquí como una bella doncella medieval) y Cimón (Cimone), el hijo de un noble personaje de la isla de Chipre.

La historia describe a Cimón como un joven de gran belleza, alto, bien parecido pero absolutamente estúpido sin solución. Ni su padre ni sus maestros habían conseguido que Cimón se educase, siendo hasta su voz aberrante y sus maneras groseras. De modo que el padre lo envía entonces al campo a labrar la tierra. En una ocasión de regreso a su casa, al finalizar el día, vio a una hermosa joven durmiendo cubierta por un vestido tan sutil que casi nada de sus cándidas carnes escondería... Fue tan grande la admiración del joven Cimón por esa imagen femenina que pensó que aquello que veía era lo más maravilloso y hermoso que habría visto jamás nadie. La joven dormida era Ifigenia y él ahora, impresionado y enamorado desde entonces, cambiaría del todo su carácter mejorando su apostura, sus maneras y sus formas, convirtiéndose así en un muy refinado espíritu, cauteloso, elegante y educado caballero.

Águeda de Catania fue una hermosa joven siciliana que vivió en el siglo III de nuestra era. Su enorme belleza llegaría hasta los oídos de un senador romano, Quintianus, el cual quiso seducirla sin saber que ella, cristiana, había ya elegido a Jesucristo como al único amor de su vida. Según cuenta el martirologio legendario el ofendido senador ahora, en un despecho malvado, decide recluirla en uno de los peores prostíbulos de Roma. Conservaría Águeda, sin embargo, de modo milagroso toda su virginidad. Albergando todavía un resentimiento no contenido, Quintianus decide, cruelmente, que la torturen ahora cortándole sus dos senos incluso. De esta forma tan dramática aparece ella en el magnífico óleo del pintor Giovanni Battista Tiépolo (1696-1770), donde se observa, luego de la terrible tortura criminal, cómo ahora auxilian a la santa cubriéndole las heridas sangrantes del pecho.

Dos consecuencias aquí, en estas dos leyendas, donde el sentimiento amoroso, algo inespecífico, casi neutro, equidistante, conseguirá a veces tener... Porque es sólo ese sentimiento cuando se polarice en exceso, muy visceralmente, como acaba en un caso convirtiéndose en una salvación..., o, en el otro, en una maldición... ¿Qué rara cosa es eso que puede llegar a transformar al ser mejorando su espíritu o, por el contrario, destruir ahora a otro espíritu y hasta al mismo cuerpo que albergue? Los dos creadores del Arte en sus obras, como casi siempre, reflejarán en ambos casos -la salvación y la maldición- la mirada ahora sutilmente bella y sugerente de una escena altamente emocional. El Arte, aquí como en otros casos, nos servirá siempre, nos ayudará siempre, y nos lo recordará siempre...

(Cuadro del pintor británico, prerrafaelista, Frederic Leighton (1830-1896), Cimón e Ifigenia, 1884, Galería de Arte de Sidney; Óleo de Giovanni Tiépolo, Martirio de Santa Águeda, 1750, Berlín; Grabado con la imagen del pintor Tiépolo; Fotografía del pintor Frederic Leighton; Cuadro del pintor inglés Waterhouse, El Decamerón, 1916, Liverpool.)

19 de octubre de 2010

Dos "sex-symbols", la niña que triunfó y la mujer que no lo hizo.



En la película Nixon, realizada por el director norteamericano Oliver Stone en el año 1995, el personaje protagonista -interpretado por el genial Anthony Hopkins- recorre ahora los pasillos de la Casa Blanca mientras reflexiona, alicaído, sobre los díficiles momentos que le toca vivir. De pronto, mirará un retrato colgado en la pared de su antecesor Kennedy, y le dice ahora: cuando el pueblo americano te mira, ve lo que quisiera ser, cuando me mira a mí, ve lo que es... La diferencia -y en el Arte es un motivo fundamental de distinción de una obra maestra de otra que no lo es- entre la genialidad y la mediocridad es a veces mínima, como los genomas incluso de lo humano y de lo simio, pero ese escaso y pequeño matiz hará ya que todo sea absolutamente diferente...

La bailarina norteamericana Marie van Schaack (1918-1999), más conocida como Lili St.Cyr, comprendió pronto que como artista de espectáculos en clubs de streeptease ganaba mucho más que como corista en películas de bajo presupuesto. Aun así consiguió, gracias a un físico extraordinario -muy bella, rubia y altísima- obtener papeles en algunas películas de Hollywood de escaso perfil en los años cincuenta. Una de ellas fue El hijo de Simbad, una producción del inefable Howard Hughes del año 1955. Otra importante participación suya fue en Los desnudos y los muertos, del año 1958, basada en la novela del escritor americano Norman Mailer del mismo título, en donde Lili St.Cyr interpreta a una bailarina de un club nocturno. No consiguió triunfar en el cine y su vida artística fue terminando poco a poco, hasta acabar entonces ella dedicada ahora a otros negocios... éstos de producción de ropa íntima y sugestiva. Todo un alarde, sin embargo, de inteligencia práctica y adaptativa. Terminaría sus días en Los Ángeles a la edad de ochenta y un años, desconocida, con sus gatos y feliz.

Para Marilyn Monroe (1926-1962), Lili St.Cyr fue un modelo a seguir. Según cuentan sus biógrafos, la bailarina picante representó para Marilyn un ejemplo en la manera de vestir, de hablar, de comportarse y de moverse, hasta convertirse así en una diosa sexual. Norma Jeane Baker, su verdadero nombre, fue una chica tímida, insegura, de pelo castaño, voz aflautada y estridente, la cual  nunca pudo -por fortuna para el cine- evitar su personalidad frágil y su sensibilidad casi infantil dentro de esa imagen de mujer exuberante y sensual. Eso que la diferenciaba de Lili St.Cyr es lo que el cine obtuvo, a cambio, de ella. La sensibilidad y la vulnerabilidad de sus personajes -y de ella misma finalmente- la llevaría a triunfar y, al mismo tiempo, la llevaría a su  cruel y fatal destino. Falleció a los treinta y seis años en su casa de Brentwood, California, sola, infeliz y deprimida; de ese modo, sin embargo, pasaría así, casi desamparada, a llegar a ser todo un extraordinario mito del cine.

(Fotografía de Lili St. Cyr en una actuación atrevida con un loro, 1949; Fotografía de St. Cyr en su estudio, 1955; Fotografías de Lili St. Cyr como bailarina de "Streeptease", 1950; Fotografía de Marilyn Monroe, 1957; Fotografía de Marilyn en el Actor's Studio, 1950; Fotografía de la joven Norma Jeane Baker, 1947; Fotografía de Marilyn Monroe; Fotograma de una película de George Cukor, en 1962; Fotografía de Marilyn en el jardín de su casa, 1961.)

Vídeo de Lili St.Cyr; Vídeo de El Hijo de Simbad, bailando St. Cyr; Vídeo de Marilyn Monroe.

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