22 de agosto de 2010

De las calles de Sevilla a los boulevares del cine americano de entonces.



El novelista español Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) tuvo una vida tan prolífica como su extensa obra literaria. El mundo del cine le atrajo tanto al escritor español, que varias de sus novelas fueron filmadas en el Hollywood de los primeros años del cine mudo. Una de ellas fue la película The Temptress (1926), basada en su novela La tierra de todos escrita en el año 1922. La productora norteamericana Metro Goldwyn Mayer le encargaría el proyecto al cineasta sueco Mauritz Stiller (1883-1928), que un año antes se había traído, con él, a la actriz Greta Garbo (1905-1990) de su Suecia natal. Junto a ella, comenzó el rodaje en el año 1926. Sin embargo, los desencuentros de los productores con el director Stiller hicieron que le retiraran pronto de la dirección del film. Para el papel protagonista masculino contaron con un actor desconocido de origen español de 39 años, un joven español que, desde catorce años antes -en el año 1912-, había comenzado a trabajar en el cine pionero norteamericano de entonces. Antonio Garrido Monteagudo Moreno (Madrid, 1887 - Los Ángeles, 1967) pasaría entonces de las calles de Sevilla a las grandes avenidas de la Nueva York de comienzos del siglo XX.

Conoció en Nueva York a su mecenas norteamericana, la viuda Charlotte Morgan, una heredera que le ofrecería la posibilidad de estudiar y poder trabajar en una compañía comercial, así hasta que una oportunidad en teatro como actor secundario le llevaría luego al cine. Su acento español no fue un impedimento por entonces -primeros años del cine mudo- para poder intervenir en una producción, una obra cinematográfica del influyente director D.W.Griffith, Two daughters of Eve del año 1912. A partir del año 1929, como muchos otros actores de cine mudo, Antonio Moreno se enfrentaría con la cruel realidad del cine sonoro, algo que, para los actores de habla no inglesa, fue una dificultad añadida para conseguir papeles importantes. Es por lo que tuvo que aceptar papeles secundarios, o dedicarse a películas rodadas en español para el mercado hispanohablante, o rodar, como director, algunas películas en México. Intervino incluso en una película española, María de la O, rodada en España en el año 1936. A pesar de todo eso, consiguió mantenerse en la industria cinematográfica norteamericana, aunque sólo en papeles secundarios y con un claro tono hispano.

Antonio Moreno fue el primero en ofrecer la imagen de Latin Lover en el Hollywood que encumbraría a otros actores latinos en ese estereotipo. Sin embargo, supo mantener un equilibrio entre seducción y sensibilidad. Probablemente, de haber tenido una pronunciación y un inglés perfectos, hubiese disfrutado de otra carrera que la que tuvo después de los años veinte. Gracias a su especial estilo, Antonio Moreno protagonizaría la película muda norteamericana It, producida en el año 1927. Esta cinta fue una adaptación de la obra literaria del mismo nombre de una novelista americana, Elinor Glyn (1864-1943). Esta escritora supo verlo idóneo para la película, ya que simbolizaba él esos nuevos aires de ruptura que vivía la joven sociedad norteamericana de los años veinte. La actriz Clara Bow (1905-1965) fue elegida también por Elinor Glyn para encarnar a la protagonista femenina, ese tipo de chica que, desde entonces, se denominó It. Con este término se empezaría a representar la imagen de una mujer que ofrecía ese extraño magnetismo que atraía a los dos sexos, esa actitud, cuasi masculina y muy moderna, que caracterizaba aquellos años en el peinado femenino o el vestir. Al final de su vida el actor Antonio Moreno, aquel que había cautivado con su apostura elegante, atractiva y masculina las cintas del cine mudo americano, acabaría haciendo solo papeles marginales de corta duración en algunas grandes producciones del Hollywood de los años cincuenta. Como la que hiciera, del maduro hacendado mexicano don Emilio Figueroa, en la gran película del director John Ford, Centauros del desierto, una magnífica cinta protagonizada en el año 1956 por el mítico John Wayne. Diez años después fallecía el olvidado actor español en aquel Beverly Hills de los sueños rotos, ese mismo lugar que, una vez, le viera brillar en su cielo tan engañoso, un firmamento por entonces estrellado, mítico, esplendoroso... y absolutamente efímero.

(Cuadro de Vicente Blasco Ibáñez, del pintor valenciano Alejandro Cabeza; Imagen fotográfica de estudio del actor español Antonio Moreno, 1919; Imagen fotográfica de Greta Garbo; Cartel de la película The Temptress, 1926, basada en la novela La tierra de todos, de Blasco Ibáñez; Imagen del rodaje de la película The Temptress, con Mauritz Stiller a la izquierda y la pareja Garbo y Moreno; Imagen de la actriz Clara Bow; Cartel de la película It, de 1927; Fotograma del film Centauros del Desierto, 1956, donde aparece de espaldas Antonio Moreno en el papel del maduro mexicano don Emilio Figueroa; Fotografía de Mauritz Stiller y Greta Garbo a la llegada a Nueva York en 1925; Abajo: Vídeo de la película española María de la O, 1936; en este caso con un Antonio Moreno ya de cincuenta años casi, y rodada en España por el director Francisco Elías e interpretada por la gran bailaora Carmen Amaya, 1913-1963.)

20 de agosto de 2010

El deseo, la injusticia del destino, el desamor humano y sus leyendas.



El dramaturgo y novelista norteamericano Thornton Wilder (1897-1975) fue un profesor de la Universidad de Harvard apasionado por la literatura, la mística y la historia. En el año 1927 publicaría su novela El puente del rey San Luis, un relato donde ahora un trasfondo determinista o azaroso de la vida enmarca el núcleo principal de la narración: la desesperación de los humanos por encontrar el asidero del amor y tratar con él de sortear la ingrata y cruel vida desatenta. En la trama novelesca cinco personajes situados en el Perú virreinal del año 1770 deciden marchar de viaje el mismo día, y, en ese mismo día, a la misma vez, cruzar todos ellos el inevitable puente que salvaba la profunda garganta del Camino del Inca, un paso aterrador situado entre las ciudades virreinales de Lima y Cuzco. Pero, sin embargo, el puente colgante de tablillas cede justo en el mismo instante en el que los cinco personajes se encuentren cruzándolo. Todos perecerán. Luego un clérigo limeño, inquieto y algo ilustrado, investigará la vida de los finados con la intención de averiguar algo de ellos o de su vida que justifique tamaño destino indecoroso.

Descubrir, por ejemplo, alguna cosa que le permita dilucidar la posible maldición de sus vidas, entreviendo en ellas la terrible mano de Dios. Es decir, si la providencia tuvo o no tuvo que ver entonces en el trágico suceso que acabó con sus vidas. Pero resultaba que ninguno de los personajes habían sido seres malvados sino todo lo contrario, fueron personajes generosos, compasivos, cariñosos y bondadosos todos ellos. Al final la Inquisición y la Ilustración coincidirán en el hecho inequívoco de que tan sólo fue un accidente fortuito. El primero porque entiende que la divinidad no puede involucrarse en el argumento hereje de que se permita morir a inocentes; el segundo porque la ciencia no avalará nunca determinismos de ninguna clase, coincidentes o no. El fraile investigador acabaría reconociendo que el hecho fatídico tal vez pudo ser un designio y tal vez no... Pero, al parecer, lo que el autor desearía transmitir en su novela es que los seres humanos estamos despeñados por el desamor. Uno de los personajes malogrados, la marquesa de Montemayor, cuya hija está en España muy lejana y desinteresada de ella, no hacía sino escribirle muchas cartas sin recibir respuesta, en un gesto de claro deseo que evidenciaba la necesidad de que su hija la amase. El escritor norteamericano Wilder expresaría al final de la novela, a través de uno de sus personajes secundarios, el sentido más inequívoco y trascendente de la narración melodramática: Hay una tierra de los vivos y una tierra de los muertos y el puente entre ambos, el único vínculo que los une, la única cosa que subsiste, lo único que cuenta, lo único que sobrevive, lo único que tiene sentido, es el amor.

En el año 1929 la productora norteamericana MGM realizaría la película El puente de San Luis Rey, un film dirigido por el británico Charles Brabin y basado en la novela de Thornton Wilder. Fue protagonizado por la actriz canadiense de origen francés Lily Damita (1904-1994), que interpretaba a La Perricholi, una amante que tuviera el virrey del Perú de entonces, don Manuel Amat y Juniet (1704-1782). En el año 1935 Lily Damita contrajo matrimonio con el afamado actor de cine Errol Flynn (1909-1959), siendo esta unión de la pareja un total fracaso conyugal que solo duraría hasta el año 1942, justo un año después de haber tenido con él un hijo. Sean Flynn (1941-1971), el hijo de ambos, participaría también como actor en algunas películas sin mucho éxito, y dedicaría el resto de su vida al reporterismo fotográfico por todo el mundo. En un viaje muy arriesgado al Vietnam bélico del año 1970 desapareció sin dejar rastro alguno, no llegándose nunca jamás a saber, realmente, en dónde se encontraría ni él ni siquiera sus restos. Se dio oficialmente por muerto en el año 1984. Su madre, Lily Damita, dedicaría no obstante toda su fortuna y el resto de su vida a tratar de encontrarlo, sin haber llegado nunca a obtener hasta su muerte -producida en 1994- ningún éxito en su búsqueda.

(Imagen del cartel cinematográfico de El puente de San Luis Rey, de 1929; Fotografía del escritor y dramaturgo americano Thornton Wilder; Fotografía del matrimonio Flynn-Damita en 1935; Fotografía de estudio del actor Errol Flynn; Fotografía de Errol Flynn y su hijo Sean en 1956; Fotografía de Sean Flynn en Vietnam en 1971.)

17 de agosto de 2010

Una muda, genial, inevitable e imposible historia de amor, filosofía y muerte.



El escritor británico Thomas Burke (1886-1945) publicaría en el año 1916 su novela Noches de Limehouse, un compendio de cuentos narrados acerca de un suburbio degradado del Londres de principios del siglo XX. La narración melodramática describe un lugar marginal donde la inmigración asiática competía con los depauperados habitantes nativos. Todo esto sirvió por entonces de escenario a una inusual y atrevida historia de amor. El director pionero más famoso del cine americano, David Wark Griffith (1875-1948), adquiriría los derechos de la novela y realizaría una inédita película en el año 1919, muy lejos de sus grandiosas producciones (El nacimiento de una Nación, Intolerancia) que tanto le consagrarían en la historia del cine. En esta película, a cambio, la mayor parte de las escenas fueron rodadas en interior y en apenas dieciocho días. Muy dramática y dura, la película contaría con la participación de una joven actriz, Lillian Gish (1893-1993), que llevaría a cabo una de las escenas de terror y miedo más impactantes y verosímiles jamás rodadas en el cine. Al mismo tiempo, la interpretación de su violenta muerte es de una asombrosa genialidad. Lillian Gish tuvo en Griffith a un mecenas que la llevaría al estrellato en los inicios del cine mudo americano de entonces.

La película muda escenifica una relación interracial entre un inmigrante chino y una joven londinense. Él, un extravagante idealista de convicciones budistas, perseguía al marcharse de su país predicar el budismo como la mejor forma de vivir en este mundo. Sin embargo, va a parar a un barrio muy pobre londinense, donde ahora ella -su amor imposible-, una joven maltratada y vejada, malvivirá con su padre ex-boxeador y alcohólico, un ser terriblemente violento e incestuoso. El budista chino acabará siendo absorbido fatalmente por lo mismo que, curiosamente, él desearía cambiar. Ahora vive como sus vecinos, con los mismos deseos y vicios que él deseaba tratar. Aun así, se encuentra una vez con la joven maltratada, y entonces queda enamorado irremediablemente de ella. Pero, ahora, no puede salvarla, ni siquiera con su nuevo amor terrenal recién descubierto. El padre de ella, ahora su rival, no hace sino seguir su propio, terrible e inevitable destino criminal: acabará matando a su hija antes de que el joven oriental consiga redimirla. La película es considerada como una de las mejores rodadas jamás. Una de las escenas, donde la joven se esconde en un armario y el padre la busca con violenta ira, es una muestra de la magistral obra de arte que es gracias a la verosímil interpretación de los actores.



(Imagen de la actriz norteamericana Lillian Gish; Cartel de la película Broken Blossoms -Lirios Rotos o La culpa ajena-, 1919; Fotogramas de la película Lirios Rotos, 1919; Fotografías de Lillian Gish; Fotografía del director David Wark Griffith.)

11 de agosto de 2010

Una invención de mujer, con un comienzo oculto y una leyenda de veras.



En la Europa convulsa de los primeros años treinta del siglo XX, una hermosa e inteligente joven, Hedwig Kiesler (Austria, 1914 - Florida, 2000), se iniciaría en el mundo teatral del Berlín más liberal que haya existido. Por aquel entonces un director de cine checo, Gustav Machatý (1901-1963), se atrevería a realizar la primera película de alto contenido erótico de toda la historia del cine, Éxstasy, un film producido en el año 1933. La película, estrenada ese mismo año en Austria, no se estrenaría en Alemania sino hasta el año 1935 y en los Estados Unidos llegaría a ser censurada por la conocida como Legión de la Decencia. La actriz protagonista fue esa joven austríaca, Hedwig Kiesler, una mujer que antes de dedicarse al mundo del espectáculo había estudiado ingeniería en Viena, destacando además de por su belleza por una extraordinaria capacidad intelectual.

El éxito de Éxstasy fue arrollador, tanto por la propia temática de la cinta, muy del estilo de Madame Bovary -la esposa que abandona a su marido y se siente atraída por un amante más joven-, como por el desnudo integral que protagonizaría Hedwig Kiesler. Al ver la película, un millonario austríaco de oscuros negocios decide entonces casarse con ella, solicitando al padre de Hedwig su mano. El marido trataría luego de eliminar todas las copias cinematográficas eróticas de su esposa. Llegaría a maltratar de tal modo a Hedwig que ésta se vio obligada a abandonarle y acabar por huir a Francia en el año 1937; de París, por fin, conseguiría ella un pasaje para poder viajar hasta los Estados Unidos. En Los Ángeles, el famoso productor Louis B. Mayer -de la MGM- la protegerá de su pasado cambiándole hasta el nombre, y maquillando luego toda su anterior vida, tanto la personal como la cinematográfica. A partir del año 1938 comienza ella una nueva carrera en el cine -y una nueva vida personal-, pero, ahora con el conocido nombre con el que ha pasado a la historia de las grandes estrellas: Hedy Lamarr. Protagonizaría muchas cintas, desde Argel (1938), pasando por Encrucijada (1942), hasta llegar a la más conocida o que la haría más famosa en el cine: Sansón y Dalila, una producción del año 1949.

Pero, por lo que ha sido menos conocida fue por su faceta industrial e inventora, una faceta profesional que tendría desde que volvió a casarse con el compositor y bohemio George Antheil. Con él patentaría un diseño para las comunicaciones cifradas, un hecho científico que ha servido mucho tiempo después en la historia del desarrollo de las telecomunicaciones, hasta llegar hoy, incluso, a la tecnología Wifi, el Bluetooth o la telefonía de segunda generación de móviles (GSM). Una historia fascinante la de esta mujer extraordinaria, la cual tuvo una vida semejante a la que protagonizara en aquella película Éxstasy. Una vida, donde además de usar muy bien el cuchillo en la escena cinematográfica de Dalila, al cortar la cabellera a Sansón, contribuiría luego al avance científico con algunas tecnologías que, por ejemplo, algunos en este momento podemos utilizar...

(Fotografía de Hedy Lamarr, del fotógrafo Alfred Eisenstaedt, 1938; Imagen fotográfica de estudio de Hedy Lamarr, 1940; Fotograma de la película Sansón y Dalila, 1949; Cartel de Sansón y Dalila, 1949; Fotograma de la película Éxstasy, de 1933, Hedy Kiesler (Lamarr).)

Vídeo de las obras cinematográficas más representativas de Hedy Lamarr:

7 de agosto de 2010

La imagen reflejada, la autoría identificable, la creatividad auténtica, o la vanidad del autor.



Una de las mayores aspiraciones de un creador es, posiblemente, identificarse con su propia creación artística. Ya Alfred Hitchcock (1899-1980) haría sus cameos, o apariciones, en sus propias famosas películas de un modo muy habitual. La pintura ha tenido también verdaderos genios en este arte... Pero, la fotografía ha sabido también reflejar la escena y a su propio autor al mismo tiempo. Aquí he tratado de mostrar sólo algunos ejemplos de composición personal entre obra y creador. Dos cosas íntimamente unidas, y que, a veces, se tiende a olvidar por la creación en sí misma..., pero que, casi siempre, es un fiel reflejo de la personalidad de quien la crea, la imagina o la expone.

(Imagen del cuadro El estudio del pintor, 1855, de Gustave Courbet; Las meninas, 1656, de Velazquez; Óleo El taller del artista, 1666, del pintor Vermeer; Cuadro Dalí y Gala frente al espejo, 1973, de Dalí;  Cuadro Alegoría de la pintura, del pintor haitiano Robert Luxama (Haiti, 1983); Fotograma de Alfred HitchcockMarnie, la ladrona, 1964)

5 de agosto de 2010

Un triunfo de mujer, una ambición de cine, un fracaso y una novela inacabada.



En el año 1917 Florenz Ziegfeld, empresario y promotor de Broadway, propuso a Alfred Cheney-Johnson que fuese el fotógrafo oficial de sus jóvenes actrices en el famoso espectáculo de Ziegfeld Follies. Esta famosa revista musical había funcionado ininterrumpidamente y con éxito desde el año 1907 hasta el año 1931, cuando ahora el señor Ziegfeld no pudo ya superar la ruina a que le llevaría el desastre financiero del año 1929. Esos espectáculos de revista picantes fueron inspirados por el Folies Bergère parisiense y combinaban audazmente desnudo, comedia y espectáculo musical. Después de que la compañía teatral -dirigida por su esposo- acabase derrumbándose en el año 1918, la bella y atractiva actriz de teatro Edith Shearer quiso que su hija Norma consiguiese triunfar en el mundo del espectáculo como fuese. Aconsejada por familiares la lleva a Nueva York al Ziegfeld Follies, a pesar de saber ella que su hija no tendría ni su belleza ni su atractivo. Y es que Norma, según su madre, tenía una figura rechoncha, unas piernas robustas y una mirada cruzada por culpa de su ojo derecho un poco estrábico.

Así fue como Norma Shearer (1902-1983) acabaría siendo fotografiada por Cheney-Johnson con sólo dieciséis años para el famoso Ziegfeld Follies de Nueva York, aunque, finalmente, no consiguiese ella ser contratada por el exigente empresario Florenz Ziegfeld. Dos años después le ofrecen ser extra en una comedia dirigida por Alan Crosland, aunque tuvo ella luego que sobrevivir gracias a trabajos de modelo en Nueva York. Para el año 1923 el productor de comedias neoyorquino Hal Roach la descubre y le propone una oferta para trabajar en Los Ángeles en la MGM. Irving Thalberg (1899-1936) empezaría a trabajar en el año 1919 como ejecutivo de los estudios de cine Universal en Nueva York, propiedad de su tio Carl. Pronto marcha a Los Ángeles y, con una ambición desmedida, sería contratado por el audaz y próspero productor Louis B. Meyer. Llegará a ser vicepresidente y jefe de producción de la MGM con apenas veinticinco años de edad. Así fue como se conocieron Norma e Irving, gracias a la determinación de ella por triunfar y la fascinación que ella causaría en el impasible Thalberg. Acabaron casándose en el año 1927 y, tiempo después, terminaron consagrando él una brillante carrera y ella una aceptable y prolífica filmografía. 

Pero la delicada salud de Irving acabaría por destruirlo todo en el año 1936, cuando un catarro demasiado fuerte derivaría en neumonía y pronto en fallecimiento. Entonces Norma Shearer no pudo más que proseguir con los contratos que aún tenía que cumplir. Convencida ya de que no podría competir con las más que geniales e impresionantes bellezas que empezaban a brillar en Hollywood, acabaría en el año 1942 abandonando la actuación para siempre y uniéndose a un hombre mucho más joven que ella. Con él mantuvo hasta el final de su vida una existencia retirada, enferma, gris y melancólica. El escritor Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), aquel joven que triunfara en los años veinte con sus novelas El gran Gatsby y A este lado del paraíso, empezaría a escribir en el año 1935 su última novela, El último magnate, la cual no pudo terminar antes de fallecer en 1940, completamente olvidado, alcoholizado y arruinado en el despiadado Hollywood, tratando de sobrevivir con guiones de bajo presupuesto que a veces le ofrecían. La novela tuvo que ser finalizada y publicada por su amigo Elmund Wilson en el año 1941. En ella narraba la vida de un ejecutivo productor de Hollywood despiadado, frío, ambicioso y genial. Estas son dos historias de dos vidas cruzadas, paralelas o parecidas, y significadas ambas por el éxito y por el fracaso. También por el brillo efímero de unas luminarias que una vez les deslumbraron y que, poco más tarde, acabarían desdibujadas para siempre.

(Imagen de estudio de la actriz Norma Shearer, 1930; Fotografía de Norma Shearer, 1918; Cartel del espectáculo del Ziegfeld Follies en 1917; Imágenes fotográficas de desnudos de Norma Shearer en 1918, del fotógrafo Alfred Cheney-Johnson;  Fotografía de estudio de Norma Shearer, 1931; Cartel de la película Vidas íntimas, de 1931, protagonizada por Norma Shearer; Fotografía de Irving Thalberg y Norma Shearer, 1933; Fotografía del escritor Francis Scott Fitzgerald, 1928.)

2 de agosto de 2010

Una leyenda de cine, sus mitos, su erótica, su belleza y su censura.



Una de las primeras adaptaciones cinematográficas de una novela fue Tarzán de los Monos. Escrita por el norteamericano Edgar Rice Burroughs (1875-1950) en el año 1914, cuatro años después, en 1918, el director de cine mudo Scott Sidney la filmaría con Elmo Lincoln en el papel de Tarzán y Enid Markey en el de Jane. En los fotogramas de esa película muda se observa ahora como Jane viste acorde con la moralidad de los primeros años del siglo XX, contrastando absolutamente con la liberalidad que, apenas diez años más tarde, se conseguirían en los filmes de esa misma leyenda literaria. Pero, sin duda, la mejor película de esa famosa leyenda universal lo fue Tarzán y su compañera del año 1934, protagonizada por Johnny Weismüller (1904-1984) y Maureen O'Sullivan (1911-1998). Dos años antes O'Sullivan había protagonizado la primera película de las seis que hiciera junto a Weismüller, Tarzán el hombre mono. En esas dos primeras producciones cinematográficas, la del año 1932 y 1934, los directores habían realizado unos filmes verdaderamente para adultos, tanto por el propio guión como por las secuencias y fotografías de los mismos. Para el año 1935 la industria cinematográfica norteamericana empezaría a autocensurarse, presionada mucho por las influencias puritanas estadounidenses.

Las siguientes películas de estos dos actores, La fuga de Tarzán del año 1936 y Tarzán y su hijo del año 1939, y siguientes producciones de Tarzán, fueron obras cinematográficas más dirigidas al público infantil, con un vestuario de la protagonista más adecuado con las nuevas exigencias morales establecidas. En Tarzán y su compañera del año 1934 se filmaría una escena bajo el agua donde Jane está totalmente desnuda acompañando a Tarzán en una danza acuática muy seductora y artística. Pero Maureen O'Sullivan no la rodaría, ella sería suplantada por una nadadora olímpica, Josephine McKim (1910-1992). Ya fuese porque O'Sullivan no quisiera mostrar sus encantos o porque prefirieron que fuese una profesional quien lo hiciese, el caso es que Jane en esa secuencia desnuda no fue la Jane real. De todas formas poco importaba ya que esa secuencia fue suprimida del filme, y no recuperada hasta sesenta años después gracias a la Productora Turner. La belleza de esas imágenes nos muestran y evidencian la estúpida y anti-artística forma de los prohombres de aquellos años por cercenar el bello arte cinematográfico. También nos muestran el enorme cambio social en las costumbres sexuales, unas costumbres muy estrictas que empezaron a producirse a partir de la segunda mitad de la década de los años treinta y no acabarían hasta casi cuarenta años después, muy cerca de finales del siglo XX.

(Fotograma de la película Tarzán el hombre mono, 1932; Fotograma de Tarzán y su compañera, 1934; Fotograma de La fuga de Tarzán, 1936; Fotograma de Tarzán y su hijo, 1939; Escenas tanto de Tarzán y su compañera, 1934 y de La fuga de Tarzán, 1936, en donde se observa el cambio de vestuario de Maureen O'Sullivan; Fotograma de El tesoro de Tarzán, 1941, de Johnny Weismüller y Maureen O'Sullivan; Cartel de Tarzan y su compañera, 1934; Cartel de La fuga de Tarzán, 1936; Fotografía de la nadadora olímpica Josephine McKim, 1928; Cartel de la primera película de Tarzán, Tarzán de los monos, 1918; Fotogramas de la película muda Tarzán de los monos de 1918, con los actores Elmo Lincoln y Enid Markey en los papeles de Tarzán y Jane.)