30 de octubre de 2010

De una castración a una creación, o del agua a la belleza y su itinerario en el Arte.



La palabra latina virtud significaba para los antiguos griegos fortaleza, de ahí su nombre heleno de arete (del dios Ares, dios de la guerra). La distinguían los griegos a su vez en dos clases: virtudes intelectuales y virtudes éticas. Estas últimas, las éticas, correspondían a la psiquis emotiva, a la fuerza psicológica interior de las personas entendida en su aspecto más emocional que racional. Los griegos consideraban además que sus efectos -los de las virtudes éticas- se manifestaban en el cuerpo, en el soma de cada individuo, llevando así a producir ahora la belleza física, o la fuerza física incluso, o la moderación o la regulación física, y, por lo tanto, la salud física...  Friné (mujer griega nacida en el año 328 a.C.) fue una famosa cortesana griega cuya belleza física sería la más extraordinaria belleza jamás nunca antes vista. Una leyenda griega contaba entonces que Friné se comparaba, muy vanidosamente, incluso con la diosa de la belleza griega Afrodita. Por esto, llegaría a ser condenada en una ocasión por impiedad, un delito muy grave en la antigua Grecia. Para defenderla, su amante y escultor Praxíteles le pediría al famoso orador Hipérides que convenciera ahora al Aerópago (reunión o tribunal de jueces en Atenas) de la inocencia de Friné.

Hipérides, no sabiendo entonces cómo hacerlo mejor que con palabras, en un gesto ahora veloz e intrépido la desnudaría a ella ante los jueces, descubriendo así la verdad de su belleza...  Les hablaría luego de que Friné sólo era una representación de la diosa, un homenaje extraordinario a ella. Los jueces no pudieron más entonces que comprobar así la verosimilitud del argumento de Hipérides, declarando por completo la inocencia de la bella cortesana griega. Friné acostumbraba a nadar desnuda en el mar durante las celebraciones griegas de Eleusis, y así fue como el gran pintor de la antigüedad griega Apeles (352 a.C.-308 a.C.) se inspiraría una vez para pintar a su diosa Afrodita (Venus romana) saliendo ahora del mar. De ese modo, Apeles crearía una iconografía concreta de una escena de la diosa que pasaría a la posteridad artística de la belleza. Pero ahora utilizaría como modelo a su amante Campaspe, una muy bella mujer griega también. Una joven griega que habría sido antes concubina y amante del propio Alejandro Magno (356 a.C.- 323 a.C.). Una leyenda contaba que el gran Alejandro, al ver ahora la maravillosa obra pictórica de Apeles, entendería que el autor debía admirar y amar mucho más que él a Campaspe. Así que se la cedería entonces al pintor, a cambio ahora, eso sí, de la obra de Arte tan bella... (famoso intercambio de Alejandro descrito por Plinio el Viejo).

Las Venus Anadiómenas, o Venus surgidas y salidas del mar, han sido representadas desde la antigüedad grecorromana hasta la modernidad más contemporánea. Pero no fue hasta el Renacimiento cuando, realmente, se comenzaría a plasmar en lienzos de Arte clásico la sagrada belleza de Venus y su nacimiento marino... En todas las tendencias o escuelas o épocas los autores habrían querido imitar aquella visión que tuvo Apeles de su hermosa Afrodita... En estos casos las copias artísticas no vulnerarán nunca ninguna realidad, ya que el original se perdería y jamás se ha llegado a descubrir aquella visión concreta que tuviera el pintor griego de su diosa. Es por lo que esa escena marina de la hetaira Friné ha sido pintada como cada creador o cada movimiento artístico considerase que debía ser pintada. La vinculación del agua a la diosa se establecía por la purificación que ésta necesitaba llevar a cabo cada vez para mantener así su virginidad, la cual renovaría constantemente. Según la mitología griega, cuando el dios primordial Urano se cansase de tener hijos con Gea, la gran diosa Madre Tierra, mantendría sin salir del útero de Gea a sus hijos...  Hasta que Gea acabase ya vengándose de Urano. Para ello pediría entonces a alguno de sus hijos que castrase al terrible dios para siempre. Sólo uno de ellos, Crono, se atrevería a hacerlo. Con una hoz lo conseguiría decidido sobre los cielos de Grecia. Así, los genitales del dios Urano se hundieron entonces fecundos sobre el mar mediterráneo. Desde donde luego, algo después, en una rizada ola marina perfecta, aparecería Afrodita naciente, tan bella, radiante y blanca como la misma espuma del mar...

(Nacimiento de Venus, Renacimiento, del pintor Sandro Botticelli, 1486; Friné ante el Aerópago, Neoclasicismo, del pintor Jean-Léon Gérôme, 1861; Fresco pompeyano de Venus surgiendo del mar, año 67 d.C.; Óleo del pintor Tiépolo, Rococó, Alejandro y Campaspe en el estudio de Apeles, 1726; Cuadro del pintor inglés John William Godward, Neoclasicismo, Campaspe, 1896; Óleo de Tiziano, Renacimiento, Venus Anadiómena, 1525; Cuadro del pintor holandés Cornelis de Vos, Barroco, El Nacimiento de Venus, 1636; Óleo del pintor Theodore Chassériau, Romanticismo, Venus marina, 1838;  Magnífica obra del pintor francés Ingres, Romanticismo, Venus Anadiómena, 1848; Cuadro del pintor Eugene Amaury-Duval, Neoclasicismo, El Nacimiento de Venus, 1862; Obra del pintor Arnold Böcklin, Simbolismo, Venus Anadiómena, 1872; Óleo del pintor Jean León Gerome, Simbolismo, Venus, 1890; Cuadro del pintor Odilon Redon, Abstracción, Nacimiento de Venus, 1912;  Obra del genial Dalí, Surrealismo, Venus y el marinero, 1926; Cuadro del pintor actual Andrés Nagel, Figuración, Venus,  1988.)

27 de octubre de 2010

El orientalismo y su fascinación, o el espejo de Occidente en el Arte.



Aunque el mundo oriental fascinaría siempre a la Europa cristiana desde los inicios del imperio Bizantino, no fue sino hasta la expedición de Napoleón Bonaparte a Egipto en el año 1799 cuando se descubriese, verdaderamente, el maravilloso, exótico y atrayente ámbito cultural de los países de Oriente. Turquía y Egipto fueron por entonces dos de los países que más representarían el conocimiento occidental de aquel exotismo de oriente. Sirvió aquella experiencia napoleónica no sólo para descubrir una cultura diferente y atractiva, sino para materializar todo aquello que en Europa no era posible aún vivir..., ni sentir, ni escribir, ni pintar de los sentidos más atrevidos de lo humano. La representación pictórica del harén, por ejemplo, justificaría la posibilidad por entonces de liberar la imaginación erótica con escenas imposibles de vivir o representar en Occidente. Escritores y pintores fueron los principales impulsores del descubrimiento de esos países.

Especialmente lo fue -antes de la expedición napoleónica incluso- una escritora británica, Mary Montagu (1689-1762), una culta mujer casada con el embajador inglés en la Sublime Puerta -la corte del sultán en Estambul- que, con sus literarias Cartas de la Embajada Turca (1717), contribuiría a ofrecer un conocimiento de lo exótico musulmán que, tiempo después, viajeros ingleses desarrollarían en sus relatos sobre el fascinante mundo oriental de los harenes. Muchos pintores del siglo XIX y XX tuvieron también su inspiración en el llamado orientalismo, y crearon así grandes y magníficas obras de Arte que serían plasmadas en las tendencias artísticas de entonces, como el Romanticismo, el Realismo, el Neoclasicismo o el Impresionismo. En esta entrada he seleccionado obras menos conocidas y de autores menos famosos, aunque todos ellos con una excelente, valorable y muy representativa  forma de expresar ese oriental mundo misterioso..., tan opuesto, lejano, atractivo y exótico.

(Obra de Frank Dicksee, Leila, 1892; Obra de Lèon Cauvy, Abundancia, 1920; Cuadro Lady Mary Montagu y su hijo, del pintor Jean Baptiste Vanmour, 1717; Cuadro de Mario Simon, Odalisca, 1919; Óleo de Val Prinsep, El cuento del Papagayo; Cuadro de Antoine de Favray, Mujeres Turcas, 1751; Pintura de Jean Jules de Antoine Lecomte, Esclava Blanca, 1888; Óleo Bonaparte en el Cairo, del pintor francés Henri Levy; Cuadro Cleopatra, de Mosé Bianchi; Óleo de Paul Louis Bouchard, Después del Baño, 1889.)

24 de octubre de 2010

Un río indómito, una ciudad malograda, un puente inspirado y el Arte.



Desde que Julio César (100 a.C - 44 a.C) fundara, en el año 60 a.C., la colonia romana Julia Romula Híspalis sobre la orilla izquierda del río Betis, nunca se decidiría construir puente alguno entre esa misma orilla y su opuesta sevillana. Ese gran río español, el Guadalquivir, que cruza la actual ciudad de Sevilla es, en su curso más bajo -apenas cien kilómetros desde su desembocadura hasta la ciudad-, prácticamente un brazo del mar que se adentra en tierra ofreciendo así una segura ubicación para los barcos como puerto interior. Su orografía cubierta de marismas y el impulso del océano lo han hecho propenso a crecer y decrecer con sus mareas de rivera... Y es por lo que, además de disponer de un subsuelo arenoso y fangoso, las crecidas del Guadalquivir harían desde la antigüedad demasiado poco seguro fijar unos cimientos firmes que resistieran la bravura de sus aguas. Así que se mantuvo sin enlace una orilla con la otra hasta casi el año 1171, cuando los musulmanes almohades utilizaran entonces barcas como pontones, algo que, a manera de anclas fijadas al fondo del río y unidas con garfios de hierro, permitirían cruzarlo como un muy útil puente virtual.

En cada orilla se construyeron dos malecones, dos grandes estructuras de material que sujetarían cada extremo del conjunto de barcazas paralelas. De ese modo cumplió su cometido durante muchos años, siglos también, pero los continuos arreglos a que obligaba el deterioro y amarre inadecuado de algunas barcas, hicieron muy costoso e ineficaz -se cortaba el paso hasta un mes para repararlo- el mantenimiento de ese sistema de paso, aunque, sin embargo, muy practicable sustituto de un puente permanente. Durante el grandioso y próspero siglo XVI se pensaría incluso levantar un puente sobre ese mismo lugar, parte donde las barcazas del antiguo entramado musulmán se situaban. En el año 1563 se elaboraría un proyecto de construir un puente de hierro y madera, ya que se desestimarían entonces los ladrillos, la piedra o cualquier otro material de ese tipo, por las orillas fangosas y traicioneras del Guadalquivir. Pero la realidad fue que, al iniciar el siguiente siglo XVII, la ciudad de Sevilla comenzó un declive que acabaría con todo su magnífico esplendor de antaño. Ya no se dispusieron de recursos para nada, y menos para un puente.

 Entre los años 1648 y 1652 la ciudad padecería además una epidemia de Peste y de hambruna no conocida antes en la población, algo que acabarían por malograr aún más una economía muy deteriorada y maltrecha. Ni el comercio americano, ni los tesoros que ello pudieran haber supuesto, consiguió hacer resurgir aquel antiguo enclave romano hispalense, tan cercano al mar como al interior, y que habría llegado a ser un punto muy estratégico en el descubrimiento, colonización y comercio del nuevo continente americano. Hasta que no llegó el romántico año 1845 no se aprobaría ningún proyecto definitivo que emprendiera la construcción de un puente permanente, ese que acabase de unir para siempre las dos orillas hispalenses del río Guadalquivir. Para llevarlo a cabo se encargaría la urgente tarea a unos ingenieros franceses, técnicos que ya habían construido puentes en otros lugares de Andalucía. Los materiales utilizados fueron la piedra y el hierro, y se basaron en un diseño con aros metálicos reforzados de un puente existente en París desde el año 1834, el Puente del Carrusel, un puente metálico que sería derruido, sin embargo, en el año 1931 y sustituido luego por otro de hormigón. El gran pintor Vincent van Gogh compondría en el año 1886 su óleo parisino El puente del Carrusel y el Louvre, donde se aprecian ahora aquellos círculos metálicos tan característicos de su estructura metálica. Unos aros metálicos en un puente sobre un río que, hasta ahora, sólo se han mantenido -en todo el mundo- visibles únicamente en el viejo, huérfano, desvencijado, pero romántico puente de Triana.

(Imagen del óleo de Van Gogh, El puente del Carrusel y el Louvre, 1886; Fotografía de Gustave Le Gray del puente del Carrusel sobre el río Sena, París, 1859; Fotografía del puente de barcas, Sevilla, 1851; Grabado del siglo XVI de la ciudad de Sevilla y el río Guadalquivir y su puente de barcazas; Fotografía de la inauguración del puente de Isabel II, 1852.)

23 de octubre de 2010

El amor, esa rara emoción, o como una adoración o como un martirio...




Nunca una epidemia de Peste negra fue tan inspiradora y oportuna como la habida en Florencia durante el año 1348. El escritor italiano Giovanni Boccaccio (1313-1375) sería testigo de ella. Imaginó entonces que unos jóvenes, siete mujeres y tres hombres, se refugiaban lejos de la peste en un bosque profundo para evitar los maléficos efectos de la enfermedad. Y decidió el escritor medieval que cada uno de ellos contara un cuento cada noche, uno cada uno de ellos durante las diez noches (decameron) que estuvieron retirados. Así surgió de la pluma de Boccaccio una de las obras maestras de la Literatura Universal. En uno de los capítulos del Decamerón se relata el encuentro entre Ifigenia (personaje a su vez de la mitología griega pero transportado aquí como una bella doncella medieval) y Cimón (Cimone), el hijo de un noble personaje de la isla de Chipre. La historia describe a Cimón como un joven de gran belleza, alto y bien parecido, pero absolutamente estúpido sin solución. Ni su padre ni sus maestros habían conseguido que Cimón se educase para nada, siendo hasta su voz aberrante y sus maneras groseras.

De modo que el padre lo enviaría entonces al campo para que, al menos, labrase la tierra. En una ocasión, de regreso a su casa al finalizar el día, vio Cimón a una hermosa joven durmiendo cubierta solo por un vestido tan sutil, que casi nada de sus cándidas carnes escondería a los ojos... Fue tan grande la admiración del joven por esa imagen femenina, que pensó que aquello que veía era lo más maravilloso y hermoso que había visto jamás nadie. La joven dormida era Ifigenia y él ahora, impresionado y enamorado desde entonces, cambiaría ya del todo su carácter mejorando su apostura, sus maneras y sus formas para convertirse en un refinado espíritu galante, en un cauteloso, elegante, decidido y muy educado caballero. Águeda de Catania fue una hermosa joven siciliana que vivió en el siglo III de nuestra era. Su enorme belleza llegaría hasta los oídos de un senador romano, Quintianus, el cual quiso seducirla entonces sin saber que ella, cristiana, había ya elegido a Jesucristo como al único amor de su vida. Según cuenta el martirologio legendario, el ofendido senador romano, en un despecho malvado y rencoroso, decidiría recluirla en uno de los peores prostíbulos de Roma. Conservaría entonces Águeda, sin embargo, de un modo milagroso toda su virginidad... Albergando todavía un resentimiento no contenido, Quintianus decide ahora, cruelmente, que la torturen a ella cortándole sus dos senos incluso. De esta forma tan dramática aparece Águeda en el magnífico óleo del pintor Giovanni Battista Tiépolo (1696-1770), donde se observa, luego de la terrible tortura criminal, cómo auxilian a la santa cubriéndole las heridas sangrantes del pecho.

Dos consecuencias amorosas vitales opuestas en estas dos leyendas antiguas donde el sentimiento amoroso, algo inespecífico, casi neutro y equidistante, conseguirá a veces llevar a los seres humanos a dos de sus extremos tan distantes. Porque es entonces ese sentimiento cuando se polarice en exceso, visceralmente, como acabará en un caso convirtiéndose en una salvación o, en el otro, en una maldición. ¿Qué rara cosa es esa que puede llegar a transformar al ser humano mejorando su espíritu o, por el contrario, destruyendo incluso a otro espíritu y al mismo cuerpo que lo albergue? Estos dos creadores del Arte reflejarán muy emotivamente en ambos casos -tanto en la salvación como en la maldición- la misma mirada perdida, bella y sugerente de una escena altamente emocional, inspiradora y poderosa. Porque el Arte aquí, como en otros muchos casos, nos servirá, nos ayudará y nos lo recordará siempre...

(Cuadro del pintor británico, prerrafaelista, Frederic Leighton (1830-1896), Cimón e Ifigenia, 1884, Galería de Arte de Sidney; Óleo de Giovanni Tiépolo, Martirio de Santa Águeda, 1750, Berlín; Grabado con la imagen del pintor Tiépolo; Fotografía del pintor Frederic Leighton; Cuadro del pintor inglés Waterhouse, El Decamerón, 1916, Liverpool.)

19 de octubre de 2010

Dos sex-symbols, la niña que triunfó y la mujer que no lo hizo.



En la película biográfica Nixon, realizada por el director norteamericano Oliver Stone en el año 1995, el personaje protagonista -interpretado por el genial Anthony Hopkins- recorre ahora los pasillos de la Casa Blanca mientras reflexiona, alicaído, sobre los díficiles momentos que le toca vivir. De pronto mira un retrato colgado en la pared de su antecesor Kennedy, y le dice convencido: cuando el pueblo americano te mira ve lo que quisiera ser, cuando me mira a mí, ve lo que es.  La diferencia -en el Arte es motivo fundamental de distinción de una obra maestra- entre genialidad y mediocridad es mínima. Incluso como las diferencias entre los genomas de lo humano y de lo simio, pero este escaso y pequeño matiz hará que todo sea absolutamente diferente...

La bailarina norteamericana Marie van Schaack (1918-1999), más conocida como Lili St.Cyr, comprendería pronto que como artista de espectáculos de streeptease ganaba mucho más que como corista en películas de bajo presupuesto. Aun así, consiguió gracias a su físico extraordinario -muy bella, rubia y altísima- obtener papeles en algunas películas de Hollywood de escaso perfil durante los años cincuenta. Una de ellas fue El hijo de Simbad, una producción del inefable Howard Hughes del año 1955. Otra importante participación suya fue en Los desnudos y los muertos, del año 1958 -basada en la novela del escritor americano Norman Mailer-, donde Lili St.Cyr interpreta a una bailarina de un club nocturno. No consiguió triunfar en el cine y su vida artística fue terminando poco a poco, hasta acabar entonces dedicada a negocios de ropa íntima y sugestiva femenina. Todo un alarde, sin embargo, de inteligencia práctica y adaptativa. Terminaría sus días en Los Ángeles a la edad de ochenta y un años, desconocida, con sus gatos y feliz.

Para Marilyn Monroe (1926-1962) Lili St.Cyr fue un modelo a seguir. Según cuentan sus biógrafos, la bailarina picante representaría para Marilyn un ejemplo en la manera de vestir, de hablar, de comportarse y de moverse para llegar a convertirse en una diosa sexual. Norma Jeane Baker, su verdadero nombre, fue una chica tímida, insegura, de pelo castaño, voz aflautada y estridente, la cual nunca pudo -por fortuna para el cine- evitar una personalidad frágil y sensible, casi infantil, dentro de la imagen de una mujer exuberante, poderosa y sensual. Eso que la diferenciaba de Lili St.Cyr fue lo que el cine obtuvo, a cambio, de ella.  La sensibilidad y vulnerabilidad de sus personajes -y de ella misma- la llevaría a triunfar, pero, al mismo tiempo, la llevaría a su  cruel y fatal destino personal. Fallecería a los treinta y seis años en su casa de Brentwood, California, sola, infeliz y deprimida. Pero de ese modo, sin embargo, pasaría, casi desamparada, a llegar a convertirse en todo un extraordinario mito del cine universal.

(Fotografía de Lili St. Cyr en una actuación atrevida con un loro, 1949; Fotografía de St. Cyr en su estudio, 1955; Fotografías de Lili St. Cyr como bailarina de streeptease, 1950; Fotografía de Marilyn Monroe, 1957; Fotografía de Marilyn en el Actor's Studio, 1950; Fotografía de la joven Norma Jeane Baker, 1947; Fotografía de Marilyn Monroe; Fotograma de una película de George Cukor en 1962; Fotografía de Marilyn en el jardín de su casa, 1961.)

Vídeo de Lili St.Cyr; Vídeo de El Hijo de Simbad, bailando St. Cyr; Vídeo de Marilyn Monroe.

16 de octubre de 2010

La justicia, el deseo, la insatisfacción, las virtudes y el Arte.



Uno de los mayores generales que un imperio haya tenido jamás en toda la historia lo fue el romano Flavio Belisario (505-565). Cuando el emperador romano de Oriente (Bizancio) Justiniano I (483-565) quiso recuperar todo el antiguo esplendor de aquel otro Imperio Romano de sus abuelos, tuvo en su fiel servidor Belisario el instrumento perfecto para conseguirlo. Reconquistó toda Italia, parte de Hispania y casi todo el norte de África a los pueblos bárbaros, esos mismos pueblos que, sólo un siglo antes, habían arrasado toda la Roma Occidental. Fue tal su éxito militar que el emperador bizantino sentiría unos celos irrefrenables y lo relevaría -injustamente- como comandante general del Imperio Bizantino. Aun así, tiempo después, unos pueblos bárbaros eslavos del norte volvieron a amenazar la frontera de Bizancio y Justiniano volvería a llamar a Belisario. Éste lograría vencerlos y hacer que se retiraran más allá de la frontera imperial. Sin embargo, una leyenda contaría luego la suerte cruel e injusta de Belisario frente a una sentencia imperial, una decisión por la cual el general invicto fue condenado a que le extrajesen los ojos y pasar el resto de su vida mendigando. Así hasta que, finalmente, fuese Belisario perdonado nuevamente.

Los antiguos griegos fueron los primeros en compilar las virtudes cardinales más esenciales: la prudencia, la templanza, la fortaleza y la justicia. Según cuenta el filósofo Platón, la prudencia se obtiene de la razón; la fortaleza de la emoción; la templanza proviene de la anulación de los deseos; y la justicia es el equilibrio de todas las demás, la que las mantiene y preserva. Afirmaba el filósofo griego que sólo cuando se llega a comprender la justicia se logran obtener las otras tres. Porque sucede que cuando los seres humanos queremos algo con mucha fuerza, irracionalmente con mucha fuerza, esas virtudes se contraponen ahora a esos deseos. Y entonces lucharemos contra todo lo que sea, incluso contra esas virtudes, hasta poder alcanzarlos. Porque esos deseos y su satisfacción posterior se complementan en un estado mental placentero que irá transformándose luego, sin embargo, desde la plenitud más conseguida hasta la completa inapetencia posterior. Y vuelta a empezar otro ciclo... Al parecer, el mecanismo cerebral de la satisfacción es progresivo, es decir, se requerirá más y más satisfacción cada vez. El cerebro tratará siempre de atajar los caminos placenteros constantemente para así conseguir ahorrar energía (el último objetivo biológico de la vida...). Por lo tanto, siempre tenderá el ser humano a buscar mejores y más rápidas formas de volver a estar satisfecho, de regresar a ese estado placentero de antes.

La satisfacción plena llevará luego a hacer desaparecer el estímulo para volver a moverse, a actuar, a pensar. Pero, paradójicamente, después aumentará la inquietud por conservar el mayor tiempo posible aquel estado placentero de antes. Cuando el cerebro racional comprende ahora esta grave situación, volverá a motivarse para actuar. A veces esta parte racional, cuando los ciclos se han repetido muchas veces y no se ha conseguido gran cosa, puede llegar a la abulia, a la inacción, pues el sujeto puede pensar que el esfuerzo invertido no merece la pena, sobre todo si se han fracasado muchas veces o existe alguien, o algo, que actúe ahora por nosotros. También el cerebro en esos casos se protegería además con la obtención de un beneficio ajeno a nosotros, es decir, de algo que está fuera de nosotros mismos, y a esto se le ha dado en llamar amor.

El gran escéptico filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) concluiría una vez que: toda vida es esencialmente sufrimiento, un continuo deseo insatisfecho. Y cuando el ser humano, tras múltiples esfuerzos, consigue escapar o mitigarlo terminará por caer en el aburrimiento. De ahí que toda vida humana sea un constante pendular entre el dolor y el tedio. Y este ir y venir sólo la inteligencia puede anularlo a través de fases que conducen a la negación del deseo o la voluntad. El filósofo alemán sólo planteaba entonces tres opciones (de menos a más compromiso y esfuerzo) para afrontar ese terrible dilema existencial: la contemplación del Arte, la estética; la práctica de la compasión, la ética; y la negación del yo, la ascética.

(Fotografía de estudio representando la Justicia y su difícil equilibrio; Cuadro del pintor italiano Ángelo Bronzino (1503-1572), Alegoría del triunfo de Venus y Cupido, National Gallery, Londres, óleo que representa el amor prohibido -Venus es la madre de Cupido-, y las imágenes de la locura -niño a la derecha-, el tiempo que todo lo descubre -viejo a la derecha-, la mentira o el fraude -joven rostro con cuerpo de serpiente-, el olvido -rostro a la izquierda que trata de cubrir la escena-, los celos -hombre airoso tirándose de los cabellos-; Cuadro del genial pintor francés neoclásico Jacques Louis David, Belisario, 1781, Lille, Francia; Cuadro magnífico de Francesco de Rossi (1510-1563), La Caridad, 1548, Galería de los Uffizi, Florencia, ejemplo de Belleza, Virtud y Arte; Retrato del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, del pintor alemán Ludwig Sigismund, 1815.)