16 de junio de 2010

La batalla que no verán más los siglos, un marqués invicto y unos fanales vencidos.



La más grande y alta ocasión que vieron los pasados siglos y no esperan ver los venideros..., así escribiría el escritor español Miguel de Cervantes la grandiosa Batalla de Lepanto, una gesta heroica en la que él mismo participara. En Grecia, entre el golfo de Patrás y el de Corinto, se encuentra la ciudad de Naupacto, una ciudad griega que, italianizado entonces su nombre, se transformaría luego en la historia con el sugestivo nombre de Lepanto. El día 7 de octubre del año 1571 se llevaría a cabo el encuentro marítimo más feroz conocido hasta entonces: el enfrentamiento entre la muy poderosa flota turca del gran califa de Estambul y la más grande escuadra de la Santa Alianza que organizaran España, Venecia y el Papado, también conocida como Liga santa. El gran estratega español Don Juan de Austria (1545-1578) dirigió todas las operaciones de la Alianza occidental, pero, sin embargo, hubo un almirante español que participaría, destacadamente, ahora en la escuadra de reserva, Don Alvaro de Bazán y Guzmán (1526-1588), también conocido como marqués de Santa Cruz. Procedía el marqués de una familia de marinos y grandes hombres al servicio de la corona española. Fue uno de los que aconsejaría, durante el conflicto en Lepanto, permanecer en el golfo de Corinto cuando otros capitanes españoles decidieron entonces abandonar por desavenencias con los venecianos.

Al final de la batalla se consiguió la victoria, después de muchos y muy fuertes combates navales. Cuando el marqués de Santa Cruz regresó a España de Lepanto, consiguió recuperar y llevarse a Madrid dos fanales (grandes faroles) de uno de los grandiosos galeones turcos hundidos en Corinto. Once años después de aquel conflicto, en el año 1582, dirigió el marqués ahora una gran operación anfibia para entonces: la toma de la isla Terceira en las islas Azores. Allí demostraría el marqués sus cualidades de gran estratega en desembarcos, algo muy complejo de realizar en aquellos años. Con sus decisiones acertadas, consiguió vencer a corsarios franceses y a mercenarios que apoyaban a los rebeldes portugueses de don Antonio, el Prior de Crato. Este personaje luso, heredero bastardo de la antigua corona portuguesa, reclamaba así su derecho ahora al trono portugués, una corona real, sin embargo, en poder del rey Felipe II de España desde el año 1580. El marqués de Santa Cruz fue un caballero renacentista muy cultivado, alguien que demostraría su pericia militar en todos y cada uno de los actos bélicos en los que participase.

Cuenta la historia que cuando el rey español Felipe II se decidiera a crear la gran Armada Invencible para conquistar Inglaterra en el año 1588, ordenaría entonces que fuese el marqués de Santa Cruz el almirante que dirigiese toda aquella gran flota marítima. Pero, justo antes de que la Gran Armada española desplegase sus velas hacia el canal de la Mancha, el marqués de Santa Cruz fallecería fatídicamente. Con el mando de la Armada Invencible ahora en un nuevo e inexperto marino y estratega, el sustituto entonces del marqués, el duque de Medina-Sidonia, casi toda la extraordinaria Armada española acabaría vencida, desaparecida, maltrecha y hundida para siempre.

Oda que el gran poeta español Lope de Vega dedicase al gran marqués de Santa Cruz:

El fiero turco en Lepanto,
y en la Tercera el francés,
y en todo el mar el inglés,
tuvieron de verme espanto.
Rey servido y patria honrada
dirán mejor quién he sido
por la cruz de mi apellido
y con la cruz de mi espada.

(Imagen del cuadro del pintor italiano Giorgio Vasari (1511-1574), Batalla Naval de Lepanto, Sala Regia, El Vaticano; Retrato del Marqués de Santa Cruz, 1584, del pintor español Felipe de Liaño (1558 ?-1625), Museo Naval de Madrid; Palacio del Marqués de Santa Cruz en la localidad del Viso del Marqués, Ciudad Real; Grabado de la Nave Capitana Galeón San Martín, navío al frente de la flota que tomó las Azores; Ilustración de un Galeón Turco, donde se aprecian sus fanales; Escalinata en el Palacio del Marqués de Santa Cruz, Madrid, donde se encuentran aquellos fanales (faroles) que el marqués recuperase del hundimiento de un galeón enemigo en Lepanto; Imagen fotográfica actual del Golfo de Corinto, donde se celebró la famosa Batalla de Lepanto, Grecia.)

15 de junio de 2010

El Raid Nueva York-París de 1908, sus automóviles, sus vencedores y un ilustrador americano.



El día 12 de febrero del año 1908 salieron de Times Square, pleno centro de Nueva York, seis automóviles de entonces para dar por primera vez la vuelta al mundo. Francia y su periódico Le Matin patrocinarían el Raid automovilístico, pero los norteamericanos tomarían pronto el protagonismo comunicativo y técnico, consiguiendo incluso ganar la carrera, a pesar de haber llegado a París cuatro días después de haberlo hecho el equipo alemán. Los países que participaron fueron cuatro, Estados Unidos, Francia, Alemania e Italia. De ellos, sólo llegaron a París tres de los equipos, los alemanes, los americanos y el italiano; los franceses, que llevaban tres automóviles, abandonarían dos vehículos en los EEUU y el tercero en Japón. Recorrieron aproximadamente unos 23.000 kilómetros atravesando los EEUU de costa a costa, luego el océano Pacífico en barco hasta a Japón, vuelta al mar para llegar a la ciudad rusa de Vladivostok, y de aquí toda Asia, incluida Siberia entera, hasta alcanzar Moscú para, por fin, conseguir la triunfal llegada a la meta en París.

El día 30 de julio de 1908, casi seis meses después de partir, acabarían llegando los norteamericanos a la capital de Francia. Ganaron ellos porque el equipo alemán, que sin embargo llegó cuatro días antes, fue penalizado por haber recorrido parte del viaje en tren. El vehículo italiano consiguió, finalmente, llegar en septiembre en un honroso tercer lugar. Fue aquella toda una hazaña que marcaría el desarrollo del automovilismo. La aventura vivida por esos hombres sería incluso plasmada luego en un libro que escribiría el propio piloto del equipo italiano -que a la vez era periodista- Antonio Scarfoglio. Él mismo llegaría a decir años después: Se podrá ir a la Luna, se podrá utilizar toda la tecnología avanzada y poderosa, ¡pero yo llegué a dar la vuelta al mundo al volante de un automóvil en 1908!

(Imágenes de dos obras del pintor norteamericano Peter Helck (1893-1988), Champion Johnny Walker y Speed Demons de 1904, con el recurso pictórico curioso de un cuadro dentro de otro; Fotografías del Raid Nueva York-París de 1908: Salida en Nueva York, primer plano del automóvil Thomas Flyer, del equipo estadounidense; Fotografía del automóvil del equipo alemán Protos; Fotografía del vehículo italiano Zust; Fotografía del automóvil francés De Dion en una calle de Utica, cerca de Nueva York; Fotografía del vehículo norteamericano cruzando una vía férrea; Fotografía de la carrera a su paso por el estado norteamericano de Nebraska; Imagen fotográfica del vencedor y piloto norteamericano George Schuster (1873-1972); Fotografía del equipo alemán, donde el militar prusiano Hans Koeppen (1876-1948) se aprecia sentado en la derecha; Imagen del periodista y piloto italiano Antonio Scarfoglio (1886-1969); Fotografía del automóvil vencedor, el modelo americano Thomas Flyer; Fotografía del pintor e ilustrador norteamericano Peter Helck.)

12 de junio de 2010

El ojo humano, el más real de los megapíxeles que existen.




El cerebro humano consigue representar la realidad con una creatividad artística sólo igualable en la actualidad a la cámara fotográfica más sofisticada. El Hiperrealismo como tendencia realista en la pintura comenzaría en los Estados Unidos hace más de cuarenta años. El valor de estas imágenes está ahora en la capacidad del pintor de conseguir plasmar una realidad fidedigna sólo a través de su pintura. Es decir, de transmitir así, sólo con su Arte, la misma emoción que un enfoque fotográfico digitalizado pueda llegar a conseguir con un objeto representable. Las dos primeras obras son del pintor británico Rob Heferran (Manchester, 1968), donde ahora la primera de ellas expresará, tal vez, más esperanza que la segunda, en la que la desesperanza, probablemente, sea la emoción más apreciada ahí. La siguiente obra es del francés Gilles Paul Esnault (1949), Taxis de París, que simboliza con su obra ahí la ciudad ahora como frontera...

Se continúa aquí, en la entrada, con la obra ahora del pintor chileno Guillermo Muñoz Vera (1956), Karem en el Mogambo, donde la soledad y la tristeza son dos de las emociones que poseen ahí la fuerza más dominante del conjunto, unidas también a un cierto erotismo salvaje y desgarrador. Por último, una obra del norteamericano Jon Kassan (1977), En el metro, donde la obra pictórica simboliza ahora, quizás, una cierta disconformidad rebelde con todo lo existente en una ciudad. Cuatro imágenes de mujer que se enfrentarán aquí, en sus iconografías hiperrealistas, dos a dos. Por ejemplo, el conjunto de las dos primeras, imágenes más convencionales y céntricas, contrastarán aquí con el conjunto de las dos últimas, más extravagantes y periféricas. Y, entre ambos conjuntos de imágenes, la ciudad ahora..., como frontera, como enlace y como medio de todo.

11 de junio de 2010

Un pintor divino, un astrólogo y un horóscopo sacrílego.



El pintor manierista español Luis de Morales (1510-1586), conocido por el divino gracias a su prolífica y casi única temática religiosa, ha sido uno de los mejores y más excelentes pintores manieristas hispanos de la segunda mitad del siglo XVI, sólo por debajo del insigne pintor El Greco. Como suele suceder con algunos artistas, no es muy conocido por el público general por esa suerte de fama que, a veces, no rodearán a ciertos grandes pintores de la historia. Fue, sin embargo, un gran representante del Manierismo en España y en el mundo. A pesar del carácter místico y sagrado de toda su obra, llegaría a pintar Luis de Morales un cuadro con un extraño simbolismo muy poco ortodoxo para una época tan sacralizada. La pintura, titulada Sagrada Familia (1568) -actualmente en la Hispanic Society de Nueva York-, incluye, en su parte superior derecha, una imagen esquemática del horóscopo de Jesucristo.

Esa sagrada representación astral fue una adaptación del horóscopo que realizara el matemático y astrólogo italiano Gerolamo Cardano (1501-1576) del nacimiento de Jesús. Este astrólogo describe la carta astral de Jesús en su obra Comentario a Claudio Ptolomeo (1554, Basilea). Por ese hecho Cardano sería procesado por la Inquisición y pasaría algún tiempo en prisión. Poco después abjuraría, y sólo se le prohibiría publicar nada parecido, dedicándose por entonces a la medicina en Roma, donde incluso llegaría a conseguir los favores del Papa. El pintor Luis de Morales, admirado por el rey Felipe II, se permitió la libertad de dibujar el Horóscopo de Cardano en su cuadro Sagrada Familia, insinuando así la naturaleza humana de Cristo, alguien que, como todos los demás mortales, estaría también bajo la influencia de los astros. Ciertamente, desafiante en una época donde se debatían por entonces dos formas de renovar la Iglesia y su doctrina. Donde el erasmismo además (la filosofía humanista y muy atrevida de Erasmo de Rotterdam, 1466-1536) contribuiría, no poco, a influir en algunos artistas y creadores de ese fascinante siglo.

(Imagen del cuadro Sagrada Familia, del pintor Luis de Morales, Hispanic Society; Fragmento del mismo cuadro con la imagen del Horóscopo de Cristo; Cuadros -varios producidos por él- de Luis de Morales: La Virgen y el Niño, el mismo tema representado en diferentes obras, National Gallery, Londres; Prado, Madrid; y Museo de Arte Antiga, Lisboa; Imagen de un grabado del astrólogo Gerolamo Cardano)

10 de junio de 2010

Una carga de caballería histórica, unos héroes, un desastre... y un olvido.



Cuando en el año 1921 un ejército expedicionario español se adentrase, peligrosamente, en una posición enemiga difícil y arriesgada en el norte del Rif (Marruecos), unos diez mil militares españoles acabarían dando sus vidas en lo que se dio en llamar por entonces Desastre de Annual. Como consecuencia de este hecho lamentable toda una nación se vio arrollada luego a otro desastre histórico..., uno que empezaría allí mismo, en Annual, pero que concluiría en la cruenta guerra civil que se iniciaría sólo quince años después de aquel terrible suceso. Así de importante fueron aquellos hechos y las consecuencias políticas, militares y sociales de aquella terrible derrota sin precedentes en la historia de España. Al mando de ese ejército expedicionario español se encontraba el general de división Manuel Fernández Silvestre (1871-1921), cuya valentía y arrojo fueron superiores a su prudencia y cálculo. Como consecuencia de su decisión no pudo entonces más que dar la fatídica e inevitable orden de retirada. Por esa decisiva orden se llevaría a cabo, en una de las posiciones llamada Monte Arruit, una de las cargas de caballería más valerosas y heroicas que la historia de un regimiento militar haya tenido jamás.

El Regimiento de Caballería Cazadores de Alcántara número 14, al mando del teniente coronel Fernando Primo de Rivera (1879-1921), fue requerido desesperadamente por el general Felipe Navarro (1862-1936), segundo al mando de ese ejército expedicionario -ahora en retirada-, para realizar aquel fatídico día 23 de julio del año 1921 hasta ocho cargas de caballería en una de las posiciones más arriesgadas y heroicas de un regimiento militar. De un total de 691 hombres del Regimiento español sólo quedaron vivos 150 militares. De ellos fueron heridos o hechos prisioneros 83 y tan sólo 67 pudieron conseguir alcanzar la posición final. El jefe de este Regimiento de Caballería saldría ileso de todas las cargas, pero fallecería días más tarde a consecuencia de una bala de cañón enemigo. Por su heroísmo ante el enemigo fue condecorado póstumamente por el propio rey Alfonso XIII, encumbrado así a la más alta memoria del Regimiento, una unidad militar que, a su vez, obtuvo colectivamente la Cruz Laureada de San Fernando, la más alta condecoración española en tiempos de guerra.

El Comandante General de ese ejército expedicionario, el general de división Fernández Silvestre, también moriría en la posición desastrosa de Annual, pero cargaría, sin embargo, con la ignominiosa responsabilidad histórica maldita. El segundo jefe al mando de ese ejército español, el general Navarro, y el teniente coronel Pérez Ortiz fueron hechos prisioneros junto a otros oficiales por los enemigos rifeños durante casi dos años en unas condiciones deplorables. Serían liberados finalmente, gracias a un rescate económico que abonaría el gobierno de España a los enemigos bereberes. No les consideraron héroes por entonces, y hasta el propio general Navarro llegaría a pasar un Consejo de Guerra, aunque más tarde sería absuelto de toda responsabilidad. Pero como en todos los desastres malditos algunas figuras relevantes desaparecerán sin brillo, otras serán denostadas y las menos de ellas alcanzarán la gloria. Una gloria sin embargo que, para todos esos hombres heroicos, su propio país no supo valorar ni honrar entonces como otros países sí hicieran con los suyos. Sea este ahora un pequeño y merecido homenaje a todos aquellos héroes sacrificados.

(Imagen del cuadro Carga del Regimiento Alcántara, del pintor actual Augusto Ferrer-Dalmau (Barcelona, 1964); Fotografía de la oficialidad del Regimiento Alcántara nº 14, el cuarto por la izquierda es el teniente coronel Fernando Primo de Rivera, Marruecos, 1921; Fotografía del General Fernández Silvestre en primer plano, detrás de él, el general Navarro, Marruecos, 1921; Fotografía de los prisioneros rescatados, el segundo por la izquierda el general Navarro, el primero por la derecha el teniente coronel Pérez Ortiz, Marruecos, 1922; Fotografía de prensa de la época, cadáveres en Monte Arruit, 1921; Fotografía actual donde se aprecia parte de lo que hoy es Monte Arruit, Marruecos, Galería Alfaraz.)

Entonces el general la resuelve de plano diciendo en uno de sus altaneros arranques: «Yo asumo la responsabilidad de la operación y la de ordenar la evacuación de esas posiciones. De ello voy a dar cuenta al gobierno, y de todo respondo yo con mi persona y empleo, y acuérdense de esto el día de mañana.» Ante esta orden del mando, nada nos queda que añadir. Ya presiento el malísimo efecto que ella ha de causar a mis compañeros y subordinados, cuando nos advierte que debemos quedar juramentados para que nadie se entere de la retirada a Bentieb.

(Fragmento de la obra literaria escrita por el teniente coronel Pérez Ortiz, 18 meses de cautiverio, de Annual a Monte Arruit, crónica de un testigo.)

9 de junio de 2010

Una historia y una batalla, un impostor, un poeta, un rey y un destino frustrado.



En la plaza mayor de Madrigal de las Altas Torres, provincia de Ávila, fue ajusticiado el 1 de agosto del año 1595 en la horca Gabriel de Espinosa, vecino de esa población y de profesión pastelero de carnes. El motivo de la sentencia a muerte fue una conspiración contra la Corona española, por entonces en poder de Felipe II. El caso fue que Espinosa, junto a oportunistas personajes portugueses de cierta alcurnia, pretendió suplantar la identidad del desaparecido soberano de Portugal, el rey Sebastián I (1554-1578), que su vez era sobrino carnal del rey español. Todo empezaría en el año 1578, cuando el monarca portugués Sebastián I decidiese conquistar el noroeste africano, entonces en manos del sultán proturco Abd el Malik. Le consultaría dos años antes la empresa conquistadora a su tío, el rey español Felipe II, y este monarca prudente le enviaría al capitán español Francisco de Aldana (1540-1578) para que, en servicio de espionaje -disfrazado de marroquí-, fuese a investigar a la corte del sultán en Marrakech sobre los inconvenientes o no de dicha aventura. Las informaciones que el afamado capitán le pasara al rey español eran contrarias a una intervención bélica en la zona. Aun así, el joven rey portugués se empeñaría en ir a la guerra morisca. Felipe II, que se negó a participar, no obstante apoyaría al monarca luso enviando al mismo capitán Aldana, a medio millar de hombres, varios caballos, y algún que otro material militar.

El capitán Aldana había nacido en Italia en 1540, y su educación y aficiones se dirigían mejor hacia la contemplación o la poesía que hacia la guerra o la aventura. A pesar de eso, había intervenido con los Tercios españoles -un cuerpo famoso del ejército hispano- en Flandes y en Francia victoriosamente. No pudo Francisco de Aldana por entonces más que desaconsejar a Don Sebastián de Portugal la intervención bélica africana. Pero éste acabaría convenciendo a aquél con su joven pasión ardorosa, su decisión visionaria y su gran arrojo militar. La batalla se llevaría a cabo el 4 de agosto del año 1578 en el enclave marroquí de Alcazarquivir. La mayoría de fuerzas enemigas y la sangría del enfrentamiento hicieron que las huestes portuguesas se dispersaran. Tanto el rey Sebastián I como el capitán español Francisco de Aldana cayeron y desaparecieron para siempre. Nunca, realmente, fueron hallados ni identificados sus restos. Dos años después, las dos coronas, la portuguesa y la española, acabaron uniéndose por falta de descendientes legítimos. Felipe II de España se convirtió así, gracias a su madre portuguesa, en el año 1580 en Felipe I de Portugal.

Los magníficos versos líricos de Francisco de Aldana sólo fueron valorados entonces por los pocos conocedores de su obra poética, y un grandísimo poeta español desaparecería para siempre entre las colinas norteafricanas de un desconocido y malogrado alarde militar. Los enemigos de la unión peninsular ibérica, la aristocracia avariciosa lusitana y las potencias enemigas de España por entonces (Inglaterra, Holanda y Francia), contribuyeron a desestabilizar aún más la gran potencia ibérica que llegaría a ser durante casi sesenta años. Por otro lado, el caso del pastelero de Madrigal tan sólo fue una anécdota curiosa en el desarrollo posterior de los acontecimientos ibéricos. El sebastianismo que se originaría entonces, esa idea mesiánica de un gran personaje que vendría a salvar al pueblo luso, unido a los sucesos funestos políticos y bélicos hispanos del detestable siglo XVII, posibilitaron finalmente que la gran unión ibérica acabase para siempre en el año 1640. De ese modo, acabaría también la inmensa gran obra que todo un pueblo, una gran cultura y unos hombres valerosos, habrían contribuido a crear una vez en la historia de Europa y del mundo.

(Imagen del cuadro Batalla de Alcazarquivir y Mostrando el cadáver de Don Sebastián, obras del siglo XIX, autores desconocidos; Óleo Retrato del Rey Don Sebastián, del pintor Cristóbal de Morales, siglo XVI, Museo del Prado, Madrid; Grabado del poeta Francisco de Aldana; Grabado con imagen idealizada de Gabriel de Espinosa.)

Soneto de Francisco de Aldana, poeta español:

En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto variar vida y destino,
tras tanto de uno en otro desatino
pensar todo apretar, nada cogiendo;
tras tanto acá y allá yendo y viniendo
cual sin aliento inútil peregrino,
¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino,
yo mismo de mí mal ministro siendo,
hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se esconde,
pues es la paga de él muerte y olvido,
y en un rincón vivir con la victoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido.

3 de junio de 2010

Una leyenda mitológica, una lucha, un verso antiguo y otro actual.



Los antiguos pueblos germanos que acabaron cruzando la frontera romana en los siglos V y VI de nuestra era, habían mantenido su solar histórico en la primitiva Escandinavia (actual Dinamarca y Suecia) desde siglos antes. Estos pueblos germanos llegaron, en su desplazamiento hacia occidente, a alcanzar las islas británicas cruzando el mar del Norte. La lengua germánica que entonces surgió allí fue  un arcaico inglés con el que los pueblos anglosajones comenzaron a desarrollar su cultura. Y entonces un poema épico, Beowulf, compuesto entre los siglos X-XI en Inglaterra pero situada su acción en tierras de la antigua Escania y Selandia (sur escandinavo), llegaría a adquirir un significado muy importante para la lingüística inglesa medieval. Tan importante como lo sería El Cantar de los Nibelungos para la alemana o El Cantar del Mio Cid para la española. Beowulf es el héroe mitológico anglosajón por antonomasia. Fue descrito en el poema épico medieval por dos importantes hechos legendarios muy diferentes entre sí. El primero por dar muerte a Grendel, un ogro feroz y asesino; pero el segundo, siendo el héroe más anciano, por dar muerte al dragón, una victoria ahora, sin embargo, con la cual Beowulf acabaría hallando también su muerte.

Pero en cuanto a dragones abatidos, el Arte habría retratado más la mitología de la muerte de un dragón a manos de un solo héroe sobre todo, de Jorge de Capadocia, el mártir y santo cristiano del siglo IV retratado por el Arte hiriendo al monstruo ahora a lomos de su caballo. Las imágenes de San Jorge subido en su caballo han sido las pinturas que más se han representado mostrando a un héroe vencedor de dragones. El significado o simbolismo del dragón obstaculizado por la lanza sagrada fue el mismo siempre: la lucha contra el paganismo y la idolatría llevada a cabo por el triunfante Cristianismo. El simbolismo del dragón habría sido utilizado para representar ahora con él la maldad más oscura, la más feroz e inevitable maldad que asolaría, impenitente, el destino de los hombres. Un destino implacable al que sólo el genio y la decisión de un gran héroe podría vencer. Y así los poetas habrían querido transmitir también ese valor tan humano y mitológico, expresado además tanto en lenguas primitivas como en modernas. Porque la poetisa española Amalia Bautista (Madrid, 1962) ha compuesto un maravilloso verso que describe, con la magia y belleza de su lírica moderna, la sempiterna metáfora dragoniana de la vida.  Es ahora, por ejemplo, la lucha interior que todos debemos hacer en algún momento de nuestra azarosa existencia. Sea este un homenaje antiguo y moderno a un mismo sentido existencial y metafórico: la fuerza que nos impulsa a vencernos y vencer así a nuestros dragones malditos.


Por la sierpe no iría con hierro y con armas
si sólo supiese
de qué otra manera podría yo vencer,
como hice con Grendel, al hosco dragón;
pero ahora me aguardan sus cálidas llamas
y su pútrido aliento,
y por ello me cubro con cota y escudo.
No he de dar ante el monstruo
ni un paso hacia atrás. Nuestra lucha decida
en lo alto del risco el destino que rige
y gobierna a los hombres.
Me incita la furia: demorarme no quiero anunciando su fin.
Mirad desde el monte, oh mis bravos guerreros
con cotas de malla, cuál de nosotros
soporta mejor sus mortales heridas
tras este combate.
En él poco podríais hacer:
no hay otro varón, sino yo solamente,
que pueda enfrentarse al maligno reptil.

(Extracto adaptado de Beowulf, poema épico anónimo anglosajón del siglo XI.)


Ha llegado la hora de matar al dragón,
de acabar para siempre con el monstruo
de las fauces terribles y los ojos de fuego.
Hay que matar a este dragón y a todos
los que a su alrededor se reproducen.
Al dragón de la culpa y al dragón del espanto,
al del remordimiento estéril, al del odio,
al que devora siempre la esperanza,
al del miedo, al del frío, al de la angustia.
Hay que matar también al que nos tiene
aplastados de bruces contra el suelo,
inmóviles, cobardes, desarraigados, rotos.
Que la sangre de todos
inunde cada parte de esta casa
hasta que nos alcance la cintura.
Y cuando ese montón de monstruos sea
sólo un montón de vísceras y ojos
abiertos al vacío, al fin podremos
trepar y encaramarnos sobre ellos,
llegar a las ventanas, abrirlas o romperlas,
dejar que entren la luz, la lluvia, el viento
y todo lo que estaba retenido
detrás de los cristales.

(Poema Matar al dragón, de la poetisa española Amalia Bautista)


(Cuadro del pintor renacentista italiano Rafael Sanzio (1483-1520) San Jorge y el Dragón, 1504, Museo del Louvre, París; Óleo del pintor simbolista francés Gustave Moreau (1826-1898), San Jorge matando al dragón, 1890, National Gallery, Londres.)

1 de junio de 2010

Un pintor provocador, una modelo compartida, un pintor desconocido y un asesino.



La personalidad provocadora del pintor realista Gustave Coulbert (1819-1877) le llevaría en el año 1866, por primera vez en la historia, a plasmar muy claramente el monte de Venus y el sexo de una mujer en un cuadro. Cuadro al que el pintor francés titularía El Origen del Mundo. Como modelo utilizaría a la amante-modelo que su amigo y colega norteamericano, James McNeill Whislert (1834-1903), le cedería para pintar el cuadro realista. Algo por lo que ambos pintores dejaron de hablarse al comprobar Whislert, finalmente, el resultado. Whislert la pintaría a ella antes muchas veces, pero, entonces, vestida de blanco en sus obras conocidas como Sinfonía en Blanco Nº 1 (The White Girl, 1862)  y  Sinfonía en Blanco Nº2 (The Litte White Girl, 1864).  La modelo, Johanna Heffernan, era la amante oficial del pintor americano, aunque, al parecer, este creador también mantendría un romance tanto con el escritor Oscar Wilde como con otro pintor, mucho más joven que él, Walter Richard Sickert (1860-1942). 

Aunque nacido en Munich, desarrollaría Sickert toda su labor artística en Inglaterra. Fue un importante artista perteneciente al Grupo de Londres, y, a la vez, un representante muy destacado del impresionismo inglés. Pero, a pesar de sus obras de Arte, acabaría este pintor británico siendo tristemente más conocido por haber estado relacionado con Jack el Destripador, el famoso asesino de mujeres en el Londres finisecular del siglo XIX. Muchos creen, sin dudar, que fue él aquel misterioso asesino despiadado, porque, incluso, el propio pintor estuvo muy interesado en ese extraño y criminal caso por entonces. La verdad nunca se sabrá del todo, pero el hecho es que muchas mujeres murieron siendo desgarradas y acuchilladas, incluso en sus vaginas, por ese criminal enigmático del que sigue, todavía, sin desvelarse su identidad real. Los pintores, como los creadores en general, son personalidades muy complejas, seres que, como todos los demás humanos, no dejarán de ser susceptibles de poseer ese lado oscuro y tenebroso que, a veces, traspasará la barrera de la sociedad bienpensante...  Un aspecto este de sus vidas -las de los artistas- que no sólo expresarán y reflejarán en sus obras de Arte, sino que también lo harán en sus propias y, a veces, atormentadas vidas descreídas.

(Cuadro Autorretrato, de Gustave Coulbert; Cuadro El Origen del Mundo, de Gustave Coulbert; Obras del pintor James Whistler: Sinfonía en Blanco, nº 1 y nº 2; Óleo Autorretrato de James Whistler; Cuadro Minnie Cunnigham at the old Bedford, del pintor Walter Richard Sickert; Autorretrato del mismo Sickert; Fotografia de Walter Richard Sickert.)